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Dramas diplomáticos: lucha por imponer el mensaje

“En Rusia, la diplomacia es simplemente una herramienta de operaciones especiales y ninguna de las declaraciones o acciones actuales del Kremlin tiene como objetivo organizar negociaciones genuinas con Ucrania. Los rusos intentan ejercer el papel de moderadores, fijando la fecha, el lugar y los participantes de cualquier conversación”, escribió ayer Mijailo Podolyak, olvidando que esas mismas acusaciones que realiza contra Rusia pueden fácilmente aplicarse también a Ucrania. Su mensaje no es único, solo el más transparente de los que, de forma coordinada, está enviando la parte ucraniana como reacción a la confirmación rusa de que el memorando que prometió redactar para marcar sus posiciones de negociación está preparado y el Kremlin está dispuesto a debatirlo en la próxima reunión de Estambul.

Las reacciones, que apenas tardaron unos minutos en llegar, se están desarrollando de la forma que cabría esperar teniendo en cuenta cómo comenzó este primer intento de reabrir el proceso diplomático interrumpido en 2022. Fue Rusia quien, con gran efecto y habilidad, convocó la primera reunión de Estambul, elevando así la apuesta y, sobre todo, anulando completamente el ultimátum que cuatro países europeos y Ucrania habían planteado horas antes. Además de dar un paso hacia un proceso de diálogo en sus términos y no en los ucranianos, con ese anuncio de Vladimir Putin Rusia consiguió dejar al descubierto la incapacidad del Reino Unido, Francia, Alemania y Polonia para plantear las condiciones, un objetivo secundario, aunque importante en el juego de potencias regionales que también se libra alrededor de la guerra de Ucrania. La respuesta de Zelensky y sus socios europeos a la convocatoria rusa, a la que Ucrania no podía permitirse decir que no ante la alegría de Donald Trump del comienzo de las negociaciones directas, fue conseguir que el foro de debate no fuera la sala en la que iban a reunirse las delegaciones, sino la prensa internacional.

El intento ruso de mantener el control se debe precisamente a impedir que la diplomacia se convierta en el espectáculo que los aliados de Ucrania quisieron imponer a base de exigir que Vladimir Putin acudiera a la reunión, dando la vuelta al significado y, sobre todo, al resultado del primer contacto directo cara a cara entre Kiev y Moscú en casi tres años. Con un guion preparado de antemano, la Unión Europea, el Reino Unido y Ucrania alegaron al unísono que la conclusión de la reunión había sido la confirmación de que Rusia no desea la paz. No importó a la hora de crear la narrativa mediática que el discurso más optimista sobre el desarrollo de la reunión fuera precisamente a cargo de la persona que había liderado la reunión, el ministro de Defensa Rustem Umerov, que mientras sus superiores descalificaban el contacto como inútil o incluso contraproducente, dio una visión mucho más constructiva de la conversación.

La situación se repite ahora con las exigencias mutuas inmediatas en el momento en el que una de las partes da el paso que se le exigía. Tras la reunión de Estambul, Rusia había declarado que se disponía a preparar un memorando en el que detallaría sus exigencias y pasos hacia la paz, un documento que Estados Unidos lleva un tiempo exigiendo y que el enviado de Donald Trump para Ucrania calificó de “term sheet”, hoja de términos. Pese a que el enviado estadounidense con el que negocia ha comprendido perfectamente la lógica del memorando, las palabras de ayer de Andriy Ermak muestran que Ucrania está dispuesta a retorcer los hechos hasta el ridículo. “Rusia sigue mintiendo sobre el llamado memorando de alto el fuego”, escribió el jefe de la Oficina del Presidente de Ucrania. Como ha explicado repetidamente Keith Kellogg en sus apariciones mediáticas, la lógica del memorando es conocer cuáles son los términos de negociación rusa, no una hoja de ruta sobre el alto el fuego. Ucrania exige un alto el fuego, mientras que Rusia quiere negociar un final de guerra que tenga en cuenta las causas del conflicto. El memorando nunca iba a ser un memorando de alto el fuego.

Como se había anunciado la semana pasada, el documento ruso está listo ahora que se ha cumplido el requisito del intercambio de prisioneros. La actuación de Moscú está marcada por la experiencia de siete años del proceso de Minsk, en el que incluso los intercambios de prisioneros, aspecto en el que las partes tuvieron menos dificultades, estuvo sometido a las manipulaciones de la parte ucraniana, que llegó a eliminar personas de las listas cuando ya habían sido trasladadas al lugar en el que iba a producirse el canje.

Conseguir que la negociación sea un aspecto bilateral -o trilateral si hay que incluir a Estados Unidos- pasa, para Rusia, por mantener el control de la información e intentar que los términos del diálogo no se conviertan en arma arrojadiza que utilizar durante días en la prensa mundial. Es así, y no de la manera retorcida que planteaba Podolyak, como hay que entender el hecho de que Rusia se haya negado, por el momento, a hacer público su memorando o enviarlo a Kiev previo a la negociación que espera realizar el próximo lunes en Estambul. El tira y afloja actual no se debe únicamente a los términos del documento ruso o su equivalente ucraniano, sino a la capacidad de imponer qué tipo de proceso negociador se va a producir entre los dos países. El objetivo de Rusia es, según Podolyak, “retrasar las negociaciones, descarrilarlas o vaciarlas de contenido sustancial”, algo en lo que se equivoca. La tarea de Rusia ahora es evitar que se imponga mediática y diplomáticamente la idea de la incondicionalidad que exigen los aliados europeos de Ucrania, que sería el primer paso para que prevalecieran las formas y términos con los que Kiev espera negociar. La tarea de Ucrania es imponer un alto el fuego sin que medie negociación, conseguir que la base de la futura resolución sea la hoja de ruta europea -mucho más favorable- y no la estadounidense y evitar un tratado final que consolide un statu quo que le perjudica y que implicaría una dolorosa pérdida de territorio y una aceptación internacional, aunque fuera solo de facto, de que no va a conseguir gran parte de sus objetivos. Kiev y sus aliados europeos, conscientes de que una negociación en estos momentos no beneficia a la debilitada Ucrania, intentan lograr el mal menor de evitar que se imponga un documento, el de Steve Witkoff, que es favorable a sus intereses en términos de seguridad, pero no económica y territorialmente.

