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Momento clave para la diplomacia

“Queremos que acabe ya”, afirmó la semana pasada en referencia a la guerra de Ucrania -o quizá simplemente al proceso de negociaciones, del que parece haberse cansado con la rapidez de quien cambia habitualmente de opinión o de interés- Donald Trump. Con esas palabras, respaldaba a su Secretario de Estado, Marco Rubio, que horas antes había elevado la presión a las partes en busca de una aceptación rápida de lo que ya parece la oferta final de la Casa Blanca. Según varios medios occidentales, Trump se dispone a hacer público su plan de paz esta semana, una propuesta que el Kremlin dice no conocer y que el portavoz de Vladimir Putin, Dmitry Peskov, insiste en que nadie publicaría al tratarse de documentos de una negociación en marcha. El plan estadounidense pasa por la reunión que se celebra hoy en Londres, en la que presionarán tanto a Ucrania para aceptar los términos de resolución propuestos por la Casa Blanca, como a sus aliados europeos, de los que buscará que se hagan cargo del coste de la guerra y posguerra a partir de ahora y previsiblemente que moderen su posición en lo que respecta a relajar las sanciones contra Rusia.

Moscú y Kiev, conscientes de que no van a quedar completamente satisfechas con ningún plan de paz que derive del diálogo en las condiciones actuales, prefieren no precipitarse a un acuerdo que cierre el conflicto en falso. Esa posición es más clara en el caso ruso, ya que con la iniciativa en el frente y sin dependencia exterior para suministrar a su ejército, el Kremlin considera que el tiempo corre a su favor. “Continuamos nuestros contactos con los estadounidenses a través de diversos canales. La cuestión de la resolución es extremadamente compleja, por supuesto, así que no es posible fijar plazos estrictos y tratar de apresurar la resolución del conflicto en un marco temporal reducido. Sería un ejercicio inútil”, declaró ayer a los medios rusos Dmitry Peskov, que dejó claro que la voluntad de Rusia no es buscar un alto el fuego y un proceso de paz posterior, sino lograr un acuerdo de resolución que posteriormente sea puesto en marcha. La experiencia de Minsk es muy cercana y se ha aprendido de los errores cometidos en aquel momento, en el que un texto excesivamente abierto y poco detallado dio lugar a una negociación que Ucrania alargó hasta que fue Rusia quien finalmente puso fin a unos acuerdos que nacieron muertos por la voluntad de una de las partes de no implementarlo siquiera parcialmente.

La postura de Kiev es necesariamente diferente, ya que su situación en el frente y la retaguardia es mucho más compleja. Las imágenes de hombres siendo asaltados por la fuerza para ser reclutados en las calles se han convertido en la norma, Ucrania no es capaz de desmovilizar a quienes llevan años en el frente debido a la ausencia de tropas de reemplazo y, sobre todo, depende de su socio estadounidense para poder continuar luchando con garantías. En las palabras de Donald Trump y Marco Rubio había una amenaza implícita y ese “pasaremos a otra cosa” no es únicamente que Estados Unidos se centrará en otras regiones más estratégicas del planeta, sino que dejará de interesarse por cuál es el destino de aquella de las partes que considere que ha rechazado la paz (o incluso ambas partes, si es que la percepción de Trump es que tanto Moscú como Kiev han renegado de sus esfuerzos). En esa advertencia, el riesgo es muy diferente para cada uno de los dos países y es más claro en el caso de Ucrania, que ya ha experimentado la medida que prevé el plan Kellogg-Fleitz en caso de que Kiev rechace negociar: el corte de suministro de material militar e inteligencia. La interrupción se prolongó durante apenas unos días, que fueron suficientes para que el Institute for the Study of War alegara que fue la causa del colapso del frente de Kursk. La pérdida definitiva del apoyo exterior estadounidense, aunque pudiera ser parcialmente paliado por el aumento del suministro europeo, no podría ser compensado completamente y Ucrania quedaría expuesta especialmente a la aviación y misiles rusos y podría sufrir también por la falta de capacidad industrial europea en la fabricación de munición de artillería. En el caso ruso, el peligro solo sería elevado en caso de que la ira de Donald Trump supusiera un incremento exponencial de la asistencia militar a Kiev, algo que parece menos probable, especialmente porque supondría un aumento del riesgo de enfrentamiento directo entre grandes potencias, algo que no parece ser lo que busca el presidente de Estados Unidos.

Ni Ucrania ni Rusia esconden que esperan que Estados Unidos considere que es su oponente quien se ha convertido en obstáculo para la paz, de ahí la insistencia ucraniana en que Rusia acepte un alto el fuego que Kiev se vio obligada a aceptar bajo presión estadounidense y que no deseaba. En estas últimas horas han proliferado las ofertas mutuas. Zelensky exige un alto el fuego incondiconal, es decir, impuesto a Rusia, bajo la vaga promesa de futuras negociaciones directas con Moscú. Según Financial Times, Vladimir Putin ofrece «detener la invasión en la actual línea del frente». Todo apunta a congelar el frente, que pasaría a actuar de frontera de facto, el desenlace más previsible a esta guerra desde hace ya varios años. Eso sí, el presidente ucraniano precisó ayer que no habrá reconocimiento de la soberanía rusa sobre ningún territorio. Lo hizo en referencia a Crimea, que pertenece, en sus palabras, «al pueblo ucraniano».

