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«No necesitamos un alto el fuego, necesitamos paz con garantías de seguridad»

La vorágine del enorme trabajo que parecen tener los oficiales de la Unión Europea, la OTAN y sus países miembros para prepararse ante la temida llegada de Donald Trump a la Casa Blanca sigue plasmándose en reuniones diarias, declaraciones alarmantes, filtraciones mediáticas y tuits en los que se advierte del preocupante momento en el que vivimos, peligro que exige siempre más inversión militar y compromiso de continuar armando y financiando a Ucrania. “2025 será un año crucial para Ucrania y sus socios”, escribió el jueves Úrsula von der Leyen sobre su reunión con Volodymyr Zelensky, de viaje en Bruselas para continuar negociando la forma en la que Kiev y sus aliados tratan de conseguir mantener el statu quo. Prácticamente no hace falta leer entre líneas para comprender que, sin posibilidad de victoria militar completa, el plan de Ucrania y las capitales europeas es mantener la guerra en sus condiciones actuales hasta conseguir una posición de fuerza en la que Kiev pueda dictar los términos de la negociación a Rusia.

Como anunció ayer la presidenta de la Comisión Europea, la UE apoyará “la estabilidad económica de Ucrania con más de 30.000 millones de euros” en 2025. Se trata de la asistencia con la que Bruselas sostiene artificialmente al Estado ucraniano para que todos los ingresos propios, además de las aportaciones militares de la UE en su conjunto y de los países miembros a título individual, puedan ser destinados a la guerra. A esas cantidades hay que sumar la aportación británica y, sobre todo, la estadounidense, única que actualmente está en duda. Ejerciendo nuevamente de grupo de presión, como ya hiciera con Joe Biden en busca del levantamiento del veto al uso de misiles occidentales en territorio de la Federación Rusa según sus fronteras internacionalmente reconocidas, estos días Keir Starmer ha realizado un intento de acercamiento a Donald Trump en busca precisamente del mantenimiento de los actuales niveles de apoyo. Todos los aliados europeos de Ucrania son conscientes de que de ello depende la capacidad de Kiev de contener el avance ruso, poder seguir atacando objetivos en las regiones fronterizas rusas -como ocurrió otra vez el miércoles con un ataque con ATACMS y Storm Shadow contra una importante planta militar en la región de Rostov, donde Rusia afirma haber derribado o desviado la mayor parte de misiles- y seguir soñando con acciones audaces como la invasión de Kursk.

La esperanza de Ucrania de seguir siendo el centro de la política exterior europea y una cuestión de interés especial de Estados Unidos está precisamente en la promesa de resultados. Sin embargo, las necesidades son muy diferentes entre los aliados a uno y otro lado del Atlántico. Los europeos buscan derrotar militar y políticamente a una potencia continental contra la que quieren crear su estructura de seguridad, objetivo que comparten con la administración Biden, pero no con el futuro ejecutivo de Trump, deseoso de centrarse en su rivalidad con China y para el que la guerra de Ucrania solo es de interés como forma de debilitar a un aliado estratégico de Beijing. La separación efectiva y duradera que se ha creado gracias al conflicto ucraniano, sumada a las sanciones y el aislamiento económico de Rusia con respecto a Occidente son suficientes argumentos para que Washington entienda que ha conseguido ya ese objetivo. La OTAN garantiza que no habrá ningún tipo de desvinculación de los países europeos de la ortodoxia de política exterior marcada por Washington, por lo que el teatro europeo no supone un interés especial para el entorno de Trump, que desea lograr un alto el fuego y dejar en manos de los países europeos la gestión de la guerra para poder invertir esos recursos en la contención de China.

“Defenderemos el derecho de Ucrania a luchar por su libertad y elegir su propio destino”, insistió ayer von der Leyen, que ha comprendido a la perfección el discurso de Zelensky, que confunde paz con victoria, negociación con imposición y que espera libertad solo en los términos de la parte de la población que considera leal, olvidando que también al otro lado del frente población igualmente ucraniana ha luchado durante una década contra el Estado que envió vehículos blindados, artillería e incluso aviación para apagar sus protestas. Con la guerra desbocada, cruzado hace mucho tiempo el camino de no retorno y condiciones totalmente opuestas como exigencia para iniciar negociaciones, solo importa ya la capacidad de imponer los términos.

