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Armas, Ejército Ucraniano, Poroshenko, Rusia, Ucrania, Zelensky

Bombardeos, amenazas y la financiación de la guerra

Las palabras de esta semana de Donald Trump calificando el momento actual como “tiempo de actuar”, señalando la posibilidad de recuperar la formación original de Ucrania -comentario que ha sido entendido como un apoyo a la lucha hasta lograr las fronteras de 1991- y abriendo la puerta al aumento de suministros militares han aparcado las escasas posibilidades de negociación creadas a raíz de los esfuerzos diplomáticos de los últimos meses. De nada han servido las conversaciones directas entre Rusia y Ucrania, que han tratado exclusivamente cuestiones humanitarias, el diálogo telefónico y la cumbre presencial de Trump y Putin o las visitas de Steve Witkoff a Moscú. El trumpismo no ha conseguido en ningún momento llegar a una negociación política entre las partes, lo que ha causado la ira del presidente de Estados Unidos con la parte de la que percibe más deslealtad. Paradójicamente, la mala relación que mantenía con Zelensky ha excusado al presidente ucraniano, que ha sido hábil a la hora de modificar el discurso para introducir términos de paz que no deseaba, pero que añadían presión a la parte rusa. Decepcionado con Vladimir Putin por no haberse plegado a las órdenes de Estados Unidos de aceptar un alto el fuego o buscar un tipo de resolución del conflicto que le ofrecía, quizás, mantener el territorio capturado, pero a costa de presencia de países de la OTAN en una frontera de facto, ni siquiera reconocida, Donald Trump nunca ha presentado a Rusia una propuesta que negociar y, en punto muerto diplomático, ha optado por recuperar la estrategia de amenazas con la que su predecesor, Joe Biden, gestionó la guerra.

El mensaje enviado a Rusia estos días ha sido claro y ha llegado de los tres actores participantes directa o indirectamente en la guerra: Ucrania, los países europeos y Estados Unidos. Sea o no una estrategia de negociación con la que conseguir lo que la diplomacia, conversaciones e incentivos no han conseguido, que Rusia acepte las condiciones que se le ofrecen, la certeza es que, al menos durante un tiempo, los ataques contra Rusia van a intensificarse. Así lo ha prometido Volodymyr Zelensky en una entrevista concedida a Axios y en la que advirtió al Kremlin de la necesidad de buscar refugios antiaéreos, comentario que puede entenderse como una amenaza de atacar con drones o misiles la sede del Gobierno ruso.

A las amenazas militares de uso de armamento occidental en Rusia, incluso las nuevas armas milagrosas que Zelensky aspira a recibir de Estados Unidos, Tomahawks capaces de alcanzar Moscú y San Petersburgo, Ucrania pretende añadir amenazas económicas. “Zelensky propone un nuevo plan para derrotar a Rusia”, escribía el académico ucraniano-canadiense Iván Katchanovski, que se preguntaba si “él mismo se lo cree”. “Europa debe dejar de importar petróleo y gas rusos. Rusia gasta todo este dinero directamente en la guerra. No vemos un aumento en el apoyo social dentro de Rusia, lo que significa que todos estos fondos se destinan a la guerra. Si hay escasez de fondos para la guerra, el apoyo social a la población rusa disminuirá. Si el apoyo social disminuye, la gente se sentirá insatisfecha. Y los líderes rusos también lo estarán. La historia demuestra que Rusia siempre ha cambiado después de disturbios por el hambre. Y eso es precisamente lo que temen”, afirmó en un mensaje publicado en las redes sociales y que lleva la idea del tigre de papel cuya economía está destruida a niveles de ciencia ficción. Aunque Ucrania siempre ha aspirado a “llevar la guerra a la puerta de casa de la población rusa” para utilizar el sufrimiento de la población civil como herramienta para causar inestabilidad, este objetivo siempre ha fracasado.

Ahora, en términos que tratan de mostrar fortaleza pero que en realidad son de cierta desesperación al comprender que nada de lo que Ucrania ha intentado ha conseguido su objetivo, Zelensky aspira a causar hambre entre la población civil de su enemigo, algo que recuerda directamente a la estrategia de su predecesor contra la población de Donbass y contra la posibilidad de una vía negociada de resolución del conflicto. En el otoño de 2014, firmado ya el primer acuerdo de Minsk para lograr un alto el fuego y posterior negociación, Poroshenko, que había decretado ya el impago de pensiones y prestaciones sociales en Donbass anunciaba que “hoy, cuando comienzan los disturbios por el hambre en los territorios ocupados de Donbass, los militantes disparan contra los vehículos que transportan ayuda humanitaria ucraniana”. Pese a la extrema situación humanitaria que se vivía en Donbass, esos disturbios imaginarios eran el sueño de Poroshenko para conseguir, como ahora desea también Zelensky, por la vía económica y el hambre lo que no había logrado por la vía militar. No puede escaparse tampoco la voluntad de Ucrania de utilizar el hambre como herramienta ahora que está siendo activamente utilizada por Israel contra la población palestina de Gaza y, más lejos de los titulares, por las Fuerzas de Apoyo Rápido apoyadas por los Emiratos Árabes Unidos, en la ignorada guerra de Sudán.

