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Alto el fuego, América Latina, Economía, Ejército Ucraniano, Energia, Estados Unidos, Irán, Israel, Oriente Medio, Rusia, Ucrania, Zelensky

Desafíos

En este mundo marcado por la guerra, las amenazas, la energía y el papel casi omnipresente que tiene Estados Unidos en todo ello, los escenarios se repiten, los actores se entrelazan y los conflictos acaban pareciendo puntos enlazados de una misma lucha que nadie acaba de definir del todo. “A veces hay que usarlo”, afirmó la semana pasada Donald Trump en referencia a su ejército, el más potente de la historia del planeta y cuyo presupuesto supera con creces a la suma de todos sus competidores. “Y Cuba es el siguiente, por cierto”, comentó alegremente ante sus exultantes seguidores, deseosos de imponer sobre la isla caribeña el orden de Estados Unidos y que su líder pueda pintar su bandera sobre el territorio en un mapa como ya ha hecho con Venezuela. “¡NO existe ningún bloqueo naval alrededor de Cuba! Ya no existe la Unión Soviética ni el régimen de Maduro para proporcionar combustible gratis, y el gobierno comunista, incompetente y corrupto, no puede pagarlo… por lo que hay apagones”, escribió poco después en las redes sociales Mike Waltz, embajador de Estados Unidos en la ONU. Aislada por un bloqueo que dura décadas y que recientemente ha sido reforzado para prohibir a los países, no solo enviar petróleo como ayuda humanitaria, sino incluso como transacción comercial, Cuba vive actualmente uno de sus momentos más críticos. La Unión Soviética no existe -única parte del post de Waltz que era cierta-, como tampoco existe ya la presión que Moscú era capaz de ejercer sobre Estados Unidos y que durante la Guerra Fría no pudo impedir golpes de estado como el que derrocó a Salvador Allende, el asesinato de Lumumba o la guerra sucia en Centroamérica, pero que hacía imposible intervenciones unilaterales como las que el bloque Occidental, no solo Estados Unidos, han podido ejecutar desde que en 1991 desapareciera el único contrapeso que existía.

La llegada al poder de Donald Trump no es una ruptura de la trayectoria de Estados Unidos, motivo por el cual el retorno a la normalidad que parecen esperar los países europeos es una utopía, sino la culminación del momento unipolar y el intento descarado de mantener un dominio mundial que no se puede justificar en términos económicos, políticos o sociales, pero que aún se sostiene en fuerza militar. En enero, la fuerza aérea bolivariana no trató de responder al ataque aéreo de Estados Unidos, posiblemente consciente de que cualquier resistencia había provocado un bombardeo aún más duro. En febrero, Irán reaccionó al ataque estadounidense e israelí absorbiendo el golpe y respondiendo de forma asimétrica, con un intento aéreo equivalente a la guerra de guerrillas. En un cara a cara, pocos países -solo dos, China y Rusia-, podrían, generalmente por la vía nuclear, responder con fuerza a un ataque estadounidense. Pero un matón tiende a no enfrentarse a otros de su tamaño y prefiere hostigar a quien no puede defenderse. Es el caso de Cuba, una república cuyo ejército no tiene capacidad de responder a una potencia nuclear y que se encuentra geográficamente a merced de la voluntad de su enemigo. Sin la Unión Soviética, la protección de facto que suponía la alianza con una superpotencia ha desaparecido, pero algunas relaciones de la Guerra Fría persisten. Un hombre de la segunda mitad del siglo XX, Donald Trump no ha asimilado del todo que Rusia no es la Unión Soviética y sigue viendo a Moscú como la capital de una segunda potencia que hace tiempo que no es. Esa en ocasiones falsa percepción de fuerza da a Vladimir Putin un punto a su favor en sus relaciones con Donald Trump, con las que ha conseguido, por ejemplo, convencer al presidente de Estados Unidos de no suministrar misiles Tomahawk a Ucrania e incluso mejorar la relación entre los dos países a pesar de las sanciones y de la situación en Ucrania primero y en Irán ahora.

