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Alto el fuego, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Irán, Israel, Minsk, Oriente Medio, Rusia, Ucrania

Ofertas, exigencias y desencuentros

Como se esperaba, la sugerencia de Zelensky de una tregua de Pascua no ha recibido buenas palabras de Rusia. “Zelensky debe asumir su responsabilidad y tomar las decisiones adecuadas para que podamos avanzar hacia la paz, no hacia una tregua”, respondió ayer el portavoz del Kremlin Dmitry Peskov, que alegó que “el régimen de Kiev necesita desesperadamente un alto el fuego”. En realidad, ambos bandos agradecerían un cese de las hostilidades para lidiar con los daños de los últimos bombardeos, Ucrania en Odessa y Rusia en el puerto del Báltico en el que siguen ardiendo tras cuatro ataques seguidos tanques de combustible. En el caso de Rusia, contrariamente a la propaganda que está realizando estos días Ucrania, cuentas especializadas en el seguimiento marítimo afirman que las exportaciones desde dicho puerto continúan pese a los efectos de los drones ucranianos, ya que los petroleros pueden cargar el crudo directamente desde el oleoducto. Sin embargo, la espectacularidad de las imágenes del combustible ardiendo y lo prolongado del tiempo que persisten los incendios son una buena propaganda para Zelensky, que utiliza los hechos como demostración de fuerza de Ucrania.

La posibilidad de una tregua, que los soldados de ambos ejércitos utilizarían como breve descanso en una guerra en la que la fatiga se acumula, no es una decisión militar sino puramente política. Desde hace prácticamente un año, Ucrania y sus aliados europeos luchan por imponer un determinado modelo de resolución del conflicto que, al más puro estilo de los acuerdos de Minsk, parte de un alto el fuego verificable y sostenido como prerrequisito para una negociación política futura, planteada entre vaguedades y con las mismas garantías de éxito que el fallido proceso de paz iniciado en 2015 y en el que Ucrania, con la inestimable ayuda de sus aliados europeos, trató desde el primer momento de reescribir el documento firmado. Pese al ultimátum que los países europeos plantearon en mayo de 2025 y el riesgo de provocar la ira de Donald Trump por la negativa a aceptar una tregua, primer objetivo de Estados Unidos cuando comenzaron los contactos, Moscú se ha mantenido firme y ha rechazado siempre esta idea y ha apostado por una negociación que dé lugar a un documento final y vinculante con el que se establezca una paz definitiva.

La presión europea ha buscado este último año conseguir que Estados Unidos apoyara el modelo ucraniano de resolución. Para ello, los países europeos optaron por la estrategia de la adulación. A lo largo del pasado verano, las instituciones de la UE, los Estados miembros y el Reino Unido dieron la razón al presidente de Estados Unidos y aceptaron todas las condiciones que le imponía -el acuerdo comercial, el aumento del gasto militar y tener que adquirir en Estados Unidos las armas que enviar a Ucrania en lugar de recibirlas como paquetes de asistencia donados por Washington como había ocurrido en tiempos de Biden-, siempre con el objetivo de obtener a cambio su apoyo en Ucrania. Los países europeos solo han conseguido de Donald Trump un aumento de las sanciones contra Rusia, que Donald Trump vinculó inicialmente a la guerra, pero que admitió posteriormente que no necesariamente serían levantadas una vez conseguida la paz. En otras palabras, el único gran éxito diplomático de apoyo estadounidense a Ucrania logrado por los países europeos en este año de trabajo de lobby era realmente un intento de apartar del mercado a un oponente en el mercado del petróleo y no un guiño a sus aliados europeos, cuya opinión no valora en exceso.

La guerra de Ucrania, en la que la postura europea ha sido incluso más beligerante que la de Ucrania, solo ha sido el inicio de un alejamiento dentro del bloque atlantista que se extiende a otros aspectos. En Europa, Estados Unidos aboga por detener la guerra y alcanzar un entendimiento con Rusia tras el que la Casa Blanca estaría dispuesta a colaborar aportando la cobertura aérea y de inteligencia a la misión armada de los países europeos que ejercería como parte de las garantías de seguridad a Ucrania. Sin embargo, mientras Kiev exige la firma inmediata de ese documento ya pactado, Washington retiene ese acuerdo, cuya ratificación está supeditada a un acuerdo con Rusia, que según Estados Unidos pasaría por la cesión de todo Donetsk a Rusia. Ucrania y sus aliados europeos rechazan esa premisa y, mientras Kiev ejerce de poli bueno permaneciendo en las negociaciones y eliminando de su discurso exigencias maximalistas imposibles como la recuperación de territorios como Crimea, los países de la Unión Europea siguen insistiendo, en formatos como Weimar+, en mencionar la integridad territorial, una formulación que hace imposible cualquier acuerdo con Rusia. La disputa continúa en paralelo al intento europeo de conseguir presentar a Rusia como única culpable de la ausencia de avances hacia la paz, versión que Donald Trump se resiste a aceptar, posiblemente por prejuicios y vendettas personales contra Volodymyr Zelensky, que en su primera legislatura se negó a ofrecer material comprometido sobre Joe y Hunter Biden.

