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Momento de repensar

Con una portada azul y amarilla que no deja dudas sobre su punto de vista, The Economist,  un medio que, como escribiera Lenin hace más de un siglo “habla por los millonarios británicos”, lo que le hace seguir “una línea muy instructiva en relación con la guerra”, anuncia esta semana que es “momento de repensar”. Para evitar dudas, realmente imposibles teniendo en cuenta el diseño del número, el subtítulo, “Ayudar a Ucrania a ganar una guerra larga”, aclara que no hay cambio de posición en la línea editorial ni cambios en los objetivos. La estrategia sigue siendo la misma, luchar contra Rusia hasta el último ucraniano y al margen de la enorme destrucción que eso pueda seguir causando en el país, pero la táctica ha de cambiar. La portada y el artículo central del último número del medio británico es la más explícita, aunque no se trata del único ejemplo de analistas, lobistas y expertos que defienden la necesidad de recalibrar objetivos y posibilidades para continuar la guerra teniendo en cuenta las condiciones en las que va a terminar la campaña de verano.

Ucrania y sus socios, fundamentalmente Estados Unidos y el Reino Unido -los dos países más importantes en lo que respecta a la instrucción, táctica e inteligencia militar de todos los aliados de Kiev- habían planificado la actual ofensiva como una oportunidad única en la que repetir el éxito de hace exactamente un año en Járkov y romper las defensas rusas poniendo a Moscú contra las cuerdas. Dependiendo de los diferentes grados de fanatismo, optimismo o disposición a causar miles de bajas en el ejército proxy, el objetivo podría diferir a partir de ahí: mientras los más moderados veían en un acercamiento ucraniano a Crimea la forma de obligar a Rusia a negociar la devolución del resto del territorio, los más radicales veían incluso la posibilidad de expulsar a las tropas rusas de la península del mar Negro, una opción tan poco realista que ha sido repetidamente negada por expertos del Pentágono. Con miles de millones de dólares de presupuesto -una inversión que ha impedido, según Zelensky, que media Europa esté en riesgo de caer en la órbita del Kremlin-, centenares de tanques y blindados, miles de soldados instruidos en el extranjero y una táctica planeada al detalle, la ofensiva debía ser, si no definitiva, sí un punto de inflexión en la guerra.

Casi cuatro meses después de su inicio, cuando los primeros tanques occidentales, flanqueados por un mucho mayor número de equipos de diseño ruso o soviético, avanzaron por primera vez hacia los campos abiertos de Zaporozhie, puede decirse que el punto de inflexión ha sido diferente del esperado por Kiev. Medios como The New York Times han llegado a afirmar que las brigadas que participaron en aquellos primeros días de asalto fallido perdieron en ese intento la quinta parte del material entregado por Occidente, unas pérdidas insostenibles que provocaron un rápido cambio de táctica. Ucrania abandonó las columnas blindadas en favor de grupos más pequeños y flexibles, algo que los comandantes rusos sobre el terreno observaron tras la primera semana de ofensiva, pero que la prensa occidental no admitió hasta semanas después. Ese abrupto cambio en la forma de continuar la ofensiva ha supuesto para Kiev todo tipo de reproches de sus socios, que han llegado a achacar a Ucrania ser excesivamente alérgica a las bajas. La táctica de la OTAN había enviado a su ejército subsidiario a una batalla contra una potencia artillera sin contar con la más mínima cobertura aérea, unas condiciones que, como han advertido de forma pública comandantes ucranianos, Estados Unidos no habría aceptado jamás para sus propios soldados. El valor de las vidas del ejército proxy es notablemente inferior a las de los ejércitos propios.

El cambio de táctica, que ha eliminado de los medios los grandes ataques aéreos, con drones y artillería que llenaron los campos de Zaporozhie de columnas ucranianas destruidas, ha dado los únicos éxitos de la ofensiva ucraniana. Aunque de ninguna forma lo que Ucrania esperaba lograr, sus tropas han avanzado hacia Artyomovsk, complicando nuevamente la situación en la ciudad, que Zelensky dice tener un plan para desocupar antes de finalizar el año, y han conseguido llegar a la primera línea de defensa rusa en Zaporozhie, especialmente en la zona de Rabotino, donde ahora tratan de avanzar sobre Tokmak. Lejos quedó la idea de que la actual ofensiva suponía la lucha por la costa del mar de Azov o incluso la captura de Melitopol.

