“Los objetivos de Rusia parecen razonablemente compatibles con sus capacidades y tendencias en el campo de batalla. Los objetivos de Ucrania, en cambio, parecen fuera de su alcance”, se lamenta un artículo publicado en el último número de la influyente revista Foreign Affairs, que insiste en que “con Moscú aprovechando su ventaja, Kiev debería ceder territorio para conseguir el final de la guerra, unas “duras concesiones territoriales como precio por la paz”. “Es cierto que los recientes avances rusos se han producido muy lentamente y a un coste considerable; en los últimos tres años, Rusia solo ha conquistado un mero 1% de territorio ucraniano adicional. Pero eso no cambia el hecho de que Rusia controla ahora casi una quinta parte del territorio dentro de las fronteras de Ucrania de 1991, ni que los mayores recursos y la mayor población de Rusia significan que Moscú puede seguir luchando durante años”, escribe Michael Desch, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Notre Dame, que añade que “superar esas ventajas rusas y recuperar el territorio perdido en el campo de batalla requeriría tiempo y una inversión de los que Ucrania carece. Las circunstancias actuales están empujando, por tanto, a Kiev hacia una paz de compromiso, una que incluirá necesariamente la cesión de territorio ucraniano”.
El artículo se publicó dos días antes de que, en su falsa percepción de invencibilidad, Donald Trump se dejara llevar por sus instintos militaristas y la falsa información aportada por personas como Jared Kushner o Steve Witkoff, e iniciara la guerra contra Irán que ahora le causa serios quebraderos de cabeza a su gabinete, que trata de navegar las contradicciones de las palabras de su líder y la comprometida posición en la que les han colocado sus actos. Ayer, la prensa preguntaba al presidente de Estados Unidos por qué no había avisado a sus aliados, a lo que Donald Trump respondía, sentado junto a la primera ministra japonesa, que Japón tampoco había avisado a Estados Unidos antes de Pearl Harbor. La no respuesta, una táctica habitual del presidente estadounidense cuando las cosas no salen como esperaba, no oculta el motivo real de la ausencia de notificación a los aliados: Estados Unidos esperaba actuar por completa sorpresa e imponer unos hechos consumados ante los que nadie tuviera tiempo de responder más que aceptando lo ocurrido.
Rodeado de personas incapaces de contradecirle, sin escuchar a quienes le insistieron en que la respuesta iraní sería la escalada horizontal que Teherán había afirmado que utilizaría -ataques contra las bases militares e intereses económicos de Estados Unidos en la región y cierre del estrecho de Ormuz para utilizar la disuasión económica-, Donald Trump ha tenido que aprender rápidamente que Irán no es Venezuela y que la actual guerra no es la del pasado junio. El barril de Brent supera los 100 dólares, al igual que el de los Urales, lo que ha dado a Rusia unas semanas de importantes ingresos por la exportación de petróleo, a lo que pueden unirse también el gas y otros productos derivados, como los fertilizantes, un aspecto económico al que se está prestando menos atención, pero del que depende la seguridad alimentaria del Sur Global.
Estados Unidos insiste en que todo va bien, la guerra puede acabar en unos días, Washington no necesita de la ayuda de sus aliados para reabrir Ormuz e Irán no puede responder a la masiva potencia del ejército más fuerte de la historia humana. Es más, según anunció ayer Scott Bessent, las disidencias dentro del régimen iraní son múltiples y se producen en las más altas esferas, aunque no sean reportadas por los medios. Esas disidencias imaginarias harán, según el secretario del Tesoro, que “el régimen caiga por su propio peso”. La esperanza es lo último que se pierde y, mientras tanto, Estados Unidos seguirá bombardeando, exigiendo la rendición iraní y, al igual que han hecho los países europeos durante cuatro años en la guerra de Ucrania, soñando con un escenario más favorable en el que imponer unos términos que no se corresponden con la realidad. Porque a la alegación del futuro éxito de la consecución del objetivo de cambio de régimen, Bessent añadió una coletilla que sorprendió a todos. El alza del petróleo no es un problema, al menos así lo ha insistido durante días Estados Unidos, pero para paliarlo ha sido necesario retirar temporalmente las sanciones al crudo ruso, un mal menor soportable para evitar males mayores. En un giro que sería cómico si Estados Unidos e Israel no estuvieran destruyendo Irán desde el cielo y desde los HIMARS situados en países como los Emiratos Árabes Unidos, el secretario del Tesoro dejó caer la posibilidad de retirar las sanciones al petróleo iraní que actualmente se encuentra en el mar para reducir la presión sobre el mercado. No hay ningún problema, pero su solución es el petróleo de dos de los adversarios a los que Estados Unidos quiere expulsar del mercado occidental, Rusia e Irán, escenarios de una lucha económica este-oeste en la que Washington maniobra para contener a su verdadero enemigo, China.
