“Los dirigentes ucranianos han redactado una contrapropuesta a un plan de la administración Trump que ha suscitado críticas por conceder demasiado a Rusia. Aunque la contraoferta insiste en algunas de las exigencias anteriores de Kiev, deja entrever posibles concesiones en cuestiones que se consideran irresolubles desde hace tiempo”, escribía ayer The New York Times para presentar los términos de la respuesta ucraniana y europea al documento que Estados Unidos presentó como final. Como afirma CNN, el documento lleva la firma de Ucrania, Reino Unido, Francia y Alemania y fue entregada en Londres al general Keith Kellogg, que ante la ausencia de Marco Rubio y Steve Witkoff, encabezó la representación estadounidense.
Según los términos del plan, al que han tenido acceso varios medios, “no habría restricciones al tamaño del ejército ucraniano, se desplegaría en territorio ucraniano «un contingente de seguridad europeo» respaldado por Estados Unidos para garantizar la seguridad, y los activos rusos congelados se utilizarían para reparar los daños causados en Ucrania durante la guerra”. “El Kremlin podría descartar estas tres disposiciones, pero algunas partes del plan ucraniano sugieren una búsqueda de un terreno común. No se menciona, por ejemplo, que Ucrania recupere todo el territorio arrebatado por Rusia ni se insiste en que Ucrania se una a la OTAN, dos cuestiones que el presidente Volodymyr Zelensky lleva tiempo diciendo que no son negociables”, añade el medio en el tercer párrafo de su artículo, con el que concluye el análisis de los términos planteados por Kiev y las capitales europeas como respuesta al documento de Steve Witkoff, oferta final de Donald Trump, cuyos términos completos también se han conocido estos días.
La agencia Reuters, que ha tenido acceso a los dos documentos, ha publicado íntegramente y sin modificaciones ambas propuestas. Al contrario que en el caso de Estambul, en el que el análisis tenía que basarse en las declaraciones de las partes implicadas y las reacciones de sus aliados y hubo que esperar meses hasta la publicación del borrador del acuerdo, actualmente se dispone de las dos propuestas que están sobre la mesa. La primera (a la izquierda) es el resultado de las negociaciones entre Estados Unidos y Ucrania, lideradas por Marco Rubio y con la participación del general Kellogg, principal defensor de Ucrania en el equipo estadounidense, y entre Estados Unidos y Rusia, gestionadas fundamentalmente por Steve Witkoff ante el rechazo ruso a tratar con Keith Kellogg y teniendo en cuenta las malas relaciones con Marco Rubio, bajo sanciones rusas. La segunda (a la derecha) es la respuesta que los países europeos y Ucrania anunciaron a Estados Unidos que pretendían presentar esta semana en Londres, origen del enfado de Washington y de la cancelación del viaje de Marco Rubio. En lugar de la respuesta de sí o no a su propuesta final, la administración Trump, siempre dispuesta a creer que está más cerca del acuerdo de lo que la realidad indica, se encontró con un documento que, en ciertos puntos, complica notablemente la consecución de un pacto con Rusia, objetivo de Estados Unidos, pero quizá no tanto de sus aliados europeos, más centrados en conseguir que el tratado que ponga fin a la guerra sea impuesto a Moscú y no pactado con el Kremlin.
Siguiendo la tendencia de la superficialidad en el análisis, medios como CNN se han quedado en obviedades como que “los principales puntos de fricción entre Estados Unidos y Ucrania sobre un marco para poner fin a la guerra en Ucrania incluyen las garantías de seguridad para Ucrania y la postura de Estados Unidos sobre el reconocimiento del control ruso de Crimea”. Este último aspecto, la ira que ha causado la intención estadounidense de ofrecer su reconocimiento de la soberanía rusa sobre la península en la que dispone de la base de la debilitada flota del Mar Negro, ha sido ampliamente debatido a lo largo de esta semana, en la que la cuestión de la integridad territorial ha sido presentada como el principal obstáculo para la aceptación del plan estadounidense.