Casi cuatro meses después del inicio de la contraofensiva, los objetivos son mucho más modestos y las bajas de personal y las pérdidas de material, aunque siempre secreto de Estado, son elevadas. En el caso ucraniano, los rumores y los cuestionables datos ofrecidos por la Federación Rusa son las únicas cifras disponibles, ninguna de ellas suficiente para estimar las bajas reales que se han producido a raíz de la ofensiva. En el caso de las bajas rusas, los recientes informes de Mediazona, que desde el inicio de la invasión rusa reportado las bajas rusas siguiendo obituarios y posts de familiares en las redes sociales, indican unas cifras llamativamente reducidas en los últimos meses.

Al relativamente bajo nivel de bajas hay que añadir dos datos económicos que se han publicado recientemente: la solvencia de la producción industrial en el ámbito militar a pesar de las sanciones y el anuncio de un aumento del gasto militar en los próximos presupuestos. Todo ello indica, no solo que Rusia es consciente de que la guerra será larga, sino que se encuentra en condiciones de librarla. En ese contexto, y pese al evidente desgaste que necesariamente existe en todos los ejércitos en liza, la idea de que una guerra larga favorecía a Ucrania ha quedado ya como la ficción que la Unión Europea trató de instalar en el imaginario colectivo a la espera de que sus sanciones hicieran colapsar la economía rusa.

Esa guerra larga es el motivo por el que medios como The Economist plantean la necesidad de cambios tácticos, que no estratégicos. El objetivo no ha cambiado y no hay voluntad de hacer pasar el conflicto militar a un plano diplomático. Una negociación en las condiciones actuales, con Ucrania en una posición que no es de fuerza y que implicaría concesiones, está fuera de toda consideración. “Buscar un alto el fuego o conversaciones de paz es inútil”, afirma el medio, que añade que “Vladimir Putin no muestra signos de querer negociar y, aunque lo hiciera, no podría confiarse en que fuera a cumplir el trato”. Nueve años después de la firma del primer acuerdo de paz para tratar de resolver el conflicto ucraniano, los primeros acuerdos de Minsk de septiembre de 2014, la idea de que es Rusia quien no va a cumplir los acuerdos continúa siendo el principal argumento en contra de la búsqueda de una solución negociada. Ayuda, sin duda, que no haya quedado registrada en la memoria colectiva la actuación de Ucrania a lo largo de todo el proceso de Minsk. Pese a que actualmente incluso los oficiales de Kiev se jactan de haberse negado a cumplir los términos de aquellos acuerdos, Rusia sigue siendo culpable, en este caso, del incumplimiento ucraniano.

La eliminación de todo aquello relacionado con la guerra ucraniana antes de la llegada de las tropas rusas afecta incluso a quienes optan por la vía contraria y defienden la necesidad de negociación para detener el sufrimiento causado por la guerra. Es el caso de ciertos sectores del realismo estadounidense que esta semana se han reflejado en un artículo de Stephen Walt publicado en Foreign Policy, que apela a la moralidad para defender su postura. Desde posiciones proucranianas, condenando la guerra como una agresión no provocada y culpando a Rusia de su estallido, Walt parte de la certeza de que Ucrania no será capaz de expulsar a las tropas rusas, por lo que el cálculo moral es simplemente el de no alargar un sufrimiento que no va a conseguir el resultado que sería deseable. En ese cálculo moral no cabe la situación de la población de Donbass y Crimea, que mostraron hace años su rechazo a Ucrania y que han sufrido, aunque de diferente manera, un castigo colectivo a causa de esa opción. Donbass fue agredido militarmente en una acción que no ha merecido condena, mientras que Crimea, defendida por las tropas rusas, no por milicias locales, no pudo ser atacada pero se vio abocada a un bloqueo económico que afectó fundamentalmente en términos del corte del suministro de agua del Dniéper al canal de Crimea-Norte.

Si ni siquiera los derechos básicos de una parte de la población que Ucrania y sus socios dicen considerar ucraniana ha de ser considerada un factor en el cálculo moral de la guerra por los sectores más moderados, es lógico que la prensa sea capaz de hacer ver que es Vladimir Putin quien es el obstáculo a una negociación. Puede discutirse si Rusia aceptaría la actual línea de separación como resolución final, algo que se asemejaría al temido “Minsk-3” cuya sombra se extiende prácticamente desde la cumbre de Estambul. La realidad es que el territorio más importante para Moscú es Crimea y protegerlo, detener ataques como el del viernes y obtener finalmente un reconocimiento oficial sobre la soberanía de la península podría ser presentado por las autoridades rusas como una victoria. Lo sería también el aumento de territorio, aunque no se cumplieran los objetivos de recuperar la ciudad de Jersón y tampoco todo el territorio de Donbass. Evidentemente, sueños más allá del territorio actual, quedaron en el tintero en el momento en el que el potencial ofensivo ruso se apagó en la primavera de 2022. Los hechos y los intereses apuntan a que Rusia no Ucrania, sería menos reticente a firmar un acuerdo. Los pasos dados en el último año y medio apuntan en la misma dirección: no fue Moscú sino Kiev quien rompió las negociaciones de Estambul y posteriormente prohibió toda negociación con la administración de Vladimir Putin. La insistencia de guerra hasta la recuperación del último metro de territorio ucraniano según las fronteras de 1991 hace inviable cualquier negociación con la parte ucraniana, que durante los siete años de proceso de Minsk mostró ya cuál sería su actitud en caso de verse obligada a firmar un acuerdo que implicara concesiones por su parte.