“Tras los recientes ataques rusos que provocaron víctimas civiles, esperamos declaraciones enérgicas de nuestros socios, que reafirmen el amplio consenso internacional en torno a la necesidad de obligar a Rusia a aceptar un alto el fuego total como base para un proceso de paz significativo. Ucrania reiterará su pleno compromiso con el avance de los esfuerzos de paz junto con Estados Unidos y sus socios europeos. También enfatizaremos que mientras Rusia frene el proceso de paz y lance brutales ataques contra nuestro país y nuestro pueblo, la presión sobre el agresor seguirá aumentando”, escribió ayer para preparar la reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas Andriy Sibiha, que olvidó que el recrudecimiento de los ataques rusos se ha producido tras un proceso similar de los ucranianos en territorio ruso. En línea con el discurso de su ministro de Asuntos Exteriores, Volodymyr Zelensky exigió, no solo a sus aliados, sino también al resto de países, que se posicionen del lado de Ucrania.

El presidente ucraniano, que admitió que será “difícil” que haya “justicia a corto plazo” (justicia, al igual que paz, es uno de los términos que Kiev ha utilizado en el último año como eufemismo de victoria y recuperación de la integridad territorial según sus fronteras de 1991), insiste en la vía de las amenazas para lograr una negociación según sus términos. La fuerza de Ucrania es aquella que aportan sus aliados. A ello, Kiev aspira a añadir el debilitamiento ruso a base de su aislamiento completo, un sueño al que, después de tres años de intentos fallidos, Kiev y sus aliados europeos aún no han renunciado. “No tenemos suficiente presión. No se ha desplegado la fuerza suficiente para obligarlo”, afirmó Zelensky en referencia a forzar que Vladimir Putin se pliegue a las condiciones que exige Kiev.

“Hoy en día, las principales potencias no están plenamente involucradas”, se lamentó el líder de un país que ha contado con el suministro masivo y constante de armamento, financiación e inteligencia del bloque militar más potente de la historia y que se enfrenta al país más sancionado del planeta, que lucha con sus propios medios o adquiriendo material en el mercado según sus relaciones comerciales. El presidente ucraniano se refirió específicamente a China, a quien afeó que “se mantenga al margen”. Esta enésima exigencia para que China se posicione del lado de Kiev coincide con la publicación de un artículo que ha ofendido en Kiev y en el que Bloomberg afirma que el mercado chino de drones está cerrado para Ucrania, pero no para Rusia. Pese a los reproches y la persistente acusación ucraniana de que China participa en la guerra del lado de Rusia, Kiev sigue creyendo posible que Beijing dé la razón a Ucrania frente a su aliado ruso.

La presión de las sanciones, la exigencia de más armas de largo alcance y la demanda de presencia militar de países de la OTAN en su territorio para el día después de un acuerdo de alto el fuego son algunos de los motivos para la desconfianza rusa, ya que deja claro cuál es el tipo de resolución que desea lograr Ucrania. En sus declaraciones de ayer, Volodyrmyr Zelensky afirmó que no podrá haber “paz justa y duradera” con Vladimir Putin en el poder, aunque puede producirse un alto el fuego hacia “una paz sostenible paso a paso”. El carácter temporal de los términos que puedan llegar a pactase en una negociación es evidente en las palabras de Zelensky, cuya esperanza pasa por prolongar la situación de conflicto -sea militar o político- hasta encontrarse con una Rusia post-Putin debilitada y sobre la que puedan imponerse los términos que Kiev y sus aliados no han conseguido por la vía militar hasta ahora y que no van a poder lograr tampoco por medio de una negociación. Para eso, Ucrania necesita imponer un tipo de negociación que no vaya a dar lugar a un tratado final y que no implique, como lo hace la hoja de ruta de Steve Witkoff, el reconocimiento de la soberanía rusa sobre ninguna parte del territorio ucraniano, especialmente Crimea. Kiev necesita también mantener la presión de las sanciones internacionales y perpetuar la ruptura continental para impedir que se reanuden las relaciones económicas entre Moscú y el resto de capitales europeas. Todo ello depende de imponer la hoja de ruta europea como resolución temporal y de limitar al máximo la negociación con Rusia.

“¿Por qué esperar hasta el lunes? Si los rusos han elaborado finalmente su memorándum -tras diez días de reflexiones y ataques-, nos lo puede pasar de inmediato”, escribió Sibiha, que añadió que “solo una reunión bien preparada tiene potencial de producir resultados tangibles”. El objetivo ruso es, pese al discurso ucraniano, completamente transparente: evitar que la negociación empiece en los medios y se convierta en un espectáculo y garantizar que el lunes no haya un reunión cuyo guion se escriba en París, Londres y Berlín mucho antes de que comience el encuentro y sirva para impedir que se produzca un diálogo político mínimamente serio.

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