“Ucrania presiona a China para que ayude a poner fin a la guerra con Rusia”, titulaba ayer The New York Times en su crónica de la primera jornada de la visita de Dmitro Kuleba a Beijing, dando una imagen absolutamente equivocada de las intenciones del viaje y de las posibilidades de avanzar hacia la diplomacia. En los últimos días y semanas, ha comenzado a generalizarse en los medios un optimismo excesivo basado en la mala lectura de las declaraciones que están realizando tanto Volodymyr Zelensky como algunos de sus colaboradores y también en la intención de presentar a Ucrania como el país que quiere la paz mientras Rusia desea continuar la guerra. “El jefe de la diplomacia ucraniana se reunió el miércoles con el ministro de Asuntos Exteriores chino en unas conversaciones que ponen de manifiesto la creciente voluntad de Kiev de buscar una solución diplomática a la guerra con Rusia y de que China desempeñe un papel más central en el esfuerzo”, indica el medio estadounidense en un artículo en el que, pese a la tesis general de que Ucrania busca una salida diplomática a la guerra, están presentes algunos de los elementos para alegar todo lo contrario.
La falsa percepción de que Kiev ha modificado su postura de continuar la guerra hasta lograr su objetivo de recuperar la integridad territorial según las fronteras de 1991 parte de dos ideas equivocadas: que Ucrania esperaba reconquistar todos esos territorios por la vía militar y que sus objetivos han cambiado a raíz de la situación militar.
El rechazo de Ucrania a continuar las negociaciones en 2022 dejó a la guerra como única vía de resolución del conflicto entre los dos países. Sin embargo, incluso con la fuerza militar como principal herramienta, Ucrania ha dejado claro en numerosas ocasiones que su intención no era “luchar por cada pueblo y ciudad hasta las fronteras de 1991”. La diplomacia, entendida como el uso de la fuerza militar propia y la capacidad occidental de presión política y económica, siempre ha tenido un papel relevante en los planes de la Oficina del Presidente y de los aliados extranjeros de Ucrania. Tanto Antony Blinken como Rishi Sunak, Emmanuel Macron o incluso Jens Stoltenberg han afirmado de forma clara que el uso de la fuerza, las ofensivas militares y el refuerzo del ejército ucraniano buscaba colocar a Kiev en una posición de fuerza de cara a unas negociaciones. La posibilidad de una derrota militar de la Federación Rusa en el frente solo ha existido en unas pocas mentes y, ante todo, en el propagandístico discurso ucraniano, que ahora dificulta la moderación de los objetivos. Así se demuestra con la reacción de parte de la población al artículo con el que Boris Johnson, cuyo plan no renuncia a la fuerza militar ni a una victoria amplia pero tampoco descarta concesiones territoriales y un resultado similar a las fronteras del 22 de febrero de 2022, que ha causado ira y sensación de abandono de uno de los aliados más belicistas.
Pese a que encuestas como la que publicaba ayer The Kyiv Post muestran que desde febrero de 2023 se ha triplicado el porcentaje de la población dispuesta a realizar concesiones territoriales a Rusia (del 9% al 32%), sigue siendo mayoría la parte de la población que lo rechaza. Ese porcentaje se sitúa ahora en el 55%, un descenso pronunciado desde el 87% en el momento de mayor optimismo, febrero de 2023. En aquel momento, Ucrania preparaba una contraofensiva con la que prometía recuperar grandes partes de su territorio perdido y líderes como el presidente de Francia, de forma aparentemente casual, dejaban ver que el objetivo era poner en peligro el control ruso sobre Crimea, única situación en la que Moscú se vería obligada a negociar en posición de verdadera debilidad. Conscientes de que la recuperación de Crimea es prácticamente una quimera, ese ha sido siempre el objetivo de quienes hacen posible que las Fuerzas Armadas de Ucrania puedan seguir luchando. Desde que comenzara el conflicto con la guerra de Donbass hace una década, el papel de la diplomacia para Kiev y Occidente ha sido siempre el mismo: buscar la forma de obligar a Rusia a plegarse a las condiciones que Ucrania ha impuesto en cada momento.
En los años de Minsk, las exigencias de Kiev se limitaban a buscar que Moscú abandonara a la población de Donbass, desarmara a las milicias que defendían a la población de la agresión ucraniana y permitiera el retorno de la región bajo su control a cambio de vagas promesas futuras de cumplimiento parcial de los puntos de los acuerdos de paz que Ucrania decidiera que estaba dispuesta a cumplir. Durante las negociaciones de Estambul, con Rusia planteando las exigencias, se negociaba una modificación territorial que dejara en manos rusas Crimea, parte de la Federación Rusa desde 2014 y una parte por definir de Donbass. “Moscú y Kiev mantuvieron brevemente conversaciones de paz en la primavera de 2022, pero se rompieron rápidamente por cuestiones críticas”, explica The New York Times, calificando de breves unas negociaciones que, según las información que él mismo ha publicado, se prolongaron desde febrero hasta finales de junio. La ruptura de esas negociaciones supuso el final del camino de la diplomacia y Zelensky incluso decretó la prohibición de negociar con Vladimir Putin.
