“Todas nuestras guerras parecen girar en torno al apoyo a las exportaciones de petróleo ruso. Para más información, consulte mi ensayo «Corredor oligárquico»”, escribió el sábado en las redes sociales el académico estadounidense Tim Snyder exiliado del fascismo trumpista en Canadá, el país que los poderes ejecutivo y legislativo ovacionaron a un veterano de las SS que, como proclamó el presidente del Parlamento, había “luchado contra Rusia en la Segunda Guerra Mundial. El comentario de Snyder era la constatación de lo que ha molestado la llegada del Anatoly Kolodkin ruso a Cuba y respondía a un titular de The Kyiv Independent que alegaba que “Estados Unidos permite que un petrolero ruso llegue a Cuba en medio del bloqueo y la crisis energética en curso”. La obsesión por Rusia y la necesidad de leer cada acontecimiento como una prueba irrefutable más de una teoría que no se sostiene -que Donald Trump es un agente ruso o que pretende repartirse el mundo con Vladimir Putin y Xi Jinping- hace que académicos como Snyder no sean capaces de ver en la llegada de un petrolero ruso navegando bajo la bandera rusa algo que Estados Unidos podía dejar pasar, ya sea como parte de una negociación con Moscú o simplemente para no arriesgarse al enfrentamiento que supondría abordar un buque de una potencia nuclear. Por parte de Moscú, la postura es similar y evitar un enfrentamiento con Washington pasa por dar por imposible un envío, el primer intento, y tener que negociar el segundo. Sin embargo, desde el simplismo del establishment, todo es una señal clara de que Donald Trump no puede o no quiere negar los deseos de Vladimir Putin.
Una mirada mínimamente amplia al tablero mundial muestra una situación muy diferente. Desde hace varias semanas, Ucrania bombardea a diario infraestructuras de distribución o exportación de petróleo y gas en Rusia. Pese a su intento de lograr que todo el petróleo posible entre en el mercado global para paliar el alza de precios que ha causado su guerra contra Irán, Estados Unidos no ha mostrado públicamente su rechazo a esas acciones, con las que Kiev y sus aliados europeos quieren impedir las ventas de materias primas rusas, aunque sea a costa de eliminar una opción al crudo de Oriente Medio. Europa, que puede permitirse exigir a su población pagar precios más altos, no se ha parado a pensar en que copar ese mercado y eliminar del mercado a otros actores es sacrificar a países del Sur Global. Su posicionamiento ideológico es más importante que evitar apagones en las partes del mundo en las que la Unión Europea habitualmente pontifica sobre sus valores humanitarios.
“Este shock”, ha argumentado el académico Nicholas Mulnder, experto en el uso del arma económica contra enemigos políticos, geopolíticos y militares, “será como la crisis asiática de 1997-1998 a la hora de estimular modelos de energía imposible de interrumpir generada a nivel doméstico. El mercado global de energía se convertirá en algo como los programas de ajuste del FMI: algunos acabarán en él, pero todo el que pueda lo evitará como la peste”. Mulder se refería a un artículo de Nick-Birman-Trickett en el que se explica que “carbón, renovables, baterías, nuclear…todo vuelve a estar sobre la mesa y todo lleva a la misma conclusión. Importar energía para el momento es una opción terrible en un mundo en el que Estados Unidos no preserva la libertad de navegación, donde los drones y misiles en masa han destruido la ficción del dominio unipolar ilimitado”. La crisis generada por la guerra iniciada por Donald Trump el pasado 28 de febrero contra Irán aglutina los dos aspectos mencionados, pero ni es el único escenario en el que la libertad de navegación se encuentra entredicho ni la actuación de Estados Unidos se limita a Irán.
