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Crimea y la importancia del mar Negro más allá de la guerra

En parte exagerado como herramienta de presión para lograr más asistencia militar extranjera, especialmente de Estados Unidos, el nerviosismo actualmente existente ante la posibilidad de una victoria rusa en Ucrania y el desarrollo de los últimos meses sobre el terreno muestran el fracaso de la contraofensiva terrestre con la que los aliados de Kiev esperaban romper el frente de Zaporozhie y avanzar hacia Crimea. Sin embargo, la estabilidad del frente central ante los avances rusos en el área de Donetsk no han de esconder los éxitos que Ucrania sí ha logrado, fundamentalmente en la retaguardia, donde ha logrado realizar acciones cuantitativa y cualitativamente más importantes que en años anteriores. Entre ellas se encuentran los ataques con drones contra refinerías rusas, que en las últimas semanas ascienden a al menos una docena, y especialmente todo aquello relacionado con la batalla por el mar Negro. Es ahí donde Kiev ha obtenido los resultados más reseñables.

La insistencia por la lucha en el mar Negro es táctica y estratégicamente lógica desde el punto de vista ucraniano. En su intento de regresar a las fronteras internacionalmente reconocidas de 1991, la península de Crimea cobra un lugar especial. La cuestión de Crimea es uno de los motivos por los que Ucrania siempre rechazó seguir el camino de los acuerdos de Minsk y recuperar el territorio de Donbass a cambio de ciertos derechos políticos, económicos y sociales que Kiev tampoco quería conceder. Tal y como se admite ahora que, desde el 22 de febrero de 2022, ya no importa, Ucrania nunca tuvo intención de cumplir los acuerdos firmados, no solo porque la concesión de un estatus especial para Donbass rompía con el centralismo nacionalista que el régimen nacido de Maidan siempre quiso imponer, sino también porque era considerado una forma de legitimar un statu quo que implicaba el control ruso de Crimea, el territorio más preciado de los perdidos desde 2014.

Ese ímpetu por recuperar la península hacía inevitable que la multimillonaria contraofensiva de 2023 se produjera en dirección a Crimea, con el intento de avanzar sobre Melitopol, considerada la llave de acceso, y cortar el corredor terrestre que une el territorio con la Rusia continental. Unido al intento de destruir el puente de Kerch, es sencillo ver en el plan la voluntad de hacer de la región una isla aislada de la Federación Rusa. Igualmente previsible era que el mar Negro iba a convertirse en uno de los principales focos de los ataques en la retaguardia. No se trataba únicamente de debilitar la posición rusa en Crimea en términos de suministro de tropas y capacidad de atacar Ucrania desde los aeródromos ahí situados, sino también de recuperar el control de navegación para reanudar las exportaciones marítimas.

Mucho más espectacular en términos mediáticos por ser una batalla continua con avances y retrocesos y uso de todo tipo de armamento, la batalla terrestre ha sido la que ha cobrado más protagonismo en el último año. Sin embargo, igualmente importante ha sido la lucha por el mar Negro, que enfrenta a un Estado con una presencia naval importante, Rusia, frente a uno que perdió gran parte de su flota y dejó caer la industria que en tiempos pasados le habría permitido recuperarla. Conscientes de ello y de que, pese a la ayuda de Turquía, de la que se rumorea que construye varios buques para Ucrania, no va a ser capaz de construir una mínima flota en un futuro a medio e incluso largo plazo, las autoridades ucranianas han optado por una táctica de guerra asimétrica en la que han buscado minar la capacidad de la flota rusa de controlar el mar Negro.

En esta búsqueda de dañar los activos navales rusos ha cobrado especial importancia el GUR de Kirilo Budanov, cuyas acciones prácticamente de guerra de guerrillas han complementado los ataques con misiles a la retaguardia rusa, especialmente importantes en la península de Crimea. Es ahí donde Ucrania aspira a minar las capacidades rusas en el mar Negro, una aspiración ambiciosa teniendo en cuenta la situación de partida hace dos años. En aquel momento, Ucrania hundió su única fragata para evitar que cayera en manos rusas y evitar perderla de la misma manera que perdió sus demás activos navales en 2014, cuando gran parte de su flota presente en Crimea, incluido su almirante, Sergei Eliseev, desertó a Rusia.

Las dificultades rusas en el mar Negro no son nuevas y no pueden adjudicarse únicamente al desarrollo de drones marítimos o a su suministro por parte de los aliados occidentales, sino que comenzaron desde el momento en el que Rusia contaba, aparentemente, con el completo control de la zona. El hundimiento del Moscva el 13 de abril de 2022 fue una llamada de atención a una flota que siempre confió en exceso en su posición de superioridad y en su capacidad de, por ejemplo, mantener un bloqueo naval de Odessa, el principal puerto de Ucrania, sin arriesgarse a sufrir las consecuencias. Aun así, a lo largo de ese año, el potencial ruso siguió causando en Kiev el nerviosismo sobre un posible desembarco anfibio en Odessa, cortando así la principal salida al mar del país, una de las bases de su viabilidad económica como Estado.

