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Donbass, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Minsk, Rusia, Ucrania, Zelensky

El legado de Biden

“Biden prometió paz, pero dejará a su sucesor una nación consumida por la guerra”, titula la semana pasada un artículo publicado por The New York Times. La renuncia de Joe Biden, forzada por las circunstancias claramente contra su voluntad inicial, ha abierto la puerta a críticas que llegan desde medios que siempre han sido leales. “Hablando desde el despacho oval el mes pasado mientras explicaba su decisión de no optar a la reelección, el presidente Biden se jactó de sus éxitos. Uno de ellos, sugirió, fue presidir una era de paz”, se sorprende el medio en la apertura de un texto encabezado por una imagen de Joe Biden y Volodymyr Zelensky en Kiev en la única visita que el presidente estadounidense ha realizado a Ucrania y que pudo darse gracias a la coordinación de seguridad y las garantías ofrecidas por la Federación Rusa. Tener que coordinar una visita de Estado, no solo con el aliado al que se pretende visitar, sino especialmente con el enemigo con el que está en guerra no denota precisamente una época de paz. Las circunstancias de la visita niegan también la épica que Biden ha querido dar a su viaje al mostrar su orgullo por ser el primer presidente estadounidense “en entrar en una zona de guerra no controlada por las tropas estadounidenses desde el presidente Lincoln”.

Sin embargo, desde el excepcionalismo de presentarse como el único país capaz de resolver conflictos internacionales y evitar nuevos estallidos, la administración Biden ha querido siempre resaltar sus éxitos, reales o imaginarios. Por ejemplo, días antes del 7 de octubre, el Asesor de Seguridad Nacional de Biden, Jake Sullivan, afirmaba en el Festival The Atlantic que “Oriente Medio está ahora más tranquilo que en las últimas dos décadas”. Las palabras de Sullivan eran una forma de resaltar los éxitos de Joe Biden, un presidente que no regresó, por ejemplo, al acuerdo nuclear iraní que Donald Trump había roto unilateral e injustificadamente. La estabilidad de la que Biden siempre se ha jactado, no solo no existía, sino que sus actos han contribuido a todo lo contrario.

Dos son los conflictos que están marcado la presidencia de Trump: Oriente Medio y Ucrania. En ambos casos, la política Demócrata no se ha desmarcado en exceso de la heredada del trumpismo. Biden no solo no recuperó la diplomacia nuclear de Obama, que había logrado una apertura con respecto a Irán, sino que tampoco revirtió decisiones de su predecesor como el reconocimiento de la soberanía israelí sobre los Altos del Golán sirios o la idea de trasladar la embajada estadounidense a Jerusalén. Los últimos meses han mostrado que el apoyo estadounidense a Israel continúa siendo prácticamente absoluto. Washington no solo ha protegido política y diplomáticamente a Tel Aviv -y también a Netanyahu-, sino que, pese a la evidencia del uso que está dándose del armamento, ha continuado suministrando munición. La era de paz que Biden dejará a Harris o Trump incluye un serio riesgo de guerra regional en Oriente Medio que, de evitarse, posiblemente se deba más a la moderación iraní que a la capacidad de diplomacia de Washington.

Algo similar puede decirse de otra guerra activa cuyas consecuencias han sido catastróficas para la población civil, atrapada en la lucha entre dos grupos fuertemente armados y que, pese a carecer de gran apoyo popular, continúan luchando sin grandes posibilidades de llegar a un acuerdo: Sudán. Ignorada por la prensa occidental, la guerra entre el ejército regular de al Burhan y las milicias de Hedmeti ha causado millones de refugiados, enormes bajas y una hambruna ante la que la comunidad internacional no ha sabido -o querido- reaccionar. Sin nada que ofrecer en busca de algún acuerdo de paz, Washington ha cedido el protagonismo de la diplomacia a países como Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí o Egipto.

Aunque en cierta forma minada su hegemonía ante la creciente importancia de otros actores internacionales, el papel de Estados Unidos sigue siendo relevante en todos y cada uno de los conflictos internacionales, ya sea como instigador o aspirante a pacificador. El caso de Ucrania, el más importante de los conflictos internacionales que han marcado la presidencia de Biden, puede ser el más claro. Y es en esta guerra en la que el papel de Estados Unidos está siendo más determinante. De ahí que sea también central en el discurso de la administración Biden a la hora de mostrar sus éxitos, cuestionables teniendo en cuenta la enorme destrucción que está produciéndose en esta guerra en la que Washington no solo es el principal proveedor, sino que ha marcado los acontecimientos desde antes incluso de que las tropas rusas violaran las fronteras ucranianas el 24 de febrero de 2022.

“Para contrarrestar la agresión rusa, debemos mantener afiladas las capacidades militares de la alianza, ampliando al mismo tiempo su capacidad para hacer frente a amenazas no tradicionales, como la corrupción armada, la desinformación y el robo cibernético. Debemos imponer costes reales a Rusia por sus violaciones de las normas internacionales y apoyar a la sociedad civil rusa, que se ha levantado valientemente una y otra vez contra el sistema autoritario cleptocrático del presidente Vladimir Putin”, escribía en un artículo publicado por Foreign Policy el 23 de enero de 2020, doce meses antes de su investidura y dos años antes de la invasión rusa. El conflicto ucraniano, una guerra en la que Ucrania era entonces la parte agresora, no solo la que había iniciado los combates al decretar una operación antiterrorista para resolver por la vía militar un problema político, sino la que rechazaba abiertamente implementar el acuerdo de paz que había firmado, se planteaba ya como uno de los temas de importancia de la futura administración Demócrata.