Un artículo publicado por Foreign Affairs ahonda en la cuestión de la libertad de navegación y su restricción a la hora de imponer lo que califica de guerra económica híbrida, una extensión de la guerra híbrida en términos políticos y militares, pero aplicaba como arma económica contra los enemigos designados. “La decisión del presidente Donald Trump, a finales del año pasado, de comenzar a confiscar petroleros venezolanos en alta mar marca un cambio significativo en la política económica estadounidense. Durante más de dos décadas, Washington trazó una línea clara entre el uso de herramientas económicas —en particular, las sanciones y los controles a la exportación— y el uso de sus capacidades militares. Las sanciones —como las impuestas al petróleo venezolano desde 2019— ejercen presión económica sobre los adversarios sin cruzar la línea hacia el conflicto armado. Los bloqueos navales y las incautaciones de buques, por el contrario, eran acciones militares que el Gobierno de Estados Unidos desplegaba en el contexto de un conflicto armado”, explica Peter Harrell, actualmente profesor en la Georgetown University, pero con una larga trayectoria en instituciones como el National Economic Council. En diciembre de 2025, añade, “Trump declaró un «bloqueo total y completo» contra los petroleros sancionados que transportaban petróleo desde Venezuela, y en los meses transcurridos desde entonces ha ampliado rápidamente el uso de la Armada de los Estados Unidos para hacer cumplir las sanciones. La Armada ha incautado o detenido ya al menos diez petroleros vinculados a Venezuela. Trump también amenazó con imponer aranceles a los países que envían petróleo a Cuba, y parece estar respaldando discretamente esa amenaza con la Guardia Costera, que ya ha interceptado al menos un buque con destino a la isla”. La actuación estadounidense en el Caribe ha sentado un precedente -el experto no se pregunta si intencionalmente- y varios aliados de Washington siguen ya su ejemplo. El artículo no menciona dos ejemplos. El primero es la confiscación de petroleros iraníes sancionados por Estados Unidos en la India, teóricamente un país que hasta ahora había cooperado con Teherán, con quien disfrutaba de un importante volumen de comercio a través del puerto de Chabahar, que pese a los intentos de Nueva Dehli no recibió la exención estadounidense frente a las sanciones. El segundo es el de Francia en su labor de abordar petroleros de la flota fantasma rusa, casualmente iniciados después de que Estados Unidos retuviera un petrolero utilizado por Venezuela que había sido recientemente registrado como ruso.
La lógica de esta actuación, que se presta a todo tipo de manipulaciones y está convirtiéndose en una nueva forma de piratería es “restablecer la eficacia de las sanciones de Estados Unidos y sus aliados, que han perdido fuerza en los últimos años”. Como advirtió hace un tiempo el preocupado Marco Rubio, “en cinco años no podremos sancionar a nadie”. Sus alianzas, su superioridad económica y militar, su capacidad de proyección cultural y el aplastante papel del dólar como moneda de reserva y de comercio internacional han sido las bases sobre las que Estados Unidos ha sostenido su hegemonía. Con varios de esos aspectos cayendo por su propio peso ante el ascenso de otras potencias, la capacidad sancionadora de Washington es una herramienta que la Casa Blanca no puede permitirse perder. De ahí el evidente nerviosismo de Donald Trump en cada ocasión que se plantea algún tipo de acuerdo bilateral o multilateral de abandono del dólar en favor de otra divisa o incluso la idea de potenciar el comercio en monedas nacionales -como tratan de hacer los BRICS- y que el presidente de Estados Unidos tiende a ver como una amenaza a Estados Unidos.
El motivo por el que Estados Unidos recurre al uso de la fuerza y no al poder blando de las sanciones o la diplomacia, una opción inexistente para una personalidad tan autoritaria como la de Donald Trump, para quien pactar es equivalente a imponer sus posiciones, no es la señal de fortaleza que quiere proyectar la Casa Blanca, sino una debilidad. Esta forma de agresión es también un escenario peligroso en el que, según Harrell, “otros países a tomar represalias de la misma índole. Si Washington pretende iniciar una nueva era de guerra económica híbrida, debería desarrollar una doctrina que establezca cuándo y cómo utilizará las sanciones, cuándo recurrirá a la fuerza para respaldarlas, y aclarar el fundamento jurídico de sus acciones. De lo contrario, Washington corre el riesgo de provocar represalias económicas, cibernéticas e incluso militares por parte de otros gobiernos y de sentar un peligroso precedente que los adversarios podrían utilizar para confiscar bienes de Estados Unidos y sus aliados, incluso fuera de un conflicto armado”.