El exceso de confianza en las capacidades propias y la falta de comprensión sobre los planes ucranianos ha causado toda una serie de desastres navales para Rusia tanto en términos políticos como militares. El primero fue la decisión de abandonar el acuerdo de exportación de grano. Moscú alegó entonces que el cumplimiento se limitaba a las condiciones ucranianas, mientras que Rusia no había obtenido lo que se le había prometido. Es probable que la certeza de que Ucrania no sería capaz de reanudar la navegación en condiciones de guerra y con el corredor marítimo minado fuera parte importante de la toma de decisiones. Con su salida del acuerdo, la Federación Rusa perdió la capacidad de control del tránsito marítimo que implicaban los registros realizados en Turquía. Rusia se condenaba así a tener que realizar un bloqueo naval de Ucrania si aspiraba a mantener el control de la navegación en el mar Negro.

El año en el que se mantuvo el acuerdo, que en la práctica eliminó la zona del teatro de operaciones de la guerra, dio tiempo a Ucrania a preparar su estrategia, a mejorar sus sistemas y a obtener tanto misiles de suficiente alcance para atacar las infraestructuras rusas como drones con los que amenazar cada buque de la flota rusa. Desde entonces, por medio de ataques con misiles a las infraestructuras auxiliares y edificios de la flota en Crimea y el uso de drones aéreos y marítimos contra buques, el papel de los activos navales rusos ha quedado reducido prácticamente a la nada, eliminando así el desequilibrio de poder con el que Rusia se incorporó a la guerra. La flota, que ha sufrido impactos que han causado serios daños o incluso hundimientos en Berdyansk, Sevastopol, Feodosía, la costa del mar de Azov e incluso en las inmediaciones de Novorossisk, vio ayer su tercer almirante desde que comenzara la guerra. Con ayuda de sus socios, Ucrania ha logrado desarrollar una táctica ante la que Rusia no ha conseguido aún una respuesta efectiva. No hay sector en el que se cumpla más claramente la máxima de que los ejércitos se preparan para la última guerra que en la batalla naval. Preparadas para detectar lanzamientos de misiles o presencia de otros buques, las autoridades rusas no han logrado crear un sistema de defensa para derrotar los ataques asimétricos que están sufriendo periódicamente y que han minado seriamente el poder naval ruso.

En los últimos meses, Rusia se ha visto obligada a retirar parte de la flota de su base principal en Sebastopol, motivo de la importancia estratégica de Crimea, hacia la generalmente más segura Novorossisk. Pero incluso ahí, en la Rusia continental, proteger los buques está suponiendo una preocupación más. En los últimos días, la inteligencia británica ha afirmado que han aparecido a la entrada del puerto cuatro barcazas con las que Moscú trata de crear una primera línea de defensa. Londres ha alegado también graves daños en tres buques rusos en Sebastopol, aunque las imágenes que acompañan la filtración muestran únicamente daños mínimos. Todo indica que el Reino Unido exagera nuevamente las capacidades ucranianas para favorecer a su aliado. La postura británica no puede sorprender ya que la tradicional potencia naval, que ve el mar Negro como una zona estratégica es posiblemente el país más interesado en debilitar al máximo la potencia naval rusa.

En este sentido, las dificultades rusas para mantener el control de una parte importante del mar Negro y operar con una mínima normalidad en las inmediaciones de sus fronteras tienen implicaciones que van más allá de la actual guerra. “En los últimos seis meses, las fuerzas ucranianas, pese a carecer de una verdadera armada, se las han arreglado para invertir la marea”, escribía recientemente The Times, que añadía que “donde una vez Rusia mantuvo la supremacía sobre el mar Negro, hoy las aguas de Ucrania están abiertas. El Ministerio de Defensa de Londres opina que es la primera vez desde la guerra de Crimea que Rusia no ha podido operar ahí”. “Hoy, dos años después del inicio de esta guerra […] el acceso [naval] al mar Negro le ha sido negado” a Rusia, afirmó el ministro de Defensa británico en su reciente visita a Kiev, en la que resaltó el papel de los misiles Storm Shadow en los ataques en profundidad en el mar Negro y Crimea. “Durante 200 años, la flota del mar Negro ha podido ejercitarse en el mar Negro. En este momento, no hay un solo buque operando en el mar Negro. Eso nos da una idea del nivel de éxito ucraniano en Crimea”, añadió Shapps. Ucrania no ha logrado acercarse a Crimea y con sus ataques contra la flota, una de las bases económicas de la península, aliena aún más a la población local, algo que difícilmente puede calificarse de éxito. Lo mismo puede decirse de la aspiración a destruir el puente de Kerch, intención que el GUR ha manifestado recientemente al diario británico The Guardian. “Es inevitable”, ha afirmado una fuente de la inteligencia militar ucraniana, anunciando futuros ataques contra una infraestructura cuya importancia ha quedado reducida ante la disponibilidad del corredor terrestre entre la Rusia continental y la península.

Ucrania dispone de material con el que infligir serios daños a la infraestructura, pero no del equipamiento con el que desembarcar en Crimea, por lo que la defensa de la península sería, en cualquier caso, aérea y terrestre. El éxito que menciona el ministro británico no se refiere a Crimea, sino al control del mar Negro, un aspecto más importante para el Reino Unido que para la supervivencia de Ucrania en esta guerra.

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