Aunque no necesariamente por los motivos que alega, la prensa occidental está en lo cierto cuando afirma que la guerra va a continuar. Ucrania ha optado abiertamente por la guerra hasta el final deseado. El periodo de gracia a la espera de un gran éxito con el que justificar continuar sin cambios ha finalizado e incluso el leal The Economist apunta al fracaso de la contraofensiva. “Ucrania ha liberado menos del 0,25% del territorio que Rusia ocupaba en junio. La línea del frente de casi mil kilómetros prácticamente no ha cambiado”, sentencia para justificar la necesidad de introducir cambios. Las promesas de futuro de Zelensky, que asegura que Ucrania recuperará Artyomovsk y dos ciudades más antes de finalizar el año, o de Budanov, que anunció que la ofensiva no se detendrá con el invierno, ya no son suficientes. Tampoco lo son las palabras de Antony Blinken, que continúa repitiendo que Ucrania ha recuperado la mitad del territorio capturado por Rusia, sin precisar que la práctica totalidad de esas recuperaciones se produjeron en 2022, antes de que comenzara el gran flujo de armas para la actual contraofensiva. El optimismo de los más fanáticos se ha reducido, mientras que los moderados apelan al cálculo moral de reducir el sufrimiento. En ese contexto, quedan dos opciones: la escalada o la negociación. Esta disyuntiva solo deja una opción, ya que la negociación ha sido descartada por las autoridades políticas.

Continuar alimentando la guerra de forma cada vez más peligrosa sigue siendo la opción preferida por los grandes poderes y los grandes medios. Esta semana, Foreign Affairs, por ejemplo, argumenta la necesidad de enviar “asesores estadounidenses” a Ucrania y eliminar el límite de efectivos militares sobre el terreno. Aunque el objetivo dice ser únicamente el de instruir a más soldados ucranianos, el peligro de un creciente número de soldados estadounidenses en un país en guerra con Rusia no debería escapar, como en realidad ocurre, a los autores del artículo.

La opción defendida por The Economist para la guerra larga es diferente, aunque también debe ser considerada una forma de escalada. El invierno dificultará las grandes ofensivas, especialmente en el frente central, el de Zaporozhie, por lo que el medio propone una táctica de ataques a objetivos estratégicos rusos que dificulten su capacidad para continuar la guerra. En otras palabras, se propone así un cambio de táctica que deje de primar la recuperación de territorio en favor de otra en busca de golpear objetivos más mediáticos y simbólicos que efectivos para minar la confianza de la población en la capacidad rusa de defender el territorio. No es casualidad que esta estrategia coincida con las ideas de Kirilo Budanov, uno de los principales arquitectos de la estrategia de atacar la retaguardia rusa. La estrategia también es coherente con un comentario realizado hace semanas por Mijailo Podolyak, que escribió que el los planes de Ucrania no pasan por luchar por cada pueblo hasta las fronteras de 1991. Parece evidente que Ucrania ha puesto parte de sus esperanzas en su capacidad de destrucción, no solo en la de avanzar sobre campos minados. De ahí la insistencia en el envío de misiles tácticos ATACMS de Estados Unidos o Taurus de Alemania.

La escalada propuesta por The Economist no presagia solo un aumento de los ataques con misiles en objetivos de la retaguardia rusa, sino una remilitarización general del continente justificada por la posibilidad de reducción de la asistencia militar estadounidense. “A la larga, Europa tendrá que tomar más peso. Eso  significa reforzar su industria de defensa y reformar el proceso de toma de decisiones de la Unión Europea para que pueda aceptar más miembros”. A la pregunta de qué hacer, la respuesta de The Economist, que refleja de la postura del establishment político, es la remilitarización de una Europa en la que se mantenga, sin posibilidad de resolución, una guerra abierta contra el país más grande y poblado del continente.

Comentarios

Un comentario en “Momento de repensar

  1. Avatar de K. B. Zong

    ¿Podríais indicar la fuente de los artículos, por favor? Sería interesante para entender los matices…

    Me gusta

    Publicado por K. B. Zong | 25/09/2023, 07:20

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