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Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Irán, Israel, Rusia, Ucrania

Guerra energética

Aún en mitad de una crisis bélica y de consecuencias económicas globales a causa de su decisión de utilizar la negociación como pantalla para camuflar el despliegue militar con el que preparaba el ataque contra Irán, Donald Trump insistió la semana pasada en su voluntad de lograr rápidamente el final de la guerra de Ucrania. Tras provocar, por elección propia y vanidad personal, una guerra que ha causado enorme destrucción, muerte y sufrimiento en Irán y el Líbano, castigo colectivo por la negativa de la República Islámica y Hezbollah a rendirse y someterse a la hegemonía estadounidense, cualquier avance en Ucrania podría servir al presidente de Estados Unidos como forma de desviar la atención. El hombre que dice haber resuelto ocho guerras, incluida la de Irán el año pasado, aún no ha logrado desentrañar la de Ucrania e incluso en un momento en el que se ve necesitado de un acto de diplomacia internacional para recuperar sus credenciales de pacificador, Trump parece ver más sencillo resolver la guerra de Irán que la de Ucrania.

Consciente de ello, Ucrania trata de recuperar su buena relación con Donald Trump, a quien Zelensky le ofrece la misma receta fallida desde 2022, una reunión entre presidentes que de ninguna manera puede resolver los doce años de conflicto entre los dos países. Con recetas vacías y declaraciones repetidas hasta la saciedad como la prioridad de obtener garantías de seguridad, aspecto que Ucrania afirmaba haber acordado ya con Estados Unidos, las palabras del presidente ucraniano muestran que el proceso de negociación Estados Unidos-Rusia-Ucrania no solo no avanza, sino que retrocede. Teniendo en cuenta lo publicado ayer por Ukrainska Pravda, que afirma que Kiev pretende luchar durante tres años más, el modus operandi de Ucrania parece haber regresado a su postura original de dilatar las negociaciones realizando propuestas imposibles y dejar pasar el tiempo.

Mientras tanto, la diplomacia se centra en destacar los esfuerzos por la paz y la amistad de Estados Unidos y, ante todo, en vincular las dos guerras y presentándolas como una trama en la que Moscú siempre es culpable. “La situación geopolítica se ha complicado debido a la guerra contra Irán, y lamentablemente, esto envalentona a Rusia”, afirmó ayer Zelensky, que posteriormente añadió que “cada vez hay más indicios de que Rusia sigue proporcionando apoyo de inteligencia al régimen iraní. Esta actividad es claramente destructiva y debe cesar, ya que solo conduce a una mayor desestabilización. Todos los Estados responsables están interesados ​​en garantizar la seguridad y prevenir una crisis mayor. Los mercados ya están reaccionando negativamente, lo que complica significativamente la situación del combustible en muchos países. Al ayudar al régimen iraní a mantenerse a flote y a atacar con mayor precisión, Rusia está prolongando la guerra. Debe haber una respuesta”, escribió ayer Zelensky utilizando unos argumentos muy curiosos. La parte atacada recibe ayuda de un aliado para defenderse y obtiene inteligencia para atacar los objetivos militares de quien le bombardea. Lo que en el caso de Ucrania es un suministro masivo desde hace cuatro años y se presenta como defensa propia y obligación moral del mundo libre, en el caso de Irán -donde la asistencia de Rusia ni siquiera se ha probado y las informaciones al respecto son fundamentalmente declaraciones de Volodymyr Zelensky, que podrían oscilar entre la desinformación y la exageración interesada-, es condenable por prolongar la guerra. Privado de la preferencia en la venta de material tan importante como los misiles PAC-3 para los sistemas Patriot, Zelensky está más preocupado por conseguir el final de la guerra de Irán que la suya propia.

En cualquier caso, ambas deben ser la misma, aunque con las diferencias obligatorias.  En Ucrania, ha de adoptarse la defensa de la parte agredida, un país pacífico atacado sin provocación previa. No es el caso de la de Irán, donde la causa que ha de defenderse es la de los dos países agresores que iniciaron la guerra sin ningún paso militar previo de Irán y cuando Teherán negociaba de buena fe -sin haber utilizado la diplomacia como herramienta para prolongar artificialmente la guerra durante siete años- un acuerdo que, según la mediación de Omán, el director del Organismo Internacional de la Energía Atómica y el asesor de seguridad nacional británico estaba al alcance de la mano con avances relevantes.

