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2 de mayo, Donbass, Ejército Ucraniano, Extrema Derecha, Ucrania

Guerra y ciudadanía

El viernes, olvidado entre la actualidad militar de un país que nunca quiso saber nada de las víctimas que no considera propias, se cumplió el undécimo aniversario de la masacre de Odessa, en la que 42 personas murieron asesinadas en un incendio provocado por la turba nacionalista llegada desde el exterior para hacer el trabajo que las autoridades no podían oficialmente realizar, destruir un campamento que recogía firmas para un referéndum de federalización del país. El hecho de que lo hicieran en un espacio abierto y peatonal, en el que no interrumpían el tráfico o la vida normal del barrio, y de una forma pacífica hizo necesaria la participación nacionalista, cuidadosamente preparada días antes por Andriy Parubiy, una de las figuras de las autodefensas de Maidan, posteriormente presidente en funciones del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional y finalmente presidente de la Rada, segunda autoridad del país.

Hace apenas unas semanas, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos hizo oficial lo que siempre se había sabido: el Estado ucraniano fue negligente a la hora de preparar un dispositivo para prevenir unos enfrentamientos que eran posibles -incluso previsibles-, no actuó como debió para evitar la catástrofe una vez comenzado el incendio y no investigó los hechos en busca de las personas culpables. Sin embargo, ninguna sentencia ha juzgado nunca quién provocó el incendio ni la intencionalidad de las acciones nacionalistas aquel día. Como el sector más movilizado de la sociedad, ideologizado en su odio a todo lo ruso -entendido en el sentido amplio, incluyendo no solo al nacionalismo ruso en términos políticos sino a cualquier vínculo con el pasado cultural, social, lingüístico o histórico con Rusia o la Unión Soviética- el nacionalismo fue el recurso al que se aferró la Ucrania post-Maidan, con un Gobierno que carecía de legitimidad en una parte importante del país. Para esos sectores, el 2 de mayo, que coincidió con el inicio de los primeros combates del conflicto de Donbass en Slavyansk tres semanas después de que Ucrania decretara su operación antiterrorista, siempre fue una batalla más de una guerra contra Rusia que consideran centenaria o incluso milenaria pese a que la realidad y el sentimiento social mayoritario no avalen esa historia imaginaria.

Como cada año, el aniversario de la masacre de la Casa de los Sindicatos fue conmemorado como una tragedia desde Donbass, que vio en el 2 de mayo el punto de inflexión entre una versión de Ucrania con la que se podría negociar y otra marcada por el odio. A las ya habituales celebraciones de personas vinculadas a Azov, como Maksym Zhoryn, o al Praviy Sektor, incluido su antiguo líder en Odessa Serhiy Sternenko hay que añadir el mensaje publicado el sábado por DeepState, el recurso de seguimiento del día a día de la guerra vinculado al Ministerio de Defensa de Ucrania. “2 de mayo. El día del gallo frito al estilo de Odessa”, escribió DeepState, “gracias a todos los que participaron en la salvación de la ciudad”. Esa idea, que el 2 de mayo, con una turba nacionalista que acorraló a cientos de personas en un edificio en el que se habían cerrado los accesos y al que se lanzaban cócteles molotov, fue la forma adecuada de salvar Odessa ha sido desde 2014 el argumento del nacionalismo, que poco ha poco ha conseguido imponerlo como ideología oficial del Estado. Si en los primeros años el objetivo era fundamentalmente olvidar lo ocurrido, ofender y marginar al máximo a las víctimas pero no insistir en la celebración nacionalista, con el paso de los años se ha generalizado la visión de la masacre de Odessa como una batalla más en la guerra entre los dos países, una en la que las bajas civiles ni siquiera son consideradas daños colaterales sino chivos expiatorios a los que humillar de forma continua y utilizar como ejemplo de la firmeza que exige la guerra.

La lucha contra Rusia, razón de ser de los sectores nacionalistas mucho antes de la invasión rusa o la guerra de Donbass, ha sido elevada a causa central del Estado ucraniano, un proceso que también precede al 24 de febrero de 2022, pero en el que la guerra de alta intensidad ha facilitado la eliminación de todo filtro o sutileza que en el pasado había sido necesario. Ahora que han logrado ya que la visión nacionalista de la cultura y de la historia sean consideradas el único discurso aceptable por parte de la sociedad y las instituciones, los sectores nacionalistas intentan conseguir que la militarización social sea el origen de una refundación del país en forma aún más antirrusa y aún más beligerante. La causa de la guerra como obligación social de toda la sociedad y la militarización de todos los aspectos de la vida ha sido algo repetido por los dirigentes de los diferentes grupos nacionalistas que han adquirido cada vez más poder gracias a la guerra y al enaltecimiento político y mediático de estos últimos años.

