Tras su viaje relámpago a Berlín para acudir junto al canciller Merz a la llamada colectiva en la que los países europeos y Ucrania trasladaron a Donald Trump las líneas rojas que no ha de cruzar en la reunión de hoy (a las 11:30 hora de Alaska) Volodymyr Zelensky viajó ayer a Londres para una última reunión preparatoria del día después de la cumbre. “El presidente Zelensky ha concluido una visita muy importante a Londres: una reunión con el Primer Ministro Keir Starmer en un momento en el que cada día cuenta para la seguridad de Europa y de todo el mundo democrático. Nuestros socios están unidos en su apoyo a Ucrania. Ven el fin de la guerra como una paz justa y duradera. La coordinación entre aliados continúa a diario, sin interrupciones. Mantenemos contacto constante”, escribió Andriy Ermak. Al margen de la insistencia en la unidad de todos los socios y el énfasis que el Gobierno ucraniano ha puesto a lo largo de toda esta semana de nervios y maniobras políticas en la participación de todos los países, algo que ni siquiera es cierto, los dos viajes realizados son mucho más significativos.
Pese al importante apoyo político que ha supuesto durante estos años Emmanuel Macron, Zelensky optó por sentarse junto a Merz para conversar con Donald Trump. Y aunque su postura es mucho más decidida en favor de una misión armada fuerte que se despliegue en Ucrania tras el alto el fuego, el presidente ucraniano optó por el primer ministro británico, copatrocinador de la Coalición de voluntarios con el presidente francés. Las dos visitas representan los dos objetivos de Ucrania: acercarse a Alemania, la potencia capaz de suministrarle más armas, especialmente aquellas que Kiev lleva años exigiendo y al Reino Unido, cuya relación especial con Estados Unidos puede ser de utilidad ante la necesidad de contentar a Donald Trump. Francia no tiene misiles Taurus que enviar a Ucrania ni la relación de su presidente con el líder de la Casa Blanca pasa por su mejor momento. Ucrania se juega mucho en estos momentos en los que, por primera vez en tres años y medio, podría comenzar un proceso de negociación en busca de algún tipo de acuerdo diplomático. Esa, y no la división de territorios, como los medios occidentales han alertado esta semana, es la misión de Donald Trump en la reunión de hoy.
Mucho más tranquila tras la conversación con Donald Trump, que según los medios europeos confirmó que Estados Unidos participará en las garantías de seguridad a Ucrania (aunque no dio detalles, por lo que puede tratarse simplemente de la continuación del suministro de armas previo pago de los países europeos de la OTAN según los mecanismos recién creados), Ucrania muestra su fuerza con unas exigencias de máximos en las que solo ha renunciado a recuperar sus territorios como prerrequisito para una negociación, algo que solo es reconocer la realidad objetiva, y recupera sus demandas iniciales de acceso a la OTAN como garantía de seguridad futura. Kiev acompaña esas exigencias inviables para Rusia con retórica de paz, esa paz justa que siempre ha sido un eufemismo para designar un acuerdo en sus términos, de fuerza y de adulación a Donald Trump, el hombre que puede hacerlo posible. En su gran manejo de la narrativa, Ucrania está siendo capaz de plantear exigencias que, por diseño, hacen imposible un acuerdo, pero dando a Donald Trump la impresión de desear una paz inmediata que Kiev nunca ha demostrado. Si la continuación de los bombardeos rusos es, como insisten los medios occidentales, una señal inequívoca de que Moscú no busca la paz, la lógica puede también aplicarse a Ucrania, que en las últimas horas ha atacado el gasoducto Druzhva, que suministra energía a Hungría, proveedor energético de Kiev. Los ataques contra refinerías de petróleo continúan, como también el uso de drones para obstaculizar el funcionamiento normal de la aviación civil rusa. Ayer, las imágenes de un dron ucraniano impactando, de forma aparentemente deliberada, contra una edificio civil en la ciudad rusa de Rostov son también un signo de la postura de Kiev, que al igual que Moscú, no va a dejar de atacar hasta que exista un pacto de alto el fuego con un marco político que lo sostenga.
Ese es el objetivo de Donald Trump en la reunión de hoy, en la que, pese a los temores occidentales de un acuerdo rápido y bilateral sobre Ucrania sin Ucrania y sobre Europa sin Europa, se decide lo mismo que se ha estado debatiendo hasta ahora, el tipo de proceso de negociación que va a seguirse a partir de ahora. El hecho de que los términos que se han manejado esta semana -la propuesta discutida por Steve Witkoff en Moscú y el contraataque europeo- sean exactamente los mismos que el pasado abril indica la ausencia de avances, pero también que, incluso a pesar de haber sido invitado a Estados Unidos, Vladimir Putin no se encontrará en una reunión bilateral en la que pueda marcar la agenda, los términos ni los ritmos.
Ya de camino a Alaska, la delegación rusa se preparara para la primera reunión cara a cara de con un presidente de Estados Unidos desde 2021, cuando Vladimir Putin se reunió en Ginebra con Joe Biden para firmar un acuerdo de limitación de armas nucleares. Aunque no es la primera ocasión en la que el presidente ruso se reúne con Donald Trump, las circunstancias son ahora muy diferentes. La reunión que ambos celebraron en Helsinki fue plácida y aunque también se produjo con un conflicto activo en Ucrania, la guerra de Donbass no era entonces un motivo de preocupación para el presidente de Estados Unidos, que no había iniciado aún su campaña por el Nobel de la Paz proclamándose el hombre que acabará con todas las guerras. Las buenas palabras que Donald Trump tenía entonces para Vladimir Putin, fundamentalmente a raíz de las acusaciones falsas de injerencia rusa en las elecciones de 2016 no han desaparecido por completo y Trump sigue insistiendo en su buena relación con su homólogo ruso, aunque hace meses que no esconde su “decepción”. El hombre de negocios que se creía capaz de solucionarlo todo de forma rápida y limpia, sin necesidad de mucho trabajo, a base de ofrecer tratos comerciales, se ha encontrado en Rusia con unos intereses que no había tenido en cuenta y con un conflicto que sigue sin comprender. La prueba más evidente es que toda la conversación relativa a qué puede ocurrir, qué va a discutirse y cuáles serán las propuestas de los dos países se limita a la cuestión territorial, que nunca ha sido la principal en esta guerra.