Acercar a Donald Trump a su postura ha sido la principal obsesión del Kremlin y de Bankova estos últimos meses. También ahí el margen de maniobra de Ucrania es notablemente más reducido que el de Rusia, que ha ofrecido la apertura del negocio del petróleo ruso a las empresas estadounidenses, que ni siquiera tendrían que soportar la competencia de empresas europeas, cuyo retorno no se prevé a corto o medio plazo.  Para Ucrania, todo pasa por el acuerdo de minerales, cuya negociación final está en curso, ya que Estados Unidos ha puesto una fecha límite para su firma, el 24 de abril. “Es un gran acuerdo”, afirmó el pasado fin de semana en una aparición en Fox News Keith Kellogg, el hombre que insistió a Zelensky que vistiera de traje en la reunión con Donald Trump, durante el fallido intento de ratificar un documento que, por los datos que se conocen, era menos desfavorable a Ucrania que el que se maneja actualmente. “Lo que hace es que nos suministra metales, metales preciosos que no tenemos aquí en Estados Unidos. Por ejemplo, titanio. Nosotros lo importamos. Ellos lo exportan. Podemos utilizarlo para nuestras industrias y eso es muy importante”, añadió el general, enviado de Donald Trump para Ucrania. No hay en su discurso mención a los beneficios que ceder la mitad de los ingresos procedentes de la extracción de elementos como titanio, litio, granito, níquel o cobalto reportará a Ucrania.

Sin esperar a la siguiente pregunta, el general Kellogg quiso volver a la cuestión político-militar para mostrar su optimismo por el potencial desarrollo de los acontecimientos esta semana. Estados Unidos ha anunciado ya que habrá una nueva visita de Steve Witkoff, principal interlocutor con la Federación Rusa, posiblemente para trasladar a Moscú los términos que la Casa Blanca haya obtenido de Ucrania y sus aliados europeos en el encuentro de hoy en el Reino Unido. Según Kellogg, Ucrania ha recibido ya el borrador con la propuesta estadounidense y, una vez sea aceptado por Kiev, Washington quiere trasladar la propuesta a Moscú para obtener “el borrador de los rusos y ver qué se puede hacer”. Aunque se declara “optimista por naturaleza”, las esperanzas del general de obtener el alto el fuego inminente que prácticamente han anunciado Witkoff o Trump parecen menos certeras. Kellogg no dio excesivos detalles sobre la propuesta estadounidense, aunque sí precisó que pasa por lograr un alto el fuego completo de 30 días que posteriormente sería permanente, algo que nunca ha satisfecho a Rusia, que desea que el acuerdo sea final. La novedad de la definición de alto el fuego es que, según el general, sería “por tierra, mar, aire e industrial”, es decir, que se exigiría detener la industria militar, algo que, de no venir acompañado de la detención del suministro de armas extranjeras a Ucrania, haría absolutamente inasumible la propuesta para Moscú, ya que se vería desproporcionadamente perjudicada. El detalle no llamó la atención del periodista, por lo que Kellogg no tuvo que explicar los matices de esa proposición.

En el discurso del general destacó también otra afirmación. “La OTAN no está sobre la mesa, eso está claro desde 2008”, declaró aunque añadió, posiblemente en referencia a la concesión de garantías de seguridad para Ucrania, quizá incluso apoyando la misión armada de Starmer y Macron, que “hay vías para esquivarlo”. La mención a 2008 es especialmente sangrante, ya que ese fue el año en el que, en la cumbre de la OTAN de Bucarest, la Alianza prometió la futura adhesión tanto a Ucrania como a Georgia. Ese compromiso futuro se produjo a instancias de Estados Unidos y contra la opinión de socios como Alemania. Estados Unidos tampoco quiso negociar la paralización de la expansión de la OTAN hacia la frontera rusa ni en tiempos de Trump ni, por supuesto, de Biden, cuando esa promesa, unida al cumplimiento de los acuerdos de Minsk podría haber evitado la invasión rusa de Ucrania.

Ninguno de esos detalles importan ahora para quienes solo quieren elogiar al actual presidente de Estados Unidos. “Donald Trump ha hecho más por acabar la guerra en 90 días que otros en los más de 900 anteriores”, sentenció el enviado de Estados Unidos para Ucrania que, pese a su evidente deseo de lograr un buen acuerdo para Kiev, insistió también en que hay otros muchos aspectos en los que Washington ha de centrarse. Las prisas mandan y la Casa Blanca exige una respuesta rápida a Moscú, Kiev y a los aliados europeos de Ucrania.

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