La cuestión territorial ha sido, desde 2014, uno de los orígenes tanto del conflicto interno ucraniano como del rusoucraniano. Aunque el detonante se remonta a la forma con la que Maidan derrocó de forma irregular al presidente Yanukovich, elegido democráticamente, la lucha por el territorio comenzó en marzo de ese año con la rápida movilización militar, política y social en Crimea que derivó en la anexión del territorio tras un referéndum reconocido únicamente por Rusia. Desde entonces, incluso las encuestas realizadas por organizaciones occidentales han ratificado que la decisión contó y sigue contando con el apoyo de la mayoría de la población, un detalle que Ucrania y sus socios siempre han preferido ignorar. Al igual que en Donbass, la opinión de la población no ha contado nunca para Ucrania, que desde la victoria de febrero de 2014 en Kiev quiso imponer la agenda nacionalista contra la que se levantó la población. Aunque en aquel momento recibieron las burlas de políticos, organizaciones sociales y prensa nacional e internacional, los temores de la población que en aquellos meses protestó contra la intención de Ucrania de, por ejemplo, discriminar a la lengua rusa, han ido gradualmente convirtiéndose en realidad a medida que el Gobierno ucraniano imponía esa visión nacionalista del país y de su historia que esa parte de la población rechazó.
Aunque con diferencias notables en la situación, tanto la parte de Donbass bajo control de las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk como Crimea han vivido durante prácticamente una década al margen de Ucrania, de sus medios de comunicación y de su imposición del discurso nacionalista como único discurso nacional aceptable. Con la intención de negar rotundamente la existencia de un factor interno en el conflicto ucraniano, que siempre ha definido como invasión rusa, Kiev ha ignorado y continúa ignorando esos motivos por los que la anexión de Crimea contó con un gran apoyo popular y Donbass ha continuado luchando a pesar de las durísimas condiciones impuestas sobre la población a causa del bloqueo económico de Ucrania, que negó incluso las pensiones a la población de la región.
Desde la invasión rusa y especialmente desde que las tres retiradas rusas -de Kiev, Járkov y Jersón- dieron al equipo de Zelensky la posibilidad de explotar el discurso triunfalista de la recuperación de la integridad territorial según las fronteras de 1991, las menciones al futuro cercano en el que la bandera azul y amarilla ondearía en Yalta o Donetsk han aparecido periódicamente. Esas propagandísticas menciones han venido acompañadas de los grandes planes que Ucrania decía tener para esos territorios. Entre ellas han destacado las declaraciones de Oleksiy Danilov, presidente del Consejo de Seguridad Nacional y Defensa; Miajilo Podolyak, posiblemente el más influyente de los asesores de Andriy Ermak en la Oficina del Presidente o Kirilo Budanov, líder de la inteligencia militar.
Dando por hecha la conquista -gran parte de estas afirmaciones y publicación de planes para el día después se produjeron antes de que la contraofensiva ucraniana chocara contra los campos de minas rusos en Zaporozhie-, esos representantes no escatimaron en los detalles sobre el tratamiento que merecería la población disidente. Ucrania ha llegado a dar cifras, siempre en centenares de miles, a las que pretende expulsar de Crimea y ha prometido todo tipo de medidas que van desde la filtración en busca de agentes, negación de derechos civiles como el voto, acusaciones penales de colaboracionismo incluso a quienes hayan colaborado con las instituciones locales en sectores como la enseñanza o retirada de la nacionalidad a quienes hubieran obtenido la ciudadanía rusa. Dependiendo de la ambición de cada momento, esas medidas han afectado a más o menos sectores de población, aunque se ha mantenido siempre el objetivo del castigo colectivo a una población desleal y la voluntad de pasar por encima de su voluntad en busca de lo único importante, recuperar el territorio.
La cada vez mayor distancia existente entre los deseos de Ucrania y la realidad de los frentes militar y político no ha sido suficiente para hacer desaparecer, ni siquiera temporalmente, ese énfasis en la recuperación de los territorios que con más claridad han rechazado a Kiev. A lo largo de la guerra, el Gobierno ucraniano ha tratado de equilibrar, de forma que raramente ha resultado coherente, un discurso victimista con uno triunfalista. El primero está dirigido al exterior y busca aumentar aún más el flujo de armamento y munición, sin el que Ucrania no podría seguir luchando. El segundo, para consumo interno, pretende mantener la esperanza de una victoria completa, necesaria para garantizar que el reclutamiento de tropas para ello siga siendo posible.
Ayer, en un acto en Nikolaev, el presidente ucraniano recuperó la cuestión de la integridad territorial, pero, al contrario que en ocasiones anteriores, lo hizo no solo para referirse al territorio sino también a la población. Como es habitual, el punto de partida fue dar por hecha la futura victoria y la recuperación de Crimea y Donbass. Es más, en esta semana en la que tanto está hablándose de lo ocurrido en las negociaciones entre Rusia y Ucrania en marzo de 2022, el presidente ucraniano ha insistido de nuevo en su exigencia de retirada rusa completa de todo el territorio ucraniano según sus fronteras de 1991 como prerrequisito para una futura negociación.
