A apenas unas semanas de que se cumpla el segundo aniversario del inicio de la intervención militar rusa y a escasos meses de que expire el mandato de Volodymyr Zelensky, la cuestión de la legitimidad del presidente continúa siendo recurrente. En los últimos tiempos, desde que han sido los medios y los poderes occidentales quienes han destacado la cuestión, el actual presidente ucraniano ha pasado de abrir la puerta a la celebración de elecciones a negar toda posibilidad. La legalidad vigente le ampara, ya que impide la celebración de procesos electorales en condiciones de estado de excepción, que prevé una serie de recortes en las libertades democráticas que lo hacen incompatible con unos comicios creíbles.
Volodymyr Zelensky ha hecho amplio uso de esos poderes políticos que le otorga la ley marcial, dejando en la legalidad únicamente a los partidos que comparten la línea nacionalista del país y manteniendo en el limbo a una parte de los diputados que formaban parte de los diferentes partidos surgidos del Partido de las Regiones, cooptados a votar correctamente bajo amenaza de serles retiradas las actas de diputados. Zelensky ha centralizado también la política informativa con el objetivo de controlar el mensaje y eliminar del campo de la comunicación todo mensaje que contradiga el discurso oficial. A todo ello hay que sumar los millones de personas interna y externamente desplazadas, circunstancia que la administración ucraniana también ha utilizado para argumentar la dificultad de celebrar unas elecciones.
Sin embargo, tanto Zelensky como Stefanchuk, presidente de la Rada Suprema, se han referido en varias ocasiones a la posibilidad de modificar la legislación para hacer legalmente posible la celebración de los comicios durante la guerra. El principal condicionante no ha sido la situación en el país, sino la disponibilidad de recursos económicos específicos donados por los países occidentales para realizar el proceso. El desinterés de los acreedores por tomar el mando político y económico de la celebración electoral ha hecho que Zelensky haya retornado rápidamente al discurso inicial de prolongar su mandato mientras dure la guerra. Pese a las falsas esperanzas que Ucrania había puesto en la ofensiva de 2023, todas las partes directa e indirectamente implicadas parecen haber aceptado ya que la guerra será larga. Zelensky puede así presidir durante varios años más el país sin contar con el mandato para hacerlo. Pero eso podría minar sus credenciales democráticas, algo que pudiera resultarle incómodo teniendo en cuenta que una de las bases del discurso oficial ucraniano es el de la democracia contra el autoritarismo. “Las dictaduras del mundo se están uniendo, Ucrania no es más que el principio”, ha afirmado la mano derecha de Zelensky, Andriy Ermak, en una entrevista concedida a El Mundo.
El apoyo occidental para posponer sine die las elecciones generales y legislativas y, sobre todo, las tendencias autoritarias de Zelensky, que preceden a la invasión rusa, son muestra de que, al menos desde el exterior, no va a haber ninguna exigencia de legitimación política del actual ejecutivo. La necesidad de un resultado electoral que ratifique el mandato de Zelensky parece haber sido sustituida por la idea de la unidad del pueblo ucraniano, real o imaginaria, que ha elegido al presidente como su héroe de guerra.
Pese al apoyo de Occidente, principal electorado al que debe apelar Zelensky para mantener a flote al país y para que el ejército pueda continuar la guerra, las preguntas han quedado en el aire y en ocasiones han de ser respondidas por oficiales incapaces de dar una respuesta coherente a la cuestión. Esta semana, Ukrainska Pravda publicaba los comentarios de Oleksiy Danilov, presidente del Consejo de Seguridad Nacional y Defensa de Ucrania a la pregunta de si el país precisa de un Gobierno de unidad nacional para compensar la relativa pérdida de legitimidad que supone la cancelación de las elecciones previstas para este año. El planteamiento era sencillo: ¿debe la oposición ucraniana entrar en un ejecutivo de unidad? El titular deja lugar a pocas dudas y afirma, en palabras de Danilov, que “no hay oposición en Ucrania”. De ahí que no sea preciso un Gobierno de unidad, por lo que hay que entender que el equipo de Zelensky, en la opinión del círculo del presidente, representa a todo el país (posiblemente incluyendo a la población de lugares como Donbass o Crimea).
