El tiempo pasa y las quejas ucranianas se acumulan. Siempre exigente, Kiev continúa molesta por la cantidad de asistencia recibida, los tiempos en los que sus aliados han entregado el material, la forma en que la opción de la diplomacia aparece periódicamente en los grandes medios occidentales, los daños limitados de las sanciones contra Rusia o incluso por no haber conseguido desestabilizar la situación política rusa. “Más de dos años después de su alianza en tiempos de guerra, el vínculo entre Estados Unidos y Ucrania está mostrando signos de desgaste, dando paso a la frustración mutua y a la sensación de que la relación podría estar algo estancada”, afirmó recientemente The New York Times. Los estrategas estadounidenses consideran que “Ucrania debe concentrar sus fuerzas en un gran combate cada vez. En cambio, el presidente Volodymyr Zelensky, que ha prometido expulsar a Rusia de cada centímetro de Ucrania, gasta sus fuerzas en batallas por ciudades que, según los oficiales estadounidenses, carecen de valor estratégico”, explicaba el medio estadounidense. Los ejemplos son numerosos y es perfectamente conocido que Washington no consideró correcto luchar, como Zelesnky y Syrsky quisieron hacer hasta el final, por la ciudad de Artyomovsk. El artículo menciona también la batalla por Avdeevka, donde la retirada se produjo cuando la derrota era ya evidente y Ucrania había malgastado recursos humanos y materiales contra una fuerza flagrantemente superior.
Aunque no ha recibido ninguna crítica, la actuación de Ucrania durante la última semana en Belgorod puede considerarse también una lucha innecesaria. Grupos al servicio de la inteligencia militar ucraniana, el GUR de Kirilo Budanov, que ha mostrado su enfado por no haber logrado el objetivo de desestabilizar la situación interna en Rusia en la semana electoral, han atacado durante días aldeas cercanas a la frontera rusoucraniana y la capital regional. Además de las bajas sufridas por el RDK, un grupo formado por soldados de origen ruso y en el que las ideologías fascistas son preeminentes, Rusia ha denunciado once víctimas mortales y más de 80 personas heridas, todas ellas entre la población civil.
Intentando escenificar un éxito de lo que ha sido simplemente un fallido intento de interrumpir el proceso electoral, la Legión Libertad para Rusia, el Cuerpo de Voluntarios Rusos y el Batallón Siberiano afirmaron ayer en un comunicado haber herido a 800 soldados rusos y capturado a otros 27. Las mismas milicias han alegado en la última semana haber capturado dos aldeas. Para justificar la primera captura, los soldados de Budanov aportaron una imagen que fue geolocalizada en Ucrania, no en Rusia. En la segunda ocasión, los soldados se infiltraron en Rusia y se fotografiaron en una escuela en la que habían retirado la bandera rusa antes de regresar a territorio ucraniano. Y al contrario que Rusia, que sí ha aportado imágenes que muestran las bajas y pérdidas de los soldados ucranianos, ni el GUR ni sus grupos afines han podido mostrar evidencias de esas grandes bajas rusas. Las bajas imaginarias sirven para obtener titulares de las agencias internacionales, pero no cambian la realidad. Además de volver a caer en el error de luchar por lugares sin importancia estratégica que achaca Estados Unidos, Ucrania no logró siquiera un premio de consolación. El domingo The Washington Post se sorprendía de la elevada participación de la población de Belgorod en las elecciones presidenciales, incluso a pesar del riesgo que implicaba, y del apoyo masivo a Vladimir Putin. Pese a la evidencia de que los grupos rusos actúan bajo la dirección de la inteligencia militar ucraniana, Kiev ha intentado mantener cierta distancia con las operaciones, de ahí que no sea de esperar ninguna queja por parte de Estados Unidos, que siempre ha preferido ignorar, al menos públicamente, las operaciones ucranianas en Rusia. La inverosímil ambigüedad estratégica manda a pesar de que se trata del ejemplo más claro de malgastar recursos.
