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La OTAN como «solución»

La cuestión de la OTAN ha sido una parte importante del conflicto ucraniano desde 2014, cuando la victoria de Maidan, con su evidente agenda nacionalista y prooccidental hizo estallar tanto una reacción popular en Donbass como otra institucional en Rusia. Ese cúmulo de factores dio lugar a la rápida secesión de Crimea y la proclamación de las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk, la operación antiterrorista iniciada por el Gobierno de Turchinov-Yatseniuk y la consolidación de la guerra con la llegada de Poroshenko. Ya entonces, desde el otro lado del frente se denunciaba que el objetivo real de la Ucrania nacionalista no era la Unión Europea, sino la adhesión a la OTAN. Aunque el análisis occidental trataba de resaltar las ambiciones democráticas del objetivo de la adhesión a la UE, el camino euroatlántico siempre fue un paquete único que requería la ruptura con Rusia y que, en la práctica, supuso la ruptura interna y la guerra. El hecho de que Petro Poroshenko introdujera en el preámbulo de la Constitución lo irrevocable de la elección ucraniana por la OTAN y la Unión Europea confirma lo que ya era evidente en febrero de 2014: la agenda de Maidan buscaba la ruptura completa con Rusia por medio de la integración política en las instituciones occidentales europeas y, sobre todo, en un bloque militar que una parte de la población consideraba abiertamente hostil.

La OTAN y la posible presencia futura de bases militares de países miembros en territorio ucraniano fue también una de las causas claras de la actual guerra, algo reconocido incluso por el secretario general de la Alianza, Jens Stoltenberg. La expansión de la OTAN hacia el este, especialmente en momentos en los que, pese a la debilidad de Rusia se presentaba al país como un potencial enemigo y se desplegaban escudos antimisiles en su contra, han sido fruto de tensiones este-oeste durante décadas, pero la invasión rusa ha conseguido que esa ampliación ocupe ahora el centro del discurso político. Mientras Rusia la ve como la principal causa de las tensiones y de la guerra, en Occidente se presenta como la solución o incluso el paso imprescindible para que Ucrania pueda garantizar su seguridad. Desde este punto de vista, la situación exige “un esfuerzo más amplio de la OTAN por alejarse de los dividendos de paz de la posguerra fría de los años 90, cuando los aliados intentaron aplacar a Rusia estableciendo relaciones diplomáticas y retirando tropas de Europa del Este”. Así definía la semana pasada Foreign Policy la política de expansión de las fronteras de la OTAN hacia la Federación Rusa.

Para quienes no hay mal que por bien no venga, la guerra de Ucrania ha vuelto a poner a la OTAN en el centro de la agenda de seguridad -en realidad de inseguridad- del continente. La invasión rusa hace aún más sencillo exigir a las grandes potencias algo que era visto como una línea roja. Es el caso de la admisión de países como Georgia o Ucrania, países a los que en 2008 se prometió la adhesión, aunque sin marcar un calendario ni dar ningún paso en firme. Hasta ahora, países como Estados Unidos y Alemania se han opuesto tajantemente a avanzar de forma real hacia la entrada de Ucrania en la Alianza, algo que al menos una parte del establishment estadounidense siempre había entendido como un paso hacia la guerra con la Federación Rusa. Obviando esa realidad de que ninguna potencia puede no reaccionar ante el constante avance hacia sus fronteras de una alianza militar creada en su contra, la receta de más OTAN está consolidándose, no solo como el objetivo, sino  como la solución a los problemas.

Al referirse a los argumentos para utilizar a la OTAN como el centro de la tesis, Anatol Lieven explica que “el primero es que si Rusia no es derrotada en Ucrania, pasará a atacar a la OTAN y que esto significará que soldados estadounidenses tendrían que ir a luchar y morir en Europa. De hecho, no hay prueba alguna de que Rusia tenga esa intención. Las amenazas rusas de escalada y (posiblemente) los pequeños actos de sabotaje han sido consecuencia de la guerra en Ucrania, y su objetivo era disuadir a la OTAN de intervenir directamente en ese conflicto, no acciones destinadas a sentar las bases para una invasión de la OTAN”. La necesidad de derrotar a Rusia antes de que ataque a la OTAN contrasta con la idea de que Rusia nunca atacará a la Alianza, base del razonamiento de quienes actualmente abogan por congelar el frente y proceder a una admisión rápida de Ucrania como forma de resolución temporal del conflicto.