“No tenemos ninguna oposición”, afirma Danilov que, por supuesto, no se refiere a los partidos políticos prohibidos durante los mandatos de Poroshenko y Zelensky para eliminar del campo político a, por ejemplo, toda la escasa izquierda existente en Ucrania. “La oposición”, añade el presidente del Consejo de Seguridad Nacional y Defensa, debe estar formada por “gente responsable en los procesos que en cada momento existen en el territorio. Esa es la oposición y no tenemos ninguna”.
Sin ninguna intención de esconder que la referencia está dirigida al partido de Poroshenko, único que puede hacer sombra a Servidor del Pueblo, Danilov insiste en que “conozco a algunos políticos individuales desde, digamos, 1994. Su lugar, su papel, cómo construyeron este país, acumulando riqueza a costa del pueblo ucraniano. Y ahora, una vez más, tienen un gran deseo de decirnos cómo debemos vivir nuestras vidas. Por extraño que parezca, no quieren hablar de cómo tenían negocios conjuntos con Medvedchuk, de cómo robaron a este país… Y ahora dicen que quieren volver a gobernar el país”.
En realidad, la capacidad de hacer oposición de Petro Poroshenko y su Solidaridad Europea es limitada. Cada vez más parecidos en los aspectos en los que el candidato Zelensky intentó desmarcarse de su rival durante la campaña electoral, Poroshenko ha perdido la posibilidad de recurrir al nacionalismo como forma de deslegitimar o diferenciarse del actual presidente. Zelensky no solo no ha revocado la legislación nacionalista que prometió revisar, sino que ha ahondado en la institucionalización del discurso nacionalista como único discurso nacional posible. De ahí que sea solo la economía donde Solidaridad Europea puede desmarcarse ligeramente de Servidor del Pueblo.
Aunque también Zelensky llegó al poder de la mano de uno de los clanes oligárquicos, el actual presidente ha intentado alejarse de esos grupos de poder que han dominado la economía y política ucraniana desde la independencia. Poroshenko, por el contrario, es parte integral de esa estructura. Como apuntaba hace unos días, The New York Times, los oligarcas ucranianos han visto minada su riqueza a raíz de la guerra y Volodymyr Zelensky espera aprovechar las circunstancias para privar a esos clanes del poder político del que han disfrutado durante décadas. Esas diferencias hacen inviable cualquier intento de Gobierno de unidad nacional. Pero incluso ahí, es preciso comprender correctamente las intenciones de Zelensky, que no prevé sustituir a la oligarquía con un sistema más democrático o que suponga menor desigualdad para el país, sino con el gran capital internacional. Ambas tendencias, la nacionalista de Poroshenko y la tecnócrata y libertarian de Zelensky han tomado la vía de la privatización como solución a los problemas económicos y buscan convertir Ucrania en un país en el que el Estado tenga un papel mínimo en la economía. La diferencia es que Zelensky pretende dejar en manos de las grandes empresas internacionales el poder que Solidaridad Europea pondría en manos de ciertos clanes económicos nacionales, concretamente, aquellos que no supongan competencia para Poroshenko. No es de extrañar así que el reformista Zelensky, que lucha contra la corrupción y la oligarquía, siga siendo la apuesta de Occidente, dispuesto a defender las credenciales democráticas del presidente sean cuántos sean los años que dure la guerra. Zelensky es consciente de que, siempre que evite el colapso militar, dispondrá del tiempo necesario para continuar reformando Ucrania al gusto de sus acreedores. Esa es toda la democracia y unidad que precisa el actual presidente ucraniano, consciente de que en ello realmente no hay oposición en Ucrania.
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