Y Aunque la guerra ha cambiado notablemente, no lo ha hecho tanto el discurso ni la actuación estadounidense. Desde antes de la invasión rusa, Washington era la base sobre la que Ucrania sabía que podría construir una política de acercamiento a la OTAN a pesar del riesgo de guerra con Rusia que implicaba. Al contrario que los países europeos, que pretendían al menos tener intención de respetar Minsk, Estados Unidos nunca se interesó por los acuerdos de paz, que consideraba un error europeo. Ucrania pudo escudarse en esa postura para rechazar todo compromiso con Moscú. Washington era también el socio armamentístico que Kiev buscaba y el aliado ideal en la lucha contra la puesta en funcionamiento de la ampliación del Nord Stream, entonces aún en construcción.

A lo largo de los últimos meses, Biden se ha jactado de revitalizar la OTAN, algo que solo puede considerarse positivo en cuanto a los beneficios económicos que para Estados Unidos supone el aumento del gasto militar en Europa, tanto en términos de material utilizado para la guerra, como la inversión de futuro en el rearme ya en marcha. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, tanques occidentales participan ahora mismo en operaciones militares en territorio de la Federación Rusa, una nueva escalada posible únicamente por el suministro occidental liderado por Washington y la intensificación progresiva del permiso otorgado a Kiev para utilizar el armamento cada vez con menos limitaciones.

Como recuerda The New York Times, “soy el primer presidente en este siglo que informa al pueblo americano de que Estados Unidos no está en guerra en ninguna parte del mundo”, afirmó Biden a la nación. La implicación de Estados Unidos en la guerra de Ucrania nunca ha sido directa, pero su presencia es imprescindible para que Ucrania pueda seguir ejerciendo de fuerza proxy en un conflicto contra Rusia que hace mucho tiempo que es común. “Lo que resulta difícil de asimilar es que, aunque Estados Unidos no esté directamente implicado en las guerras de Ucrania o Gaza, los riesgos de conflicto a gran escala han aumentado en el transcurso de la presidencia de Biden”, explica Stephen Wertheim, del Carnegie Endowment for International Peace.

“Con cautela, el NYT plantea una cuestión fundamental sobre la presidencia de Biden: ¿Hasta qué punto las guerras de Ucrania y Gaza recaen sobre él? No en la misma medida, por supuesto, que sobre Putin, Hamás y Netanyahu. ¿Pero hasta qué punto?”, se pregunta -siempre desde un punto de vista legitimador de la acción occidental tanto en Ucrania como en Oriente Medio- el periodista opositor ruso Leonid Ragozin. Sin embargo, en su afán por proteger a Kiev y sus aliados occidentales de siquiera una pequeña parte de culpa por el estallido de la guerra de 2022, ni el artículo de The New York Times ni otros similarmente críticos con una parte de la política exterior de Biden ponen en cuestión los motivos del conflicto ucraniano ni se centran en las herramientas a disposición de Washington para resolverlo o evitar su escalada. Dos eran las herramientas de las que Occidente disponía para evitar una guerra más amplia: el cumplimiento de los acuerdos de Minsk para resolver la cuestión de Donbass y garantías de que Ucrania no accedería a la OTAN para evitar una conflicto con Rusia. En 2019, con la amplia victoria electoral de Volodymyr Zelensky tras una campaña en la que prometió un compromiso con Rusia para terminar la guerra, se dio el único momento en el que pudo producirse un cambio.

En lugar de eso, Zelensky y su equipo cambiaron de retórica, la cumbre de diciembre de 2019 del Formato Normandía fue el escenario en el que el presidente ucraniano comunicó a sus socios su intención de no implementar los acuerdos de Minsk y meses después realizaría la “Declaración Crimea” en la que se comprometía a utilizar todos los medios a su alcance para recuperar el territorio. Todo ello mientras animaba a sus socios, concretamente al Reino Unido, a crear bases militares en Ucrania. Si alguna vez lo fue, el compromiso ya no era posible. “La escalada que condujo a la agresión total de Rusia en Ucrania”, recuerda Ragozin, “comienza con la entrada de Biden en la presidencia y el brusco giro de Zelensky sobre las conversaciones de paz, probablemente como resultado de la misión de Honcharuk a Estados Unidos durante la campaña presidencial de Biden. El propio Honcharuk anunció este giro al mismo tiempo”. Honcharuk, que aguantó el puesto pese a su escandalosa aparición en el concierto del grupo neonazi Sokira Peruna pero no a una filtración en la que criticaba el conocimiento económico de Zelensky,

La valoración de la presidencia de Biden, que en parte dependerá de lo que ocurra en los próximos seis meses y de qué presidencia le suceda, se debatirá, como es habitual, en años futuros. Sin embargo, no es pronto para decir que su legado nunca fue de paz ni estabilidad, sino que contribuyó activamente a que las tensiones existentes en diferentes lugares del planeta, especialmente en el este de Europa, escalaran sin límite aparente hasta una guerra que la diplomacia debió ser capaz de evitar. Esa es la parte que los artículos que evalúan el legado de Biden prefieren no tratar.

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