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Batallón Azov, Biletsky, Donbass, Ejército Ucraniano, Extrema Derecha, Nacionalismo, Rusia, Ucrania

El día de la bandera

“En el frente, la bandera tiene un significado completamente diferente. Es nuestro talismán. Un recordatorio de para quién y para qué estamos llevando a cabo misiones de combate. Cuando ves la bandera azul y amarilla en tu compañero, incluso en los momentos más difíciles, comprendes que no tienes derecho a rendirte. Esta bandera son nuestras familias y nuestros hijos, nuestros compañeros caídos y nuestro futuro”, sentenció en la rueda de prensa “Bandera de libertad, Día de la Bandera”, organizada por el Instituto de la Memoria Nacional de Ucrania, Oleksandr Mijov, un veterano conocido por haber participado en la expedición con la que soldados con graves lesiones a causa de la guerra plantaron la bandera ucraniana en la cima el Kilimanjaro. Su épico discurso, un relato de unidad alrededor de los colores azul y amarillo que ignora a las miles de personas que a lo largo de los últimos once años han tomado diferentes colores para luchar contra lo que representaba en ese momento la bandera ucraniana, es un buen resumen del acto de la institución liderada por Oleksandr Alfiorov, veterano de Azov durante la guerra de Ucrania contra Donbass y de la Tercera Brigada de Asalto liderada por Andriy Biletsky en los años posteriores a la invasión rusa. En el acto, Alfiorov insistió en que “la independencia no es un regalo sino una gran responsabilidad”.

En la visión nietzcheana de Azov, que ve la guerra como una forma de purificación y construcción de la nación, la representación de esa responsabilidad es luchar en Pokrovsk, Kupyansk, haberlo hecho bombardeando gratuitamente a la escasa población civil restante en Shirokino durante la guerra de Donbass, enfrentarse a Zelensky cuando trataba de retirar a las fuerzas armadas de un área de dos kilómetros cuadrados -que posteriormente volvieron a capturar- para conseguir que se celebrara la reunión del Formato Normandía de 2019 o manifestarse poniendo en jaque al Gobierno para denunciar “la capitulación” que iba a suponer la implementación de los acuerdos de paz firmados en 2015 y que Ucrania ni siquiera tenía intención de cumplir.

Alfiorov cedió gran parte del protagonismo a las personas que había invitado al acto, entre las que destacó Yulia Paevskaya, Taira, conocida paramédica del Praviy Sektor. “Me gustaría hablar sobre las armas, porque todo en el mundo es un arma. Incluso cosas que a primera vista pueden parecer incapaces de causar daño. Por ejemplo, la misma bandera. Los rusos ahora están sacando la bandera de la URSS del cajón de la historia, la bandera bajo la cual nuestros antepasados fueron torturados. A mi abuelo lo fusilaron bajo la bandera de la URSS. Los rusos quieren imponérnosla. Traerla aquí y sustituir nuestra bandera azul y amarilla por esta bandera con la «hoz y el martillo»”, afirmó exagerando hasta la saciedad la presencia de la simbología soviética, existente como pudo verse en Alaska, pero escasa en el imaginario de la Rusia actual, y olvidando que la odiada bandera roja con la hoz y el martillo fue la que portaban millones de soldados ucranianos que lucharon contra el fascismo mientras los antepasados políticos de quienes participaron en el acto luchaban por la independencia de Ucrania de la mano de la Alemania de Hitler. Desaparecida desde hace más de tres décadas, la bandera de la Unión Soviética sigue provocando, por igual, el odio del liberalismo y de la extrema derecha.

