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Diplomacia, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Estambul, Minsk, Rusia, Ucrania

Diálogo a través de los medios

En 2019, la llegada al poder de Volodymyr Zelensky, que había derrotado ampliamente al odiado Petro Poroshenko, con quien la comunicación había llegado a ser prácticamente nula, supuso ciertas dosis de optimismo para Moscú, que durante un breve tiempo tuvo la sensación de disponer de un nuevo interlocutor con el que sería posible negociar. Zelensky había ganado las elecciones a base de presentarse como la antítesis de Poroshenko, del que se había mofado por sus repetidas promesas de recuperación de Crimea y al que había criticado por su deriva nacionalista, y que había prometido derogar las leyes que la población de habla rusa consideraba más discriminatorias. Las buenas palabras sobre derogar las leyes que regulaban el uso de la lengua, creadas específicamente para apartar progresivamente a la lengua rusa, vehicular en gran parte del país, se quedaron olvidadas en la campaña electoral una vez logrados los votos de esa parte de la población. En lugar de limitar los efectos de esa legislación nacionalista, el presidente Zelensky hizo gala del autoritarismo que le persigue aún y ahondó en ese camino, diferenciándose cada vez menos de su antiguo rival.

La decepción rusa se manifestó fundamentalmente cuando fue evidente que tampoco Zelensky iba a tomarse en serio los acuerdos de Minsk y, a pesar de la declaración de la cumbre del Formato Normandía, en la que Alemania, Francia, Ucrania y Rusia renovaron su compromiso con la hoja de ruta, el presidente ucraniano confirmó a sus aliados franceses y alemanes su intención de no implementar lo pactado. Esa fue la última cumbre en la que participaron de forma presencial tanto Putin como Zelensky. El Formato Normandía quedó aparcado o limitado al nivel de ministros o asesores hasta la ruptura de febrero de 2022. Nada indica que hubiera comunicación directa entre los presidentes durante el proceso de negociación de Estambul y la cumbre de jefes de Estado en la que ambos debían ratificar el acuerdo que Medinsky y Arajamia creían tener en abril de 2022 nunca se produjo. El final de la vía diplomática, que condenó la guerra a la escalada y al aumento del sufrimiento, destrucción y miseria de la población y del país, implicó también el silencio entre los dos países, que en este tiempo han negociado de forma indirecta a través de mediadores y con un diálogo limitado a ciertas cuestiones económicas (como el acuerdo de exportación de grano del mar Negro) o humanitarias (los intercambios de prisioneros de guerra o de cuerpos de soldados caídos en el frente).

Pese a la ausencia de contacto, los últimos días están mostrando una comunicación cruzada entre los dos presidentes que prácticamente podría considerarse una negociación y que está produciéndose a través de los medios. Las guerras siempre han tenido un componente de comunicación y la situación actual se presta aún más a utilizar los medios para exigir, ofrecer o negociar. La inmediatez en la distribución de mensajes y la facilidad de respuesta hace de ese juego diplomático y de guerra psicológica un diálogo en tiempo real y que está aumentando actualmente gracias al nerviosismo que provoca la posibilidad de que vaya a comenzar una negociación. Ambas capitales han dejado claro que están dispuestas a soportar cualquier comentario o salida de tono de Donald Trump o cada una de sus afirmaciones cuestionables sobre la guerra -entre las que destacan las cifras de bajas que aporta, completamente diferentes cada vez que trata de argumentar que las partes han de lograr la paz- para no alienar a la persona más importante de este proceso y conseguir un trato de favor del actual inquilino de la Casa Blanca. Los dos presidentes se han pronunciado esta semana mostrando la opinión de que Donald Trump es la persona indicada para lograr la paz y han dirigido sus reproches a Joe Biden. En el caso de Rusia, se ha agradecido el final de la incomunicación que implicaba la presidencia de Biden. En el de Ucrania, Zelensky ha destacado “los errores” del expresidente: la ausencia de Estados Unidos en Europa o la negativa de su administración a la imposición de “sanciones preventivas”.

Por arte de magia, Rusia ha olvidado que la comunicación no solo no desapareció completamente, sino que una llamada del ministro de Defensa de la Federación Rusa para alertar a su homólogo estadounidense de los planes de Ucrania -que nunca trascendieron públicamente, pero que eran lo suficientemente graves como para provocar la actuación de Estados Unidos y la filtración de que tales plantes existían- provocó la intervención de la Casa Blanca para dar órdenes de detener el posible ataque. Y Ucrania ha olvidado igualmente que el argumento de Biden y Blinken en 2022 fue precisamente que imponer sanciones preventivas no iba a actuar de forma disuasoria sino todo lo contrario, ya que Rusia no tendría nada que temer al habérsele impuesto ya las sanciones antes de invadir el país vecino. En su intento de conseguir el favor de Trump, Ucrania está dispuesta a demonizar a quien en estos años ha sido su principal proveedor.

