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Shock energético, armas y ataques en la retaguardia

Rusia está ganando la guerra de Irán, proclaman a diario analistas, think-tankers e incluso personalidades políticas europeas y estadounidenses. Esa es también la sensación de Volodymyr Zelensky, que, en su intento de omnipresencia mediática, trata de imponer esa narrativa como verdad absoluta. Dos son los aspectos que más preocupan a Ucrania: el aumento de ingresos que puede suponer para Rusia el incremento del precio de materias primas como el gas o petróleo y la continuación del suministro de armas.

“Una Asia desesperada mira a Rusia en medio del shock energético”, titulaba hace unos días Financial Times, resumiendo en un titular una parte importante de los temores de Kiev, que ha rechazado abiertamente la idea de reducir temporalmente las sanciones contra el petróleo ruso como medida de urgencia para evitar un alza generalizada de los precios. Cualquier tarifa excesiva es un precio que Zelensky está dispuesto a hacer pagar a la población de cualquier país del mundo para lograr reducir los ingresos de la Federación Rusa. Sin embargo, sus deseos solo son órdenes para los países europeos, dispuestos a pagar precios elevados por petróleo ideológicamente correcto. Por el contrario, los países asiáticos, mucho más expuestos a la actual crisis, buscan soluciones pragmáticas. “Aunque la India y China han sido los principales compradores de crudo ruso desde la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Moscú hace cuatro años, otros países asiáticos han reanudado o incrementado sus importaciones de petróleo ruso en los últimos días, tras la exención de las sanciones estadounidenses sobre el suministro ruso. Filipinas y Corea del Sur ya han recibido envíos de petróleo y productos petroquímicos rusos, mientras que Vietnam y Sri Lanka están en conversaciones con empresas energéticas rusas. Tailandia e Indonesia han confirmado que están dispuestas a realizar compras”, explica Financial Times en un artículo que sugiere que, además de un aumento temporal de los ingresos debido a la cotización al alza del petróleo de los Urales -por encima de los 120 dólares, cuando el tope impuesto por el G7 aspiraba a que Rusia solo pudiera vender su petróleo a 60 dólares el barril-, los nuevos contratos implican adentrarse en nuevos países y lograr cota de mercado.

Contra esa nueva realidad, Ucrania ha respondido con ataques diarios contra las infraestructuras petrolíferas de Rusia, que se ha visto obligada a reducir sus exportaciones. Al menos una parte de esos ataques en el Báltico se han producido utilizando espacio aéreo de países como Finlandia, una muestra más de apoyo incondicional de la Unión Europea, para la que Ucrania es su principal proyecto de política exterior. El 1 de abril, Úrsula von der Leyen anunciaba orgullosa la entrega de 1.400 millones de euros más que “se destinarán a donde más se necesitan: a sostener el Estado ucraniano, preservar los servicios públicos esenciales y apoyar a las valientes Fuerzas Armadas ucranianas”. La soberanía de Ucrania se resume en esperar las subvenciones de la Unión Europea para mantener a flote al Estado y lograr que la brecha interna que se ha creado en el seno de la OTAN no derive en que Donald Trump cumpla su amenaza de detener las ventas de armas según el mecanismo por el que los aliados europeos adquieren el material que hace posible que Kiev siga teniendo defensa aérea contra los misiles rusos. En este sentido, la escasez de material se hace patente en la caída del porcentaje de interceptación y la mayor facilidad con la que los Iskander rusos pueden atacar objetivos en Ucrania.

“Debemos seguir aprovechando cada oportunidad para encontrar misiles para los sistemas Patriot. Por eso el programa PURL es tan útil. Agradezco a todos los que contribuyen a él. Sabemos que no a todos les agrada la idea de usar parte de los 90 mil millones para comprar misiles Patriot a través del programa PURL si no hay otras opciones. Pero si realmente no hay otras opciones, esto es necesario para defendernos de los ataques balísticos rusos; se trata de salvar vidas”, exigió Zelensky ante el Consejo Europeo. Mientras Ucrania insiste en su enorme valor como exportador de armas para proteger los cielos de los aliados árabes de Estados Unidos, sigue suplicando armas occidentales para su propio espacio aéreo, que no consigue proteger.

La división de tareas en términos de adquisición de material para la guerra es clara. A lo largo de sus visitas a los países de la Unión Europea, Zelensky ha buscado tres cuestiones principales: apoyo político en busca de una negociación que se adapte a las exigencias ucranianas, financiación para la adquisición de aquellas armas que no se producen en Europa y acuerdos de cooperación para la producción conjunta de algunas de las armas más importantes del momento, como es el caso de los drones. La militarización del continente y el aumento del gasto militar van de la mano de la guerra de Ucrania y Zelensky trata de aprovecharlo al máximo. El laboratorio ucraniano ha dado sus resultados y los países europeos creen haber comprendido la naturaleza de la guerra moderna -algunos comentarios del CEO de Rheinmetal dejan ciertas dudas de si todo el establishment ha entendido realmente los cambios que se han producido- y gran parte de los países son conscientes de que, a un menor coste y con más facilidad de producción, los drones están desarrollándose más rápidamente de lo que las defensas aéreas tradicionales son capaces de aprender a derribarlos.