La introducción de una economía verdaderamente de guerra, el alistamiento obligatorio de personas en edad militar sin excluir a los más jóvenes -aunque en muchos casos sí a las mujeres, ya que en esos sectores impera un sentimiento tradicionalista con fuerte componente machista- y el castigo ejemplar para los hombres que rechacen la movilización han sido temas recurrentes a lo largo de los años de guerra, especialmente en los momentos en los que la escasez de personal ha sido percibida como el problema principal. Exponentes de una visión de la guerra en la que los más decisivo es la visión del guerrero, parte central del esfuerzo bélico, la falta de armamento, tan insistida por el Gobierno, ha sido presentada como un problema secundario frente a la falta de voluntad de lucha de la sociedad. Incluso a la hora de defender la posibilidad de un alto el fuego, algo que Andriy Biletsky hizo mucho antes de que Volodymyr Zelensky se subiera obligado por Estados Unidos al tren del falso pacifismo, el argumento siempre ha sido preservar la unidad de la lucha.

En este contexto, no puede sorprender que la opinión de las tropas, entre la que destaca por encima de cualquier otra tendencia el peso de los grupos nacionalistas, sea uno de los factores clave a la hora de preparar una futura reintegración de aquella población masculina que ha optado activamente por evitar luchar en la guerra, un tema que vuelve a la agenda ahora que existe la posibilidad -o el peligro- de que el proceso diplomático pueda dar lugar a un alto el fuego en algún momento del futuro a medio plazo. “Uno de los retos más incómodos a los que se ha enfrentado el gobierno ucraniano en los últimos años ha sido cómo tratar a los hombres en edad militar que evitaban el servicio militar obligatorio, ya fuera pagando sobornos, utilizando documentos falsificados, cruzando ilegalmente a pie a los países vecinos o incluso cruzando a nado los ríos fronterizos”, escribe esta semana The Kyiv Post, que añade que “esa cuestión también ha alimentado el resentimiento entre los soldados de primera línea, que han pasado años en las trincheras sólo para abrir las redes sociales y ver a antiguos compañeros o amigos viviendo cómodamente en el extranjero, sin sufrir las consecuencias de la guerra. Pero, ¿qué ocurrirá con estos evasores si deciden regresar, o una vez acabada la guerra?”.

“Los soldados ucranianos han mantenido las líneas del frente desde el comienzo de la invasión a gran escala, muchos de ellos sin rotación. Incluso dejando de lado la cuestión de los hombres que huyeron ilegalmente del país, la frustración es palpable”, insiste The Kyiv Independent, en cuyo artículo no existe el más mínimo matiz crítico con la guerra o con quienes han condenado al país a la continuación de una guerra proxy en la que los países proveedores no querían participar con sus propios soldados y que eran conscientes de que Ucrania no podía ganar.

“Se ha hablado del regreso de los hombres que huyeron al extranjero. Durante una reunión celebrada el 11 de enero de 2023 en Tallin con la primera ministra estonia, Kaja Kallas, el presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, instó a los hombres ucranianos en edad de movilización que huyeron al extranjero a regresar, ya sea para luchar o para apoyar la economía trabajando y pagando impuestos. Destacando la carga ética y financiera que pesa sobre los que permanecen en Ucrania, Zelensky dijo que el país necesita que todos los ciudadanos contribuyan de alguna manera, señalando que hacen falta seis contribuyentes para mantener a un soldado”, continúa el artículo, al que únicamente le falta introducir la cuestión de la natalidad en busca de una futura generación que continúe la lucha eterna contra Rusia.

A lo largo de este tiempo, Ucrania ha exigido a los países que acogieron en 2022 a población refugiada que los hombres sean deportados y que se detenga el pago de prestaciones sociales, a lo que ha añadido la eliminación de servicios consulares para los hombres en edad militar, alienando aún más a una población que había huido de la guerra. Como indica el artículo citando a Anastasia Kharitonova-Gomez, que estudia la diáspora ucraniana en Norteamérica, “por un lado, Ucrania simplemente necesita a los ucranianos para defenderse. Es mucho lo que está en juego para todo el país, más de lo que la mayoría de la gente cree. Si los hombres se van, la supervivencia del país está literalmente en peligro. Por otro lado, los individuos tienen un deseo muy humano, muy fundamental para sobrevivir”. Sus comentarios son el único apunte con un mínimo de compasión hacia quienes han rechazado la vía de las trincheras como forma de patriotismo cívico.

La interpretación nacionalista es la base del artículo, como lo es también de la ideología del país. “Taras Kuzio, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Kyiv-Academia Mohyla, no se contuvo al hablar de los ucranianos que huyeron del servicio militar: «Una de mis estudiantes en Alemania daba alojamiento a un tipo que sobornó para salir de Ucrania. Le dije que era un traidor y ella una idiota por ayudarle», afirmó. «Este tipo de gente está extendiendo la corrupción en el ejército, la guardia fronteriza y el SBU»”, escribe The Kyiv Independent citando a uno de los académicos más citados en los medios occidentales, que prefieren olvidar su ímpetu nacionalista, muy anterior a la guerra, para presentarlo como gran exponente de las voces ucranianas.

El artículo termina con unas palabras de Kirilo Budanov a las que habría que sumar las recientes declaraciones de Valery Zaluzhny, que ha añadido al deber de perder el miedo a morir por Ucrania el de matar por ella. “Si una persona no está ni en el frente ni ayudando en la retaguardia, no tiene derecho a llamarse ciudadano de Ucrania. Y la sociedad debería percibirlo así”, afirmó Budanov, recuperando la idea que en el pasado ya ha utilizado Zelensky de vincular la ciudadanía a la actuación de la persona ante la guerra.

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