El jueves, Volodymyr Zelensky culminó con su discurso en el Consejo Europeo la última de sus muchas giras recientes con las que el presidente ucraniano ha tratado de mantener la causa de la guerra en los titulares y conseguir aún más material y financiación. Este último año, Ucrania ha perdido parte de la asistencia militar de Estados Unidos, que ha pasado de ser donante de material militar a simple proveedor de armamento adquirido comercialmente por los aliados europeos de la OTAN a los que actualmente sermonea y amenaza. “¡Sin Estados Unidos, la OTAN es un tigre de papel! No quisieron unirse a la lucha para detener a un Irán con armas nucleares. Ahora que la batalla está ganada militarmente, con muy poco peligro para ellos, se quejan de los altos precios del petróleo que se ven obligados a pagar, pero no quieren ayudar a abrir el estrecho de Ormuz, una simple maniobra militar que es la única razón de los altos precios del petróleo. ¡Qué fácil les resulta, con tan poco riesgo! ¡COBARDES, lo RECORDAREMOS!”, escribió ayer Donald Trump en su red social personal. Sus palabras, plagadas de falacias y la obligatoria mención a las armas nucleares -que en esta guerra solo tienen Estados Unidos, único país que las ha utilizado, e Israel, que ni siquiera admite haber proliferado y no está sometido a ningún tipo de control-, son el reflejo de una brecha interna que no desapareció en el momento en el que Mark Rutte negoció en nombre de la OTAN la resolución de la disputa por Groenlandia.
La guerra contra Irán, en la que los países europeos han cooperado políticamente tanto en su fase de preparación como en la actual, ha exacerbado unas diferencias que ya existían y ha causado aún más tensión, una cuestión preocupante para Ucrania, que depende de la financiación europea, pero que precisa también de las armas de Estados Unidos. Las acusaciones de Donald Trump se han centrado en recordar que Estados Unidos no tenía por qué ayudar a los países europeos en la guerra de Ucrania, una versión que ignora los beneficios que Washington ha obtenido en estos doce años en los que ha conseguido desgastar a un enemigo histórico, ha logrado hacer desaparecer la conexión económica Rusia-Alemania e incluso el propio gasoducto, y dispone ahora de un proxy con el que compartir inteligencia para destruir las refinerías rusas y reducir así el volumen de petróleo a precio rebajado que puede obtener su enemigo chino, principal cliente del crudo ruso. Como guinda del pastel, la Casa Blanca ha obtenido también aún más vasallaje de los países europeos, dispuestos a no condenar una guerra de agresión en la que no están completamente de acuerdo en la forma, pero sí en el fondo, participan en su fase defensiva protegiendo intereses británicos y prometen intervención en el estrecho de Ormuz cuando la situación sea menos peligrosa. Todo ello en parte por convicción, ya que la opinión de los países europeos sobre Irán y sobre la aplicación selectiva del derecho internacional es la misma, pero también por mantener a Estados Unidos involucrado en la guerra de Ucrania, principal proyecto geopolítico de la UE y en el que no hay no a la guerra posible.
“Nos mantenemos firmes. Esta mañana, en el Mediterráneo, la Armada francesa interceptó y abordó otro buque de la flota clandestina, el Deyna. La guerra con Irán no hará que Francia deje de apoyar a Ucrania, donde la guerra de agresión de Rusia continúa sin cesar. Estos buques, que eluden las sanciones internacionales y violan el derecho marítimo, se lucran con la guerra. Se enriquecen a costa de financiar el esfuerzo bélico de Rusia”, escribió el viernes Emmanuel Macron. Con sus palabras, así como con sus actos, las autoridades europeas demuestran que no se ha producido ningún cambio de postura en lo referente a la guerra de Ucrania que, en este sentido, no se ha visto afectada por el ataque contra Irán ni por la disputa entre Estados Unidos y el resto de aliados de la OTAN en lo que respecta a su participación en la operación para desbloquear el estrecho de Ormuz que Trump exige a los socios europeos y evidencia que la postura más dura en relación con Rusia sigue estando en las costas europeas del Atlántico. Mientras Estados Unidos se autoproclama policía mundial, juez y parte autorizada para autorizar o prohibir el tránsito del petróleo mundial y da permiso temporal a Rusia para vender sus productos energéticos por mar durante un mes, un mal menor necesario para contener el alza de precios, los países europeos redoblan la apuesta de intervenir a modo de castigo en un momento en el que cualquier retirada del mercado de estas materias primas es un problema.