Teniendo en cuenta que la única sorpresa real es la cuestión del reconocimiento oficial del estatus de territorio ruso para Crimea, que en la práctica no supone ningún cambio para Ucrania, que perdió el territorio en 2014 y no ha tenido desde entonces ninguna opción de recuperarlo, la primera impresión del documento europeo es que llega muy tarde, ya que aparenta más una propuesta inicial, punto de partida de la negociación, que la respuesta a una propuesta final, redactada tras repetidos contactos con los dos países en guerra. El elemento central de la contrapropuesta ucraniana es precisamente insertar en todos los puntos posibles a Estados Unidos y aprovecharse de aquellos epígrafes que en la propuesta de Washington contienen una redacción más vaga para incluir cláusulas que transforman la idea original con condiciones adicionales. Es el caso del levantamiento de las sanciones impuestas a Rusia desde 2014, un incentivo básico sin el que un acuerdo con Moscú es prácticamente inviable. En este punto es evidente la mano de los aliados europeos de Ucrania, con capacidad de veto, y poco dispuestos, por ejemplo, a aceptar que Rusia vuelva a estar conectada al sistema internacional de pago SWIFT, que en la práctica supone readmitir al país en el mercado occidental. Frente a la formulación estadounidense de levantamiento general de las sanciones, la contrapropuesta ucraniana y europea habla de la rebaja progresiva de las medidas económicas y precisa que se trata de “sanciones estadounidenses”, por lo que muestra la voluntad clara de mantener las sanciones europeas, mucho más relevantes.
Kiev pretende también introducir en el acuerdo final los activos públicos y privados rusos bloqueados en los países occidentales, fundamentalmente en la Unión Europea, para su uso en la reconstrucción, una exigencia que Kiev ha repetido a lo largo de la guerra, ya sea para su futuro uso o para la actual adquisición de armas. Este punto es un ejemplo de los aspectos en los que Estados Unidos busca únicamente determinar un marco que posteriormente sea implementado por quienes gestionen la posguerra, es decir, los países europeos, en cuyas manos pretende dejarse la reconstrucción y la seguridad, así como su coste. En el pasado Washington, también con la administración trumpista, se ha mostrado favorable a incautarse de los activos rusos retenidos, aunque no ha introducido la cuestión en su “propuesta final”, posiblemente para no alienar a Moscú, que perdería 300.000 millones de motivos para aceptar el plan.
Las diferencias con el texto estadounidense subyacen desde el primer punto, el del alto el fuego, que Washington ve como el inicio de las negociaciones directas entre Moscú y Kiev, mientras que Ucrania y sus aliados europeos entienden como prerrequisito para comenzar a hablar desde una posición mucho menos definitiva de lo que espera la Casa Blanca. En todo momento, la contrapropuesta europea se presenta como pasos a dar y verificar para proceder a la siguiente fase: el alto el fuego es prerrequisito para la negociación; a partir de ahí comenzará a hablarse de los territorios y, dependiendo de la voluntad europea, se levantarán progresivamente las sanciones, todo ello a discreción de Ucrania, con siete años de experiencia en denunciar como rusas sus infracciones al alto el fuego y en reescribir los acuerdos firmados para adaptarlos a sus intereses. En ese sentido, la propuesta ucraniana y europea contiene reminiscencias a los siete años de eternas negociaciones en Minsk, en las que jamás iba a llegarse a un acuerdo. La incapacidad o falta de voluntad por cerrar aquel conflicto, el de Donbass, dejó la puerta abierta a la continuación de la guerra, en esta ocasión a una intensidad muy superior y afectando a todo el territorio ucraniano.
En su propuesta, Ucrania parte de la base de unos puntos que quiere tener garantizados. Es el caso de la financiación y compensación “completa” -que sean Rusia y sus aliados quienes costeen la reconstrucción-, pero también del territorio. Ucrania se garantiza, gracias a Estados Unidos, el control de la península de Kinburn, el paso libre por el Dniéper, la presa de Kajovka y la central nuclear de Energodar, ambas infraestructuras bajo control ruso. En el caso de la central nuclear, Estados Unidos propone ser quien gestione la central, suministrando energía tanto a Rusia como a Ucrania. La formulación ucraniana es más ambigua -eco también de Minsk- y plantea la recuperación de su control junto a Estados Unidos, dando a entender que pretende que Washington recupere el control y se lo entregue, una posición inaceptable para Rusia, que permitiría introducir un caballo de troya ucraniano en un territorio muy sensible y que Kiev no ha dudado en bombardear con artillería (siempre culpando posteriormente a Rusia del autobombardeo) para provocar una situación insostenible. Curiosamente, y de forma un tanto infantil, Ucrania exige esas concesiones territoriales, todas ellas a su favor, mientras que insiste en que cualquier negociación territorial ha de producirse a posteriori.