Pero las quejas circulan actualmente en todas las direcciones. Ucrania no ha escondido sus críticas a Alemania, segundo proveedor militar en términos absolutos, por la negativa del canciller Scholz a enviar misiles Taurus y tampoco el más incondicional de sus aliados se libra ya de la ira de las autoridades ucranianas. “Con frecuencia se han quejado de que la administración Biden ha tardado en aprobar sistemas avanzados de armamento que podrían cruzar las líneas rojas percibidas por Rusia, desde aviones de combate hasta misiles de largo alcance”, explicaba The New York Times. Sin embargo, los reproches no se quedan ahí. “¿Qué pasa si los americanos, además de no enviar la asistencia defensiva a Ucrania, están enviando asistencia ofensiva a Rusia?”, se pregunta The Atlantic en un artículo cuyas fuentes no pueden ser más parciales. El artículo se basa íntegramente en fuentes militares ucranianas que, pese al evidente conflicto de intereses, reciben credibilidad del periodista estadounidense.
“Una fuente militar ucraniana me dijo que cree que los ataques de largo alcance de Rusia, con misiles de crucero que se encuentran entre las armas más costosas de su arsenal no nuclear, se dirigen utilizando imágenes de satélite proporcionadas por empresas estadounidenses. Según él, la secuencia es clara: un satélite toma imágenes de un lugar y, días o semanas después, aterriza un misil. A veces se envía otro satélite para captar imágenes adicionales después, quizá para comprobar el alcance de los daños”, escribe el artículo, que pasa a describir toda una serie de lugares en los que las empresas comerciales estadounidenses habrían tomado imágenes y posteriormente fueron atacados por los misiles rusos.
El artículo, que admite que existen únicamente pruebas, como máximo, circunstanciales, prefiere centrarse en las acusaciones ucranianas e ignorar cualquier motivo por el que, quizá, Rusia ni siquiera precise de esa asistencia. Curiosamente, los medios que durante años han calificado el armamento entregado a Ucrania de defensivo, definen como asistencia ofensiva una posible adquisición comercial. En cualquier caso, el medio prefiere olvidar el profundo conocimiento que Rusia dispone de Ucrania debido al pasado común de los dos países, etapa en la que se construyó gran parte de la infraestructura militar ucraniana. Tampoco son relevantes para The Atlantic las capacidades rusas y la disponibilidad de sus propios satélites y ni siquiera el habitual recurso a la enorme cantidad de espías rusos supuestamente infiltrados en los diferentes sectores del Estado ucraniano merecen una mención. La acusación ucraniana es prueba suficiente incluso contra empresas estadounidenses. El artículo tampoco contempla el argumento comercial para explicar por qué una empresa privada podría vender sus servicios a un oponente.
Si es que esas transacciones comerciales -que, sin duda tendrían que realizarse a través de terceros- han sucedido, han de ser un error. “El oficial militar ucraniano reconoció la posibilidad de que el encargo fuera sólo de un ciudadano o grupo benévolo con curiosidad sobre oscuros activos militares y fábricas de blindaje ucranianos. Y dijo que no tenía motivos para creer que las propias empresas favorecieran a Rusia en la guerra. Tanto Planet como Maxar hacen muchos negocios con el gobierno estadounidense, y ayudar intencionadamente a Rusia pondría en peligro los contratos e invitaría a la regulación”, añade The Atlantic, abriendo la puerta a que el incumplimiento de las sanciones llegue a empresas tan cercanas como las que actualmente están ayudando a Ucrania a obtener imágenes prácticamente en tiempo real, sobre los objetivos rusos. “Expertos de la industria insisten en que las empresas tienen contactos con el Gobierno de Estados Unidos y no ganarían nada con hacer negocios con Rusia por debajo de la mesa”. Los contactos con la administración estadounidense, que subcontrata labores de inteligencia en una forma de privatización del Estado y de la guerra, son demasiado lucrativos como para asumir voluntad de trabajar a favor del enemigo número uno de Washington en estos momentos. Sin embargo, cualquier reproche o acusación ucraniana obtiene su eco mediático en lo que no es sino un intento de Kiev de poner en cuestión la capacidad estadounidense para cumplir sus propias sanciones, un signo más de cierta desesperación ucraniana por la marcha de la guerra.
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