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Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania

Objetivos a distancia

“Ucrania lleva la guerra a las refinerías rusas”, titula un artículo publicado la semana pasada por Foreign Policy, que trata la situación de la industria petrolera rusa en el contexto de las sanciones, medidas de la OPEC+ para mantener los precios y los crecientes ataques ucranianos a estas infraestructuras críticas para la economía. Curiosamente, el artículo no menciona las consecuencias ecológicas de los ataques ucranianos, algo que sí suele hacerse con los ataques rusos a infraestructuras energéticas ucranianas, con Zelensky alegando ecocidio en cada ocasión que se presenta. Y como casi todos los reportajes que tratan los retos de la economía rusa, el texto contiene grandes dosis de esperanza en unas dificultades y unos daños que debe exagerar para hacer encajar en el discurso.

“En las últimas semanas, Ucrania ha encontrado una forma de superar la falta de ayuda y la escasez de munición utilizando aeronaves no tripuladas de largo alcance para atacar los activos de la industria petrolera en la retaguardia de Rusia. Los ataques contra refinerías rusas de petróleo -que hasta ahora ascienden a al menos una docena, incluidos algunos de muy largo alcance- han dañado la capacidad de Rusia para procesar y refinar su enorme producción de crudo, asestando un pequeño pero significativo golpe a un sector energético ruso, que hasta ahora ha capeado la guerra y las sanciones occidentales con sorprendente solvencia”, afirma el artículo, que más adelante concreta un poco más el nivel de ese pequeño pero significativo golpe.

“Los ataques ucranianos, que hasta ahora han dañado numerosas refinerías y provocado varios incendios, han dejado sin capacidad de refinado entre 400.000 y 900.000 barriles diarios, según estimaciones de expertos en energía y funcionarios de defensa. Rusia tiene una capacidad de refinado instalada -no toda la que utiliza- de unos 6 millones de barriles diarios”, escribe Foreign Policy partiendo, como es habitual, de cifras aportadas por Ucrania, conocida por exagerar ampliamente sus éxitos para mostrar una imagen lo más débil posible de Rusia. Sin embargo, el hecho de que Rusia no utilice todo su potencial de refinamiento muestra los límites de la actuación ucraniana. Es más, la reducción anunciada por la OPEC+ de la producción de barriles diarios de petróleo reduce aún más el daño que Ucrania puede haber hecho hasta ahora en esas refinerías, en las que los daños no siempre han sido significativos. A pesar de seguir casi al pie de la letra el discurso ucraniano, incluso el artículo de Foreign Policy pone en duda los grandes daños que Ucrania dice haber producido.

Aun así, siempre hay espacio para la esperanza de que la suma de ataques ucranianos y sanciones vaya a minar la capacidad rusa de continuar exportando petróleo, una de las fuentes principales de los ingresos del país. Foreign Policy menciona dos aspectos: la posibilidad de que los ataques obliguen a Rusia a utilizar armamento antiaéreo para defender las refinerías, alejándolo así del frente, y que la sanciones hagan más difícil la reparación de los daños. En el primero de los problemas, Rusia y Ucrania comparten las dificultades, más graves aún para Ucrania ante sus perpetuas quejas de falta de sistemas antiaéreos. En el segundo, las sanciones han demostrado ser una dificultad que puede solventarse a través de terceros países, aunque a un coste más elevado. El reportero, especializado en cuestiones de energía y economía, añade también la situación de la flota invisible de cargueros con la que Rusia ha seguido comerciando el petróleo en el mercado mundial. Al contrario que con otras exportaciones, como el grano, Estados Unidos no ha buscado expulsar al petróleo ruso del mercado, ya que la desaparición de uno de los principales productores supondría un desequilibrio que afectaría gravemente a otros países. Sin embargo, la creciente insistencia mediática y política en esta flota rusa puede indicar el intento de frenar su navegación. Así lo pide, por ejemplo, otro artículo publicado por Foreign Policy, que con escasa voluntad informativa, realiza un ejercicio de activismo en busca de un objetivo político y económico.