Pese a los titulares que han podido leerse esta semana, los países europeos no se han desmarcado de las posturas estadounidenses en Oriente Medio y no han cambiado de posición en la guerra de Ucrania. “El régimen iraní debe realizar concesiones masivas y adoptar un cambio radical de postura”, afirmó ayer el ministro de Asuntos Exteriores de Francia Jean-Noël Barrot. Esas palabras del jefe de la diplomacia francesa coinciden con la visión de la guerra de Donald Trump, que desde la negociación exige la capitulación de Irán, el país agredido, un detalle aparentemente menor para quienes llevan cuatro años exigiendo al mundo que sancione a Rusia y han realizado una movilización de recursos militares, económicos y políticos sin precedentes basándose en el derecho de Ucrania a defenderse de una agresión “no provocada”. Los países europeos no quieren enviar a sus armadas a hacer lo que la estadounidense no se atreve, acercarse al estrecho de Ormuz y arriesgarse a ser atacados por los drones y misiles iraníes que Donald Trump afirma que ya han sido derrotados, pero siempre han sido un apoyo en el camino a la guerra. Ofendido al no recibir una respuesta afirmativa y rápida a una exigencia fuera de lugar, Donald Trump ha olvidado rápidamente que fue el E3 -Alemania, Francia y el Reino Unido- quien reactivó las sanciones masivas que preveía el acuerdo nuclear roto por Estados Unidos en 2018, primer paso de camino al asedio económico, diplomático y militar que siempre iba a acabar en una nueva guerra. Los países europeos prefirieron apoyar la fase previa, ignorar los meses de despliegue militar de preparativos bélicos, mostrarse sorprendidos por un ataque en el que la única incógnita era cuándo iba a producirse finalmente, condenar la respuesta iraní en defensa propia y rechazar únicamente involucrarse de forma directa. Como en Ucrania, la UE y el Reino Unido prefieren ver los toros desde la barrera.
Pese a que aún no se ha desbloqueado la emisión de deuda que debe garantizar a Kiev los 90.000 millones de euros con los que financiar dos años más de guerra, el apoyo económico europeo es la base de la fortaleza de Ucrania, que trata de utilizar su experiencia en la guerra moderna para llamar la atención de Donald Trump. “He encargado a Rustem Umerov que implique al Ministerio de Asuntos Exteriores de Ucrania y a nuestras Fuerzas Armadas para evaluar las iniciativas internacionales existentes en relación con el estrecho de Ormuz y la disposición real de los países a participar en misiones de estabilización. Espero recibir datos concretos de esta evaluación en un futuro próximo. Es importante destacar que todos nuestros socios reconocen el papel global de Ucrania en la garantía de la seguridad y la alta calidad de la experiencia de Ucrania en materia de seguridad para la protección de la vida”, escribió ayer Zelensky, sugiriendo la oferta de un país sin apenas flota naval desde la pérdida de Crimea hace doce años. Si Trump ha rechazado ya la ayuda que Ucrania sí podría aportar, su experiencia en el derribo de drones Shahed, es evidente que no entenderá una propuesta vacía como un argumento para mejorar su opinión sobre el líder ucraniano. Pero cualquier gesto es poco si hay que reiniciar las conversaciones directas con Estados Unidos para tratar de buscar una vía de resolución a la guerra de Ucrania.