En el fin de semana del Día de la Bandera y el Día de la Independencia, el Gobierno ucraniano ha realizado, como cada año, un enorme esfuerzo de teñir todo -el país, el discurso y la propaganda- de azul y amarillo como representación de la institucionalización del discurso nacionalista como discurso nacional. En el énfasis de presentar la realidad de forma simplificada, dando por hecho que, pese a lo que muestran las encuestas, el pueblo entero respalda a su líder en la forma en la que está gestionando la guerra y, a su manera, buscando la paz, ese punto de vista nacionalista, chovinista y abiertamente excluyente es, hoy en día, el único aceptable en el país. Quienes osan objetar o resistirse a aceptar una Ucrania centralizada ideológica, cultural, lingüística, religiosa o políticamente son ignorados, enviados al ostracismo político de la invisibilización de quien no tiene acceso a los medios, o calificados de quinta columna, agentes rusos o colaboracionistas y, por lo tanto, perseguidos, castigados, demonizados o expulsados del país.

El azul y amarillo, el triunfalismo de la lucha y la futura recuperación de los territorios perdidos han sido la norma que se ha repetido en los comunicados de políticos y unidades militares de Ucrania. En sus respectivos mensajes, los dos ejércitos de Azov, el de Prokopenko en la Guardia Nacional y el de Biletsky en las Fuerzas Armadas de Ucrania, insistían en ese mensaje. “Ganaremos lo nuestro y la bandera azul y amarilla volverá a ondear en las ciudades y pueblos libres y liberados de Ucrania”, escribía el Tercer Ejército de Biletsky. “Soldados de las libres Chernigov, Odessa, Lutsk y Zaporozhie y de las temporalmente ocupadas Lugansk y Simferópol, Energodar y Mariupol lo dan hoy todo para que la bandera azul y amarilla se alce sobre cada una de las ciudades y pueblos ucranianos. La tomamos de quienes estuvieron antes que nosotros y la entregaremos a quienes vayan a desarrollar y defender Ucrania en el futuro. Es el símbolo de nuestra voluntad, nuestro talismán contra la oscuridad”, añadía el Primer Cuerpo de Ejército de Denis Prokopenko, siempre sin mencionar quiénes fueron esos antepasados que en el siglo XX lucharon por la libertad de Ucrania y por qué lo hicieron luchando contra los aliados que actualmente arman y financian a Azov.

Sin sorpresas, también el líder militar ucraniano se ha manifestado en los mismos términos que los dos ejércitos descendientes del Azov nacido de los márgenes más extremos de la derecha nacionalista en 2014. En un mensaje que concluye con el habitual “Gloria a Ucrania, Gloria a los héroes” que el ejército ucraniano ha tomado de OUN-UPA, Syrsky, que califica la bandera como estandarte sagrado, afirma que simboliza también “la personalidad y manifestación del Estado”. “Nuestra bandera azul y amarilla ondeó sobre los héroes de la lucha por la liberación hace más de cien años. Bajo el estandarte azul y amarillo, los soldados del ejército de la República Popular Ucraniana, el Ejército Ucraniano de Galicia y, más tarde, el Ejército Insurgente Ucraniano [UPA] lucharon por la independencia del Estado. En todo el mundo se sabe que la bandera azul y amarilla es un símbolo de libertad. La bandera que Rusia teme”, escribe Syrsky sin molestarse en mantener la sutileza de no mencionar por su nombre a grupos como UPA, que colaboraron con la Alemania nazi en la ocupación de Ucrania, en el Holocausto, en el asesinato masivo de comunistas y en la limpieza étnica de población romaní y polaca.

“La bandera del pueblo que lucha por su independencia y frena a la horda rusa, que busca matar y destruir la libertad”, continuó, uniéndose a la creciente lista de insultos que la clase política europea ha dedicado esta semana a Rusia, hunos, ogros, caníbales. Como los discípulos de Biletsky y Prokopenko, Syrsky también centró su discurso en la recuperación de los territorios perdidos. “Esta bandera es izada por el ejército ucraniano en el frente y en las ciudades y pueblos ucranianos liberados. Activistas del movimiento de resistencia en los territorios temporalmente ocupados. Atletas ucranianos en los podios de los Campeonatos Mundiales. Nuestra bandera nacional ondeará sobre Kiev para siempre. Y cuando llegue el momento, creo que los soldados ucranianos la izarán en Donetsk, Lugansk, Simferópol y Sebastopol, Mariúpol, Berdiansk y muchas otras ciudades y pueblos ucranianos que serán recuperados”.