Hasta estas últimas semanas, las conversaciones sobre la diplomacia se han limitado a cuestiones económicas (el acuerdo de exportación de grano y el fallido intento de reactivarlo hace unos meses), intercambio de prisioneros y retorno de civiles. De ahí que quienes no han seguido al detalle el discurso ucraniano se hayan sorprendido y hayan visto un cambio de actitud, quizá incluso de cierto realismo, en el intento expreso de Volodymyr Zelensky de mencionar las fronteras de 1991 como objetivo y las ahora constantes apelaciones a la diplomacia para resolver el conflicto. El presidente ucraniano, que ha afirmado que espera que Rusia participe en una segunda cumbre de paz, ha llegado a insistir en que la fase caliente de la guerra puede finalizar este mismo año. Los gestos de Zelensky se repiten ahora con la visita de Kuleba a China y las constantes referencias a la negociación. Sin embargo, los titulares están evitando centrarse en un matiz importante. “Kuleba dejó claro que Ucrania ponía condiciones a dichas negociaciones, afirmando que sólo se comprometería con Rusia cuando Moscú estuviera «dispuesto a negociar de buena fe». Y añadió: «Actualmente no se observa tal disposición por parte rusa»”, escribe The New York Times, sin percatarse de que esa afirmación es la clave para saber si los objetivos de Ucrania han cambiado, como parecen empezar a ver los medios de comunicación occidentales y teme una parte de la clase política ucraniana más beligerante.
Zelensky ha insistido en que la paz ha de basarse en unos principios de justicia que no ha definido, pero que previsiblemente ignoran los derechos de la población al otro lado del frente. En su intento de mostrar a China -y también a Donald Trump, principal figura política occidental partidaria de la negociación- que Ucrania busca la paz, el ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania no ha escondido que Kiev busca una paz determinada y que precisa de Bejing para presionar a Rusia en una posible negociación. En realidad, es probable que el Gobierno ucraniano busque la participación de China, que rechazó acudir de la cumbre de Suiza al haber sido excluida Rusia, no como avance hacia la paz, sino para cumplir el objetivo de la primera cumbre: mostrar una imagen de consenso contra la guerra, es decir, contra Moscú, y volver a utilizar la diplomacia como medida coercitiva para obligar a Rusia a ceder ante las exigencias de Ucrania.
Pese a la creciente ambigüedad, que no solo se debe a la situación en el frente sino especialmente a la posibilidad de la llegada al poder de Donald Trump, que ha dado a entender que utilizará la negociación como prerrequisito para la continuación del flujo de armas, Zelensky insiste en que la paz justa debe forjarse sobre la base de su plan de paz, una hoja de ruta que no es sino la exigencia de capitulación unilateral de la Federación Rusa y el abandono a su suerte de la población de Donbass y Crimea, a la que Kiev no ha escondido que aspira a castigar colectivamente. El foco en Crimea a lo largo de los últimos meses y al intención explícita de Ucrania de centrar ahí sus esfuerzos de destrucción de las posiciones rusas en la retaguardia muestran que los objetivos militares de Kiev tampoco han cambiado. Solo lo ha hecho, y siempre dentro de una amplia ambigüedad, el discurso, que busca apelar a las dos grandes potencias mundiales. Ante la posibilidad de llegada de Donald Trump al poder, Ucrania quiere mostrarse a Estados Unidos dispuesta a negociar, aunque esconde que lo hará únicamente en sus condiciones, entre las que se encuentra, sin duda, la adhesión a la OTAN, exigencia que hace inviable cualquier acuerdo con Rusia. Y ante la gran potencia emergente, China, principal aliado de Rusia y primer socio comercial de Ucrania, Kiev se presenta como dialogante en un intento de que sea Beijing quien fuerce a Moscú a realizar concesiones unilaterales, en este caso, acudir -posiblemente sin voz ni voto- a una segunda cumbre que, como la primera, no será de paz, sino de imposición. Se repite así el ciclo de Minsk y de Normandía, cuando Ucrania buscaba que fueran los participantes externos, la OSCE, Alemania y Francia, quienes obligaran a Rusia a dar pasos hacia una paz que eximía a Kiev de cumplir su parte.
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