Con el 24 de febrero como punto de partida, el discurso occidental ha querido siempre presentar una visión simplificada del conflicto ucraniano y su historia. El desinterés por la guerra que había estallado en 2014 y que nunca llegó a resolverse facilitó la tarea al establishment político y mediático occidental, que condenó en bloque a Rusia y siguió a rajatabla todos y cada uno de los puntos marcados por el Gobierno ucraniano. Las autoridades políticas y la prensa internacional ni siquiera tuvieron la necesidad de exculpar a sus aliados de Kiev en su flagrante bloqueo del proceso de Minsk, únicas conversaciones de paz que habrían podido desencallar la resolución de, al menos, esa parte del conflicto. El razonamiento, la argumentación y la contextualización de los factores nacionales, internacionales, políticos, militares e históricos que habían llevado a ese momento fueron sustituidos por un ideario tan sencillo como eficaz: la pacífica Ucrania, invadida por su vecino del este en su arrebato de ambiciones imperiales, respondía unida y en una sola voz, levantándose en armas contra el agresor.
En ese relato desaparecían completamente tanto aquellos hombres en edad militar que trataban de huir del país para no tener que luchar en la guerra y, sobre todo, los varios millones de ciudadanos técnicamente ucranianos residentes en Donbass y en Crimea, regiones que durante ocho años han vivido al margen de Kiev o, en el caso de Donetsk y Lugansk, luchando activamente contra su antigua capital. La simplificación de la guerra hasta convertir a Zelensky en la imagen de Ucrania y representación perfecta de su población implicó también hacer desaparecer todas las rencillas políticas que habían acompañado al presidente y que en parte continuaron a pesar de la aparente unidad que veían los medios de comunicación.
Las tendencias autoritarias de Zelensky, justificadas desde el 24 de febrero por la prensa internacional escudándose en la situación militar, no solo preceden a la invasión rusa, sino que han continuado su progresión lógica. El Gobierno ucraniano aprovechó la situación para, por ejemplo, ilegalizar una serie de partidos que habían resultado incómodos. Zelensky no solo ilegalizó a toda la izquierda -una parte había sido ilegalizada en tiempos de Poroshenko- sino que utilizó la coyuntura bélica para acabar con toda oposición no nacionalista aún existente en el país, una prohibición acompañada de la centralización de la política informativa, un eufemismo para imponer la censura. Zelensky ha rechazado repetidamente también celebrar elecciones mientras dure la guerra, algo que pudiera justificarse por la gravedad de la situación y por la legislación, que prohíbe los comicios durante tiempos de ley marcial, pero cuenta también con un matiz dictatorial de quien se ha hecho con todo el poder en el país y quiere mantenerlo.
Esta semana, varios medios internacionales se hacen eco de las declaraciones de Vitaly Klitschko, alcalde de Kiev, y de sus duras críticas a la gestión de Volodymyr Zelensky en lo que han calificado del “retorno de la política”. La épica de los primeros meses y las posteriores victorias en Járkov y Jersón, que Ucrania prometía ampliar expulsando a Rusia de los territorios del sur en busca del momento en el que la bandera azul y amarilla ondeara en Donetsk y Yalta han dado a Zelensky un año y medio de gestión sin ninguna oposición. La situación, la polarización nacionalista que necesariamente ha creado la guerra y el manejo completo y continuo de las herramientas comunicativas lograron crear, al menos temporalmente, un héroe del presidente vestido de militar. Ese halo de invencibilidad se ha venido abajo desde el momento en el que la contraofensiva ucraniana no ha conseguido ni uno solo de sus objetivos políticos y el presidente y su entorno han vuelto a ser vulnerables a acusaciones de las que hasta entonces habían sido protegidos por el favor mediático. En los últimos meses, ha vuelto a aparecer en la prensa internacional la cuestión de la corrupción y actualmente están explotándose en las páginas de medios tan fieles a Ucrania como The Washington Post o The Economist las evidentes diferencias que existen entre los dos héroes: Volodymyr Zelensky, el poder civil, y Valery Zaluzhny, el poder militar.
