“Un día potencialmente inmenso para Rusia y Ucrania”, proclamó en un mensaje publicado en su red social personal Donald Trump para celebrar los últimos pasos dados por Kiev y Moscú en las últimas horas. En su euforia tras 24 horas en las que se adjudicó el éxito del alto el fuego entre India y Pakistán -India afirma que fue fruto de negociaciones bilaterales, mientras que Pakistán pone al mismo nivel la mediación estadounidense y la de un treintena de países- y dio por hecho un paso decisivo hacia la paz en Europa, el presidente de Estados Unidos apeló a pensar “en los cientos de miles de vidas que se salvarán cuando, con suerte, esta interminable “masacre” llegue a su fin. Será un MUNDO totalmente nuevo y mucho mejor”. Trump insistió también en que personalmente trabajará “con ambos bandos para garantizar que ocurra. Estados Unidos, que como afirma su presidentes “quiere centrarse, en lugar de esto, en Reconstrucción y Comercio”, espera “una GRAN semana”.
El mensaje de Trump llega después del ultimátum europeo del sábado, en el que Zelensky, Starmer, Macron, Merz y Duda, que anunciaron tener la aprobación del presidente de Estados Unidos, exigieron a Rusia cumplir con una tregua de al menos 30 días que debía comenzar hoy y para la que no daban a Moscú ni voz ni voto, simplemente la obligación de cumplir órdenes. A cambio, y tras el cumplimiento de esa tregua, ofrecían futuras promesas de negociación directa entre Rusia y Ucrania, un planteamiento excesivamente similar al de Minsk, que Ucrania utilizó durante siete años para dilatar el proceso con la intención de que no caminara hacia ninguna parte. “No se negocia cuando las armas hablan. No se discute si al mismo tiempo se están bombardeando poblaciones. Es necesario ahora un alto el fuego para que puedan comenzar las conversaciones. Por la paz”, escribió Emmanuel Macron, ignorando, por ejemplo, las negociaciones en las que Francia participó en 2014 y 2015 para detener la guerra en Donbass o la participación ucraniana en el proceso diplomático que dio lugar a la cumbre de Estambul y que pudo haber detenido el derramamiento de sangre si hubiera recibido un mínimo apoyo de las potencias occidentales.
Ni la etapa 2015-2022 ni la primavera de ese año eran el momento de la diplomacia para los países occidentales, centrados en librar una guerra proxy contra el enemigo ruso, al que había que desgastar al máximo por la vía militar y económica hasta que Ucrania pudiera imponer los términos dictados por Washington, Londres o París. La situación actual, en la que la fuerza de Kiev es la de sus aliados, que mantienen a flote al Estado y surten a su ejército para que pueda seguir luchando, no es, como insistieron las potencias europeas durante semanas, fruto del cambio de postura de Estados Unidos, de quien advertían que se disponía a abandonar a Kiev a los pies de Moscú, sino del desarrollo de la guerra. La esperanza de Ucrania y las capitales occidentales pasaba por el éxito de la guerra económica y la contraofensiva de 2023, que debía poner contra las cuerdas al ejército y al Estado ruso para obligar al Kremlin a aceptar un acuerdo mucho más desfavorable de lo que ofreciera en Estambul.
El fracaso de ambas ofensivas, la de las sanciones y la de los campos de Zaporozhie, consolidaron una guerra en la que es cada vez más improbable que pueda producirse un final concluyente en el que una de las partes pueda imponer su dictado. Desde la llegada al poder de Donald Trump, que ha visto en esta una mala guerra que no alcanza a comprender, se ha instalado en la agenda internacional el objetivo de lograr la paz, en muchos casos contra el deseo tanto de Ucrania como de las capitales europeas, cuya prioridad siempre ha sido continuar la lucha hasta encontrarse más cerca de conseguir sus objetivos.
En esa agenda de paz -Estados Unidos ha introducido hábilmente, y con la connivencia de Volodymyr Zelensky, la cuestión económica-, Washington se ha garantizado ya la mitad de los ingresos de futuras extracciones y negocia con la Federación Rusa la vuelta de las empresas estadounidenses al lucrativo mercado del petróleo ruso. Además de situarse en posición de fuerza económica con respecto tanto a Ucrania como a Rusia, Washington ha conseguido también el compromiso de los países europeos de aumentar su gasto militar, que inequívocamente supondrá un fuerte aumento de las adquisiciones de armamento en el complejo militar-industrial estadounidense, y la promesa de hacerse cargo de la gestión de las garantías de seguridad que obtendrá Ucrania después de la guerra. En otras palabras, la presión de Donald Trump con sus amenazas veladas de abandonar a Kiev a su suerte han logrado rápidamente que la Unión Europea y el Reino Unido acepten de buena gana pagar la cuenta de cualquier misión armada instalada en el país o el prácticamente inevitable rearme que pretenden llevar a cabo en Ucrania siguiendo la estrategia del puercoespín. Conseguidos sus objetivos internos, Estados Unidos se centra ya en obligar a las partes a llegar a un acuerdo rápido tras el que Donald Trump obtenga sus elogios y premios y pueda centrarse en la región que verdaderamente le preocupa, Asia-Pacífico, y el único país capaz de rivalizar económicamente con la primera potencia mundial, China.
