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Una ciudad entre la guerra y la paz

Artículo Original: Denis Grigoriuk

339788_800Nuestro centro comercial “Green Plaza” cerró mucho antes del final de aquel día. Eso pasaba habitualmente entonces. La inseguridad en la ciudad obligó al centro comercial a tomar de decisión de cerrar a causa de diferentes incidentes. Nadie hablaba del motivo, pero era tan evidente que era una tontería decirlo. Desde marzo de 2014, cada semana había un día en el que había que irse a casa pronto. Cada día, al llegar al trabajo, había la esperanza de salir antes de las nueve.

Eso ocurrió el 7 de julio de 2014. El centro comercial estaba vacío. No había ni visitantes, ni parejas tomando café ni nadie iba a venir después de manifestaciones. Poco a poco guardamos los productos cuando el guardia de seguridad, vestido con camisa blanca y una etiqueta con su nombre en el bolsillo derecho, anunció que la jornada de trabajo había acabado. El personal estaba contento, mientras los dueños contaban sus pérdidas. En aquel momento, las principales cadenas de tiendas ya estaban preparadas para abandonar Donetsk. De haber estado seguras de que no iban a sufrir daños a causa de los ataques de artillería, seguramente habrían seguido trabajando, pero, en el verano de 2014, los prudentes empresarios intentaron salvar sus negocios de la inminente guerra.

Así salimos del centro comercial. En la cabeza rondaba la idea de que ese era el último día de trabajo. Así fue en realidad. El día estaba nublado. Las nubes negras cubrían el cielo. La tormenta rondaba Donetsk. Las caras grises pasaban rápidamente. Todos intentaban llegar a casa lo antes posible. Alarmas. Había alarmas por todas partes. También dentro de cada persona que hubiera leído las noticias de que las milicias habían abandonado Slavyansk. Yo no podía creerlo del todo. La prensa ucraniana informaba regularmente sobre las derrotas de la milicia de Donbass ante las Fuerzas Armadas de Ucrania. Me divertía pensando que era otra provocación informativa, otro intento de causar el pánico en Donetsk, en cuyas afueras y aeropuerto había batalla.

Pero al llegar a las tiendas cerca del centro comercial “Continente” me di cuenta de algo. En un puesto de shawarma había varios hombres vestidos de camuflaje. En el último mes nos habíamos acostumbrado poco a poco a los uniformes. Los chicos, como en la primavera rusa, lo llevaban por la calle, como para sentirse bien. Pero eran chicos que no habían tenido que probarse, que no habían experimentado en sus carnes lo que significa la guerra. Quienes allí pedían shawarma no eran como esos chicos que había visto en el centro de Donetsk. Con miradas duras, exigidos, cansados. Sonreían ante quienes se les cruzaba. Al lado de una mujer había un coche lleno de agujeros de bala. Después me enteré de que en la milicia los llamaban “jihad-móviles”. Las miradas de los milicianos no eran menos duras. En las rodillas uno de ellos tenía un Kalashnikov. En la correa noté una mancha de sangre.

No podíamos entenderlo porque muchos de nosotros ni siquiera podíamos imaginar lo que supone vivir en una ciudad sitiada, lo que es sobrevivir a bombardeos diarios, enterrar a compañeros bajo el sonido de las balas. La milicia había llegado a una ciudad aún sin tocar. Cuando escaparon del sitio de Slavyansk, Donetsk aún dormía en paz. Eso creó una disonancia en los soldados. La guerra llegó a sus vidas de una forma más fuerte. Ocupaba todos sus pensamientos. Veían que la vida seguía normal a pocos kilómetros de donde ellos vivían un infierno insoportable. En sus mentes había un choque entre la guerra y la paz.

También mirábamos a los soldados con miedo. Por primera vez había soldados de verdad ante nosotros. No estaban disfrazados de oficiales del ejército. Eran veteranos. Aunque había batalla en la zona del aeropuerto, ver a los soldados de verdad fue otra cosa. Su llegada a la ciudad significaba algo: la guerra llegaría pronto.

Tres años después

No era una sensación equivocada. La guerra llegó a Donetsk. Algunos funcionarios y directores culparon a la milicia de que la paz abandonara la ciudad. En su opinión, la milicia debería simplemente desaparecer, marcharse, perderse de camino a Donetsk para no molestar sus vidas y sus planes. Después de sentarse en pubs como el “Donetskie-Kievskie”, hablan de lo duro que fue para ellos abandonar Donetsk, pero con lo que hicieron las milicias eso ya no es “su Donetsk”. En un momento en que la población de Donbass miraba con esperanza a los defensores de Donbass, ellos miraban con odio a quienes habían dejado todo atrás para defender a sus familias de un Estado enloquecido.