Un artículo publicado por Foreign Policy representa esta actual tendencia, encabezada por quienes perciben como imposible la derrota militar de Rusia y ven en la congelación del frente la forma de dar a Ucrania el tiempo necesario para reforzar su economía y sus fuerzas armadas para lograr sus objetivos a largo plazo en lugar de por medio de la guerra. Las últimas encuestas publicadas, cuyo trabajo de campo se realizó en mayo, antes de los recientes comentarios de Zelensky sobre la posibilidad de invitar a Rusia a la segunda cumbre de paz, indican que más de la mitad de la población ucraniana se muestra a favor de una negociación con el país vecino. Sin embargo, más allá del titular, que tanto se ha repetido en la prensa occidental, la actitud es mucho menos favorable a las concesiones territoriales, inevitables si Ucrania busca la certificación de la paz. Por motivos obvios para quienes hayan seguido mínimamente lo ocurrido en la última década, es impensable que Rusia pueda firmar, por ejemplo, la devolución de Crimea o incluso de Donbass sin ser militarmente derrotada. No hay nada que Occidente pueda ofrecer a Rusia que vaya a hacer que Moscú renuncie a esos territorios, especialmente al primero. El actual optimismo sobre la posibilidad de una negociación esconde esta certeza, aún más evidente teniendo en cuenta que cualquier concesión territorial es planteada por Occidente como temporal y siempre a cambio de más presencia de la OTAN en Ucrania.

La propuesta del artículo de Foreign Policy, solo una de las varias proposiciones similares, implica la renuncia temporal a continuar la guerra en busca de recuperar territorio para una adhesión a la OTAN que se realizaría según alguno de los modelos aplicados en el pasado: la opción noruega de adhesión a la Alianza pero estacionamiento de bases o armamento únicamente en caso de agresión o la adhesión alemana en los años 50 a la espera de la reunificación, es decir, anexión de la RDA. Para ello, se requiere a Ucrania “en primer lugar, definir una frontera provisional y militarmente defendible. En segundo lugar, acordar autolimitaciones sobre infraestructuras en territorio no ocupado (como el estacionamiento permanente de tropas extranjeras o armas nucleares) con el importante descargo noruego de que estos límites sólo son válidos mientras Ucrania no esté bajo ataque o amenaza de ataque. En tercer lugar, y lo más doloroso, comprometerse a no utilizar la fuerza militar más allá de esa frontera salvo en defensa propia, como hicieron los alemanes occidentales, para garantizar a los aliados de la OTAN que no se encontrarán de repente en guerra con Rusia en cuanto Ucrania se convierta en miembro”. Es decir, se plantea un escenario en el que se delimiten unas fronteras temporales, unas “limitaciones” al estacionamiento de armamento militar extranjero profundamente irrisorias y el compromiso de no atacar el territorio más allá de su control salvo en defensa propia.

El hecho de que este tipo de propuestas comiencen a aparecer con más asiduidad demuestra que la idea ha pasado de ser motivo de dimisión fulminante -como le ocurrió al jefe de gabinete de Jens Stoltenberg, que osó plantear algo similar en 2023- a algo perfectamente aceptable. Todo ello después de que, hace menos de un año, uno de los lobistas de la Oficina del Presidente, Anders Fogh Rasmussen presentara como propia una propuesta curiosamente similar. Ahora, como hace un año, el planteamiento es inviable no solo por la evidencia de que crear rápidamente una frontera Rusia-OTAN en un contexto de guerra es un receta para el desastre y una provocación excesiva incluso para la Alianza, sino por el precedente de los acuerdos de Minsk, que probaron que un alto el fuego sin un marco político que avance hacia un tratado de paz es insostenible. Como entonces, la congelación del conflicto a la espera de una resolución indica la voluntad de Ucrania de no aceptar el stau quo. En esas condiciones, la actitud de Kiev ante los acuerdos de paz para la guerra de Donbass incluyó el incumplimiento activo de sus compromisos y la exigencia de cumplimiento de los de Rusia (en realidad los de Donetsk y Lugansk). En cualquier caso, ya de partida, la idea de congelar el frente y ayudar a Ucrania a reforzar su economía y su defensa cuenta ahora con la aprobación explícita -no implícita, como ocurrió en el periodo 2015-2022- a la idea de recuperar los territorios, sea o no por la fuerza, en un futuro.

Así lo ha dejado claro el presidente checo, Petr Pavel, que se ha mostrado partidario de una propuesta similar. “Nunca deberíamos aceptar que estos territorios forman parte de Rusia», afirmó para referirse a territorios como Crimea, a los que aconseja a Ucrania renunciar temporalmente. “Deberíamos llamarlos siempre territorios temporalmente ocupados”, precisó para añadir que “conseguir el retorno de la plena soberanía e integridad territorial no es un objetivo a corto plazo”, aunque lo sigue siendo a la larga.

En pocas palabras, las propuestas de paz, congelación del conflicto o resolución temporal a la espera de tiempos mejores para resolver el conflicto pasan por crear una zona fuertemente militarizada en un contexto bélico en el que las posibilidades de futuro pasan por una paz armada que podría romperse en cualquier momento, el riesgo de escalada a un conflicto OTAN-Rusia o una mezcla de ambas. La voluntad de no comprender que la presencia de la OTAN es parte de las causas del conflicto y de su solución hacen a Occidente ahondar en un error que ha llevado a Ucrania y Rusia a la peor guerra vivida en el continente desde la Segunda Guerra Mundial y que amenaza con cronificar la situación en lugar de avanzar hacia resolverla.

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