Relativamente desaparecido durante meses, eclipsado por el desarrollo de los acontecimientos en el frente, el tema del gas ha regresado a la agenda política relacionada con el conflicto ucraniano. Y lo ha hecho tanto por parte de Ucrania y Estados Unidos, como por las últimas novedades sobre las investigaciones del atentado contra el Nord Stream. El 6 de febrero, alegando que el caso no se encuentra en su jurisdicción, Suecia decidió cerrar su investigación y entregar los materiales a su disposición a las autoridades alemanas. Ayer, bajo una premisa ligeramente diferente, Dinamarca hizo lo propio, dejando el peso de la investigación en manos de Alemania, el país más perjudicado, ya que el Nord Stream le comunicaba directamente con su proveedor energético prioritario hasta 2022, Rusia. Las autoridades danesas explicaron ayer que, pese a haber comprobado que las explosiones se debieron a un sabotaje intencionado “no hay motivos suficientes” para continuar con una causa penal. El cierre de los casos en Suecia y Dinamarca deja como única investigación en curso a la alemana, lastrada por el desinterés por constar que probablemente no fuera un enemigo, sino un aliado quien hiciera explotar los gasoductos y también por la negativa de Polonia a cooperar. Con Ucrania en el punto de mira de todas las pruebas que se conocen, el papel de Varsovia mirando hacia otro lado, como intermediario o cómplice queda también en cuestión. Según han recordado los medios, tanto Suecia como Dinamarca habían cooperado con la investigación alemana, mientras que Polonia había rechazado compartir con Berlín las pruebas a su disposición.
Pero la cuestión del gas no se limita al intento europeo de hacer olvidar lo ocurrido en septiembre de 2022 en el mar Báltico. Importante como factor económico, pero también geopolítico, los intereses vinculados al gas no se limitan a la situación del Nord Stream sino que afectan a los intereses de Ucrania, los países europeos y Estados Unidos. En el caso de Kiev, el primer ministro Denis Shmygal insistía tras su reunión con el primer ministro eslovaco Robert Fico, en que no habrá tránsito de gas ruso a través de Ucrania a partir de 2025. Después de años en los que Kiev suplicó a sus socios europeos que obligaran a Gazprom a mantener el tránsito de gas a través de su territorio, Ucrania ha optado finalmente por todo lo contrario. En aquel momento, una Ucrania empobrecida tras haber perdido parte de sus relaciones económicas con Rusia y tratando de financiar su guerra en Donbass buscaba mantener los lucrativos ingresos que implicaba un acuerdo de tránsito de gas con Rusia.
Esos contratos no solo financiaron una parte de los gastos de la guerra de Ucrania contra Donbass, sino que han sido una de las bases de la riqueza de los clanes oligárquicos que han dominado la economía ucraniana desde la independencia. Ahora, el Gobierno de Zelensky trata de privar a esa oligarquía de esas cuotas de poder y sustituir a esas figuras por el gran capital internacional. Pero, ante todo, Kiev busca una ruptura completa con la Federación Rusa, también en lo que respecta al tránsito de gas, ahora que trata de vincularse definitivamente, aunque sea en condiciones de subordinación, a los países occidentales. Ucrania cree así disponer de otras fuentes de ingresos, por lo que renuncia ahora a los ingresos por los que tanto luchó en el pasado. Sin embargo, el hecho de que la cuestión haya regresado a la agenda pública tras la reunión con uno de los países que abogan por la reanudación de las relaciones económicas con Rusia y que es, a su vez, reticente a continuar la asistencia militar a Ucrania, hace pensar que puede aún ser un carta en la negociación
A nivel internacional, la cuestión del gas ha estado también presente en la agenda política durante años. Estados Unidos nunca aprobó los fuertes vínculos de los países europeos con la Federación Rusa en ese sentido. El caso de Alemania destaca por encima del resto al tratarse de la primera economía del continente. Por eso, y especialmente por su significado como símbolo de la profundización de la relación entre las dos grandes potencias europeas, Washington siempre luchó contra el proyecto Nord Stream. Finalizada la construcción de la ampliación que Estados Unidos trató de impedir, el Nord Stream-2 nunca entró en funcionamiento. Tal y como había prometido hacer si se producía una invasión de Ucrania, Alemania impidió la inauguración del gasoducto. Sin embargo, su existencia seguía haciendo posible la reanudación futura de la relación económica y política entre Rusia y Alemania, el temido eje Berlín-Moscú, con potencial a ampliarse a Beijing. En septiembre de 2022, aún por resolver a manos de quién, aunque todas las miradas occidentales apuntan hace tiempo a Kiev, ese problema dejó de serlo. Las explosiones en el Nord Stream 1 y 2 dejaron fuera de funcionamiento tres de las cuatro tuberías del gasoducto. Las posibilidades de reanudación del tránsito de gas pasan por una reparación millonaria y por la que tan solo Rusia se ha mostrado muy discretamente a favor.