En Venezuela, el secuestro de Nicolás Maduro, la ejecución de toda su guardia personal, el bombardeo y posterior coacción económica y política al Gobierno ahora liderado por Delcy Rodríguez no han provocado la más mínima crítica ni reproche de las potencias europeas por la injerencia externa, las falsas premisas para un ataque que infringe abiertamente la legalidad internacional. Verso suelto en muchos de los aspectos de política exterior, solo Robert Fico se ha atrevido a criticar la actuación estadounidense en Caracas en una rueda de prensa junto a Marco Rubio. En Groenlandia, los países europeos demostraron estar dispuestos a ceder prácticamente todo -incluido dar más derechos de explotación del territorio y de las bases miliares- a excepción de la anexión del territorio.  En Cuba, pese a haber votado mayoritariamente contra el embargo estadounidense de la isla, ni la UE ni los países miembros han osado denunciar ni, por supuesto, desafiar la orden de Washington de prohibir la venta o entrega de petróleo a la isla, un bloqueo roto ayer con la llegada al puerto de Matanzas del petrolero ruso Antoly Kolodkin.

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha provocado una situación paradójica: aunque el objetivo de Washington y los países europeos es el mismo y la opinión que a ambos lados del Atlántico hay de la República Islámica es exactamente la misma, los países europeos no han querido participar en lo que Donald Trump ha calificado de “excursión”. Y aunque solo España ha osado condenar la violación del derecho internacional que supone esta guerra de agresión -una condena doble, ya que el Gobierno de Pedro Sánchez denuncia también la respuesta iraní, una acción legítima en defensa propia que alaba en Ucrania, pero que exige que cese en Irán-, son ya tres los países que impiden el uso de su espacio aéreo a las aeronaves estadounidenses (España, Italia y Francia, por orden en el que se ha anunciado la medida), algo que ha ofendido definitivamente a Donald Trump.

“A todos esos países que no pueden conseguir combustible para aviones por culpa del Estrecho de Ormuz, como el Reino Unido, que se negó a involucrarse en la decapitación de Irán, les tengo una sugerencia: número 1, comprádselo a Estados Unidos, tenemos de sobra, y número 2, reunid con retraso algo de valor, id al Estrecho y simplemente COGEDLO. Tendréis que aprender a defendeos por vuestra cuenta; Estados Unidos ya no estará ahí para ayudaros, igual que vosotros no habéis estado para nosotros. Irán ha sido prácticamente diezmado. Lo más difícil ya pasó. ¡Id a buscar vuestro propio petróleo!”, escribió ayer Donald Trump, que navega entre ordenar una operación para desbloquear el estrecho de Ormuz y abandonar el intento defendiendo que Estados Unidos no utiliza el estrecho y afirmar, como hizo ayer, que se “reabrirá automáticamente cuando acabe la operación”. Evidentemente, el estrecho de Ormuz volverá a estar abierto, como ya lo estaba antes de que Donald Trump causara su cierre con el inicio de la guerra, en cuanto se detenga la agresión estadounidense e israelí independientemente de lo que vayan a hacer los países europeos.

Al margen de las incoherencias de Donald Trump en referencia a esta guerra que repetidamente afirma haber ganado a la vez que insiste en que no es una guerra, es curioso que el único país europeo que ha ofrecido sus servicios para reabrir el estrecho de Ormuz sea precisamente Ucrania. “«Planteamos esta cuestión porque es un tema delicado y urgente —como todos podemos ver—, para todo el mundo. Hay una crisis energética. Saben que pueden confiar en nuestra experiencia en este ámbito, y lo hemos debatido en detalle», declaró Zelensky a los periodistas durante un chat grupal de WhatsApp el lunes, en respuesta a una pregunta de Politico”, escribía ayer el medio estadounidense. “Compartimos nuestra experiencia con el corredor del Mar Negro y cómo funciona. Entienden que nuestras Fuerzas Armadas han sido muy eficaces a la hora de desbloquear el corredor del Mar Negro”, añadió Zelensky, que ofrece una estrategia de drones marítimos y ataque a la armada oponente que no puede trasladarse a Irán. En el mar Negro, Ucrania aplicó al mar la lógica de la guerra asimétrica y de guerrillas contra una armada convencional. En Irán, la escasa armada iraní ha desaparecido y la estrategia persa ha sido siempre la de guerrillas, por lo que las tácticas de Budanov contra la flota rusa serán tan útiles como los interceptores ucranianos, que tienen más de propaganda que de realidad y que Zelensky está utilizando principalmente para obtener titulares, obtener compromisos futuros de financiación y tratar de conseguir que Donald Trump empiece a considerarle un aliado, proclamas que, por su evidente falta de realismo, han caído en saco roto de la misma forma que lo han hecho las llamadas de Ucrania a una tregua de Pascua y otras ocurrencias que no buscan hacer avanzar el proceso de paz en Ucrania.

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