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Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Petróleo y pugna geopolítica

La publicación de la Estrategia de Seguridad de Estados Unidos, el superficial análisis que se ha hecho de su planteamiento, la invocación de la Doctrina Monroe para justificar el dominio estadounidense sobre toda América y el enfrentamiento con los aliados europeos por Groenlandia han provocado una oleada de artículos que argumentan que, en su repliegue continental Donald Trump pretende crear un mundo repartido entre grandes potencias. En ese supuesto retorno al mundo de ayer antes de 1914, cuando los imperios se enfrentaron entre ellos en la enésima reconfiguración de las relaciones de poder entre centros y periferias, el planeta quedaría dividido en esferas de influencia. Como ha quedado constatado en los innumerables titulares en los que la única crítica a la agresión contra Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores es que da vía libre a Vladimir Putin y Xi Jinping en sus respectivas regiones, el temor europeo es que el aislacionismo de Trump deje Asia-Pacífico en manos de China y Europa en las de la Federación Rusa.  

Aunque el repliegue continental como base de la proyección del poder estadounidense es real y se manifiesta de forma explícita en la Estrategia de Seguridad Nacional, esta nueva situación no implica aislacionismo sino una nueva forma de un intervencionismo que ha bombardeado siete países en el último año y que pretende utilizar América -todo el continente, incluida Groenlandia- como la profundidad estratégica desde la que defenderse de peligros inexistentes y atacar para mantener su hegemonía. Las amenazas de Donald Trump a los aliados europeos y sus últimas palabras contra Zelensky han reafirmado la sensación de Bruselas, París, Berlín o Londres de que Donald Trump busca un acercamiento a Rusia y China que les reste todo su poder blando y los aparte de cualquier posibilidad de estar cerca de la toma de decisiones a nivel geopolítico.  

Quienes han alegado estos días que la visión geopolítica de Trump pasa por la división del mundo en tres, abandonando a aliados en favor de oponentes o enemigos, han preferido no ver los signos claros de que, aunque desea contar con una esfera de influencia en la que no pretende permitir ningún rival, Estados Unidos no tiene intención otorgar a otras potencias una esfera de influencia propia. Los meses previos al bombardeo de Caracas han venido acompañados de una larga serie de pretextos para preparar la agresión que se gestaba. Entre ellos destacaban todo tipo de falsas alegaciones sobre narcotráfico, uso de bandas y de personas migrantes para dañar a Estados Unidos o la repetida falacia de que Venezuela había abierto sus cárceles y centros psiquiátricos para invadir Estados Unidos utilizando los bad hombres de los que Donald Trump se quejaba en su primera legislatura. Sin embargo, una vez consumado el ataque, el líder estadounidense viró para centrarse en dos argumentos: las relaciones de Venezuela con países como China, Rusia, Irán o Cuba y el petróleo, dos argumentos que, en realidad, son el mismo.  

El experto de Bloomberg Javier Blas se ha referido a los movimientos de Trump como intento de crear un “imperio petrolero”. Sin embargo, más allá de las posibilidades que supone para Donald Trump su capacidad de comerciar directamente con el petróleo venezolano y apropiarse de una parte de los beneficios, el robo de las materias primas no es más que una parte de los intereses de Estados Unidos, más preocupado por el control del flujo comercial que por la propia mercancía. El control es poder y se convierte en una herramienta en la disputa con otras potencias, concretamente esas con las que los países europeos temen que Donald Trump pretende repartirse el mundo, Rusia y China. Romper la relación de Venezuela con esos países ha sido una de las primeras exigencias de Donald Trump a Delcy Rodríguez, que hace lo posible por evitar cumplir esa orden. China ha sido el destino de gran parte de las exportaciones de petróleo venezolano, como lo ha sido también el de otro país en el punto de mira de Estados Unidos, Irán. Obligar a China a adquirir energía en un mercado controlado por las condiciones de Washington, es decir, sin descuentos de aliado y en dólares, no en las monedas nacionales, es uno de los objetivos del imperio petrolero de Trump.  