Pese a su desinterés por la realidad de la guerra de Ucrania, de la que ha llegado a dar cifras astronómicas de bajas que no se corresponden con los hechos y ha presentado una imagen de los daños sufridos que describen más lo ocurrido en Gaza que el estado de gran parte de las ciudades ucranianas, la importancia de Estados Unidos sigue siendo capital. A estas alturas, todas las partes son conscientes de que, aunque de forma errática y muchas veces guiado por las sensaciones y relaciones personales, la política que está llevando a cabo Donald Trump se corresponde punto por punto con el plan Kellogg-Fleitz publicado por el America First Policy Institute hace ahora un año. Según esa propuesta, la asistencia a Ucrania estaría supeditada a que Kiev aceptara negociar con Rusia, pero aumentaría en caso de que Moscú rechazara esa apertura a la diplomacia. De ahí que actualmente todos los discursos de las partes implicadas directa o indirectamente busquen presentarse como abiertos a la paz e insistan en que es la otra parte la que obstaculiza el proceso. Ese es el motivo por el que Kiev y sus aliados europeos -cuyo giro al pacifismo accidental fue incluso posterior al de Ucrania y siguen insistiendo en la integridad territorial cuando incluso Zelensky ha renunciado a exigir la recuperación de sus territorios perdidos como parte del acuerdo- han aceptado la tregua de 30 días propuesta por Estados Unidos, pero a la que han supeditado cualquier negociación. Evitar la ira de Trump es también el motivo por el que Rusia tuvo que reaccionar rápidamente y responder al ultimátum que sus oponentes europeos le habían lanzado horas antes en Kiev.
Por la noche y tras una larga jornada de reuniones con líderes internacionales, el presidente ruso compareció para dar la respuesta a la proposición de Zelensky, Starmer, Macron, Merz y Duda. Como el pasado marzo, cuando por primera vez se planteó la idea de la tregua de 30 días, Vladimir Putin no rechazó la propuesta, sino que presentó una propia. En realidad, la actuación rusa no difiere en exceso del modus operandi de los países europeos, que en lugar de responder sí o no a la oferta final de Estados Unidos, presentaron una contrapropuesta que invalidaba el texto estadounidense y hacía inviable un acuerdo con Rusia. Sin embargo, en el caso actual, como demuestran las palabras favorables que ha obtenido de Donald Trump, lo añadido por el Kremlin no contradice lo que busca esa tregua de 30 días, sino que pretende avanzar hacia el objetivo del presidente de Estados Unidos, la firma de un acuerdo.
En línea con las conmemoraciones que han realizado estos días y a las visitas que ha recibido, el presidente ruso comenzó su discurso agradeciendo su lucha a todos aquellos países, grupos o personas que participaron en la lucha contra los diferentes fascismos –los países occidentales en la coalición anti-Hitler, China, los partisanos europeos, los movimientos de liberación nacional de África y Asia y los voluntarios de países de América Latina- durante la Segunda Guerra Mundial para posteriormente centrarse en la situación actual. Tras criticar los incumplimientos ucranianos a la tregua parcial en el mar y en las infraestructuras, el alto el fuego de Pascua y el Día de la Victoria, Vladimir Putin no cerró la puerta a ampliar el cese del fuego, sino que se centró en la propuesta rusa, muy diferente a la ofrecida por los países europeos, cuya propuesta es una ultimátum y una amenaza de sanciones y aumento del suministro militar a Ucrania.
En este último punto, hay que añadir también que el incremento de la asistencia militar a Kiev es la aspiración europea al margen de si se acepta un alto el fuego, labor que los países europeos han iniciado ya y en la que parecen tener la colaboración de Estados Unidos. “El viernes, un funcionario del Congreso declaró que Estados Unidos había aprobado la transferencia por parte de Alemania de 125 proyectiles de largo alcance y 100 misiles Patriot de defensa antiaérea a Ucrania. Estas armas, de necesidad crítica, se fabrican en Estados Unidos y no pueden exportarse -aunque las posea otro país- sin la aprobación del gobierno estadounidense”, escribía el sábado The New York Times, dando por hecha la entrega de más munición para los sistemas de defensa aérea Patriot y una importante cantidad de misiles ATACMS (a los que previsiblemente se refiera la mención de “125 proyectiles de largo alcance”).