Los ´límites de esa relación son claros: Rusia no ha podido hacer nada para evitar que Donald Trump sancionara a las dos grandes empresas petrolíferas rusas -Rosneft y Lukoil-, ni para detener la asistencia estadounidense en los ataques ucranianos contra las infraestructuras energéticas rusas, que comenzaron el verano pasado y se han incrementado ahora, justo cuando la crisis energética derivada del alza de precios acecha al mundo. Pero mientras los países europeos sueñan con formar parte de una fuerza internacional que controle el estrecho de Ormuz en el futuro o Donald Turmp promete que los altos precios serán un problema que dure solo unos días más, la situación en Cuba, ajena a la guerra en Irán o a la situación en Ucrania, quedaba olvidada ante el desinterés mundial. 165 países, entre los que se encuentran Rusia y los países de Europa occidental pero no Ucrania, votaron hace unos meses en contra del bloqueo estadounidense, pero solo Moscú ha osado “desafiar”, como escribía un medio español hace unos días, la orden de Donald Trump de prohibir la llegada de petróleo a Cuba. La Unión Soviética ya no existe, pero persiste el sentimiento de responsabilidad de Moscú hacia Cuba, injusta, ilegal y criminalmente amenazada. Navegando bajo bandera rusa y no como parte de la flota fantasma -como lo hacía el primer intento fallido de Rusia de enviar petróleo hace semanas-, el Anatoly Kolodkin llegará hoy al puerto de Matanzas. Según Bloomberg, Cuba habría permitido previamente a Estados Unidos importar petróleo para su uso propio y el de su embajada. Parte de una negociación, pero también gracias a la voluntad rusa de arriesgarse a la humillación de que la armada estadounidense tratara de abordar uno de sus buques, un acto que habría sido considerado de agresión, Estados Unidos ha cedido y, proclamándose policía mundial y juez con capacidad de decisión, ha permitido que las 100.000 toneladas de crudo ruso alcancen su destino.

El bloqueo de Cuba es algo más que un resto de la Guerra Fría y que haya sido Rusia quien haya obligado a Estados Unidos a ceder es un síntoma de que hay pocas potencias ante las que Estados Unidos no siente un poder absoluto que pretende ejercer en el flujo global de algunas de las mercancías más importantes, especialmente el petróleo. De todos los escenarios actualmente en liza -Venezuela, Irán, Rusia-Ucrania, Congo, el Sahel o el enfrentamiento económico con China-, Cuba es el único en el que el factor decisivo no es la cuestión de las materias primas sino que es puramente ideológico. Y aun así, la herramienta que Trump ha elegido para someter a un pueblo es el petróleo, eje central de la guerra contra Irán, de la respuesta de Teherán y también del intento de Ucrania de darle la vuelta a su guerra contra Rusia.

“Durante mis recientes visitas a Oriente Medio, abordamos el tema del desbloqueo del estrecho de Ormuz. Se trata de un asunto delicado para todo el mundo debido a la crisis energética”, escribió ayer Volodymyr Zelensky, aparentemente incapaz de no tratar de utilizar en su beneficio cada aspecto de la política internacional. Ucrania no tiene nada que aportar en Ormuz, aunque trate de presentarse como la solución a todos los problemas. Es más, su actuación contribuye a que los mercados reaccionen con temor ante la reducción de la cantidad de petróleo que actualmente se encuentra en los mercados. Según estimaba la semana pasada Reuters, el 40% del potencial ruso de exportación de crudo se encontraba detenido -la agencia no mencionaba por cuánto tiempo, un aspecto relevante, ya que Moscú siempre ha conseguido reanudar las operaciones con relativa rapidez tras los ataques ucranianos, que comenzaron seriamente el verano pasado- y presagiaba una reducción de la cantidad de petróleo ruso en el mercado estas semanas tan importantes para evitar una crisis. Curiosamente, Estados Unidos, que ha contribuido a los ataques al menos en el pasado y que actualmente ve en el petróleo ruso una solución temporal a un problema que solo puede resolver realmente con el final de una guerra innecesaria que inició por la vanidad de su líder, mantiene el silencio. Rusia es un oponente relativamente respetado, pero que Donald Trump quiere derrotar en la cuestión del petróleo. Las sanciones, como los ataques ucranianos, autorizados expresamente por la Casa Blanca según explicó el pasado verano Financial Times¸ son la herramienta elegida para expulsar a Rusia del lucrativo mercado europeo, que Estados Unidos llevaba décadas tratando de conquistar, y limitar las ventas rusas a países que Washington no puede controlar, como es el caso de China.

