“La disfunción margina al Parlamento ucraniano como fuerza de gobierno”, titula un artículo publicado esta semana por The New York Times en una de las escasas críticas políticas aparecidas en la prensa occidental en los últimos meses. Tuvieron que pasar dos años desde la invasión rusa para que se rompiera, aunque siempre parcialmente y solo de forma temporal, el periodo de gracia de ausencia de comentarios políticos sobre las autoridades ucranianas. Fueron las noticias que recogían las palabras de Vitali Klitschko contra lo que percibía como deriva autoritaria las que abrieron la puerta. Como las informaciones actuales, también aquellas noticias carecían de la contextualización que requiere la política y quedaba sin mencionar que las críticas del alcalde de Kiev y las medidas por las que protestaba formaban parte de un enfrentamiento que se remontaba prácticamente a los inicios de la presidencia de Zelensky. El origen de esa rivalidad radica en la lucha de poder y en el control de los recursos del Estado entre los dos protagonistas. Es más, el intento de Zelensky de arrebatar administrativamente la alcaldía de Kiev a Klitschko, un hombre con importantes conexiones y contactos políticos, especialmente en Alemania, es uno de los ejemplos que muestran que la deriva autoritaria de Volodymyr Zelensky no se justifica en la coyuntura bélica actual, sino que precede en varios años a la intervención militar rusa.
Como entonces, también la información que actualmente aporta The New York Times carece del contexto que sería de esperar en un medio de referencia a nivel mundial. La búsqueda de la inmediatez a costa de la profundidad, el desinterés por la situación en Ucrania más allá del escenario bélico o el intento de no molestar en exceso a un Gobierno aliado que no duda en calificar de propaganda rusa cualquier comentario mínimamente crítico minan seriamente la información que el público está recibiendo. De ahí que un artículo que ponga en duda la actuación política del partido al que representa el presidente Zelensky, desde 2022 enaltecido como héroe de guerra y el hombre que ha unido a Ucrania, sea tanto una excepción como una información insignificante para comprender el contexto político interno de la guerra.
“Bajo la ley marcial, con el país en guerra, no es posible celebrar elecciones para sustituir a los miembros que cambiaron de trabajo, se alistaron en el ejército, huyeron del país o renunciaron. El Parlamento se reúne regularmente con más del 10% de sus legisladores ausentes. Aunque están legalmente obligados a asistir a las audiencias cuando se les convoca, los ministros a veces no se presentan, sin repercusiones”, escribe The New York Times como toda la contextualización que considera necesaria para describir la situación actual. El seguimiento de la actualidad política de Ucrania desde febrero de 2022 da una imagen muy diferente al simple absentismo de diputados y diputadas y representantes ministeriales y muestra una Rada absolutamente vacía de contenido y cuyas labores han sido arrebatadas, podría incluso decirse que usurpadas, por la Oficina del Presidente, que también copa el poder ejecutivo. Absolutamente inoperante, el Parlamento de Ucrania sigue siendo un escenario de confrontaciones personales y espectáculos políticos, generalmente ante bancadas vacías, diputados y diputadas que tratan infructuosamente de dimitir de sus cargos y un grueso de representantes electos que únicamente se presentan en la Cámara para ratificar decisiones previamente aprobadas. Es lo que ocurrió durante la aprobación de la ley sobre la movilización, en la que la fotografía de los momentos del debate de las enmiendas, con la sala vacía, poco tenían que ver con las del día de la votación.
“El partido del presidente Volodymyr Zelensky, antaño un gigante político, ha perdido su mayoría al dividirse en facciones”, explica The New York Times dando a Servidor del Pueblo una categoría que, en realidad, nunca tuvo. El partido del presidente, al igual que el Bloque Poroshenko, fue siempre una formación personalista creada por y para la figura de su líder. La prensa parece haber olvidado también lo que se escribió del partido y de su líder cuando emergió, prácticamente de la nada y de la mano del oligarca Viktor Kolomoisky, en 2019. “Los Siervos -todos ellos recién llegados a la primera línea política- afirman que resetearán el país de la lacra de la corrupción. Aumentarán los ingresos de la segunda nación más pobre de Europa. Introducirán un tipo de política más honesta. Pero los críticos señalan la inexperiencia del equipo y un acercamiento a los enemigos políticos que, dicen, no está del todo fuera de sintonía con 1917”, escribió Oliver Carroll en The Independent tras la victoria del líder de origen judío con una mención al año de la Revolución de Octubre que, en un país ya entonces dominado por la derecha nacionalista, tenía claros tintes antisemitas de la conspiración judeobolchevique.
