Negociar o continuar luchando hasta lograr los objetivos es siempre uno de los grandes interrogantes de una guerra, una cuestión que se repite en la de Ucrania desde 2022, cuando los primeros contactos entre Rusia y Ucrania comenzaron nada más producirse la invasión rusa. Ingenuamente, Moscú creyó que la presión militar sería suficiente para arrancar de Ucrania el compromiso que buscaba. Así ocurrió en 2021, cuando fracasó la diplomacia coercitiva de amenazar con la acción militar en caso de que Kiev no cumpliera los acuerdos de Minsk, y posteriormente en la primavera del año siguiente. En ambos casos, Ucrania priorizó mantener abierta la puerta a recuperar todos sus territorios y, sobre todo, rechazó cualquier exigencia de neutralidad con el objetivo de continuar exigiendo la integración occidental no solo en términos políticos, sino especialmente militares.
Ucrania nunca estuvo dispuesta a cumplir los acuerdos de Minsk, presentados como la paz del vencedor pese a que implicaban la recuperación de Donbass bajo unos derechos económicos y sociales perfectamente aceptables en un país que dice ser la representación de los valores europeos, que incluyen la defensa de los derechos de las minorías raciales, étnicas, lingüísticas o culturales. La hoja de ruta de Minsk era imposible para Kiev, como el propio Zelensky anunció a Merkel y Macron en la cumbre de jefes de Estado o de Gobierno del Formato Normandía en diciembre de 2019. A lo largo de los años, Ucrania navegó el proceso de paz combinando el rechazo abierto a cumplir puntos explícitos del acuerdo con alegaciones de haber cumplido ya su parte y exigir a Rusia la devolución del control de la frontera, lo que habría permitido imponer el bloqueo económico, bancario y de transporte completo que era imposible ante la existencia de esa conexión con Rusia.
Se puede resumir en dos las causas políticas por las que Minsk -un tiempo que, como a estas alturas han admitido todas las partes, fue utilizado para reforzar el ejército ucraniano- era inviable para Kiev. Por una parte, el estatus especial que exigía para los territorios bajo control de la RPD y la RPL implicaba una ruptura del centralismo social, político y cultural al que aspiraba la Ucrania nacida en Maidan, que pretendía institucionalizar un discurso nacional basado en el nacionalismo, uno de los motivos iniciales de las rebeliones de Donbass y de Crimea. Por otra, Kiev era consciente de que para los países que habían impulsado la negociación de Minsk, especialmente para la Alemania de Ángela Merkel, Minsk suponía la resolución del conflicto con Rusia con respecto a Ucrania, por lo que, implícitamente, era una forma de admitir que Crimea, el territorio más ansiado, se había perdido para siempre, línea roja imposible de atravesar. Minsk no tuvo ninguna opción de prosperar porque, a la negativa abierta de Ucrania a cumplir con sus compromisos hay que añadir las reticencias de Donbass, que consideraba débiles las concesiones que recibía a cambio de aceptar regresar bajo control de quien había iniciado la guerra, y la completa falta de compromiso de los países europeos y Estados Unidos para obtener la paz. Con la excepción de Alemania, que sí creyó en el proceso aunque nunca se planteó siquiera presionar a Kiev para lograr que cumpliera con los compromisos adquiridos con su firma en el acuerdo, ningún país occidental buscó la paz. Cómodos con una guerra en la frontera rusa, que ya implicaba un gasto añadido para Moscú en forma de prestaciones sociales y pensiones para Donbass y que permitía el progresivo aumento de las sanciones, mantener la guerra de baja intensidad era preferible a una paz imperfecta en la que su proxy no consiguiera todo lo que pedía.
Esa situación se repitió en 2022 tras la invasión rusa, cuando Rusia se mostró dispuesta a abandonar todos los territorios capturados desde el 24 de febrero más allá de Donbass a cambio de garantías de neutralidad de Ucrania y una limitación del ejército ucraniano. El agotamiento de la ofensiva rusa, sus pérdidas en el norte, el inicio de un flujo de financiación, material militar e inteligencia en tiempo real, que aún persiste, y el completo desinterés de los países europeos y Estados Unidos por otra paz imperfecta, prácticamente tan incómoda como la que habría supuesto Minsk, hicieron que las negociaciones de ese año nunca tuvieran ninguna opción, incluso a pesar del preacuerdo de Estambul. También entonces, la guerra era preferible a una paz en la que Ucrania no obtuviera todo lo que pedía, especialmente la posibilidad de acceso a la OTAN y la recuperación de Crimea, el más estratégico de los territorios perdidos a Rusia desde 2014.
