I
nevitable. Europa necesita a Rusia para sobrevivir”, escribió ayer Kiril Dmitriev, que negocia con Steve Witkoff en nombre de Rusia sin tener siquiera un puesto diplomático en el Gobierno y que es, sin duda, el hombre más feliz del país con el desarrollo de los contactos Moscú-Washington. El jefe del Fondo Ruso de Inversiones Directas, que espera beneficiarse de un acuerdo con Estados Unidos que reanude las relaciones económicas entre los dos países, reaccionaba a un artículo del que posiblemente solo ha leído su poco afortunado titular, “Europa se está preparando para dar un giro hacia Putin”. Dmitriev se jacta de titulares que ni siquiera se corresponden con el contenido del texto, pero ignora los actos de los países europeos y de Estados Unidos. El artículo al que se refería, publicado por Foreign Policy, se refiere únicamente a los tímidos contactos diplomáticos que varios países europeos pretenden mantener con Rusia para evitar quedar a merced de Estados Unidos en esta cuestión y no se plantea siquiera la posibilidad de la reanudación de las relaciones comerciales o diplomáticas normales entre los países occidentales y Moscú. A pesar de la reciente visita del ministro de Asuntos Exteriores de Suiza, que obsequió a Lavrov con una pieza de Tchaikovski como recordatorio de que Rusia es parte de Europa, y de un enviado diplomático de Emmanuel Macron, el Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa no los considera un punto de inflexión, sino que los ve con gran escepticismo, recelo y quizá incluso algo de hostilidad. El contraste entre la excesiva confianza que muestra Dmitriev en cada ocasión que muestra su opinión y la postura de la diplomacia rusa es cada vez más llamativa.
Hace unos días, centrándose en las relaciones económicas, Sergey Lavrov denunció las presiones que está ejerciendo Estados Unidos contra Rusia en aspectos bilaterales de las relaciones entre Moscú y terceros países. “Ahora mismo, después de los eventos de Venezuela, nuestras empresas están siendo abiertamente obligadas a abandonar el país”, afirmó criticando a Washington, no a Caracas. Días después, Lavrov condenó también la presión que Estados Unidos está ejerciendo contra Cuba, cuya economía pretende ahogar mientras Rusia busca la forma de paliar las graves consecuencias de la intensificación del bloqueo. A las palabras de entonces del ministro, que insistió en que Rusia seguirá enviando petróleo a la isla –no lo ha hecho estas semanas y la situación es ya crítica-, Dmitry Peskov añadió ayer que el Kremlin trabaja con el Gobierno cubano para buscar soluciones a la situación actual. El deseo ruso de apoyar a Cuba choca con sus posibilidades y con la voluntad de Estados Unidos de imponer sus normas por la fuerza en cualquier lugar del mundo. Ayer mismo, Pete Hegseth anunció la captura de un petrolero en el océano Índico. Según la información aportada, el buque habría escapado del asedio estadounidense en el Caribe para ser finalmente capturado en el Índico. Los analistas políticos pueden haber llegado a la conclusión de que la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos renuncia a la lucha por mantener la hegemonía, pero los actos de Washington muestran la firme determinación de mantener el dominio global de sectores como el comercio de petróleo, herramientas de control de la economía.
Esa es también la conclusión a la que ha llegado Sergey Lavrov, visiblemente preocupado por las presiones a las que Estados Unidos está sometiendo a Rusia y que no siempre están vinculadas a la guerra de Ucrania. “Occidente no quiere ceder sus antiguas posiciones dominantes. Además, con la llegada de la administración Trump, esta lucha por someter a los competidores se ha vuelto especialmente evidente y abierta. De hecho, la administración en Washington, bajo Donald Trump, no oculta estas ambiciones: busca dominar el sector energético y limitar a sus competidores. Se utilizan métodos claramente desleales también contra nosotros. Se prohíbe la actividad de empresas petroleras rusas como Lukoil y Rosneft, y se intenta poner bajo control nuestro comercio, la cooperación en inversiones y los vínculos técnico-militares con nuestros principales socios estratégicos, como la India y otros miembros BRICS”, afirmó el jefe de la diplomacia rusa en una entrevista a BRICS TV publicada ayer. Lavrov no vincula esta actuación a la situación militar, sino al ascenso de nuevas potencias y estructuras al margen del control directo de Occidente. Aunque una parte de las presiones de Estados Unidos a Rusia buscan exactamente lo mismo que las sanciones europeas, minar la economía rusa para que no pueda seguir luchando y tenga que negociar en posición de debilidad, la lucha de Washington contra el sector energético ruso precede en muchos años a la invasión de Ucrania y continuará más allá de un posible alto el fuego.