La doble vara de medir no se limita a Ucrania, sino que se extiende a sus aliados europeos. Ayer, Úrsula von der Leyen exigió nuevamente a Irán la detención de sus bombardeos, que no denunció como respuesta a los estadounidenses, sino como ataque, ignorando quién es la parte agresora. Su preocupación no es el bienestar de los pueblos de Irán y Líbano, atacados desde tierra, mar y aire por dos potencias nucleares, sino por el mercado del petróleo y el gas. “Todos sentimos el golpe de los efectos sobre los precios del gas y el petróleo en nuestras empresas y sociedades”, afirmó. El objetivo europeo es claro: conseguir el final de la guerra en Oriente Medio según los términos de Trump -el odio a la República Islámica es el mismo en Bruselas que en Washington- para que vuelva a fluir el petróleo del Golfo Pérsico. Pero al contrario que Estados Unidos, en ese cálculo, los países europeos ven el crudo ruso como parte del problema, no de la solución, incluso temporalmente. Como es habitual, la postura ucraniana está perfectamente alineada con la de sus proveedores europeos.

“De ataque a impacto sistémico. Ucrania atacó Primorsk, un centro clave en la red de exportación de petróleo de Rusia. Los daños a la infraestructura de combustible tienen repercusiones externas: menor capacidad de producción, menores ingresos y crecientes limitaciones en la resistencia de la maquinaria de guerra”, escribió la cuenta oficial de la Defensa de Ucrania, celebrando la posibilidad de retirar del mercado miles de barriles de crudo ruso en un momento en el que Estados Unidos trata de hacer que todo petróleo, incluido aquel que habitualmente trata de expulsar, esté en circulación. Scott Bessent, autoproclamado encargado de la gestión de flujo de petróleo a nivel mundial no solo ha retirado temporalmente las sanciones al petróleo ruso, sino también al iraní. Garantizar que el máximo petróleo posible fluya por los mares es tan importante que Estados Unidos ha visto como un mal menor dar a Irán, país con el que ahora mismo está en guerra, un salvavidas económico en forma de permiso para vender su crudo en el mercado “legal”, es decir, con premium, sin los descuentos que habitualmente hay que ofrecer para colocar una materia prima sancionada. Desde el pasado verano, Ucrania ataca sistemáticamente intereses petrolíferos rusos. Lo ha hecho con la inestimable ayuda de Estados Unidos, que ha aportado el permiso para bombardear esos objetivos y la inteligencia para hacerlo. Su interés es claro y va más allá de la guerra de Ucrania: limitar las exportaciones de un claro rival.

 Con sus actos de este último año, Estados Unidos ha sentado un precedente reciente, con lo que las imágenes de refinerías iraníes atacadas o la lluvia tóxica causada por Israel en Teherán ya no resultan especialmente sorprendentes. Como en Irán, el objetivo en el caso de Rusia es minar el esfuerzo bélico del oponente atacando una de sus principales fuentes de financiación. En ambos casos, las espectaculares imágenes ocultan que las pérdidas derivadas de cualquier bombardeo que se produzca en las actuales condiciones del mercado es una pérdida relativa, posiblemente cubierta con creces con las importantes ganancias obtenidas a causa del alza de los últimos días. En el caso de Rusia, proclamada por Financial Times ganadora de la guerra de Irán, las ganancias de 150.000 millones de dólares de los primeros días del ataque de Estados Unidos contra Irán evidentemente compensan las dificultades que va a suponer a corto plazo el ataque contra la refinería de Primorskoe, que ayer por la tarde seguía aún ardiendo y produciendo placer a los propagandistas ucranianos, a los que, en ocasiones, los árboles impiden ver el bosque. “Ucrania. Está. Destruyendo. Instalaciones. Rusas. De. Exportación. De. Petróleo. En. El. Mar. Báltico. Jamás habría creído palabras como estas ni siquiera hace dos años, y mucho menos antes del 24 de febrero de 2022”, escribió, por ejemplo, el periodista Ilia Ponomarenko, declarado fan de Azov. La euforia ucraniana cada vez que sus drones alcanzan una refinería -algo que ha ocurrido a menudo el último año, sin interrumpir la exportación de petróleo o minar seriamente la economía rusa- contrasta con una realidad obstinada: al contrario que Ucrania, Rusia es capaz de financiar por sus propios medios la guerra y el sostenimiento del Estado. Pese a la indudable espectacularidad de las imágenes de bombardeos de refinerías, la realidad de la guerra se impone a los deseos ucranianos de confundir sus deseos con la realidad.

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