La firma de Minsk-1, el empeoramiento del conflicto en el invierno de 2015, la firma de Minsk-2, todo eso ha quedado atrás. La batalla está localizada. Ahora la guerra se limita a una serie de puntos calientes. El final de las hostilidades a gran escala permitió volver a Donetsk a muchos de los que se habían marchado. Teniendo en cuenta que durante la fase activa de la guerra el número de residentes de la ciudad se redujo, según algunos datos, a 300-400.000 personas y tras el retorno de algunos de ellos aumentó a 800.000, podría parecer que existe en Donetsk una actitud negativa hacia los militares. En una entrevista, pregunté qué había cambiado en Donetsk en estos tres años. Un miliciano contestó: antes nos trataban de forma cálida y con esperanza cuando íbamos de uniforme. Ahora casi nos ignoran. ¿Qué se puede decir sobre la actitud de la población hacia el ejército?”. A esa pregunta contesté:

“Cambió mucho, aunque en poco tiempo. Al principio unos pocos fueron a la guerra y el resto siguió viviendo normal, aunque la situación fuera desesperada, sin trabajo y con la posibilidad de morir. Eso cambió a la gente. En primer lugar, a los que se quedaron. Lo sé por experiencia. Se ve la vida de forma diferente. Así que mirábamos con admiración a nuestros militares. Después volvieron aquellos para los que la guerra había sido solo algo que habían visto en la televisión. Algo ilustrado que no era real. Personas influidas por los medios, personas que habían decidido ser pacifistas o quienes tenían otras cosas en la cabeza. Pero ahora todo ha vuelto a cambiar en la sociedad de Donetsk. Se han hecho ajustes en la vida de quienes se quedaron en las ciudades en paz. Y sean rusos o ucranianos, no conocen la guerra. Así que algunos de ellos miran con reparo a los militares. Teniendo en cuenta que durante la guerra había poca gente, ahora apenas se les ve. Hay muchos más “retornados”. Según algunos datos, la población de Donetsk ha vuelto a niveles de antes de la guerra. Quienes saben qué es la guerra nunca mirarán mal a los militares. Esos soldados nos protegen, han salvado a muchos de los ataques y han rescatado a los heridos.

Y ahora, en pleno verano de 2017, cuando quema el sol y apetece ir a la playa y no pensar en la guerra y en lo mal que lo están pasando los chicos en las trincheras, a menudo recibo mensajes de compañeros que se quejan de la vida en la RPD. Los argumentos son los mismos: no hay Champions League en el Donbass Arena, no hay películas nuevas en los cines a altas horas de la noche, hay toque de queda y no se puede comprar ropas de marca de último modelo. Porque esas son las cosas de las que se preocupa la “juventud de oro”. Se preguntan por qué tienen que malgastar su juventud por la guerra. Lo siento, pero ese es vuestro destino. Por desgracia, eso no se refiere solo a los “retornados”, sino también a quienes, por un motivo o por otro, han olvidado que la guerra no ha acabado. Habitualmente aquellos que intentan olvidarse de la guerra simplemente ignoran el hecho de que sigue muriendo gente a pocos kilómetros de distancia. Culpan de sus problemas y de su mal humor a las personas de uniforme que regresan del frente con la esperanza de obtener la gratitud de los ciudadanos, aquellos cuya salud protegen y de los que, en ocasiones, reciben miradas de acusación.

Hay que reconocer que Donetsk está cansado de todo esto. La única diferencia es de qué estamos cansados. Hay quienes no pueden aguantar más los incesantes bombardeos del Ejército Ucraniano y tienen que reparar sus agujereadas casas después de los impactos y los hay que están cansados de vivir sin comer palomitas mientras ven los últimos estrenos de Hollywood en el cine.  Puedo responder a la pregunta de por qué ocurre algo así: las personas tienen poca memoria. Después de que la amenaza directa a su vida haya desaparecido, aparecen los instintos consumistas. Es normal que la población quiera relajarse, vestir bien y vivir cómodamente. Esa es la vida normal de un civil. Pero si la batalla continúa en Zaitsevo y Kominternovo, eso significa que Donetsk no ha dejado de ser zona militar. Los distritos de Kubishevskiy, Petrovskiy y Kievskiy siguen estando en la línea del frente, donde siguen viviendo los residentes que nunca quisieron marcharse de Donetsk. Al contrario que para quienes duermen en paz, ellos se conforman con que las bombas no pasen por encima de sus cabezas.

Guerra y paz

Tres años después de que viera por primera vez a veteranos en el centro de Donetsk, al fin comprendo lo que sentí. ¿Podíamos imaginar lo que los soldados habían experimentado en Slavyansk? Si podíamos, no sería completamente. Para comprenderlo había que haberlo vivido. Ahora, cuando he sentido por mí mismo el sonido y las explosiones de las bombas a escasos metros, veo la vida civil de diferente manera. Se produce una disonancia al leer los mensajes sobre las “desventajas de vivir en Donetsk”. Es difícil comprender esta postura, aunque sería una tontería negar la existencia de problemas. No se puede comparar Donetsk en guerra con las ciudades rusas o ucranianas en paz. La vida es completamente diferente donde la guerra y la paz van de la mano.

La vida en Donetsk está irremediablemente ligada la guerra y a la paz. En las mentes de la población chocan las diferentes ideas de la vida. Ya escribieron sobre ello clásicos como Remarque, Hemingway, Fitzgerald y otros. La población que no conoce la guerra siempre tratará a los soldados con desprecio. Exactamente de la misma forma que los soldados hablarán mal de quienes pasan las noches de fiesta.

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