“El invierno es muy largo, pero llegará la primavera. Tened fuerza. Gloria a Ucrania”, proclamó ayer el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, desde la tribuna de la Rada ucraniana en su visita a Kiev. El mensaje es el mismo que el lanzado por Keith Kellogg antes de dejar su puesto como enviado de Trump para Ucrania. “SI Ucrania supera el invierno, tendrá ventaja en la guerra”, afirmó el general, recuperando una falsa esperanza que Zelensky ya había utilizado en 2022. El subtexto de ambas declaraciones es el mismo, el sufrimiento de la población ucraniana es menos importante que los objetivos geopolíticos, por lo que el país debe mantenerse firme y seguir por el camino marcado, una idea que comparten con el presidente ucraniano, dispuesto a aumentar los precios de la factura de la luz para la población que ni siquiera tiene suministro.
Ucrania atraviesa lo más duro del invierno y lo hace nuevamente con ataques contra las infraestructuras energéticas. Más de una treintena de misiles y centenares de drones rusos bombardearon, rompiendo una tregua que Moscú niega que estuviera en vigor, varias centrales ucranianas. “Después del ataque ruso de hoy, el trabajo de nuestro equipo negociador se ajustará en consecuencia”, afirmó Volodymyr Zelensky en referencia a las conversaciones de Abu Dabi, una reunión que debía celebrarse el fin de semana y que marcaba el periodo de tregua parcial. En realidad, pocos son los cambios que Ucrania pueda hacer, ya que su postura ha quedado perfectamente clara: las cuestiones de seguridad, reconstrucción y prosperidad se tratarán en un acuerdo Kiev-Washington que ya está pactado, mientras que el aspecto territorial ha de resolverse sin concesiones. Recientemente, el presidente ucraniano insistió en que Ucrania no reconocerá ni de iure ni de facto ninguna pérdida territorial. La única forma para no reconocer siquiera de facto esas pérdidas es que no haya mención a los territorios en el documento que Ucrania firme, lo que da a entender que Kiev busca un doble acuerdo Estados Unidos-Ucrania y Estados Unidos-Rusia que detalle el marco de resolución, pero que no haya ninguna firma ucraniana en un documento que admita que las partes bajo control ruso seguirán siendo territorio de facto ruso.
El endurecimiento de las posturas negociadoras es paralelo al que sufren los frentes militar y económico. Justificando sus nuevos ataques contra las infraestructuras energéticas ucranianas, Rusia confirmaba ayer los bombardeos y alegaba que se trata de una respuesta a los persistentes ataques ucranianos contra objetivos civiles en territorio del a Federación Rusa. Desde hace días, están constatándose crecientes ataques transfronterizos, especialmente en la región de Belgorod, que ha sustituido a las infraestructuras petrolíferas como blanco elegido por Kiev en el periodo en el que se ha cumplido el compromiso de no atacar instalaciones vinculadas al sector energético. Enfurecido por el ataque, que parece haber sorprendido a Ucrania pese a que fue anticipado el lunes por la noche por las cuentas que realizan el seguimiento de los preparativos de ataques de uno y otro bando, el presidente ucraniano escribió que “el presidente de Estados Unidos dijo que se debería abstener de ataques durante una semana, de hecho, esto comenzó la noche del viernes. Y en la noche de hoy, los rusos, en nuestra opinión, han roto su promesa. Es decir, o Rusia cree que la semana tiene cuatro días en lugar de siete, o están apostando por la guerra. Creemos que este ataque ruso realmente viola lo que acordó la parte estadounidense, y debería haber consecuencias”. Cualquier día es bueno para exigir más armas y munición para Ucrania y mano dura contra Rusia. «Duró de domingo a domingo», afirmó ayer por la noche Donald Trump, dando la razón a Rusia y apuntándose esos días como un gran logro personal. «Ha sido mucho», insistió pese a que ese breve respiro no ha sido suficiente para reparar los daños y la situación vuelve a ser la misma que hace unos días.