Y cuando lo que se está ofreciendo actualmente a Rusia es una intensificación de la guerra, siempre camuflada en  discurso de paz e intenciones de acortar la guerra, la narrativa oficial muestra su sorpresa cuando, como ayer, Rusia responde aumentando su uso de drones y misiles. Sin ninguna salida diplomática a la vista, la guerra sigue condenada a escaladas periódicas, especialmente en la guerra aérea con la que ambos bandos tratan de minar el esfuerzo militar de su oponente. Ucrania lo hace a diario tratando de alcanzar las refinerías de petróleo ruso, mientras que Rusia ataca la industria militar de la que Kiev se jacta y que no siempre está situada en lugares aislados. “Un ataque masivo ruso contra Ucrania duró más de 12 horas. Ataques brutales, un ataque terrorista deliberado y selectivo contra ciudades comunes: casi 500 drones de ataque y más de 40 misiles, incluyendo misiles Kinzhal. Esta mañana, los shaheds ruso-iraníes están de nuevo en nuestros cielos”, escribió ayer Volodymyr Zelensky. “Rusia ataca a Ucrania con drones y misiles. Una vez más, edificios residenciales e infraestructuras son atacados. Una vez más, es una guerra contra civiles. Habrá una respuesta a tales acciones. Pero los ataques económicos de Occidente contra Rusia también deben intensificarse. Este régimen desquiciado de Putin solo entiende de fuerza”, añadía su mano derecha, Andriy Ermak, que contrariamente a las evidencias volvía a alegar ataques deliberados contra la población civil.

El argumento es un impacto, claramente de restos de un misil antiaéreo, en un edificio civil, donde los daños son claramente diferentes a los que se han producido en el pasado a causa de impactos de misiles rusos. En esta guerra en la que el discurso es más importante que los hechos y en la que prefiere ignorarse la comparación entre las víctimas civiles de bombardeos rusos e israelíes, cualquier ataque se presenta como una forma de agresión deliberada contra la población civil para posteriormente justificar la intensificación de la asistencia militar y económica a Kiev e insistir en la vía militar como única salida posible a la guerra.

Continuar luchando, especialmente ahora que es preciso adquirir comercialmente las armas que antes donaba Estados Unidos, implica un gran esfuerzo económico que no puede sostenerse en el tiempo. De ahí que, para alegría de Ucrania, los países europeos sigan buscando formas legales de apropiarse de los activos públicos y privados rusos retenidos por la Unión Europea desde febrero de 2022. Hasta ahora, Kiev ha recibido los ingresos procedentes de los intereses obtenidos de esos recursos, una cantidad importante pero que resulta insignificante en comparación con el total retenido, casi 300.000 millones de dólares. En estos tres años y medio, expertos legales e incluso algunos dirigentes como Olaf Scholz han dejado claro que la expropiación de esos fondos supondría un proceso de litigación en el que Rusia tendría todas las de ganar. Expropiar fondos de un país al que no se ha declarado la guerra infringiría la legalidad vigente, argumento que no es suficiente para convencer a Ucrania o a Donald Trump.

“Alemania ha sido y sigue siendo cautelosa en la cuestión de la confiscación de los activos del banco central ruso congelados en Europa, y con razón. No solo hay que tener en cuenta cuestiones de derecho internacional, sino también cuestiones fundamentales relacionadas con el papel del euro como moneda de reserva mundial. Pero esto no debe frenarnos: debemos considerar cómo, eludiendo estos problemas, podemos poner estos fondos a disposición de la defensa de Ucrania”, escribía la semana pasada en Financial Times el canciller alemán Friedrich Merz, principal exponente del grupo de líderes que busca la forma de hacerse con esos activos de tal manera que no pueda ser calificado de expropiación. En uno de los episodios más recientes de su podcast, el columnista de The Times Mark Galeotti, abiertamente proucraniano, aunque desde posiciones más realistas, advertía de lo que calificaba de “legalidad creativa”, eufemismo para camuflar la flagrante ilegalidad de una expropiación de facto de los activos de un país con el que ninguno de los miembros de la UE está oficialmente en guerra y que envía una mensaje claro de inseguridad de sus activos a países como China o India.

“En mi opinión, ahora debería desarrollarse una solución viable mediante la cual, sin interferir en los derechos de propiedad, podamos poner a disposición de Ucrania un préstamo sin intereses por un total de casi 140.000 millones de euros. Ese préstamo solo se reembolsaría una vez que Rusia haya indemnizado a Ucrania por los daños causados durante esta guerra. Hasta entonces, los activos rusos permanecerán congelados, tal y como ha decidido el Consejo Europeo”, añade Merz, ofreciendo soluciones fáciles a problemas complejos e insertándose en esa legalidad creativa que pondría en manos de Kiev los activos rusos incautados hasta percibir reparaciones de guerra con las que devolver el préstamo.

Al igual que ocurre con la presencia militar de países de la OTAN en el territorio ucraniano, solo una Rusia militar y económicamente derrotada aceptaría el pago de reparaciones de guerra como parte de un acuerdo. La única excepción es la publicada hace unos meses por Reuters y según la cual el Kremlin estaría dispuesto a poner sobre la mesa sus activos incautados -hace tiempo dados por perdidos- para la reconstrucción de Ucrania con la condición de que fueran utilizados también para reconstruir los territorios que tras la guerra quedarán bajo su control. La propuesta filtrada cayó en el olvido sin llegar a provocar ninguna respuesta por parte del bando occidental, ya que su interés no es lograr una paz sostenible, sino una victoria que implique recuperación de territorios, presencia militar de la OTAN y militarización general de Ucrania y unas reparaciones de guerra que supongan un castigo colectivo para la Rusia del presente y la del futuro.

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