Ucrania es consciente de que no puede conseguir ninguno de sus objetivos, incluido el acceso a la OTAN, si no cumple con ciertas expectativas de sus aliados. Contener a Rusia y justificar así la continuación del suministro militar multimillonario solo es posible garantizando algún tipo de victoria más allá de los esporádicos ataques con misiles que, como puede comprobarse, no están ralentizando la guerra terrestre rusa. Rusia ha capturado ya gran parte de la ciudad de Kurajovo y ha empujado a las tropas ucranianas a la planta termal, donde tratan de ofrecer resistencia. Algo más al sur, se ha completado la captura de Uspenovka, con lo que todo el saliente queda ya bajo control ruso. Los avances en dos direcciones han colocado a las tropas ucranianas en una situación crítica en la importante localidad de Velyka Novosyolka, clave para la defensa del frente sur y este, obligando a Ucrania a responder por la vía informativa, jactándose de los centenares de norcoreanos muertos en la región de Kursk, sean reales o imaginarios, ya que Rusia avanza también en el oblast parcialmente ocupado por las tropas de Kiev.

“Les insto a que sigan apoyándonos y a que ayuden a la Casa Blanca a reforzar su compromiso de mejorar la defensa aérea de Ucrania. Gracias a todos los que están ayudando a restaurar la energía y la resistencia de Ucrania. Esto, junto con la defensa aérea, es la mejor respuesta a los ataques masivos de misiles de Rusia”, exigió, consciente de que ni la industria militar ni los presupuestos europeos pueden hacerse cargo de las enormes cantidades de financiación que requiere continuar la guerra según sus parámetros actuales hasta que llegue el momento en el que pueda desearse la paz. La imagen del país que presenta su presidente con este tipo de declaraciones es un Estado subvencionado para garantizar su sostenimiento y unas fuerzas armadas dotadas y equipadas desde el extranjero.

Sin embargo, el triunfalismo no ha desaparecido. “Seamos realistas: solo las Fuerzas Armadas de Ucrania son capaces de hacer frente a la agresión: tienen experiencia, son curtidas en batallas con tropas rusas e innovadoras en el uso de drones en tierra, mar y aire. Sin embargo, el plan absolutamente prometedor de convertir a las Fuerzas Armadas en la base de la defensa común de Europa puede funcionar con una condición: el ejército ucraniano debe salir de la guerra en buenas condiciones, bien equipado y conservando a sus mejores hombres. Para ello, los estados europeos deben aumentar significativamente su apoyo al ejército ucraniano y, a largo plazo, incluso superar la ayuda estadounidense. Para ganar un aliado capaz en el futuro, la Unión Europea debe convertirse en una retaguardia fiable para Ucrania hoy. Esto ya es un axioma”, ha escrito esta semana Mijailo Podolyak mientras su presidente suplicaba más armas y financiación y las Fuerzas Armadas de Ucrania seguían perdiendo terreno en el frente principal de la guerra terrestre. Aun así, el reclamo de la eficiencia es el elegido para apelar a Donald Trump y, sobre todo, a la parte neocon de su entorno, que sigue percibiendo a Rusia como su enemigo soviético de la Guerra Fría.

“No necesitamos un alto el fuego, necesitamos paz con garantías de seguridad”, afirmó el jueves Vladimir Putin durante su maratoniana rueda de prensa prenavideña anual en una declaración que podría haber pronunciado también Volodymyr Zelensky. Los dos países coinciden en la necesidad de no cerrar el conflicto en falso y en su rechazo a un acuerdo similar al de Minsk. El problema a la hora de acudir a una negociación sigue siendo el mismo, la contradictoria definición de paz de las partes en conflicto.