La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha obligado a recalibrar muchos cálculos y a reposicionarse en el tablero internacional. De repente, Rusia se ha visto atacada por Israel, un país al que ha sido cercano y con quien ha realizado equilibrios imposibles durante los años de su intervención en Siria. El miércoles, Israel no solo atacó las infraestructuras gasísticas de Irán, sino la central nuclear de Buhsher, operada por Rosatom, la empresa pública rusa, que condenó el ataque –mucho más duro que el precedente ucraniano de uso de artillería y drones contra la central nuclear de Energodar-, recordó el peligro y exigió seguridad. Rusia es también objetivo habitual de los titulares de los medios, que sin más evidencia que las alegaciones de Zelensky, le acusan de entregar a Irán drones Shahed y la inteligencia con la que atacar objetivos estadounidenses, algo que, siguiendo la lógica de la defensa propia utilizada por Occidente para entregar las armas e inteligencia con la que atacar objetivos en Rusia, sería perfectamente legítimo.
Sin embargo, la posición de Rusia se ve reforzada con las dificultades de su oponente estadounidense ante su aliado iraní, con la incapacidad de Zelensky de capitalizar su oferta de asistencia militar a Trump, que sigue sin aceptar que Ucrania pueda tener algo que Washington necesite y no va a cambiar de opinión con respecto al presidente ucraniano. Y, sobre todo, porque la guerra de Trump ha conseguido perturbar el mercado global de algunos de los productos con los que ahora Rusia puede recuperar parte de sus ingresos perdidos: petróleo, gas y fertilizantes, una herramienta que no solo implica una mejora de las arcas públicas sino también la limitación del efecto de las sanciones.
Ayer, el mismo día que el CEO de Rheinmetall admitía lo que periodistas especializados habían sugerido días antes, que el uso intensivo de armamento ofensivo estaba poniendo en jaque las reservas de misiles occidentales, Volodymyr Zelensky insistía en la necesidad de obtener más armamento. “Valoramos el apoyo europeo para proteger a Ucrania de los ataques rusos, especialmente en lo que respecta a la defensa aérea y la producción de drones. Debemos seguir aprovechando cada oportunidad para encontrar misiles para los sistemas Patriot. Por eso el programa PURL es tan útil. Agradezco a todos los que contribuyen a él. Sabemos que no a todos les agrada la idea de usar parte de los 90.000 millones para comprar misiles Patriot a través del programa PURL si no hay otras opciones. Pero si realmente no hay otras opciones, esto es necesario para defendernos de los ataques balísticos rusos; se trata de salvar vidas”, escribía su perfil oficial de redes sociales, que reflejaba parte de su discurso ante el Consejo Europeo, culminación de una gira en la que, pese a los mil millones de compromiso militar de España, no ha conseguido las cantidades millonarias que acostumbraba a obtener. Hace un año que Ucrania no es una prioridad para Estados Unidos y, sin perspectivas de pronta rendición de Irán solo una desescalada que Donald Trump no podía presentar como la victoria que desea puede hacer que los misiles Patriot que Zelensky ansía vuelvan a estar disponibles para que los países europeos de la OTAN los adquieran a Estados Unidos. La primavera ha eliminado para Ucrania la preocupación por las temperaturas de las viviendas de la población ucraniana, pero no ha traído consigo la relajación de la presión militar tal y como esperaba. La actuación irreponsable de su aliado estadounidense, unida a la fortaleza renovada, ahora también económica, de su enemigo ruso vuelven a complicar la situación de Volodymyr Zelensky.
En este contexto de confianza rusa en el futuro, con una menor presión económica de la esperada, y dificultades para Ucrania, que en caso de negociar en estos momentos se encontraría en una posición de debilidad, la noticia de la pausa en las negociaciones Washington-Kiev-Moscú no solo no puede sorprender, sino que probablemente satisfaga a los dos países en guerra. Las conversaciones para continuar realizando intercambios de prisioneros y entregas de cuerpos de soldados caídos en el frente han continuado, pero según afirmó ayer Dmitry Peskov, el diálogo político ha permanecido pausado durante semanas por la situación en Oriente Medio, pero probablemente también por la ausencia de avances, la voluntad de ambos bandos de no cruzar sus líneas rojas y la completa falta de credibilidad de la dupla Witkoff-Kushner tras su estelar actuación en el diálogo indirecto Estados Unidos-Irán. En ambos casos, un compromiso no escrito de no atacar infraestructuras energéticas puede dar lugar a una desescalada, pero ese punto es también el foco que puede forzar una intensificación de la batalla tanto en el Golfo Pérsico, como en Rusia-Ucrania. Como guerra en la que no participa de forma tan directa y en la que no exige una capitulación completa de su enemigo, Estados Unidos busca reanudar los contactos en el escenario Kiev-Moscú. Según anunció un sonriente Zelensky, que sin duda utilizará la carta de Oriente Medio para tratar de presentar a Rusia como beligerante contra Estados Unidos en esa guerra, este fin de semana se reanudarán unas conversaciones en las que nadie cree.

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