Encantados de poder sumarse a esa lucha, los países europeos han comenzado a amenazar a Rusia con abordar petroleros sancionados, motivo por el cual el Anatoly Kolodkin transitó con escolta militar en su viaje por aguas europeas hasta dejar atrás el canal de la Mancha y llegar al Atlántico. Pese a las amenazas, los países europeos siguen siendo aún más peligrosos que Estados Unidos para Rusia. Pero incluso ellos parecen tener algunos límites. El domingo, Finlandia derribó uno de los dos drones que transitaron por su espacio aéreo, algo que se había producido días antes también en otros países. La novedad es que los drones no eran rusos sino ucranianos, armas con las que el Gobierno de Zelensky trataba de minar al máximo la capacidad rusa de colaborar en la tarea global de reducir los daños causados por Estados Unidos e Israel en los mercados del petróleo, el gas y los fertilizantes, mercancías de las que Rusia es potencia mundial.

El momento para incrementar los ataques contra las infraestructuras energéticas rusas no es el mejor si se tienen en cuenta los intereses globales, lo que ha provocado que Ucrania reciba mensajes del extranjero. “Ucrania ha recibido «señales» de algunos de sus socios en el sentido de que debería reducir sus ataques contra el sector petrolero y energético ruso, en medio de una crisis energética cada vez más grave provocada por la guerra en Oriente Medio, según ha declarado el presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky”, escribía ayer The Wall Street Journal precisando que el presidente ucraniano no especificó si se trataba de los aliados europeos o de Estados Unidos. Al contrario que Rusia, que en Cuba intenta paliar una crisis energética provocada por Estados Unidos, Ucrania trataba de utilizar las circunstancias para empeorarla a base de intentar retirar la mayor cantidad posible de petróleo ruso del mercado.

Los ataques ucranianos han provocado un efecto previsible: ataques rusos con drones que Kiev no consigue derribar masivamente como acostumbraba -lo que no impide a Zelesnky intentar vender a los países árabes sus interceptores como si fueran la solución a todos sus problemas- y finalmente una llamada al orden. La soberanía de Ucrania es depender de Estados Unidos para obtener la inteligencia sobre los objetivos rusos y recibir una llamada de los aliados para cesar en su intento de contribuir al alza del precio del petróleo.

Siempre dispuesto a darle la vuelta a cada situación y de desafiar las órdenes -en este caso no en defensa de la vida, sino de la destrucción-, Zelensky ha reaccionado con rapidez y ha precisado que Ucrania detendrá los ataques solo si Rusia hace lo propio. En realidad, esos bombardeos rusos se reanudaron como respuesta a los ataques ucranianos y estadounidenses contra sus infraestructuras en Rusia. Y tirando de la experiencia del pasado, el presidente ucraniano ha añadido una idea más, una tregua de Pascua, una referencia que en Moscú recordará a los innumerables procesos de alto el fuego inmediatamente incumplidos durante los siete años de Minsk. Los tiempos cambian, pero algunos hábitos perduran.

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