La peligrosa cercanía del inicio de negociaciones de alto el fuego, principal propuesta de la política del trumpismo para la guerra de Ucrania, ha causado preocupación y una proliferación de declaraciones. Al contrario que Zelensky, que continúa publicando vídeos diarios ofreciendo a la población una visión de la guerra escasamente creíble y cada vez más alejada de la realidad, las declaraciones de Vladimir Putin sobre la situación en lo que Rusia insiste en seguir llamando la operación militar especial han sido generalmente escasas. Ambos presidentes, así como las poblaciones de Rusia y Ucrania, son conscientes de cuáles son las exigencias y las líneas rojas de su oponente. A día de hoy, Putin y Zelensky apuestan por lograr sus objetivos de seguridad -contradictorios entre sí, ya que Rusia exige la renuncia de Ucrania a la OTAN mientras que Kiev solicita la adhesión rápida o la presencia de tropas de la Alianza en el país- por encima de ambiciones territoriales, que a juzgar por las declaraciones de los presidentes, posiblemente no supondrían un gran escollo a la hora de una negociación.

Las negociaciones no tienen aún ni siquiera una fecha definida, tampoco objetivos concretos marcados sobre una hoja de ruta temporal, por lo que la pelea actual radica en quién participará en ese proceso. El más literal de los líderes europeos, Pedro Sánchez afirmó la semana pasada que no podía resolverse nada “sobre Ucrania sin Ucrania” ni “sobre Europa sin Europa”. Sin embargo, la tajante postura de Donald Trump, cuyo autoritarismo supera al de Putin y Zelensky, apunta a una negociación personalista en la que el presidente de Estados Unidos, acostumbrado a no dilatar los procesos y exigir lo que busca por medio de la fuerza y la amenaza, tratará de imponer los términos. La realidad sobre el terreno y la naturaleza proxy de la guerra hace inevitable en la mentalidad del líder estadounidense que la negociación se realice de forma directa entre Washington y Moscú, una fórmula que Moscú también considera favorable. Al fin y al cabo, Ucrania también prefirió, durante la guerra de Donbass, negociar con un actor externo o participante indirecto, Rusia, en lugar de con la otra parte de la guerra.

“Quiere manipular el deseo del presidente de Estados Unidos de conseguir la paz”, afirmó Zelensky en referencia a las declaraciones rusas. La euforia sobre la actuación de Trump hacia Rusia y la amenaza de hacer descender el precio del petróleo para hacer inviable la economía rusa no ocultan la preocupación por declaraciones en las que el presidente de Estados Unidos ha adjudicado parte de la culpa del estallido de la guerra a su homólogo ucraniano. La filtración de planes que implican la concesión de territorios a Rusia y la mención de Trump a la OTAN, calificando la percepción rusa de peligro por la expansión de la Alianza hacia sus fronteras provocan la ira de Ucrania, acrecentada por las manifestaciones de Vladimir Putin, que ha insistido en la ilegitimidad de Zelensky. En una reciente entrevista, el presidente ruso se ofrecía a negociar, pero recordaba que el mandato del presidente ucraniano expiró el pasado año sin que las autoridades trataran de reparar la situación. En el pasado, Vladimir Putin ha abierto la puerta a negociar con Ruslan Stefanchuk, presidente de la Rada, cuyo mandato no ha expirado, por lo que su legitimidad no se pone en cuestión.

Más allá de la mención a la falta de legitimidad, los comentarios de Putin, que afirmó que “si quiere participar”, él también nombrará a personas para hacerlo, han molestado en Ucrania al sugerir que la presencia del presidente de Ucrania es irrelevante. Dependiente de sus aliados extranjeros para continuar luchando y para pagar salarios y pensiones, Kiev se encuentra a merced de sus socios también en una posible negociación y se verá obligada a aceptar los términos que Donald Trump -puede que con ayuda de los países de la Unión Europea o puede que no, también eso será elección del presidente de Estados Unidos-, situación a la que se refiere Rusia cuando resta importancia a la participación del presidente de Ucrania.

“Hoy, Putin ha vuelto a confirmar que tiene miedo de negociar, miedo de líderes fuertes y que hace todo lo posible por prolongar la guerra”, escribió Zelensky, el presidente que prohibió por decreto negociar con el Gobierno de Vladimir Putin y líder del país que se negó a implementar el único acuerdo de paz que se ha firmado en esta guerra y que en 2022 rompió unilateralmente unas negociaciones sobre las que parece que volverá a dialogarse este año. A estas alturas de la guerra, solo Zelensky se percibe a sí mismo como un líder fuerte y las acusaciones de que es Rusia quien no quiere negociar son creíbles únicamente para Donald Trump, que en su visión alternativa de la historia, prefiere ver la realidad a través de una lente que manipula los hechos para adecuarse a las necesidades del guion. Para el presidente estadounidense, que no ve a la OTAN como una herramienta con la que expandir poder blando de Estados Unidos sino como una alianza de seguridad demasiado extensa en un territorio sin interés, es sencillo ver aceptables las quejas rusas en materia de seguridad. Pero como un hombre al que le supone un placer especial vencer donde sus oponentes no lo han hecho, la necesidad de presionar a Putin es tan básica como su voluntad de culpar a Biden de la guerra. Así pueden leerse las manipulaciones trumpistas sobre quién quiere negociar y quién no, pero también su voluntad de ceder ante Putin en partes importantes de sus preocupaciones de seguridad.

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