En el caso de Rusia, la actuación de Trump ha sido aún más transparente. Incluso en los momentos en los que la relación entre Washington y Moscú ha parecido mejorar, Trump ha dejado claro que levantar las sanciones al petróleo ruso no entraba en sus planes. En los últimos meses, Trump ha exigido a los países europeos detener las importaciones de petróleo ruso, ha amenazado a los clientes del sector energético ruso con aranceles del 25% y, según Lindsey Graham, ha dado luz verde al envío al Senado de una legislación que impondría gravámenes del 500% a los productos procedentes de países que continúen las adquisiciones de petróleo, gas o uranio ruso. Desde verano, se conoce que Estados Unidos había colaborado con Ucrania aportando información de inteligencia para los ataques con drones y misiles ucranianos en territorio ruso, una campaña que se ha centrado de forma casi exclusiva en la industria del petróleo.  

“El presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, afirmó que Kiev está tomando medidas para aumentar la presión sobre Moscú con nuevas operaciones dirigidas contra Rusia, tras una semana de ataques rusos que dejaron sin electricidad a varias ciudades ucranianas en plena ola de frío”, escribía la semana pasada Politico, que citaba a Zelensky afirmando que “los rusos ya han sentido algunas de las operaciones. Algunas de ellas están de camino”. En el discurso ucraniano, repetido sin matices por la prensa occidental, prefiere evitarse que la campaña de ataques rusos contra las infraestructuras energéticas ucranianas es la reacción del Kremlin a la iniciada por Ucrania y su aliado estadounidense para tratar de destruir el sector más importante de la economía rusa.  

Las supuestas acciones de guerra híbrida rusa han sido objeto de numerosas investigaciones, artículos y suposiciones, incluso en los casos en los que no hay signo alguno de intervención rusa. Sin embargo, se ha prestado menor atención a las acciones de Ucrania lejos del frente, que en estos últimos meses han incluido ataques con drones marítimos con los que intentar hundir buques civiles rusos, fundamentalmente petroleros, actividades en las que, según desvela The New York Times, Kiev ha contado también con la colaboración de Estados Unidos. “Muchos oficiales del ejército estadounidense y de la CIA siguieron apoyando a Ucrania, y cuando Trump pospuso la imposición de sanciones, buscaron otras formas de estrangular la economía de guerra rusa”, escribió el 30 de diciembre el periodista Adam Entous en un artículo en el que recuerda que “Trump permitió a estos oficiales seguir proporcionando información de inteligencia a los ucranianos para que lanzaran ataques con drones contra componentes cruciales de la base industrial de defensa rusa, incluidas las refinerías de petróleo. Los primeros esfuerzos fueron desorganizados y tuvieron poco impacto. Pero después de que un experto de la CIA identificara el talón de Aquiles de las refinerías —un acoplador que, si se destruía, mantendría una refinería fuera de servicio durante semanas—, la campaña con drones despegó. Según una estimación de la inteligencia estadounidense, los ataques energéticos le costarían a la economía rusa hasta 75 millones de dólares al día”. En la labor de estrangular la economía de uno de los dos países con los que, según los países europeos, quiere dividirse el mundo, el siguiente paso tras el intento de destrucción de las capacidades de producción, es atacar el comercio. “La CIA acabaría ayudando a Ucrania en sus ataques con drones contra los buques de la «flota fantasma» rusa en el mar Negro y el Mediterráneo”, sentencia Entous.  

La mal llamada flota fantasma rusa, petroleros con los que los países sancionados mueven su petróleo esquivando el control occidental, es también objetivo declarado de Estados Unidos, que la semana pasada capturó el Marinera (antes Bella-1), un buque de la flota venezolana que había recibido la inscripción oficial en Rusia tras huir del primer intento de abordaje de las autoridades estadounidenses en aguas internacionales. Es improbable que Washington vaya a emplear enormes recursos en la persecución de buques rusos, pero la captura del Marinera pretende sentar un precedente que pueden seguir otros países.   

“El Gobierno ha identificado una base jurídica que, en su opinión, puede utilizarse para permitir al ejército británico abordar y detener buques de las denominadas flotas fantasma”, afirmaba esta semana la BBC, que daba a entender que el Reino Unido se plantea seguir el ejemplo de su aliado norteamericano, una forma de colaborar en el intento de Washington de reducir al máximo la cota de mercado de un rival al que trata de eliminar.  

Pese a los titulares y los análisis superficiales, los movimientos de Washington para controlar el mercado del petróleo no son seña de aislacionismo o repliegue, sino de confrontación en uno de los sectores más sensibles de la economía global.  

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