Desde hace varios años, los drones son la base de los éxitos de Ucrania, que actualmente se jacta de enormes avances que no siempre se corresponden con la realidad. “Notas de la guerra, mucho más extensa e importante: en marzo, Rusia no obtuvo ninguna ganancia territorial neta en Ucrania y perdió más soldados de los que pudo reemplazar”, escribió en las redes sociales Timothy Snyder, que parece haber abandonado toda pretensión de mínimo realismo para pasar al puro fanatismo. El académico se refería a lo que Zelensky ha calificado de la mejor situación de Ucrania en el frente desde hace diez meses, una afirmación vacía teniendo en cuenta la naturaleza de esta guerra de desgaste. “Eso simplemente no es cierto. ¿Se darán cuenta alguna vez de que no se pueden obtener todos los resultados políticos deseados mediante la mera manipulación? Que los deseos políticos deben basarse en algo”, respondía Leonid Ragozin al planteamiento de Snyder, que parte de la base de unos avances que no se muestran como una ruptura del frente siquiera en los mapas de control del territorio de DeepState y de unas cifras de bajas rusas y reclutamiento cuya fuente es la inteligencia ucraniana, abiertamente interesada en exagerar las dificultades rusas, reales o imaginarias.

En realidad, los principales éxitos de Ucrania, como los de Rusia, cuyos golpes contra la industria ucraniana o sus infraestructuras militares en la retaguardia reciben menor presencia mediática, se producen lejos de la línea del frente con el uso de misiles y fundamentalmente drones diseñados y producidos en estos años de guerra. Porque al contrario que Irán, que desarrolló mucho antes de que fuera atacado por Estados Unidos e Israel un arma, el Shahed, que ahora mismo múltiples países tratan de replicar debido a su eficiencia y gran resultado en términos de coste-beneficio, Rusia y Ucrania han tenido que utilizar la guerra para comenzar realmente a desarrollar armas potentes que ahora utilizan al máximo. “Bombardeo masivo ucraniano contra tres plantas químicas rusas en Togliatti, a orillas del Volga, a unos 965 kilómetros de distancia. Está tan lejos de Ucrania como Suiza o Dinamarca”, escribía el corresponsal jefe de The Wall Street Journal Yaroslav Trofimov. Los drones ucranianos, mucho más difíciles a la hora de ser detectados y derribados que los misiles de producción ucraniana, son capaces de causar daños en el extenso territorio ruso y su amplia red industrial, imposible de quedar completamente cubierta por las defensas antiaéreas tradicionales.

Ucrania se centra ahora en las infraestructuras de exportación de petróleo, gas y fertilizantes, un intento de reducir los ingresos rusos en un momento en el que la coyuntura internacional está haciendo que aumenten. La aparente fortaleza militar de Ucrania es también un signo de desesperación ante la pérdida -al menos temporal- del arma económica con la que Bruselas y Kiev esperaban impedir a Rusia poder suministrar a su ejército y seguir luchando con garantías. Pese a los constantes ataques ucranianos, en muchos casos diarios, contra los puertos del mar Báltico, según Interfax, los ingresos obtenidos por la Federación Rusa en marzo aumentaron más de lo previsto y pasaron de los 5.400 millones de dólares de febrero a 7.700 en lugar de los 6.500 previstos. Según la misma fuente, algunas de las ventas a India se han producido a un precio de 120 dólares, cotización que el barril de petróleo de los Urales no alcanzó hasta el 2 de abril. Ese dato es la confirmación evidente de que el petróleo ruso está vendiéndose, no con descuentos como hasta marzo, sino por encima de la cotización oficial. De ahí que, aunque según Reuters la exportación había descendido un 40%, los ingresos han aumentado incluso más de lo esperado. Y como publicó ayer Bloomberg, los daños sufridos por los puertos rusos no son tan graves como se había dado a entender y, aunque en cantidades reducidas, continúan exportando. “El problema con los drones ucranianos es que provocan incendios espectaculares, pero en realidad no destruyen nada porque su carga útil es demasiado pequeña”, comentó Ben Aris, un periodista económico con amplia trayectoria en Rusia.

Aunque más propagandísticos que capaces de cambiar el signo de la guerra, los ataques ucranianos, al igual que la presencia de Zelensky en países como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos, principales defensores de la idea de continuar la guerra contra Irán hasta derrotar -en realidad someter- a la República Islámica, son herramientas con las que Ucrania quiere presentarse como la potencia militar que no es. Son demasiados los ejemplos en los que Ucrania ha inflado las capacidades de sus armas y sus posibilidades de producirlas, de la misma manera que actualmente exagera hasta la saciedad la efectividad de sus interceptores. El objetivo es claro: ofrecer el laboratorio ucraniano, no solo para testar armas en situación de combate, sino como proxy con el que producir un armamento que no es necesario para ningún país europeo, sino solo para Ucrania. La coproducción, la colaboración industrial en el diseño de drones y otros grandes anuncios realizados por Zelensky en este sentido no son más que una estrategia con la que obtener la financiación necesaria para continuar produciendo un material que no está pensado para la defensa común como afirma el presidente ucraniano, sino para continuar la parte ofensiva de la guerra contra Rusia.

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