Tener que optar por el control directo de la navegación mundial en lugar de simplemente imponer el arma económica por medio de las sanciones es también un signo que anuncia que el viejo modelo ya no funciona y no puede sancionar a cualquier país a su antojo, algo especialmente evidente en el comercio global de petróleo, el mercado que Estados Unidos desea controlar con más fuerza. “En los últimos años, las sanciones estadounidenses han perdido eficacia, sobre todo a la hora de reducir los volúmenes de exportación de petróleo de los países afectados. Tras los atentados terroristas del 11 de septiembre, las sanciones se convirtieron en la herramienta preferida de los responsables políticos estadounidenses y, en un principio, resultaron bastante eficaces para impedir que los adversarios se beneficiaran de las ventas de petróleo”, explica Harrell, que añade que, en los últimos años, la efectividad de esas medidas se ha limitado notablemente. El artículo pone tres ejemplos -Irán, Venezuela y Rusia- que reflejan perfectamente el ímpetu estadounidense por luchar contra los productores de petróleo que no forman parte de su red de alianzas y que son tres países que dejan claro el componente geoeconómico de los conflictos políticos y militares. De forma directa o indirecta -en el caso de Rusia aportando a Kiev la financiación, inteligencia y permiso para atacar objetivos-, Estados Unidos ha atacado militarmente a los tres países.
Harrell otorga a la presión económica a Irán, que redujo notablemente las posibilidades de exportación de crudo, el crédito de haber obligado a Teherán a negociar el acuerdo nuclear de 2015. Como es habitual, esta argumentación no tiene en cuenta el carácter reformista del Gobierno de Hassan Rouhani, que siempre buscó un acomodo aperturista hacia Occidente. La llegada al poder de Trump hizo imposibles esos avances y el levantamiento de sanciones fue sustituido por la “política de presión máxima”, que redujo las exportaciones iraníes en un 75% y que se prolonga ya más de lo que lo hizo la guerra Irak-Irán y que paradójicamente se han eliminado temporalmente ahora, cuando Irán ha utilizado su propia arma económica, el cierre de Ormuz, en respuesta a la agresión militar estadounidense.
“Las exportaciones de petróleo de Irán comenzaron a repuntar bajo la administración Biden, a pesar de su decisión de no volver a incorporarse al acuerdo nuclear. Este repunte podría deberse a la postura algo más flexible de la administración respecto a la aplicación de las sanciones”, explica Harrell que, sin embargo, admite que “la disminución de la eficacia de las sanciones estadounidenses, y no una aplicación laxa, explica mejor ese repunte: la administración Trump impuso más de 600 sanciones relacionadas con Irán en 2025, tanto a buques que transportaban combustible iraní como a empresas que lo compraban. Sin embargo, los volúmenes de exportación de crudo de Teherán se mantuvieron en aproximadamente un millón y medio de barriles al día a lo largo del pasado año, una cifra similar a la de 2016, cuando el acuerdo nuclear seguía en vigor”.
“Las sanciones también han tenido un impacto relativamente escaso en el volumen de las exportaciones de petróleo de Rusia, que se mantuvieron relativamente estables en conjunto a lo largo de 2025, a pesar de las sanciones europeas a lo largo del año y de las sanciones estadounidenses impuestas en octubre a las dos mayores empresas petroleras de Rusia, Rosneft y Lukoil”, explica Harrell, que añade que, “de hecho, la creciente frustración de Ucrania ante la ineficacia de las sanciones occidentales sobre las exportaciones energéticas rusas la impulsó a intensificar los ataques militares contra la infraestructura energética de Rusia a partir del otoño pasado y de forma continuada este año”. Como Estados Unidos, Ucrania aspira también a imponer su modelo de mercado global de gas y petróleo por medio de la fuerza, en su caso con el uso masivo de drones.
Durante mucho tiempo, las sanciones estadounidenses conseguían su objetivo de aislar económicamente a determinados países designados como enemigos gracias a una herramienta coercitiva que iba más allá de esos actores a los que trataba de ahogar. Su poder estaba, como explica el artículo, en “plantear a las empresas de todo el mundo una disyuntiva: hacer negocios con Washington o con sus adversarios, pero no con ambos. Estados Unidos no obligaría físicamente a una empresa de Europa u Oriente Medio a dejar de comprar petróleo a Irán, por ejemplo, pero una empresa que lo hiciera correría el riesgo de quedar excluida del mercado estadounidense. Eso significaría perder el acceso al dólar estadounidense, a la tecnología estadounidense y a los seguros occidentales, así como la capacidad de realizar pagos que pasaran por bancos estadounidenses. Para la mayoría de las empresas, la elección era clara. Preferían con mucho conservar el acceso a la economía estadounidense antes que obtener los beneficios que pudieran obtener en economías mucho más pequeñas, como la de Irán”.