Sin embargo, y al margen de las evidentes diferencias de opinión en cómo gestionar las pérdidas territoriales inevitables desde el momento en el que Ucrania no ha sido capaz de ganar la guerra y expulsar a las tropas rusas, la lectura detallada de la respuesta ucraniana y europea muestra lo que las palabras y los actos de Ucrania han dejado ver a lo largo de los últimos meses: la prioridad de la cuestión de la seguridad sobre la territorial, algo que comparten los dos países en liza. Aunque en ocasiones continúa insistiendo en la necesidad de obtener el control de las cuatro regiones ucranianas que ha reconocido como propias (además de Crimea, que para Rusia nunca estuvo sobre la mesa de negociación), una filtración ha confirmado esta semana otra evidencia, que Rusia es consciente de que no va a obtener ciudades como Jersón o Zaporozhie y que, salvo un cambio difícil de imaginar en las condiciones actuales, tampoco llegará a Slavyansk o Kramatorsk. La voluntad de congelar el frente que oficiales rusos han manifestado según Financial Times es coherente con el intento ruso de lograr un acuerdo con Estados Unidos en materia de seguridad en términos de no expansión de la OTAN a sus fronteras. En el caso ucraniano, obtener garantías de seguridad de Washington es también el principal objetivo desde que Zelensky es consciente de que la asistencia militar para continuar luchando eternamente hasta que Ucrania logre recuperar los territorios que considere necesarios no iba a durar para siempre. Ese cambio se observó de forma clara con la publicación del Plan de Victoria, mucho más centrado en las cuestiones económicas y de seguridad que la Fórmula de Paz, una hoja de ruta de exigencias de rendición militar, política y económica completa a Rusia, un documento que solo podía imponerse por la fuerza sobre un enemigo derrotado.
Ucrania no ha logrado ganar la guerra y desde el otoño de 2022 no ha conseguido capturar territorio y mantenerlo (lo hizo durante meses en Kursk, para perderlo posteriormente ante la reciente ofensiva rusa, cuyo final se anunció ayer con la liberación de la última aldea bajo control de las tropas ucranianas), pero se considera lo suficientemente fuerte como para mantener, incluso ahora, exigencias de máximos. El apoyo del Reino Unido, Francia, Alemania o la Unión Europea da a Ucrania una percepción de fortaleza, especialmente en las negociaciones a las que siempre estuvo dispuesta, no con sus enemigos, sino con sus aliados. Kiev exige a Estados Unidos lo que siempre le ha pedido: participación militar en el control de un futuro alto el fuego y garantías de seguridad vinculantes.
Ucrania y los países europeos vuelven a aprovecharse de lo escasamente desarrollado del documento estadounidense, cuyo único interés es el acuerdo y no la gestión del día después, para precisar que no puede haber restricciones en el tamaño de las Fuerzas Armadas de Ucrania ni de presencia militar de otros países. Kiev busca así las bases para la introducción de una misión armada de países de la OTAN que siempre ha sido una línea roja para Rusia, pero que Ucrania aspira a imponer y considera que la Casa Blanca está dispuesta a aceptar. En este sentido, el punto clave, y que sí choca directamente con la postura mantenida por la actual administración y también por su antecesora es aquel en el que Ucrania y sus aliados europeos afirman que Kiev debe recibir “sólidas garantías de seguridad, incluidas las de Estados Unidos (acuerdo similar al del Artículo 5)”. La mención al quinto artículo de la Alianza Atlántica, el de seguridad colectiva, implica una adhesión de facto de Ucrania, lo que hace irrealizable cualquier acuerdo con la Federación Rusa. Pero más allá de la postura de Moscú, las garantías de seguridad vinculantes, es decir, que obliguen a Estados Unidos a intervenir directamente en favor de Ucrania en caso de agresión, es algo que no solo Trump, sino también Biden, han negado a Ucrania. En 2022, cuando Rusia y Ucrania negociaban como debe gestionarse la paz, de forma directa, tanto Washington como Londres filtraron a su prensa de confianza que las garantías de seguridad a las que se referían Kiev y Moscú eran inviables. Nada ha cambiado desde entonces en lo que respecta a la voluntad de enfrentarse directamente a Rusia, implicación directa de la intervención de Estados Unidos o el Reino Unido en Ucrania.
