“A medida que Rusia intensifica los ataques aéreos y avanza otra vez en el campo de batalla de Ucrania más de dos años después de su sangrienta invasión, no se vislumbra el final de los combates. Y las opciones del presidente Volodymyr Zelensky sobre qué hacer a continuación -y mucho menos sobre cómo ganar la guerra- van de mal en peor”, escribe en su apertura un reciente artículo publicado por The Washington Post, uno de los medios más afines a Ucrania y cuya dirección no ha dejado de escribir editoriales defendiendo la necesidad de continuar la asistencia militar a Kiev para proseguir hasta el final la guerra contra Rusia. De ahí que este tipo de artículos en los periódicos más importantes del primer proveedor de las Fuerzas Armadas de Ucrania sean especialmente significativos.
“Zelensky ha dicho que Ucrania no aceptará nada menos que la devolución de todo su territorio, incluidas las tierras que Rusia controla desde 2014. Pero, dado que las líneas de batalla apenas han cambiado en el último año, parece cada vez más improbable retomar militarmente las franjas del este y el sur de Ucrania que Rusia ocupa actualmente, alrededor del 20 % del país”, escribe Isabelle Khurshudyan, jefa de la oficina del periódico en Kiev. No se trata de un artículo de opinión externo al medio, sino de la opinión de una persona con acceso a fuentes directas sobre la situación actual y que dirige la información sobre Ucrania y, por extensión, la guerra. El punto de partida es el golpe de realidad que supuso la contraofensiva de 2023 para quienes quisieron creer las falsas promesas ucranianas de su superioridad en el frente y la inmensa capacidad de las armas occidentales contra las viejas armas soviéticas. La campaña mediática realizada utilizando los tanques Leopard como reclamo, esos que iban a hacer huir a las tropas rusas, quemó también la credibilidad del discurso ucraniano, que en su intento de repetir la estrategia, ahora con los F-16, no está encontrando la respuesta esperada. La experiencia de hace un año parece haber hecho, incluso a los medios más favorables a Ucrania, ver una realidad que evitaron observar en aquel momento: la victoria completa que exige Kiev es altamente improbable, una conclusión a la que han llegado hace mucho tiempo autoridades del Pentágono, pero que la prensa había tratado de evitar.
“El pesimismo sobre las posibilidades de Ucrania en el campo de batalla ha aumentado en los últimos meses a medida que las fuerzas rusas han recuperado la iniciativa en el campo de batalla, en gran parte debido a que los ucranianos están escasos de tropas y munición”, escribe Khurshudyan dejando claro que la apariencia de realidad de su diagnóstico no se extiende a las causas, en las que sigue, al pie de la letra, el discurso ucraniano. Esta versión evita enfrentarse al hecho de que Rusia ha conseguido mantener la defensa y recuperar la iniciativa en uno de los frentes más difíciles de esta guerra, el de Donetsk, a base de cambios tácticos, adaptación a la situación, mejoras en la coordinación, introducción de nuevos elementos bien integrados en la doctrina, todo ello consecuencia del aprendizaje que supone la guerra.
“Los rusos no están condenados a repetir sus errores. Han demostrado su capacidad de adaptación, especialmente en la construcción de defensas multicapa que frustraron la ofensiva ucraniana del verano pasado, en el despliegue de bombas planeadoras fuera del alcance de las defensas ucranianas y en el desarrollo de su propio arsenal de drones de ataque”, escribía la semana pasada, en un arrebato de honestidad, un artículo publicado por la CNN. El pesimismo domina el estado de ánimo, como se puede comprobar con las declaraciones recogidas por el medio.
Pese a la evidente mejoría en el rendimiento, planificación, táctica y logística rusa, errores graves han continuado costando grandes bajas. Algunos de ellos, como los incidentes de fuego amigo, son una realidad intrínseca a la guerra y han ocurrido a ambos lados del frente. Otros son fruto del exceso de confianza o de la subestimación de las capacidades ajenas. En varios de esos incidentes, algunos muy recientes, Ucrania ha sido capaz de eliminar a decenas de soldados realizando maniobras con el uso de apenas un puñado de sus proyectiles de HIMARS. Sin embargo, esos fallos no han supuesto, un riesgo de colapso del frente, como ocurriera en septiembre de 2022 en la región de Járkov.
Y aun así, los errores ajenos parecen ser una de las esperanzas de Ucrania. “Todo lo que la OTAN pueda conseguir para Ucrania es suficiente para estabilizar su posición, pero no para cambiarla significativamente”, afirma el académico al que el medio ha consultado, que añade que “la única variable que podría [cambiarla] es un gran error ruso, y contar con que tu enemigo meta la pata nunca es una buena estrategia”. Sin embargo, incluso quienes ven en improbables errores ajenos como la única posibilidad de recuperar la iniciativa se aferran al discurso oficial de la clase política ucraniana. “Rusia impulsa ofensivas locales mal tripuladas y equipadas donde puede. Pero mal tripulados con suficientes cuerpos podría ser suficiente”, alega The Washington Post insistiendo en una táctica que militares ucranianos desde Biletsky a subordinados de Zaluzhny han negado repetidamente.
En este escenario de pesimismo, Khurshudyan se plantea qué hacer, aunque las respuestas que encuentra son, en su propias palabras “solo malas opciones”. “Negociar con el Presidente ruso Vladimir Putin para poner fin a la guerra -algo que Zelensky ha rechazado mientras las tropas rusas permanezcan en territorio ucraniano- es políticamente tóxico”, afirma. Después de dos años de prometer la victoria completa, una negociación con Rusia sería para Zelensky y su equipo un suicidio político. Luchar es peligroso, ya que Ucrania se enfrenta a una guerra en la que cada vez es más perceptible que no puede obtener lo que busca, el retorno a las fronteras de 1991, negociar es políticamente imposible, pero incluso la situación actual es insostenible a largo plazo. “El statu quo es horrible. Con la lucha en un punto muerto, ucranianos mueren a diario en el campo de batalla. Pero un alto el fuego tampoco es una opción, dicen los ucranianos, porque sólo daría tiempo a los rusos para reponer sus fuerzas”. La situación actual es insostenible debido a las muertes propias, la negociación es inviable políticamente y el alto el fuego no sería aceptado por una población -la residente en los territorios bajo control de Kiev- que exige la victoria, pero que no quiere necesariamente ser reclutada para luchar por ella.
“Zelensky está atascado”, afirma Khurshudyan que, como varias de sus fuentes, se pregunta cómo saldrá de esta situación el presidente ucraniano, cuyo mandato expira en mayo, cuando será aún más vulnerable a ataques que duden de su legitimidad. Sin soluciones, las fuentes citadas en el artículo simplemente abogan por continuar exigiendo armas y financiación a sus socios y prepararse “para una guerra larga” con las vistas puestas en 2025, un año que ya no se presenta como momento de ofensiva sino de consolidación. Desaparecido el optimismo de años anteriores, solo Zelensky y su equipo sueñan con ofensivas a gran escala y sus aliados dejan incluso caer la posibilidad de negociar. “A fin de cuentas, tiene que ser Ucrania la que decida qué tipo de compromisos está dispuesta a hacer, tenemos que permitirle estar en una posición en la que realmente logre un resultado aceptable en la mesa de negociaciones”, ha afirmado estos días Stoltenberg, mencionando dos palabras, negociación y compromiso, que aún no entran en la cabeza de las actuales autoridades de Kiev, para las que es preferible mantener eternamente el estado de guerra.
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