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Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Prioridades geopolíticas

La geopolítica no son solo relaciones de poder, de la misma forma que la guerra no es solo movimientos militares, miseria, sangre y barro, sino que existe un componente claro y decisivo de jerarquía. Las prioridades de cada actor en un determinado momento marcan las posiciones y el devenir de los acontecimientos. El 24 de febrero de 2022, quedó claro que los países europeos -la Unión Europea y el Reino Unido como principales exponentes- eligieron al amigo americano como su socio a futuro y de eso han dependido muchas de las decisiones tomadas desde entonces, no solo en relación a la asistencia militar a Ucrania. La UE superó la dependencia del gas ruso con gas estadounidense, atándose las manos ante un aliado que, en realidad, siempre fue un rival a la espera de colocar a sus socios al nivel de vasallos. Lo mismo ocurrió en cuestión de armamento. Cuando el aliado dio la orden de que los países europeos tomaran las riendas de su seguridad, algo que debieron hacer en los años 90, cuando la OTAN debió ser solo una reliquia inútil de la Guerra Fría, no quedó más remedio que invertir gran parte de las alocadas cifras destinadas al rearme en la compra de material estadounidense, una subvención multimillonaria a quien ahora trata a los aliados con amenazas.

“Me pregunto qué pasaría si «acabáramos» con lo que queda del Estado terrorista iraní y dejáramos que los países que lo utilizan —nosotros no lo hacemos— se hicieran cargo del llamado «Estrecho». ¡Eso pondría en marcha a algunos de nuestros «aliados» más pasivos, y rápido!”, escribió ayer Donald Trump, el mismo día en el que sus tropas y las israelíes comenzaban a bombardear ampliamente las infraestructuras de gas de Irán -esenciales para mantener el suministro eléctrico en el país- e incluso la central nuclear de Buhsher, operada por Rusia. Destruir un país para castigar a su población y, matando dos pájaros de un tiro, también a los aliados, es poco más que una broma.

Tratar la guerra con esa ligereza no es nuevo, pero cada día que pasa se hace más peligroso. Con asesinatos selectivos que tratan de eliminar a toda la clase política y bombardeos con los que crear un Estado prácticamente fallido que, al estilo del Líbano, no pueda defenderse en caso de que, en unos meses, Estados Unidos e Israel deseen bombardear la isla de Jarg, como afirmó el fin de semana Donald Trump, “por diversión”, la Casa Blanca solo deja espacio para la escalada. En su arrogancia, a Donald Trump no le preocupan sus aliados del Golfo, que posiblemente tengan que absorber el contragolpe iraní, ni, por supuesto, la población civil a la que en enero decía querer ayudar. En la sociedad del espectáculo, todo es un meme, todo puede ser utilizado como un sketch de un reality show en el que solo el protagonista se toma en serio la trama.

La visita de ayer de Volodymyr Zelensky a España fue una demostración de las prioridades de ambos países y también de los equilibrios que implica la geopolítica, especialmente aquella de países que, por motivos diferentes, carecen de soberanía real. Con posiciones muy diferentes en lo que respecta a la guerra contra Irán, el líder ucraniano y el presidente del Gobierno de España comparecieron ayer ante los medios en una rueda de prensa sin la más mínima tensión. España, que ha calificado de ilegal la guerra que Estados Unidos e Israel iniciaron sin que mediara provocación previa, sin ningún riesgo inminente y cuando era viable un acuerdo nuclear, no criticó en ningún momento las posturas belicistas de personas como Volodymyr Zelensky, incapaz de sentir la más mínima solidaridad por el sufrimiento de una población agredida, bombardeada y condenada a décadas de sanciones. “No tenemos ninguna opinión positiva sobre Irán”, afirmó Zelensky, que acusó a Teherán de “enseñar a los rusos a matarnos”.

Ni para Zelensky, que siempre se refiere a Irán con desdén, si no desprecio, ni para Sánchez, que se limita al argumento de la legalidad internacional para oponerse a la guerra, hay piedad para el pueblo iraní. La retórica de Zelensky se limita a mencionar la venta de Shaheds iraníes, drones que en 2022 Ucrania recibió casi como una broma, dando por hecho que el material occidental superaría sin ninguna dificultad al armamento de un país aislado. Haber acudido a Irán se presentó como una prueba más de la decadencia de la Federación Rusa, que al contrario que Ucrania, que contaba con el incesante flujo de asistencia del bloque militar más potente de la historia, había tenido que acudir en busca de ayuda a un país considerado de segunda.

De repente, cuatro años después, los Shaheds son el principal argumento con el que Volodymyr Zelensky realiza la enésima gira europea para ofrecer amablemente sus servicios, siempre a cambio de algo más valioso. Zelensky lleva dos semanas insistiendo en que solo Ucrania tiene la experiencia necesaria para luchar contra los drones iraníes, por lo que Kiev es el aliado indispensable con el que tienen que contar, no solo Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Qatar, donde afirma que ya hay 200 especialistas ucranianos protegiendo a la población civil -pese a que los ataques iraníes se han centrado, al contrario que los de Estados Unidos e Israel, en objetivos militares y económicos y no han bombardeado, por ejemplo, escuelas u hospitales-, sino también Israel.