“El panorama general, según Volodymyr Fesenko, analista político ucraniano, es el de un Parlamento marginado durante la guerra y que está dejando de desempeñar su otrora poderoso papel en la democracia ucraniana”, insiste The New York Times, nuevamente exaltando un papel y unas credenciales democráticas muy superiores a las que la Rada ha mostrado en esta última década. Para empezar, fue el Parlamento el que quiso dar una apariencia democrática al irregular cambio de Gobierno que se había producido en la capital el 24 de febrero de 2014. Incluso a pesar de la presión a la que se sometió a los diputados del partido de Viktor Yanukovich y la amenaza latente de la violencia de la extrema derecha, los partidos pro-Maidan no lograron los votos necesarios para que la moción de censura, plagada de irregularidades, alcanzara los votos necesarios para hacer efectivo el cese del presidente electo democráticamente en unas elecciones validadas por las instituciones internacionales. Y a lo largo de los años de guerra en Donbass, la Rada se convirtió en el teatro de las ambiciones personales, de las rivalidades políticas y la demonización de las opciones opositoras.
La Rada, ese lugar otrora democráticamente poderoso, fue el lugar en el que un cura ortodoxo purificó los escaños que había ocupado durante la legislatura anterior el grupo parlamentario comunista. Ocurrió en 2014, cuando el Partido Comunista de Ucrania no pudo ya presentarse a las elecciones. Ese mismo año, su líder histórico, Petro Simonenko, fue agredido por otros diputados cuando, desde la tribuna, trataba de terminar una intervención parlamentaria.
La guerra ha facilitado la labor que los tres poderes -ejecutivo, legislativo y judicial, si es que alguna vez hubo una separación efectiva entre ellos- realizaron durante los ocho años anteriores para eliminar cualquier opción política no nacionalista. Demonizado y desacreditado, el Partido de las Regiones se fracturó en varios grupos políticos que, bajo la cobertura de Rinat Ajmetov, formaron partidos políticos menores con una limitada presencia en el Parlamento. Uno de ellos, la Plataforma Opositora por la Vida, escindido del Bloque Opositor, fue ascendiendo hasta adelantar al partido de Volodymyr Zelensky en intención de voto para las elecciones legislativas que deberían celebrarse este año. Fue entonces cuando los poderes políticos comenzaron a presionar judicialmente a su líder, Viktor Medvedchuk, detenido bajo arresto domiciliario por un caso de comercio de carbón con las Repúblicas Populares fabricado políticamente y en el que también fue acusado Petro Poroshenko, aunque él sin medidas restrictivas de su libertad. La invasión rusa puso a Medvedchuk y su grupo en la diana: su líder fue detenido, acusado de todo tipo de delitos, vejado públicamente y después entregado a Rusia como prisionero de guerra, mientras que otros diputados se vieron privados por decreto de su acta obtenida gracias a los votos de la población.
Ahora, ya sea por ignorancia de la realidad del día a día, desinterés o desidia, medios como The New York Times se sorprenden por la falta de unidad en el partido del presidente, las deserciones -históricamente abundantes en los partidos políticos de Ucrania- y las medidas con las que Volodymyr Zelensky mantiene la mayoría. “El partido ha formado una extraña asociación política con los restos de un partido llamado Bloque Opositor que se disolvió oficialmente en 2022 por sus vínculos con Rusia. Juntos han aprobado leyes para ampliar el proyecto de ley, de importancia crítica para el esfuerzo bélico de Ucrania, y para dar forma a la supervisión de las agencias y las normas destinadas a salvaguardar la ayuda exterior”, explica el medio estadounidense sin dar importancia al hecho de que el presidente disolviera grupos políticos y retirara actas de diputados por decreto. “Los críticos de esta alianza afirman que ha debilitado la independencia del Parlamento, ya que los antiguos políticos prorrusos corren el riesgo de ser procesados por traición y apenas pueden ejercer una supervisión eficaz”, admite finalmente, siempre sin describir que no se trata de amenazas vacías sino de actos que ya han sido utilizados contra otro grupo político.
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