La menor capacidad sancionadora de Estados Unidos se debe a la existencia de alternativas, la emergencia de un mundo más multipolar -que no más multilateral- en el que una globalización se sustituye por varias globalizaciones en las que las potencias relevantes pueden imponer su voluntad o negociar diferentes modelos. Es el caso de China, donde una parte de los bancos y empresas se adhieren a las órdenes de Estados Unidos y evitan comerciar con países o entidades sancionadas para proteger su negocio en el mercado occidental, pero donde existen otras abiertas a seguir comerciando con Venezuela, Irán o, sobre todo, Rusia. El país más grande del mundo, gran productor de materias primas, con importantes relaciones comerciales con el Sur Global y frontera terrestre con China es otro ejemplo del motivo por el que la efectividad de las sanciones disminuye: es mucho más difícil bloquear a una potencia nuclear, una economía capaz de buscar vías alternativas para continuar exportando sus mercancías, aunque sea a costa de ofrecer grandes descuentos para mantener su cota de mercado.
En 2022, tras la invasión de Ucrania, “Washington y sus aliados del G-7 intentaron limitar la capacidad de Moscú para obtener beneficios del petróleo mediante la imposición de un «límite máximo de precios». A menos que el petróleo ruso se vendiera con un descuento significativo, Rusia ya no podría utilizar buques, bancos o servicios de seguros occidentales para transportar su crudo. El objetivo era reducir los ingresos petroleros de Rusia sin interrumpir el suministro a los mercados petroleros. Rusia respondió invirtiendo unos 10.000 millones de dólares en nuevos petroleros para poder transportar el petróleo por sí misma sin depender de los servicios o buques de otros países que pudieran verse bloqueados o sancionados. Rusia también utilizó esta nueva flota para vender petróleo a compradores de la India y China que tenían pocos negocios en Estados Unidos y, por lo tanto, estaban dispuestos a arriesgarse a las sanciones estadounidenses”, escribe Harrell para describir cómo Rusia ha burlado las sanciones y creado la mal llamada flota fantasma que ahora tratan de perseguir Ucrania con sus drones y Occidente con sus sanciones y amenazas de abordaje, acciones que pueden dar lugar a enfrentamientos militares con riesgo de provocar choques entre grandes potencias que, durante décadas, han sido el escenario a evitar por parte de todos los actores internacionales.
En 2022, Occidente presentó la guerra de Ucrania como el signo definitivo de la debilidad y decadencia rusa. Moscú había perdido todo su poder blando y debía usa la fuerza militar si quería imponer su voluntad. La actual amenaza militar de Estados Unidos, no contra un país, sino a nivel global en términos de navegación y participación en el mercado global de mercancías es un signo equivalente. Ante la aparición de alternativas y reducción del peso del dólar como indiscutible moneda de las relaciones internacionales, la herramienta elegida para compensar esa pérdida es la amenaza de la fuerza militar. Sin embargo, como principal potencia mundial, Estados Unidos dispone aún de una herramienta más, la imposición de aranceles a todo el país, no únicamente sanciones secundarias a las empresas que osen comerciar con entidades sancionadas, una amenaza capaz de obligar a India a reducir o detener sus adquisiciones de petróleo ruso, pero que también tienen un límite.
Secuestrar la política económica de un país es factible cuando no cuenta con herramientas propias suficientemente fuertes, pero fracasa en los casos en los que Estados Unidos peca de exceso de confianza. El caso más reciente es el de Rusia, que anunció no temer la amenaza de imposición de aranceles a los países que comerciaran o enviaran petróleo a Cuba. El comercio entre Estados Unidos y la Federación Rusa ha quedado tan reducido que es básicamente imposible de sancionar, algo que no parecen entender expertos como Tymothy Snyder.
Pero, como ocurre prácticamente en cada caso en el que la guerra híbrida económica estadounidense fracasa, el ejemplo más claro es el de China, con una economía capaz de absorber los golpes y contraatacar con medidas que pueden hacer tanto o más daño a Estados Unidos, como ocurrió con la prohibición de exportación de tierras raras que Beijing anunció tras una amenaza de imposición de aranceles. Las posibilidades de Estados Unidos de sancionar a su antojo han desaparecido, como lo ha hecho también su superioridad aplastante en términos económicos, políticos o geopolíticos. Sin embargo, el hegemón que trata de mantener el domino sigue contando con herramientas como el uso de la fuerza que, como muestra la situación actual, es capaz de llevar al mundo a otro shock energético y a situaciones en las que el enfrentamiento entre grandes potencias ya no es algo impensable.
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