Cuando la soberanía es un mito y en lugar de recuperar territorios se siguen perdiendo más, la leyenda puede presentarse como hecho solo si el símbolo, la bandera, se confunde con la realidad. En esta guerra, Rusia depende únicamente de sus recursos, de su capacidad de continuar comerciando con el Sur Global, que no se ha unido a las sanciones unilaterales impuestas por Occidente, y de evadir, en la medida de lo posible y con la ayuda de esos mismos países, las medidas coercitivas de Estados Unidos y la Unión Europea para mantener una parte del comercio con el bloque atlantista. En el caso ucraniano, la guerra ha supuesto el sometimiento absoluto del Estado a su razón de ser, continuar la lucha, y a sus consecuencias económicas.

“«El 100% del PIB de Ucrania ahora es deuda. Esto nunca había sucedido antes. Según los indicadores económicos, estamos en bancarrota», afirma el diputado Myjailo Tsymbaliuk. Entonces ¿qué se puede hacer? Bueno, propongo que para el Día de la Independencia cosamos la bandera ucraniana más grande jamás vista y organicemos una campaña comunitaria para recolectar los libros de Pushkin y Bulgakov, para reciclarlos y convertirlos en papel usado. Ah, casi lo olvido: también introduzcamos patrullas lingüísticas en las escuelas de Kiev para acabar con el uso de la lengua del enemigo”, escribió al respecto la historiadora Marta Havryshko, natural de Lviv y de habla ucraniana, pero muy concienciada con el derecho de la población rusófona a que su lengua mantenga presencia en el espacio público. Muy útil para desviar la atención de las cuestiones más preocupantes, Zelensky volvió ayer a insistir en que “Ucrania solo tiene una lengua oficial”. El presidente ucraniano, que llegó al poder prometiendo a su base de apoyo, fundamentalmente la parte de habla rusa del país, rebajar el contenido nacionalista de las leyes aprobadas por su predecesor, entre ellas la del uso de la lengua, pero que olvidó sus propuestas nada más llegar al poder, insiste en presentar como inaceptable aquello que incluyó en su programa electoral. Siguiendo los pasos de Petro Poroshenko, que nombró guardián de la memoria histórica de Ucrania a Volodymyr Vyatrovich, un historiador que llegó a alegar que no había nada de nazi en la SS-Freiwilligen-Division “Galizien”, Volodymyr Zelensky ha nombrado a otro que en una de sus primeras entrevistas se posicionó aún más a la derecha.

A principios de julio, el académico estadounidense Sergey Radchenko comentaba en las redes sociales que había visionado las dos entrevistas concedidas por Oleksandr Alfiorov “simplemente para comprobar que sus palabras no han sido tomadas fuera de contexto y, no, es realmente así de grave”. El historiador del Kinssinger Center de la Universidad Johns Hopkins, experto en la Guerra Fría y buen conocedor de esta guerra, reaccionaba al post de Leonid Ragozin, en el que el periodista opositor ruso informaba de que “El nuevo director del Instituto Nacional de Memoria de Ucrania, Oleksandr Alfiorov, dice que no se puede comparar a Putin con Hitler porque Hitler -cree él- tenía un alto nivel educativo y estaba influenciado por la filosofía y el arte alemanes (dato: Hitler no tenía un título universitario). También añade que los rusos no pueden compararse con los alemanes (del periodo del Holocausto), porque los alemanes son muy cultos y los rusos son peores que los orcos y más parecidos a los duendes. Alfiorov, recordaba, Ragozin, “es exalumno del Azov original y de la 3ª Brigada de Asalto, controlada por la dirección política del movimiento Azov. Quizás el primer neonazi al mando de una institución gubernamental en Europa”. Un neonazi cuyo discurso no difiere en absoluto de la narrativa oficial del Estado.

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