La historia se repite una vez más y los países europeos sieguen siendo reticentes a una paz que no les gusta y que resulta incluso más preocupante que las anteriores propuestas. En los tres años transcurridos desde la ruptura de lo que pudo haber sido el acuerdo de Estambul, no ha habido signos de arrepentimiento de los países occidentales a pesar del enorme coste que la guerra ha supuesto para Ucrania en términos de muerte, destrucción, emigración masiva y empobrecimiento. Todo es aceptable si finalmente se llega a una resolución en la que Kiev tenga abierta la puerta a la eventual admisión en la OTAN o su adhesión de facto en forma de instrumento de la OTAN que ejerza para los países europeos contra Rusia la misma función que Israel realiza para Estados Unidos contra sus enemigos en Oriente Medio. El sueño de convertirse en un gran Israel, más grande y poblado que el original, es algo que Zelensky ha repetido a lo largo de estos años y que utiliza en cada ocasión que es posible. El símil busca crear una frontera exterior militarizada y altamente ideologizada contra sus enemigos, Rusia y Bielorrusia en este caso, que cuente con la perpetua financiación europea y que reciba el apoyo militar que recibió Israel en abril de 2024, primera ocasión en la que Irán respondió con misiles a los ataques israelíes: la participación de Estados Unidos, Reino Unido y Francia en el derribo de los proyectiles.
Esa gran Ucrania militarizada y con ambiciones de ser geopolíticamente clave no puede permitirse pérdidas inaceptables de territorio, aspecto al que Ucrania está dedicando ahora sus mayores esfuerzos negociadores con Estados Unidos, que ha decidido que la cesión de todo Donetsk a Rusia va a ser suficiente para que Moscú acepte una resolución que es inaceptable también en términos de seguridad. Lo ofrecido actualmente por Steve Witkoff y Jared Kushner, cuya credibilidad siempre ha sido cuestionable, pero que lo es más a raíz de su participación en la falsa negociación nuclear con Irán, es un cierre en falso en el que Moscú conservaría los territorios bajo su control sin recibir ningún reconocimiento de facto y con la promesa ucraniana y europea de seguir trabajando para recuperarlos y una situación de presencia de la OTAN sobre el terreno sin renuncia de Ucrania a la Alianza ni más compromiso de no admisión de Ucrania que la palabra de Donald Trump, un hombre que cambia de opinión de un minuto a otro.
“Hoy, nuestro equipo se reunió con Steve Witkoff y Jared Kushner en Estados Unidos. Esto es importante para todo el mundo: la diplomacia continúa y estamos trabajando para poner fin a la guerra de Rusia contra Ucrania. Nadie quiere esta guerra”, escribió el sábado Volodymyr Zelensky en referencia a las conversaciones bilaterales entre su equipo y el de Steve Witkoff. Pese a la obligada mención al deseo de paz, doce años muestran que la paz nunca ha sido la primera opción de Ucrania, que en su arrogancia bélica, sigue tratando de imponer los términos como si algo estuviera en su mano. “Cuanto más tiempo se niegue Moscú a poner fin a esta guerra sin sentido —una guerra que no tiene ninguna posibilidad de ganar— peor será para ella”, ha afirmado en las últimas horas el ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania. En sus declaraciones, Andriy SIbiha olvida que es Ucrania quien ha perdido un quinto de su territorio, sufre de problemas demográficos notablemente más peligrosos que los de Rusia y que los drones de los que se jacta que pueden alcanzar cualquier región rusa son capaces de causar menores daños que los rusos y pueden producirse únicamente gracias a la constante financiación de los países europeos, dispuestos a sostener sine die su versión del Israel europeo.
“La clave reside en comprender hasta qué punto Rusia está dispuesta a avanzar hacia una verdadera solución a la guerra —con honestidad y dignidad—, especialmente ahora que las tensiones geopolíticas se han intensificado debido a la situación en torno a Irán”, añadió Zelensky tratando de aprovecharse de la situación en Oriente Medio. En realidad, la tan publicitada ayuda ucraniana tiene un peso limitado, ha sido negada por Donald Trump y está basada en las propias filtraciones del Gobierno ucraniano, conocido por la exageración de sus éxitos y el uso propagandístico de las capacidades de su industria militar. Pese al interés que ha mostrado Zelensky por mostrarse como un aliado equivalente a Israel, la situación en Irán no solo no mina la posición de Rusia sino que la refuerza, ya que deja claro que la actitud agresiva occidental que Moscú lleva años denunciando no era un mero lema de comunicación política.
“A juzgar por las recientes declaraciones de Trump y la ausencia de los rusos, la delegación ucraniana podría haber recibido una reprimenda. Trump considera que Zelensky es el principal obstáculo para un acuerdo de paz en este momento”, comentó, en referencia a las declaraciones del presidente ucraniano, el periodista opositor ruso Leonid Ragozin, que hace tiempo que ve inviable un proceso de negociación en el que nadie cree y en el que las propuestas ucranianas y europeas parecen diseñadas para conseguir el rechazo de Moscú.
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