Más allá de los daños que esté haciendo a la economía rusa, lo suficientemente significativos para provocar represalias, la campaña ucraniana de ataques a las refinerías tiene una doble consecuencia. Por una parte, Zelensky ha admitido abiertamente que se trata de un acto que continuará mientras Estados Unidos no entregue el material bélico necesario para que Ucrania se centre en otros objetivos más directamente vinculados a la guerra, concretamente aquellos que Washington espera que ataque. El presidente ucraniano ofrece estos actos a modo de chantaje a sus socios estadounidenses, que han mostrado su malestar fundamentalmente por las consecuencias negativas que podría tener tanto en términos de aumento del precio del petróleo en un momento electoralmente delicado, pero también en forma de represalias rusas.

La segunda consecuencia, un tema que apenas se trata en el artículo de Foreign Policy es el novedoso peligro que suponen los drones. Ya no es necesario disponer de misiles de largo alcance para lograr infligir daños sustanciales al bando enemigo, especialmente en casos de objetivos especialmente vulnerables. Rusia ha podido comprobarlo tanto con el uso de drones marítimos en el mar Negro, donde la flota está preparada para rechazar ataques convencionales, aunque no para pequeños drones con mayor dificultad de detección, como en los ataques a depósitos de petróleo y ahora refinerías. Ayer mismo, Ucrania atacó varios puntos de Tatarstán, a más de mil kilómetros de la frontera. Sufrieron impactos una residencia para estudiantes en la que el dron que causó la explosión pudo ser grabado en vídeo y una refinería.

La facilidad, en este caso, se debe a la naturaleza del objetivo atacado, fácilmente inflamable y cuya explosión causa un gran efecto mediático aunque los daños no sean irreparables. La dificultad para Rusia procede de la ausencia de objetivos equiparables. Ucrania no puede perder buques, ya que, al contrario que la Federación Rusa, hace años que perdió su escasa flota. De ahí que pueda presentar fácilmente cada ataque a la flota del mar Negro como una victoria ante la que Moscú no tiene respuesta. Y tal y como temía Estados Unidos -aunque aparentemente no Ucrania, siempre dispuesta a arriesgar el bienestar de la población-, la campaña de ataques a la industria del petróleo ha causado la reanudación de los ataques rusos a las infraestructuras eléctricas en Ucrania. Hasta ahora, la herencia recibida de la Unión Soviética en forma de una amplia red de centrales eléctricas, hidroeléctricas, térmicas y nucleares ha protegido a Ucrania de grandes apagones. La reducción de la actividad industrial y la enorme pérdida de población ha reducido las dificultades, ya que el país no precisa de una cantidad tan elevada de electricidad para cubrir sus necesidades básicas. Sin embargo, frente a los ataques de 2022 y 2023, que afectaban únicamente al suministro eléctrico y no a la producción, es este aspecto el que está siendo atacado actualmente. Es el caso, por ejemplo, de la central hidroeléctrica del Dniéper, cuya reparación para lograr un funcionamiento completo llevará meses, incluso años.

El peligro de los drones procede, en parte, de la dificultad de utilizar los sistemas antiaéreos actuales, preparados para la detección de misiles, pero que pueden verse saturados por el uso de drones en cantidades masivas. El uso de drones como señuelo para sobrepasar a las defensas para posteriormente utilizar misiles ha sido una de las formas con las que Rusia ha garantizado que un menor número sean derribados. Como puede verse prácticamente a diario, los drones son utilizados también para atacar objetivos muy reducidos, como tanques, blindados o pequeñas acumulaciones de tropas, sustituyendo o complementando a la artillería. Esta es, quizá, la mayor innovación de esta guerra, que generalmente viene acompañada de los vídeos que prueban la destrucción de equipamiento o personal enemigo. Pero el uso de drones no se limita a objetivos militares más o menos legítimos en el frente o en la retaguardia, sino que son también un problema para la población civil en ciudades como Donetsk, donde actualmente están sustituyendo a la artillería como principal arma. Aunque el intento ruso de expulsar a Ucrania de Avdeevka, Marinka y las localidades cercanas se debe fundamentalmente al intento de alejar el frente para proteger la aglomeración urbana más importante de Donbass, la realidad es que ese aumento de la distancia del frente afecta solo relativamente a la posibilidad de uso de drones para atacar o simplemente amedrentar a la población residente, algo que posiblemente no desaparezca hasta que acabe la guerra.

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