“Varias infraestructuras eléctricas en diversas regiones de Ucrania han sido alcanzadas a consecuencia de un gran ataque con misiles y drones rusos. Se informa de apagones en varias regiones del país”, informaba ayer por la mañana el académico ucraniano-canadiense Ivan Katchanovski, que se hacía eco de las noticias que empezaban a propagarse desde el amanecer. El de ayer fue el ataque más importante contra infraestructuras críticas ucranianas en meses y se produjo apenas 24 horas después del primer ataque en seis semanas contra la ciudad de Kiev que, alejada del frente, ha regresado a la relativa normalidad del estado de guerra, pero sin ataques diarios ni el peligro de la cercanía de la artillería enemiga.
Recientemente, las autoridades militares rusas habían buscado detectar y destruir el material antiaéreo occidental que Ucrania ha recibido de sus socios, especialmente los sistemas Patriot, una de las bases de la defensa ucraniana y con la que Kiev amenaza a la aviación rusa a ambos lados de la frontera. El intento de destruir la defensa antiaérea ucraniana responde a varios objetivos. Entre ellos está proteger la aviación rusa, no solo la que opera directamente en el frente, sino también aeronaves de carga que, como pudo comprobarse en el caso del Il-76, derribado desde Ucrania presumiblemente con un Patriot. Eliminar o inutilizar estos sistemas permite también a la aviación rusa operar con menor peligro en la línea del frente y así desequilibrar aún más el potencial en el frente, ahora que Ucrania sufre la escasez que implica el retraso de la aprobación de los nuevos fondos estadounidenses. Finalmente, el intento de destruir las defensas aéreas busca también facilitar los ataques en la retaguardia, uno de los aspectos en alza en el momento actual de la guerra. En ese sentido puede leerse, al menos en parte, el ataque contra Kiev de este jueves, saturando las defensas y obligando a Ucrania a utilizar un elevado número de misiles de sus sistemas antiaéreos ahora que, al menos según el discurso oficial, escasean.
El ataque de ayer, tras el que el primer ministro ucraniano aseguró, contra lo reportado a lo largo del día, que el sistema eléctrico del país no se había resentido, afectó, entre otros objetivos, a la central hidroeléctrica del Dniéper. Construida en la primera etapa de la era soviética, fue hecha explotar por el Ejército Rojo en retirada durante la invasión alemana y reconstruido por la Unión Soviética en los años inmediatamente posteriores al final de la guerra. Sobre el ataque, el periodista ruso Alexander Kots comentaba que “puede que nuestros heroicos antepasados nos perdonen por golpear su obra, su legado”. Las de por sí maltrechas infraestructuras -fundamentalmente soviéticas y abandonadas a su suerte por todas y cada una de las autoridades de la etapa de la Ucrania independiente- han sufrido así un golpe más en esta guerra en la que las partes tratan de hacerse daño mutuamente en la retaguardia.
El profesor Katchanovski, por ejemplo, enmarcaba lo ocurrido ayer en una dinámica de ataques a las infraestructuras energéticas enemigas que ha aumentado de forma notable en las últimas semanas. Desde el inicio de la guerra rusoucraniana, pero especialmente tras el fracaso de la contraofensiva de Zaporozhie, Ucrania ha buscado los medios y la autorización para golpear objetivos en territorio ruso, tanto en las regiones fronterizas como en algunas más alejadas. Las bases militares, especialmente las de aviación, fueron el primer blanco, aunque en los últimos meses la insistencia se ha centrado en refinerías de petróleo en diferentes puntos de la Federación Rusa.
Casualmente, ayer mismo, Financial Times publicaba un artículo al respecto en el que se mostraba la preocupación de Estados Unidos. “Estados Unidos ha instado a Ucrania a detener los ataques contra la infraestructura energética de Rusia, advirtiendo que los ataques con aviones no tripulados corren el riesgo de hacer subir los precios mundiales del petróleo y provocar represalias, según tres personas familiarizadas con las discusiones”, escribía el medio en un artículo que ha provocado el enfado del Gobierno ucraniano. El ataque de ayer pone de manifiesto que la segunda preocupación de Washington, la posibilidad de contraataques simétricos contra infraestructuras energéticas ucranianas, que pueden causar serios problemas a Ucrania. Para empezar, la necesidad de defender centrales hidroeléctricas o presas estratégicas de los misiles rusos puede desproteger otros potenciales blancos de los misiles rusos, especialmente si la escasez de munición es de tal gravedad como la presentan actualmente los medios occidentales y ucranianos.
Occidente, que en ocasiones se ha referido a Rusia como una gasolinera haciéndose pasar por un país, es consciente de la importancia de la industria del petróleo para su economía, de ahí las posibilidades de represalias en caso de aumento de los ataques ucranianos, tal y como ocurrió ayer en varias regiones de Ucrania. Según Financial Times, Washington había advertido del riesgo tanto al SBU como al GUR, es decir, a la inteligencia civil y a la militar, ya que ambas han aumentado su capacidad de ataque con drones, con los que son capaces de actuar en regiones de la Federación Rusa muy alejadas de la frontera. “A Washington también le preocupa que si Ucrania sigue atacando las instalaciones rusas, muchas de las cuales se encuentran a cientos de kilómetros de la frontera, Rusia pueda tomar represalias atacando las infraestructuras energéticas de las que depende Occidente”, precisa Financial Times. La preocupación de Estados Unidos siempre es interesada y no se basa en el peligro que supone para Ucrania una escalada de los ataques contra las infraestructuras energéticas críticas de los dos países en guerra.
“La parte ucraniana respondió, creo, precisamente logrando sus objetivos y con operaciones muy exitosas llevadas a cabo en el territorio de la Federación Rusa”, afirmó en respuesta a la publicación del artículo Olha Stefanshina, viceministra para la Integración Europea y Euroatlática. “Entendemos los llamamientos de los socios estadounidenses. Al mismo tiempo, luchamos con las capacidades, los recursos y las prácticas de que disponemos actualmente. También hay declaraciones de otros oficiales en el sentido de que se trata de objetivos absolutamente legítimos desde el punto de vista militar», añadió Stefanishyna en el Foro de Seguridad de Kiev. El riesgo de que Rusia reanude, como parece haber hecho, la campaña contra infraestructuras energéticas clave para la población civil no es tampoco una gran preocupación del Gobierno de Kiev. “Puedo repetir lo dicho por Stefanshina: estamos actuando según los estándares de la OTAN”, escribió Anton Geraschenko para justificar la continuación de la campaña de escalada en la retaguardia que cuenta ya con sus represalias. Geraschenko no se equivoca, ya que es el modus operandi de la OTAN, especialmente de Estados Unidos, el uso de misiles para la destrucción de las infraestructuras militares y civiles de sus enemigos incluso antes de la entrada de sus tropas sobre el terreno, práctica que Rusia no replicó en la fase inicial de la invasión de Ucrania. Cuando se iniciaron en el otoño de 2022, los ataques rusos fueron ampliamente condenados por Estados Unidos.
La advertencia estadounidense es coherente con su actitud con respecto a los ataques en territorio ruso, considerados peligrosos y potencialmente contraproducentes. No es la primera ocasión en la que Washington filtra a la prensa su preocupación por la actuación de organismos como el GUR, que han hecho de los ataques con drones su seña de identidad. Es aún más significativo que las reticencias a la escalada provengan de Estados Unidos en un momento en el que sus aliados europeos aumentan la retórica beligerante y llegan a exigir incluso no temer la posibilidad de una guerra nuclear.
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