“Hoy, Rusia llevó a cabo un ataque récord en cuanto al uso de misiles balísticos. Se utilizaron 28 misiles de crucero, así como 43 misiles de diversos tipos que se aproximan a sus objetivos siguiendo una trayectoria balística y solo pueden ser interceptados por sistemas Patriot. Esto significa que se necesitan misiles para estos sistemas y que las entregas deben ser rápidas. Hablé de esto con Mark hoy y espero que podamos implementar todo lo acordado”, añadió Zelensky, que aprovechó la visita de Rutte para insistir en la necesidad del aumento del suministro militar. En respuesta a las plegarias de Zelensky, que hace solo unos días reprochó a los países europeos no haber pagado los requerimientos exigidos por Ucrania, provocando el retraso en la llegada de las armas, el secretario general de la OTAN cifró en 15.000 millones de dólares el valor de armas estadounidenses que espera que los países europeos adquieran a Estados Unidos según el sistema por el que Ucrania pone la sangre, sus aliados continentales el dinero y Washington se lucra vendiendo las armas. Desde el otro lado del Atlántico, el influyente senador Lindsey Graham, el hombre que puso en la cabeza de Donald Trump la idea de hacerse con las riquezas minerales ucranianas, retomaba la campaña para exigir que Estados Unidos envíe a Ucrania los Tomahawks que Zelensky lleva meses exigiendo.
Tras casi cuatro años de flujo constante de asistencia militar de una treintena de países, Ucrania se jacta de su producción militar, pero insiste en obtener misiles estadounidenses y sigue quedándose sin interceptores antes de que se agoten los arsenales de misiles de Rusia, un país que lucha solo gracias a sus recursos. Esa realidad no es un motivo para buscar una resolución relativamente rápida según los parámetros de la negociación estadounidense, sino de reafirmación de la necesidad de presionar a Rusia. “Hay que obligar a Rusia a hacer las paces ya, y hay que acabar con su capacidad económica y militar para hacer la guerra ahora mismo, no «algún día» o «de alguna manera», mientras Ucrania es la que está ahí luchando, no más tarde, cuando otra vez los de traje tengan que explicar torpemente que otra serie de «garantías de seguridad» no tenían «fuerza vinculante» y que «hay que evitar la escalada» y «hay que mostrar moderación”, escribió ayer Ilia Ponomarenko, conocido periodista nacionalista y declarado fan de grupos como Azov. Sus palabras eran el reflejo del sentir del establishment ucraniano, más centrado en castigar a Rusia y garantizar la militarización de Ucrania como un Israel europeo, que en el bienestar de la población. “¿Hay alguna manera de llegar allí sin recurrir a la intervención directa de la OTAN?”, le respondía el periodista italiano Davide María de Luca con una pregunta que no obtuvo respuesta. Las consecuencias de los actos que se exigen no son un argumento que quienes defienden la escalada continua de las sanciones y el suministro militar tienden a plantearse. Es más sencillo ceñirse a la idea de que Occidente no ha hecho lo suficiente, Rusia actúa con impunidad y Donald Trump solo presiona a Volodymyr Zelensky y no a Vladimir Putin.
Un año después del inicio de la fase diplomática de esta guerra, las capacidades de presión de Estados Unidos se reducen, no por su ausencia, sino precisamente por haber utilizado prácticamente toda la artillería pesada. Trump utilizó contra Rusia la opción nuclear, sancionar a las grandes petroleras rusas, castigo que se unía a los 19 paquetes de sanciones europeos, la incautación de casi 300.000 millones de dólares de activos públicos y privados, la desconexión de Swift, el apoyo constante y en tiempo real a Ucrania y el intento de cierre del acceso ruso al mercado global del petróleo, su principal fuente de ingresos.