Las palabras de Klitschko, que acusó al presidente de hacer de Ucrania una autocracia similar a Rusia, se refieren precisamente a esa diferente forma de actuar. El alcalde de Kiev exige al jefe de Estado algo tan simple como decir la verdad, ser sincero con una población que está sufriendo los efectos de la guerra, algo que tampoco Klitschko ha hecho en la capital. El discurso que hasta hace escasos días afirmaba que todo va según el plan, aunque quizá con algo de retraso ya no es suficiente y la segunda fila de la clase política ha percibido con claridad las debilidades de Zelensky que ahora intentan explotar en beneficio propio. Klitschko, cuya gestión ha sido también duramente cuestionada por su incapacidad de mantener las infraestructuras en condiciones incluso antes de que la guerra llegara a Kiev, defiende la postura de Zaluzhny de admitir el punto muerto en el que se encuentra el frente en lugar de mantener el discurso optimista por el que ha optado la Oficina del Presidente durante meses pese a ser consciente de que el plan había resultado fallido.
La sorpresa de los medios en las declaraciones de Klitschko se limitan a la aceptación de que la impunidad que la guerra había dado a Zelensky se ha terminado. Mucho más duro con la Oficina del Presidente ha sido uno de sus excolaboradores, Oleksiy Arestovich, que a base de criticar la postura ucraniana en Estambul, está posicionándose más claramente como oposición. Desde la lejanía de quien es consciente de que no tendrá que rendir cuentas y que en caso de cambio en la coyuntura podrá rápidamente cambiar de opinión, Arestovich es la figura más importante salida del entorno de Zelensky en defender la necesidad de negociar con Rusia. Ese es su posicionamiento electoralista, de la misma manera que presentarse como defensor de la población -pese a haber demostrado no ser capaz de mantener los servicios mínimos ni siquiera en tiempos de paz– es el de Klitschko o denunciar constantes traiciones es el de Goncharenko, el exdiputado del Partido de las Regiones y de Solidaridad Europea que se paseó por la Casa de los Sindicatos de Odessa antes incluso de que los cuerpos quemados fueran retirados y que ahora trata de erigirse en líder.
La falta de contexto a la hora de explicar la actual guerra queda patente también en este episodio, en el que la prensa se ha centrado en el fin de la tregua política pero ha querido evitar ir más allá. El enfrentamiento entre Zelensky y Klitschko no se debe a la situación actual, sino que se remonta a 2019, cuando, nada más ser elegido, el nuevo presidente lanzó una ofensiva política con la que trató sin éxito de cesar al alcalde de Kiev. La falta de interés por las realidades políticas ucranianas antes del 24 de febrero de 2022 o simplemente la voluntad de proteger a Zelensky de acusaciones de que su actual autoritarismo no se debe a la intervención militar rusa han evitado que la información sobre las críticas de Klitschko vayan más allá de los titulares del día.
De todos esos nombres de posibles aspirantes a hacer sombra al actual presidente, es Klitschko quien siempre ha preocupado al equipo de Zelensky, posiblemente no por su capacidad política, sino por sus conexiones. La Oficina del Presidente apreciaba en él una amenaza al ocupar un puesto excesivamente cercano a las sedes del poder y ser, a la vez, un remanente de la presidencia de Poroshenko y un posible aspirante a hacer sombra el nuevo presidente. No hay que olvidar que, pese a sus evidentes carencias políticas y retóricas, Klitschko ha contado siempre con apoyos que han hecho que ascendiera más allá de lo que sus capacidades parecían indicar. Durante las protestas de Maidan y esa fase final en la que actores externos negociaban la composición del futuro Gobierno ucraniano, Klitschko era el hombre más cercano a Frank-Walter Steinmeier, entonces ministro de Asuntos Exteriores de Alemania. Quizá ese fuera el motivo por el que, en la conocida llamada telefónica interceptada y publicada, Victoria Nuland afirmara explícitamente que Klitschko, Klitsch, debía, como Oleh Tyahnibok, permanecer fuera del Gobierno que debía liderar su chico Yatseniuk, Yats. Las luchas internas siempre han sido parte de la política de Maidan y el actual enfrentamiento entre el alcalde de Kiev y el presidente no es más que la reactivación, posiblemente temporal, ya que Zelensky cuenta con las herramientas mediáticas para silenciar a Klitschko, de lo que ha sido la norma en los últimos años: una dinámica de bloques enfrentados pero constantemente reconfigurados para crear aliados temporales y enemigos oportunistas de los que valerse para lograr objetivos personales. En ese escenario, Zelensky y Klitschko interpretan el mismo papel.
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