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Estados Unidos, Irán, Israel, Minsk, Oriente Medio, Rusia, Trump, Ucrania, Zelensky

De Kiev a Islamabad

Dos guerras con paralelismos entre ellas siguen dominando la agenda de las relaciones internacionales, especialmente la de aquellos países que tratan de mediar en su resolución. Ayer por la tarde, comenzó la breve tregua de Pascua anunciada unilateralmente por Vladimir Putin y que Volodymyr Zelensky aceptó cumplir. Horas antes de su inicio, Rusia y Ucrania intercambiaron 175 soldados y 7 civiles, con lo que los últimos civiles retenidos por Ucrania durante su incursión en Kursk han sido finalmente liberados. En línea con la actuación de Ucrania en otros momentos similares a lo largo de los últimos doce años, el presidente ucraniano insistió en que sus tropas están preparadas y que responderán de forma equivalente a las infracciones rusas. Zelensky es consciente de que los medios internacionales reproducen sus palabras sin matices, por lo que puede permitirse ignorar los precedentes y acusar preventivamente a Rusia de toda posible infracción del alto el fuego. Los años de guerra muestran, sin embargo, una realidad mucho más matizada. Concatenación de procesos de alto el fuego insertados en la tregua que supuestamente era el proceso de Minsk, Ucrania aprovechó cada ocasión en su mano para avanzar sobre la zona teóricamente neutral, infringiendo los puntos más básicos del documento pactado, utilizó los bombardeos como herramienta para justificar su negativa a implementar los aspectos políticos y sistemáticamente culpó a Rusia de bombardear sus propias posiciones y ciudades. Esto último era, además, una doble mentira, ya que por aquel entonces no era el ejército ruso sino las milicias y posteriormente ejércitos de la Repúblicas Populares las que estaban al mando de la artillería y sufrían en las trincheras.

De Kiev a Islamabad, el cumplimiento del alto el fuego en dos guerras y tres escenarios -Ucrania, Irán y Líbano- es el foco de este fin de semana en el que la diplomacia se limita a Oriente Medio. Es evidente que, desde que Donald Trump tomara la decisión de atacar Irán, la guerra de Ucrania ha pasado a un tercer plano por detrás de Asia occidental y América Latina. Sin mucho éxito más allá de los habituales incondicionales, que siguen presentándolo como un líder mundial, Zelensky ha tratado de compensarlo a base de presencia en los países del Golfo aliados de Estados Unidos y un ejercicio de lobby propio de cualquier halcón anti-iraní de los think-tanks de Washington. Y aunque ha abogado por acortar la guerra y negociar, fundamentalmente porque una guerra larga implicaría dejar de disponer de misiles PAC-3 para los sistemas Patriot, el apoyo de Ucrania a Estados Unidos e Israel contra Irán ha sido, es y seguirá siendo absoluto. Considerada la misma guerra contra un eje del mal formado por Rusia, Irán, Corea del Norte y, dependiendo de las necesidades del guion, también China, Ucrania ve en los dos escenarios la misma solución, la presión máxima y acciones que busquen el cambio de régimen tanto en Moscú como en Teherán, dos Estados que considera igualmente enemigos.

Pese la mala sintonía entre ellos, Zelensky y Trump comparten una misma opinión sobre la República Islámica de Irán, que ayer se reunió frente a frente con Estados Unidos por primera vez desde que la Revolución Islámica derrocara a un régimen al servicio de Occidente y de Israel para sustituirlo por otro basado en una resistencia que, en dos ocasiones en el último año, ha tenido que ser militar ante la agresión ajena. “100 horas entre el «una civilización entera perecerá esta noche» y las conversaciones de más alto nivel entre Irán y Estados Unidos desde 1979”, comentó ayer el analista Ali Vaez en referencia al inicio de unas negociaciones de alto voltaje en las que una delegación de 70 iraníes se reúne con una de 300 estadounidenses. Las negociaciones comenzaron después de que Irán moderara sus aspiraciones de lograr un alto el fuego completo en Líbano y con el compromiso único de detener los bombardeos en Beirut y limitar ataques al sur del país, es decir, las zonas chiíes, donde Israel trata de expulsar a la población civil alegando que lucha contra Hezbollah. Pese al fracaso a la hora de imponer un alto el fuego general incluso antes del comienzo de las negociaciones, el Gobierno iraní ya ha hecho más por Líbano que el Gobierno de Beirut, molesto por el hecho de que Teherán esté trabajando para evitar que su población siga siendo atacada y se repitan escenas como la del pasado miércoles, cuando Israel asesinó en apenas unos minutos a más de 300 personas.