“No tiene sentido presionar a Zelensky para que hable cuando Putin no quiere hacerlo. No podemos hablar de fuerzas de paz cuando no hay paz. ¿Y por qué no hay paz? Porque Rusia no quiere la paz”, afirmó ayer Kaja Kallas, encargada de política exterior de la Unión Europea, que añadió a Financial Times que “apoyar a Ucrania ahora es mucho más barato que soportar la guerra más adelante. Rusia no ha cambiado sus objetivos”. Esta última afirmación de Kallas fue confirmada por Vladimir Putin, que ayer insistió en la necesidad de dialogar sobre la base de lo negociado en Estambul. El presidente ruso repitió, como hizo hace unos días Sergey Narishkin, que Rusia está cerca de conseguir sus objetivos. Teniendo en cuenta las posiciones en el frente, es evidente que Moscú está lejos de poder conquistar Kiev o capturar todo el territorio ucraniano o incluso más allá, como siguen afirmando oficiales como Kaja Kallas que siempre fue el objetivo ruso. La voluntad rusa de negociar a partir de lo pactado en Turquía durante los primeros meses de la guerra, único momento de este conflicto en el que ha sido posible la firma de un tratado que pusiera fin a la disputa entre los dos países, muestra los verdaderos objetivos de Rusia, al menos en la cuestión territorial. En su discurso, Vladimir Putin volvió a insistir en la importancia de Donbass, dejando claro que no hay ambiciones más allá de lo ya capturado y que ese es el territorio que Moscú no está dispuesto a sacrificar. No se trata de una moderación, ni de un cambio sino del mantenimiento de la postura de marzo y abril de 2022.

Como entonces, incluso aunque Rusia haya reconocido como propias cuatro regiones ucranianas que no controla íntegramente, la cuestión territorial no es el principal obstáculo a la hora de determinar qué es la paz justa. A lo largo de las últimas semanas, en las que ha tenido que adaptarse al discurso de Trump, que considera prioritario detener la guerra, el presidente ucraniano ha dejado claro que la prioridad de Ucrania no es el aspecto territorial, sino las garantías de seguridad. Es ahí donde la definición de los términos se hace incompatible. Seguridad es, para Ucrania, la adhesión a la OTAN, mientras que esa es para Rusia la definición de inseguridad.

Los países que participaron activamente en la desmembración de Yugoslavia consideran imperialista que Rusia reclame como propio el territorio de Donbass, cuya reintegración en Ucrania por la vía del compromiso de Minsk fue rechazada por Kiev, que prefirió continuar por la vía militar hasta conseguir su objetivo sin tener que ceder derechos políticos. Los representantes occidentales consideran ahora maximalista la exigencia rusa de determinar las fronteras -que siempre serían de facto, ya que Rusia es consciente de que Ucrania no va a firmar un tratado en el que deje de reclamar esos territorios como propios- según la situación en el frente. Esos mismos países consideran, sin embargo, que Moscú debe aceptar sin rechistar la presencia del contingente de paz que se prepara para el día después, una fuerza de paz que, según Reuters estaría formada por entre 40.000 y 100.000 soldados de países europeos miembros de la OTAN.

La idea, cada vez más presente en los medios de comunicación, sería una forma de convertir a Ucrania en la nueva Estonia, un puesto avanzado desde el que presionar y provocar al enemigo ruso, justificando así constantes aumentos de la inversión militar a costa del gasto social, secundario cuando es preciso defender nuestro modo de vida por la vía militar. Un Estado más poblado y en el que el conflicto ha creado aún más odio, un ejército más potente y con más presencia extranjera y unas condiciones de paz armada o guerra fría siempre con peligro de calentarse ofrecerían a los halcones más exaltados del establishment occidental el trampolín perfecto para seguir librando su guerra eterna contra el enemigo de Moscú. Pero nada de eso será posible si Ucrania no logra contener a Rusia y mantener su estabilidad como Estado. De ahí el nerviosismo por la situación actual y la necesidad de lograr la financiación necesaria para reforzar a Ucrania y conseguir encaminar las negociaciones hacia una diplomacia más coercitiva y favorable a Occidente de lo que ofrecería el equilibrio de fuerzas actual en el frente.

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