Las palabras de Zelensky sobre Crimea y Donbass se han dirigido a explicar las dificultades con las que podría encontrarse Ucrania para recuperar a la población. “Puede ocurrir que recuperemos los territorios antes que a esta gente”, afirmó ayer insistiendo en dar por hecha una recuperación de territorios que ni siquiera el Pentágono considera realista. “Por ejemplo”, continuó, “si tomamos Donbass, esa gente vive ahí desde hace diez años, vive en un espacio diferente y este es un proceso largo. Puede ser diferente. Creo que es más difícil con Donbass. Mis socios me dijeron una vez que será casi imposible recuperar Crimea y que sería muy difícil recuperar Donbass. Pero, en mi opinión, si hablamos de la población, porque los territorios se recuperan con la población, si la población no quiere, será muy difícil”, continuó.
Hay que destacar varios aspectos de las palabras de Zelensky, quien antes de la invasión rusa ya apeló públicamente -y en ruso, para que la población pudiera comprenderle sin dificultades- a la población que se sintiera rusa a mudarse a Rusia. En primer lugar, desde hace diez años, la población tanto de Crimea como de Donbass ha mostrado su apoyo a Rusia, no a Ucrania, en ocasiones con armas en la mano y luchando directamente contra las Fuerzas Armadas de Ucrania. Pese a que Kiev lo haya ignorado para continuar así negando que existía un factor de guerra civil en el conflicto, la población ya ha mostrado su rechazo a Ucrania.
En segundo lugar, la ambigüedad con la que Zelensky se refiere a las circunstancias en las que ha vivido la población durante la última década busca evitar las palabras operación antiterrorista y operación de fuerzas conjuntas, así como bloqueo económico, impago de pensiones y negativa a la negociación con los terroristas. Son los actos de Ucrania a lo largo de esta década los que han obligado a la población a optar por Kiev o Moscú. La guerra ha marcado la última década y explica el rechazo de la población de Donbass a Ucrania, el país que inventó una operación antiterrorista para justificar utilizar a sus fuerzas armadas en territorio nacional. Pero lo ha hecho también la posición política de Ucrania con respecto a las concesiones mínimas que implicaba el proceso de Minsk y que Kiev rechazó abiertamente y la constante retórica insultante y deshumanizadora que se ha mantenido en las administraciones de Yatseniuk, Poroshenko y Zelensky y en su prensa afín.
A pesar de los diez años de negar la realidad de una guerra civil en Donbass en la que Rusia, el Estado agresor, solo era un factor, incluso Zelensky, lo admita abiertamente o no, es consciente del rechazo de la población. “Incluso ahora, cuando Rusia está luchando contra nosotros”, ha afirmado Zelensky aunque Ucrania afirma estar luchando contra Rusia desde 2014, “los separatistas más duros están firmes. Los rusos huyen y ellos se mantienen firmes”, añadió admitiendo, de forma mucho más explícita de lo habitual que ucranianos luchan contra ucranianos en el frente de Donbass. La voluntad de admitir la realidad es limitada y Zelensky regresó nuevamente a sus deseos al mencionar que “no ha habido operaciones militares en Crimea, así que creo que Crimea está esperando el retorno”. Ucrania no ha logrado llevar la guerra a Crimea, protegida desde 2014 por las tropas rusas, al contrario que Donbass, defendido por milicias improvisadas que, con una mucho menor ayuda de Rusia, tuvieron que defenderse de la agresión militar de Ucrania. La guerra no ha llegado a la península porque Kiev no ha logrado avanzar sobre ella, no porque el rechazo de la población haya sido menor que en Donbass, donde, en realidad, la división entre población prorrusa y proucraniana era menos desequilibrada que en Crimea. El rechazo de la población se muestra en que Kirilo Budanov ha necesitado de operaciones militares para lograr colocar una bandera ucraniana en Crimea para sus actos propagandísticos del Día de la Independencia de Ucrania.
En el caso de Donbass, la realidad es evidente incluso para Zelensky, capaz de ver la dificultad de pasar por encima de la población y de los ejércitos que han tenido que formarse para defenderse de Ucrania. “Donbass también está a la espera, pero será muy difícil porque gran parte del territorio estaba ocupado y tan militarizado como era posible”. La fortificación de las ciudades del frente de Donbass son, sin duda, un factor importante. Pero lo es incluso más la voluntad de la población de resistir a la agresión ucraniana, que comenzó en 2014 y que ha continuado, por la vía militar, económica, mediática y social, durante prácticamente una década.
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