Kiev y sus aliados europeos siguen insistiendo en la adhesión a la OTAN, que Zelensky ha presentado siempre como las “garantías de seguridad más baratas” para la Alianza, una idea para la que hay que esconder el riesgo real de enfrentamiento directo entre potencias nucleares. Esas garantías de seguridad que Ucrania exige que sean de Estados Unidos, no solo “robustas” como expresa la propuesta de Washington -probablemente para remarcar que espera que esas acciones y ese coste corran a cargo de los países europeos-, solo serían necesarias “mientras no haya consenso entre los Aliados sobre el ingreso en la OTAN”. Aceptar estas condiciones significaría para Rusia aceptar que la renuncia a la entrada en la Alianza Atlántica no sería sino una moratoria hasta la llegada de un presidente más favorable, como los propios representantes estadounidenses admitieron, según The New York Times, en la reunión de Londres.
“En conversaciones en Londres y París, funcionarios estadounidenses reiteraron la intención de Trump de oponerse a la adhesión de Ucrania a la OTAN, pero explicaron a sus homólogos ucranianos que esta posición no obligaría a futuros presidentes estadounidenses si alguno tiene una postura diferente”, afirma el diario neoyorquino, que cita a uno de esos oficiales insistiendo en que “la próxima administración estadounidense podría decidir permitir la entrada de Ucrania en la OTAN”. Lo mismo puede decirse de la gestión estadounidense de la central nuclear de Zaporozhie, cuya gestión podría ser cedida a Kiev en cualquier momento.
La respuesta ucraniana al documento estadounidense, preocupado únicamente por el presente y desinteresado por cuál vaya a ser el desarrollo del conflicto político entre los dos países más allá de la presidencia de Donald Trump, refleja que los objetivos de Kiev y las capitales europeas no han cambiado y que todo pasa por lograr la expansión de la OTAN hasta la frontera rusa. Aceptar una pérdida temporal de territorios, algo negociable, aunque Ucrania haya demostrado desde 2023 no tener fuerza para recuperar siquiera pequeñas partes de él, es solo un mal menor, una situación que solo considera transitoria y contra la que seguiría luchando de otra manera. La vinculación de todo el desarrollo político del documento recuerda a la hoja de ruta de Minsk, que se demostró ampliamente manipulable a base de bombardeos y alegaciones de autobombardeo ruso, mientras que el flagrante intento de mantener las sanciones europeas indica que Kiev y sus aliados europeos quieren seguir utilizando la herramienta de guerra económica para perpetuar el conflicto no solo como inestable paz armada al estilo de la frontera entre las dos Coreas, sino política y económicamente activo mucho más allá de la tregua en vistas a la llegada de una presidencia más dispuesta a enfrentarse nuevamente a Rusia.
Pese al calificativo de final de la oferta estadounidense, nada está escrito y las negociaciones con las partes continúan. Ayer, tal y como deseaba, Volodymyr Zelensky se reunió en el Vaticano con Donald Trump, mientras que Steve Witkoff celebró un nuevo encuentro de tres hora de duración con Vladimir Putin. Zelensky obtuvo un premio más en forma de reproche de Donald Trump a Vladimir Putin, al que achacó bombardear innecesariamente áreas civiles y al que amenazó con “sanciones bancarias” o “sanciones secundarias”.
Ucrania y sus aliados europeos son conscientes de que no pueden luchar contra Rusia con garantías en caso de perder la asistencia estadounidense, mientras que Rusia parece comprender que un acuerdo con Estados Unidos es preferible a una guerra eterna. Nada indica que, como afirma Donald Trump, el acuerdo entre Kiev y Moscú esté cerca. Las contradicciones entre las exigencias de las partes siguen pareciendo insuperables y el mediador no está siendo capaz de gestionar este complejo proceso diplomático.
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