“Como ya he dicho, las autoridades de Kiev no sólo rechazaron nuestra propuesta de alto el fuego, sino que, como todos hemos visto, trataron de intimidar a los dirigentes de los Estados reunidos con motivo de las celebraciones en Moscú”, insistió Vladimir Putin. “Lo repetiré una vez más: hemos propuesto repetidamente pasos hacia un alto el fuego. Nunca nos hemos negado a entablar un diálogo con la parte ucraniana. Permítanme recordarlo una vez más: nosotros no interrumpimos las negociaciones en 2022, sino que lo hizo la parte ucraniana. En este sentido, a pesar de todo, sugerimos a las autoridades de Kiev que reanuden las negociaciones que interrumpieron a finales de 2022, y reanuden las negociaciones directas. Y, subrayo, sin condiciones previas”, añadió introduciendo varios conceptos clave, como recordar que fue Ucrania y no Rusia quien cerró la puerta a la diplomacia hace tres años y que ha sido la parte occidental la que ha apostado desde entonces por la guerra hasta el final.
Frente a un alto el fuego sin ninguna garantía de negociación hacia una resolución definitiva al conflicto, Rusia propone retomar las negociaciones directas “sin demora el próximo jueves, 15 de mayo, en Estambul, donde se celebraron anteriormente y donde se interrumpieron”. Vladimir Putin destacó el papel de Turquía y de su presidente en la organizaciones de aquellas negociaciones, de las que recuerda que “se preparó un borrador de documento conjunto, que fue rubricado por el jefe del grupo negociador de Kiev, pero ante la insistencia de Occidente, simplemente se tiró a la basura”. El presidente ruso exagera el papel occidental en la ruptura de las negociaciones que, como explicó el jefe de la delegación ucraniana en Estambul, David Arajamia, fue un factor, pero no el único. En cualquier caso, la mención a ese borrador insiste en lo que han sugerido estos años tanto Rusia como expertos occidentales, que el preacuerdo de Estambul puede ser el punto de partida de una futura negociación. La referencia indica también que Rusia es consciente de que no puede presentar exigencias maximalistas. Los presidentes ruso y turco conversaron telefónicamente ayer para realizar los preparativos de la propuesta de diplomacia, en la que Rusia ha querido tomar la iniciativa tras el ultimátum europeo.
El objetivo de esas negociaciones debe ser, según la postura rusa, “eliminar las causas profundas del conflicto, alcanzar el establecimiento de una paz duradera a largo plazo en la perspectiva histórica”. En ese contexto, Moscú no descarta “que durante estas negociaciones podamos acordar nuevas treguas, un nuevo alto el fuego. Además, una tregua real, que sería observada no sólo por Rusia, sino también por la parte ucraniana, sería el primer paso, repito, hacia una paz duradera a largo plazo, y no un prólogo a la continuación del conflicto armado tras el rearme, el reabastecimiento de las Fuerzas Armadas de Ucrania y la febril excavación de trincheras y nuevos bastiones. ¿Quién quiere una paz así?”.
“Nuestra oferta está, como suele decirse, sobre la mesa. La decisión depende ahora de las autoridades ucranianas y sus comisarios, que, guiados, al parecer, por sus ambiciones políticas personales, y no por los intereses de sus pueblos, quieren continuar la guerra con Rusia a manos de los nacionalistas ucranianos”, sentenció el presidente ruso, que no olvidó agradecer su trabajo a quienes han tratado de mediar en busca de la paz en estos últimos tres años en orden cronológico: China, Brasil, los países africanos, los países de Oriente Medio y “recientemente, la nueva administración de Estados Unidos”. El objetivo claro de la enumeración era señalar, por su ausencia, a los países europeos, para los que la paz ha sido, como admitió la primera ministra danesa, más peligrosa que la guerra.
“Es una señal positiva que los rusos finalmente hayan comenzado a considerar el fin de la guerra”, escribió ayer Volodymyr Zelensky. El presidente ucraniano no puede permitirse desautorizar públicamente una iniciativa de negociación de la paz, aunque su discurso sigue siendo el mismo. “El mundo entero lleva mucho tiempo esperándolo. Y el primer paso para poner fin a cualquier guerra es un alto el fuego”, añadió para insistir en la idea de 30 días de tregua y negociaciones más allá de ese marco temporal. Sobre la misma base, pero con más dureza, se ha mostrado Andriy Ermak, su mano derecha. “Primero, un alto el fuego de 30 días, después todo lo demás. rusia [escrito expresamente en minúsculas] no debe disfrazar su deseo de continuar la guerra con construcciones verbales”. Quizá esta es la evidencia más clara de que el rechazo a la negociación directa con Rusia que rompió las negociaciones de 2022 y que hizo imposibles las de 2014-2022 no ha cambiado. Y difícilmente va a cambiar en 30 días.
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