El tono de la reunión será muy diferente al que se habría producido de haberse gestionado la actual reunión como primer paso en busca de un acuerdo hace unos meses. En el tiempo desde su llegada al poder, Donald Trump ha vivido un proceso gradual de acercamiento a las posturas ucranianas, no necesariamente por afinidad con Volodymyr Zelensky, sino fundamentalmente porque el tipo de proceso negociador que busca Ucrania se adapta a la perfección a los intereses de Trump. El presidente de Estados Unidos busca un alto el fuego que detenga la guerra y un acuerdo entre Kiev y Moscú que haga posible congelar la guerra. Es ahí donde entran en juego los “intercambios de territorio” que tanta ira han causado en Kiev y las capitales europeas. La postura ucraniana y europea implica también un fuerte rearme de Ucrania, es decir, más beneficios económicos que ofrecer al presidente-empresario estadounidense, cuyo interés está en el corto plazo y no en conseguir un tratado final que haga vinculantes los términos e irreversibles -al menos a corto y medio plazo- las pérdidas territoriales.
Para Rusia, la reunión a dos implica una posibilidad de presentar directamente la causa rusa y explicar los motivos de la guerra, que implican una resolución concreta, a un hombre que, en el pasado, se ha mostrado receptivo a algunas de las exigencias de Moscú. Es el caso de la cuestión de la seguridad. Para disgusto de sus aliados europeos y Ucrania, Donald Trump ha llegado a dar por buena la versión rusa del peligro que supone la expansión de la OTAN, el bloque militar de la Guerra Fría a la que Ucrania aspira como una de sus exigencias principales para detener la guerra.
La fortaleza en el frente y el aguante que ha demostrado la economía dan a Rusia una posición privilegiada a la hora de presentar sus exigencias y poder plantearse rechazar los términos que le ofrezca Estados Unidos en la reunión de Alaska o en un posible proceso de negociación entre Kiev y Moscú posterior a la cumbre de hoy. Las demandas rusas también son de máximos y se basan en un documento anterior, concretamente el de la negociación entre Rusia y Ucrania de 2022. Como entonces, Rusia pide ahora un proceso de reducción del peso del ejército ucraniano, algo absolutamente inviable teniendo en cuenta que el rearme se plantea ya como la principal causa europea para el día después del alto el fuego, y un compromiso de neutralidad que Kiev tampoco va a aceptar. Moscú exige también una serie de cuestiones políticas que se asemejan al programa electoral de Volodymyr Zelensky en 2019, cuando el futuro presidente prometía derechos culturales y lingüísticos a la población de habla o cultura rusa, opción que tampoco está ya sobre la mesa. Todos esos aspectos eran parte del preacuerdo de Estambul con el que Vladimir Medinsky creyó haber obtenido el compromiso de Ucrania para detener la guerra. En aquel momento, Rusia estaba dispuesta a devolver a Ucrania todos los territorios capturados más allá de Donbass. La ruptura de entonces dejó sin respuesta la pregunta de si Rusia reclamaba todo Donbass o si se conformaba con los territorios entonces bajo su control. La exigencia rusa ahora es algo más clara, aunque evidentemente sujeta a negociaciones. Moscú exige la retirada ucraniana de todo Donbass a cambio, ya no de Jersón o Zaporozhie, sino de los territorios en Sumi y Járkov actualmente controlados por sus tropas.
Ese aspecto, el territorial, es el único que interesa a Donald Trump, ya que erróneamente ve en él la contradicción principal de esta guerra, motivo por el que su objetivo es conseguir un alto el fuego, nivelar el frente para evitar una reanudación de la batalla y dejar pasar el tiempo con la esperanza de que la lucha se detenga. Todo aquello que ocurra después será ya responsabilidad de los dos presidentes y tendrá que correr a cargo de los países europeos. Conseguir de Vladimir Putin su compromiso de celebrar a la mayor brevedad la reunión con Zelensky que el presidente ucraniano lleva meses solicitando es el segundo objetivo de Donald Trump. En ese contexto, Rusia, que en ningún momento ha mostrado triunfalismo ni dado por hecho, como si hicieron los medios europeos, que la reunión de hoy será el inicio de la división de Ucrania a cargo de Washington y Moscú, ha de saber que se enfrenta cara a cara con la táctica de negociación de incentivos y amenazas que hace seis meses puso en marcha la Casa Blanca. La presencia en la delegación de Kiril Dmitrev, del Fondo Ruso de Inversiones Directas, indica que una parte de la reunión estará dedicada a cuestiones económicas. Según la prensa británica, Trump ofrecerá a Rusia la posibilidad de invertir en las tierras raras de Alaska como incentivo, algo que difícilmente podrá contentar a Vladimir Putin si la propuesta no implica, cuando menos, resolver la cuestión de la seguridad. Sin embargo, el presidente ruso tendrá que navegar entre dos formas de ultimátum: la exigencia de aceptar un alto el fuego excesivamente reminiscente al de Minsk o las “consecuencias devastadoras” que promete Donald Trump en caso de ver en la postura rusa un obstáculo para la paz.
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