La cumbre de Islamabad favorece, ante todo, a Pakistán, un país que el mes pasado asesinó en un único bombardeo a al menos 269 civiles y que ahora mismo se presenta como pacificador y centro de la política mundial. Un Estado al servicio de su ejército, no puede sorprender que fuera el general Asim Munir, jefe absoluto de las Fuerzas Armadas, quien recibiera a su llegada al país a las dos delegaciones. Vestido de uniforme, recibió primero a los iraníes Ghalibaf y Araghchi y, de civil, a la delegación estadounidense, en la que viajan Steve Witkoff y Jared Kushner, los hombres que negociaban con Irán mientras Estados Unidos e Israel preparaban una guerra que ya habían decidido, y que está encabezada por JD Vance. La presencia del vicepresidente de Estados Unidos pretende actuar de garantía de que Washington se toma en serio estas negociaciones, a las que Irán llega con la desconfianza a la que obligan los dos procesos anteriores, en los que Teherán buscó avances hacia un acuerdo nuclear que estaba al alcance hasta el momento en el que Washington y Tel Aviv iniciaron el uso de la fuerza militar.

En una demostración de fuerza tan absurda como el comentario de Donald Trump a una periodista de un medio de extrema derecha, a la que afirmó que Irán es “una nación fallida”, Estados Unidos utilizó a otro de sus periodistas de confianza para filtrar noticias que han de marcar la agenda, que varios buques de su armada cruzaron el estrecho de Ormuz para posteriormente regresar al Golfo. El oficial que suministró la información, que Irán califica de falsa, alegó que se trató de una “operación de libertad de navegación en aguas internacionales”. La treta, al igual que las declaraciones de Trump, es un ejemplo más de la forma de negociación de Estados Unidos, que sigue insistiendo en tener que verificar si Irán negocia “de buena fe” sin que ningún medio le pregunte si, por su parte, habrá un diálogo legítimo y no un intento de imponer sus términos de capitulación denominándolo  paz. Como Zelensky, Trump cuenta con una prensa que no puede o no quiere preguntarse si Estados Unidos negociará en esta ocasión, al contrario que en las dos anteriores, de buena fe.

Protagonista ayer como líder de la delegación estadounidense que aspira a lograr un acuerdo que, sin duda, calificará de histórico, el acuerdo más importante jamás alcanzado, JD Vance no solo se ha destacado esta semana por su papel en Oriente Medio. Por una parte, el vicepresidente de Estados Unidos negó que Líbano estaba incluido en el alto el fuego -algo que había afirmado Pakistán y que incluso admitió Donald Trump-, y, por otra, en su paso por Hungría se destacó por unos comentarios que han ofendido a Ucrania. “La guerra ha perdido su sentido fundamental. Lo que les diría a tanto rusos como ucranianos es que estamos hablando de regatear por unos pocos kilómetros cuadrados de territorio. ¿Vale la pena perder cientos de miles de jóvenes rusos y ucranianos adicionales por eso?”, afirmó, con ligereza, el vicepresidente de Estados Unidos que, como Steve Witkoff, aún no ha comprendido la naturaleza de la guerra, el hecho de que comenzó en Donbass y por Donbass ni cómo lograr que las partes dialoguen de forma constructiva.

“Cada metro cuadrado de nuestra tierra es tierra ucraniana y, con todo el respeto a cualquiera de nuestros socios, definitivamente no es de ellos”, ha respondido Zelensky, utilizando otra vez al pueblo de Donbass para obstaculizar unas negociaciones en las que la población es una preocupación secundaria frente a las ansias de poder y, sobre todo, la estructura de seguridad que Ucrania exige para el día después de la guerra. Con la idea de no ceder en ninguno de los aspectos fundamentales de la guerra -territorio, seguridad, presencia de tropas extranjeras, financiación perpetua de sus aliados y adhesión preferente a los bloques político y militar occidentales-, la estrategia negociadora de Ucrania es la misma que la de Estados Unidos: exagerar su fuerza, ridiculizar la de su oponente, consolidar la narrativa mediática de que el enemigo miente y tratar de imponer sus términos para lograr por la vía de la negociación bajo coerción lo que no ha conseguido por medio de la guerra.

Aunque las similitudes son evidentes, en ocasiones no dejan de ser mero espejismo. Evidentemente, Ucrania carece del poder que tiene Estados Unidos para condicionar unas negociaciones en las que ha dejado claro que quienes ahora pueden negociar siguen en este mundo porque han sido retirados de la lista de personas a asesinar de la que disponía Israel. Zelensky ha bromeado y deseado la muerte de Vladimir Putin, pero ni Kiev ni sus medios cercanos podrían permitirse proponer el asesinato como estrategia de negociación. Así ha hecho Marc Thiessen, lobista y publicista cuyas posiciones son cercanas a las del trumpismo y hombre que instaló en la cabeza de Trump la idea de incautar los fondos rusos para que los países europeos adquirieran armas estadounidenses para Ucrania. Entre sus sugerencias para imponer sobre Irán un acuerdo en los términos de Estados Unidos, Thiessen propone “llevar a cabo un bombardeo final de ataques contra el liderazgo, eliminando a los funcionarios iraníes que habían sido perdonados con el propósito de las negociaciones. Los líderes de Irán deben entender que sus vidas dependen literalmente de llegar a un acuerdo negociado a gusto de Trump. Si se niegan a hacerlo, serán asesinados”. Una negociación de buena fe.

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