La guerra había hecho ya que Alemania y otros países occidentales iniciaran el proceso de desvinculación y abandono de los productos energéticos rusos. La desaparición en 2022 del Nord Stream, ya entonces paralizado, no supuso un cambio, pero sí acarrea implicaciones de futuro. Para el momento en el que el atentado contra el Nord Stream destruyó la posibilidad de mantener la relación directa entre Alemania y Rusia, había comenzado ya la diversificación de las fuentes de energía, entre las que se encontraban el gas de países tan democráticos como Qatar o Azerbaiyán y el aumento de las importaciones de gas licuado. Es ahí donde se han producido curiosidades como el fuerte aumento de la importación de gas licuado procedente de Rusia en países como España o Bélgica. Sin embargo, el gran ganador de ese juego político y económico del cambio de paradigma en el mercado energético europeo ha sido Estados Unidos.
La inversión en la preparación de puertos para la recepción de gas licuado ha sido millonaria en países como Alemania, acostumbrada a la disponibilidad de gas barato y accesible a través de los diferentes gasoductos, ha tenido que prepararse para los cambios que ha supuesto el conflicto ucraniano y la renuncia a la relación económica con Moscú.
Pese a haber luchado durante años contra el gas ruso para tratar de hacerse con una parte del lucrativo mercado europeo, Estados Unidos ha anunciado esta semana que no habrá inversiones para la creación de nuevas infraestructuras de exportación de gas licuado. Teniendo en cuenta las dificultades que la Unión Europea ha sufrido para encontrar los mercados necesarios para sustituir al gas ruso, la noticia ha causado preocupación en el continente, especialmente en aquellos países con mayores necesidades de importación de gas. Pese a que Washington ha insistido en que la medida no afectará al suministro del gas licuado que Estados Unidos debe suministrar a Europa, la noticia muestra un cambio en la política energética que hace de la materia prima, no solo más cara que la rusa, sino menos fiable. Tras años de presión a los países europeos para que renunciaran voluntariamente y por motivos políticos a una fuente de energía barata, Estados Unidos añade una dosis de incertidumbre que ha sorprendido a los países europeos, que han perdido ya la oportunidad de reanudar las importaciones de Rusia.
La aparente bomba informativa estadounidense esconde, sin embargo, grandes dosis de teatralización electoral. Estados Unidos, es consciente que no puede interrumpir el suministro de gas licuado a los países europeos si pretende que la Unión Europea aumente su asistencia económica y militar a Ucrania. El argumento para la paralización de nuevos proyectos parte de un argumento ecologista: durante años, los activistas contra el cambio climático han advertido de lo poco sostenible de estas exportaciones, un razonamiento especialmente importante entre la población joven. A poco más de nueve meses de las elecciones, Joe Biden busca desesperadamente movilizar el voto joven, especialmente teniendo en cuenta que su postura en la guerra de Israel contra Gaza ha supuesto una importante fuga de votos. Frente a las posturas claramente proisraelíes de generaciones de más edad, las más jóvenes muestran, según las encuestas, su rechazo a la actuación de Israel y su disgusto por la postura de Joe Biden. En este contexto, el repentino cambio de actitud con respecto a las exportaciones de gas es un intento de recuperar ese voto perdido. Por el momento, no se trata de una prohibición, sino de una revisión que se prolongará durante meses. Pasadas las elecciones, una victoria Republicana revertiría inmediatamente la decisión y es más que probable que lo hiciera también una Demócrata.
En Ucrania, el gas puede actuar como carta en la negociación con países reticentes a continuar y aumentar el suministro de financiación y armamento. En Estados Unidos, se ha convertido en arma electoral. En ambos casos, son los países europeos los que han de gestionar la incertidumbre.
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