En el caso de Ucrania, los momentos de presión a Zelensky han sido claros y entre ellos destaca la breve interrupción del suministro de armas e inteligencia en marzo del año pasado y la humillación pública a la que fue sometido en el Despacho Oval. Sin embargo, a estas alturas, Estados Unidos ha dado a Ucrania lo que pedía y su herramienta de presión es retener la entrada en vigor de esos acuerdos que supuestamente han sido ya pactados. Mientras tanto, las sanciones contra Rusia aumentan y tratan de forzar el colapso económico con el que Kiev lleva años soñando. El aumento de presión a Moscú, que avanza en paralelo a las denuncias ucranianas de ausencia de castigo, se produce en un momento en el que Estados Unidos afirma que solo queda por acordar la cuestión territorial, que según los términos que ha planteado Donald Trump, no está en manos de Rusia sino de Ucrania. El aumento de presión a Rusia en un momento en el que el acuerdo depende supuestamente de que Kiev acepte los términos que Washington le ofrece muestra la dificultad para conseguir un acuerdo que sea aceptable, o al menos más favorable que continuar la guerra, para ambos bandos.
Ayer Financial Times publicaba un artículo en el que, siempre basándose en fuentes anónimas “familiarizadas con los términos”, pero sin especificar si se trata de filtraciones ucranianas, europeas o estadounidenses, revela algunos detalles sobre el acuerdo de garantías de seguridad para Ucrania. “Ucrania ha acordado con sus socios occidentales que las violaciones persistentes por parte de Rusia de cualquier futuro acuerdo de alto el fuego serán respondidas con una respuesta militar coordinada por parte de Europa y Estados Unidos”, escribía el medio, describiendo unos términos que equivalen al compromiso de enfrentarse militarmente a Rusia en caso de escarceos militares que se prolonguen durante más que unas horas. Según este plan, “na violación del alto el fuego por parte de Rusia provocaría una respuesta en un plazo de 24 horas, comenzando con una advertencia diplomática y cualquier acción necesaria por parte del ejército ucraniano para detener la infracción. Si las hostilidades continuaran más allá de ese plazo, se iniciaría una segunda fase de intervención con fuerzas de la denominada coalición de voluntarios, que incluye a muchos miembros de la UE, además del Reino Unido, Noruega, Islandia y Turquía. Si la violación se convirtiera en un ataque ampliado, 72 horas después de la infracción inicial, se pondría en marcha una respuesta militar coordinada por una fuerza respaldada por Occidente en la que participaría el ejército estadounidense”.
Como es habitual, el medio utiliza para justificar la necesidad de unas garantías de seguridad equivalentes a la posibilidad de una guerra con Rusia el precedente de los acuerdos de Minsk. “Los acuerdos de Minsk, firmados en 2014 y 2015, tenían por objeto poner fin a los combates y trazar el camino hacia una paz duradera. Fueron acordados por Rusia, Ucrania, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) y los líderes de las dos regiones separatistas instalados por el Kremlin. Sin embargo, la misión de supervisión de la OSCE se limitó a observar las violaciones del alto el fuego. Sin un mandato de aplicación ni garantías de seguridad occidentales, los altos el fuego se rompieron repetidamente, allanando el camino para la invasión a gran escala de Rusia en 2022”, afirma sin recordar las flagrantes y constantes violaciones de Ucrania, que abiertamente utilizó una estrategia de pequeños pasos para capturar la supuesta zona neutral, obviamente utilizando la fuerza militar pese al alto el fuego. En términos políticos, Kiev ha admitido en los últimos años que nunca tuvo intención de implementar los puntos políticos del documento firmado. Aun así, la conciencia colectiva recuerda únicamente infracciones de la Federación Rusa, un éxito por el que Ucrania ha de agradecer a los medios de comunicación.
Con ese precedente manipulado, los países europeos tratan de presentar a Rusia unos hechos consumados que, no solo no resuelven una de las causas de la guerra, las aspiraciones de ampliación de la OTAN a Ucrania –de iure o de facto-, sino que intentan imponerlos como solución, unas condiciones que el Kremlin no puede aceptar como plan de paz sin que sea percibido como una derrota.
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