Según el diario ucraniano Strana, el diálogo que se celebra este fin de semana en Miami no forma parte de las conversaciones trilaterales Estados Unidos-Rusia-Ucrania que en su última reunión produjeron una primera reunión Kiev-Moscú que resultó útil incluso a ojos de Kirilo Budanov, sino que será únicamente una reunión bilateral. Cualquier dinámica positiva que existiera hace un mes con dos cumbres en las que se trataron cuestiones fundamentalmente militares y se realizó un primer intento de tratar los aspectos políticos ha desaparecido ya. Ucrania no está interesada en la paz que Estados Unidos le ofrece y que implica la exigencia de retirada de Donetsk para obtener las ansiadas garantías de seguridad, así que el objetivo de Kiev será convencer a Witkoff y Kushner de la necesidad de mantener esos territorios para garantizar la seguridad europea, un argumento que corre el riesgo de caer en saco roto frente a dos personas para las que ese aspecto es de total desinterés. Sin embargo, al igual que la cumbre del Formato Normandía de 2019, que debió ser sobre Donbass, pero a la que Ucrania llevó una agenda marcada por el suministro de gas, Kiev aspira a hacer de esta conversación una negociación sobre interceptores para Oriente Medio a cambio de Patriots para Ucrania en lugar de tratar la resolución del conflicto.
Rusia, por su parte, observa en la distancia el desarrollo de unos acontecimientos en los que no desea interrumpir a su enemigo mientras comete un error. Pese a las declaraciones triunfalistas que se producen a diario, Estados Unidos va a solicitar al Congreso 200.000 millones de dólares más -añadidos a un presupuesto militar de un billón el año pasado- para la guerra contra Irán, un país que, en 2024, contó con un presupuesto militar de alrededor de 7.900 millones de dólares. Al contrario que los países europeos, Rusia ha condenado el ataque estadounidense e israelí y ha anunciado el envío de ayuda humanitaria al país agredido. Si hay que creer a Zelensky, Vladimir Putin no solo ha enviado a Teherán datos de inteligencia sobre los intereses estadounidenses en la zona, sino drones Shahed, algo todavía más improbable.
Un enemigo útil tanto para exagerar una participación directa o indirecta para la que no hacen falta evidencias, como para alegar que ha abandonado a su suerte a sus aliados, Rusia aparece estos días en la prensa acusada de un pecado y del contrario. “Moscú propuso a Estados Unidos un intercambio de favores según el cual el Kremlin dejaría de compartir información de inteligencia con Irán —como las coordenadas exactas de los activos militares estadounidenses en Oriente Medio— si Washington dejaba de proporcionar a Ucrania información de inteligencia sobre Rusia. Dos personas familiarizadas con las negociaciones entre EE. UU. y Rusia afirmaron que dicha propuesta fue presentada por el enviado ruso Kirill Dmitriev a los enviados de la Administración Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, durante su reunión de la semana pasada en Miami”, afirmaba ayer Político. Teniendo en cuenta que el Kremlin ha afirmado esta semana que las conversaciones con Estados Unidos están detenidas, que Kiril Dmitriev, que ha negado la información, acostumbra a ofrecer a Estados Unidos propuestas ni realistas ni creíbles y que cualquier aportación de inteligencia que Rusia -localización de bases o intereses militares- puede ofrecer a Irán no es comparable con el flujo continuo de inteligencia en tiempo que los aliados occidentales suministran a Ucrania, la noticia parece otra oferta tan vacía como la participación ucraniana en la reapertura de Ormuz. Nadie cree en Witkoff o Kushner y la confianza en la capacidad de Estados Unidos de lograr una resolución del conflicto es nula, pero ni Moscú ni Kiev pueden permitirse el lujo de dejar pasar la posibilidad de reunirse con ellos o de no ofrecerles nada.
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