Con acuerdos como el de minerales en Ucrania, la aspiración a lograr una posición privilegiada en lugares tan estratégicos como la República Democrática del Congo o Groenlandia, sus muestras de uso de la fuerza para mantener el control del comercio de petróleo y el flagrante intento de expulsar del mercado a Rusia e Irán, principales competidores de su sector energético que no es un aliado (al contrario que Arabia Saudí), Estados Unidos muestra su intento de controlar las materias primas clave para la economía del presente y de la del futuro. “No voy a enumerar todo: allí tenemos las sanciones, la flota “fantasma” inventada por Occidente, los intentos de detener barcos en alta mar utilizando la fuerza militar en flagrante violación de la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar, y muchas otras medidas. Aranceles impuestos por el simple hecho de que alguien compre petróleo o gas a alguien. Esto ahora se ha vuelto una práctica generalizada”, explicó Lavrov, que insistió en el aspecto geopolítico de estas luchas económicas.
En este entorno hostil “de la guerra global desatada contra nosotros, y de los febriles intentos de Occidente de castigar a todos nuestros socios y exigir que dejen de comerciar y colaborar con nosotros en el ámbito técnico-militar”, la tarea del Ministerio de Asuntos Exteriores es “crear y asegurar las condiciones externas más favorables posibles para el desarrollo interno del país: económico, social, industrial, y para garantizar el aumento del bienestar de los ciudadanos». Todo, como admite Lavrov, es “más difícil que, digamos, hace 10 o 15 años”.
Y si Rusia pensaba, como afirmaban los comentaristas occidentales que insisten en las tendencias prorrusas de Trump, que la situación sería más sencilla una vez finalizada la era Obama-Biden, las palabras de Lavrov apuntan a una cierta resignación. “a pesar de todas las declaraciones que hemos escuchado sobre la necesidad de poner fin a la guerra desatada por Biden en Ucrania, de llegar a un acuerdo y sacarla de la agenda para abrir perspectivas claras y brillantes de interacción ruso-estadounidense en inversión y otros ámbitos, no ha impugnado todas las leyes que Biden aprobó para castigar a Rusia tras el inicio de la operación militar especial”, afirma el ministro, que acusa a Trump de “bidenismo” y le achaca que, pese a no perder ocasión de culpar de la guerra a su predecesor, sus actos continúan en la misma línea.
En claro contraste con la seguridad con la que Dmtriev habla de sus contactos con Witkoff –ignorando precedentes como el de Irán el verano pasado, cuando WItkoff negociaba con Araghchi unos términos que Donald Trump cambió abruptamente para justificar el uso de la fuerza militar-, las palabras de Lavrov muestran escepticismo y desconfianza sobre la posición de Estados Unidos, a quien acusa de haber movido la portería olvidando el entendimiento al que Vladimir Putin se refirió en la rueda de prensa de la reunión de Alaska. “Lo que nos importaba era la posición de los Estados Unidos. Y, al aceptar su propuesta, aparentemente cumplimos con la tarea de resolver la cuestión ucraniana y pasar a una cooperación amplia, plena y mutuamente beneficiosa”, insiste Lavrov, que no da detalles de cuál fue ese acuerdo que acusa a Estados Unidos de ignorar. “En el ámbito económico, los estadounidenses han declarado básicamente la tarea de lograr el dominio económico. Por eso, además de lo que parecía una propuesta con Ucrania, a la que nosotros estábamos dispuestos y ahora ellos no, en el campo económico tampoco vemos un futuro prometedor”.
La guerra continúa, ahora con un intento ucraniano de contraatacar en las zonas que Rusia ha capturado recientemente en la zona de Zaporozhie, y con los habituales ataques en la retaguardia. En paralelo, prosiguen también unas negociaciones en las que los servicios diplomáticos no parecen confiar en exceso y que, en el caso de Rusia y Estados Unidos, están siendo lideradas por personas cuya postura se desvía notablemente de las de sus respectivos gobiernos y que se centran únicamente en cuestiones económicas que no tienen capacidad de resolver ninguno de los conflictos existentes. Las palabras de Lavrov muestran la preocupación rusa no solo por los términos de la resolución de la guerra o por la manipulación que percibe del bando estadounidense, aun así el menos hostil a Moscú, sino también por la situación que emergería de un posible acuerdo y en la que se teme que continúe la guerra económica.
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