Es evidente que Irán, un país rodeado y sometido a sanciones de “máxima presión”, que se prolongan ya más de lo que lo hizo la guerra Irak-Irán, ha tenido que desarrollar su propia industria, tanto civil como militar, para disponer de algún tipo de disuasión contra un país agresivo, Israel, apoyado incondicionalmente por Estados Unidos. De esa situación desesperada ha nacido el programa de misiles y también el desarrollo y producción de drones. Aunque menos llamativos en las ferias internacionales que los Bayraktar turcos, los Shahed son los drones asequibles y sencillos de producir que todos los países quieren ahora copiar y que los países del Golfo luchan por detener. Es igualmente evidente que solo dos ejércitos en el mundo son capaces de librar una guerra moderna de alta intensidad. En ese sentido, la experiencia de Ucrania, al igual que la de Rusia, que se enfrenta a los drones ucranianos desarrollados con la generosa financiación de los países de la OTAN¸ es especialmente valiosa.

Ese es el argumento utilizado por Zelensky para lograr más cooperación con los países occidentales, a los que promete una enorme producción y una calidad incomparable, pero a los que exige cifras igualmente elevadas de financiación. Ayer, en Madrid, el presidente ucraniano no solo consiguió un compromiso bilateral de asistencia militar por valor de mil millones de dólares, la misma cantidad que el año anterior, sino proyectos de producción conjunta de material como drones e interceptores, la tecnología que ahora todos los ejércitos desean mejorar.

Esa es la carta que Zelensky trata de jugar con los aliados árabes de Estados Unidos en el Golfo y, sobre todo, con Tel Aviv, una forma clara de intentar acercarse al principal socio de Washington en Oriente Medio. Acostumbrado a que cualquier “no” es solo temporal, el presidente ucraniano ha ignorado la declaración de Donald Trump, que afirmó que Zelensky es la última persona del mundo de la que Estados Unidos necesita ayuda, e insiste en presentarse como la única persona capaz de proteger a Occidente. El problema que el presidente ucraniano no puede o no quiere ver es que hay una diferencia fundamental entre las dos guerras: la intensidad. La respuesta iraní, al contrario de la ucraniana, que gracias al armamento donado por sus aliados ha podido luchar de tú a tú contra un enemigo a priori muy superior, es totalmente asimétrica y extendida en el espacio. Dos guerras diferentes no pueden tener las mismas recetas ni las mismas soluciones, por lo que el intento de Ucrania de conseguir la integración occidental que tanto anhela a base de participar directamente en la fase defensiva de esta guerra de agresión tiene más de propaganda que de realidad y es un posicionamiento más político que militar. Complacer a Estados Unidos sigue siendo la principal labor de Ucrania, que aspira con ello a conseguir que la guerra en Oriente Medio no le prive de los misiles PAC-3 para sus sistemas Patriot. Porque pese a presentarse como salvador de las poblaciones civiles de Israel y los países árabes, Zelensky no ha perdido la oportunidad de recordar a sus aliados que no puede descender, sino que ha de aumentar, el flujo de misiles para la defensa aérea ucraniana. Ucrania, que no ha podido defender sus cielos este invierno, promete ser capaz de defender los ajenos, aunque siempre a cambio de más financiación y más Patriots. Esa es la prioridad geopolítica de Kiev.

La de España no es tan diferente. El Gobierno de Pedro Sánchez es consciente de que su mínimo rechazo a una guerra flagrantemente ilegal ha ofendido a Estados Unidos, molesto también por la negativa española a admitir que ha aceptado la idea de aumentar el gasto militar al 5% del PIB como exigió Trump. De ahí que se busque tener un perfil bajo en otros temas de la agenda internacional que pudieran ser polémicos. “Hemos donado seis potentes generadores que garantizan el suministro eléctrico a más de 14.000 personas”, afirmó ayer Pedro Sánchez. Las dificultades de Ucrania para mantener en pie su sistema eléctrico son evidentes, pero no son únicas ni Kiev ha sido abandonada a su suerte. El envío de generadores es una de las iniciativas que la Unión Europea ha mantenido desde hace años. La preocupación española por la electricidad ucraniana contrasta con el desinterés absoluto por ayudar a un país con muchas más conexiones históricas y culturales como Cuba. Ayer, Bloomberg publicó que Rusia está realizando un segundo intento de enviar un petrolero con 730.000 barriles de petróleo de los Urales a la amenazada y sitiada isla caribeña. El primer intento fue fallido y el petrolero ruso tuvo que desviarse y evadir la captura estadounidense, por lo que nunca llegó a su destino. La responsabilidad histórica rusa obliga a este segundo intento, algo que otros países ni siquiera se han planteado. Cerrar filas dentro del bloque atlantista enviando financiación y generadores a Ucrania es más importante y no va a ofender a un aliado tan poderoso como Estados Unidos. Prioridades geopolíticas.

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