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Estados Unidos, Irán, Israel, Rusia, Ucrania, UE, Unión Europea

Amenazas a enemigos y aliados

Las consecuencias económicas de la guerra siguen siendo la principal preocupación de Estados Unidos, que 17 días después de iniciar una guerra en la que ingenuamente esperaba obtener la rápida capitulación de su enemigo, aún no ha conseguido ninguno de sus objetivos. Partiendo de esa base, todos los actores que esperan obtener algo de este conflicto han comenzado a posicionarse. El caso de Zelensky, apareciendo en todos los medios estadounidenses posibles para proclamar a los cuatro vientos que Ucrania es el aliado indispensable, es paradigmático. Pero en las últimas horas se ha visto también cuál es el movimiento de los países europeos como reacción a las exigencias de Estados Unidos, dispuesto a utilizar a Ucrania como argumento para obtener lo que quiere.  

Si en los últimos días ha quedado clara la creciente brecha entre el triunfalista discurso de la Casa Blanca y la realidad –que se manifestó de forma más clara en una pantalla partida en la CNN en la que, en directo, Dan Caine proclamaba que el liderazgo iraní se escondía “como ratas”, mientras otra imagen mostraba al presidente Pezeshkian y el ministro de Asuntos Exteriores Araghchi en una manifestación en Teherán-, las últimas horas han aportado un giro más de guion. Sin necesidad de renunciar a la versión según la cual Irán no tiene nada con qué defenderse de los ataques de Estados Unidos, el país está sumido en el caos y quiere negociar, pero Donald Trump considera que aún no es el momento, Washington ha introducido una nueva variable. Todo va bien, mejor que bien, inmejorablemente, y muchos países se disponen a enviar buques para mantener abierto el estrecho de Ormuz. “Muchos países, especialmente aquellos que se ven afectados por el intento de Irán de cerrar el estrecho de Ormuz, van a enviar Buques de Guerra, en colaboración con los Estados Unidos de América, para mantener el Estrecho abierto y seguro”, escribió Trump el sábado con unas palabras que aparentemente constataban un hecho consumado. Sin embargo, en el mismo post, apenas unas líneas después, el presidente de Estados Unidos añadía una frase que contradecía abiertamente la primera: “Ojalá China, Francia, Japón, Corea del Sur, el Reino Unido y otros, que están afectados por este obstáculo artificial, envíen Buques a la zona para que el Estrecho de Ormuz deje de ser una amenaza por parte de una Nación que ha sido completamente decapitada”. Irán está, a la vez, completamente decapitada, aunque su presidente y el Gobierno siguen en sus puestos y su ejército sigue interrumpiendo la economía de la zona y atacando bases militares estadounidenses en represalia y el estrecho de Ormuz está cerrado, pese a que la retórica del trumpismo había sido negar los hechos y afirmar que Irán no tiene capacidad de ejercer ningún bloqueo al haber perdido su flota y haber sido derrotado. Y los aliados y oponentes de Estados Unidos van a enviar buques, pero, a la vez, Trump les exige una participación que antes ha dado por hecha.  

La guerra va tan bien que Lindsey Graham acude a la televisión para exigir a los aliados del Golfo como Arabia Saudí, que en una década de lucha con su armamento estadounidense no ha podido con los hutíes de Yemen, que luchan en chanclas y con material producido en su precariedad, que se unan a la guerra contra Irán. Y Donald Trump proclama repetidamente la victoria, provocando memes en internet y burla entre el establishment político iraní, mientras exige ayuda militar tanto a aliados como a oponentes. Lo hace, por supuesto, sin renunciar a insisitr en que el ejército estadounidense es imbatible, la fuerza más potente de la historia, y concediéndose el crédito gracias a la reconstrucción que afirma que realizó en su primera legislatura.  

El esquizofrénico discurso llegó a su culminación ayer, cuando en una entrevista concedida a FInancial TImes Donald Trump vinculó la situación en Oriente Medio con la de Ucrania con un objetivo claro: obligar a sus aliados a ofrecerle ayuda. “Es lógico que quienes se benefician del estrecho contribuyan a garantizar que no ocurra nada malo allí”, afirmó Donald Trump, demandando participación de sus aliados en el proceso de reapertura del estrecho de Ormuz. Convenientemente, la Casa Blanca omite todo el contexto en el que se ha producido ese cierre de facto de un cuello de botella del que depende el funcionamiento normal del mercado global del petróleo, el gas y los fertilizantes, tres mercancías clave en la economía mundial. Hasta que Trump inició esta guerra, segunda ocasión en la que Estados Unidos e Israel optan por la vía militar para conseguir la capitulación iraní que no podían lograr por medio de una negociación, no existía riesgo de cierre de Ormuz, como no había tampoco amenaza de bombardeos contra los intereses económicos o militares de Estados Unidos y sus aliados en la región. Con su guerra, Washington y Tel Aviv han teñido de sangre aún más países de la región, no solo Palestina y Líbano, y han creado una serie de amenazas y peligros que no habrían aparecido de no ser por su uso de la fuerza contra Irán desde el mismo día en el que el Gobierno de Pezeshkian tomó posesión, que Israel aprovechó para asesinar a Ismail Haniye, entonces líder de Hamás. Después llegaron dos negociaciones utilizadas para tapar el despliegue militar y dos guerras de las que tanto Estados Unidos como los países europeos –con excepciones como el ni-nismo de España, que condenan la guerra y también la respuesta iraní-, que se desmarcan selectivamente solo de la parte que les interesa.  

El control de Ormuz “queda fuera del ámbito de la OTAN”, afirmó ayer Kaja Kallas, alta representante de la UE para la Política Exterior y de Seguridad de la UE –no de la OTAN- en una declaración que provocó gran cantidad de titulares ayer. Sin embargo, tan importante como ese aparente rechazo es la continuación del razonamiento de Kallas, que añadió que “Es de nuestro interés mantener abierto el estrecho de Ormuz y por eso también estamos discutiendo qué podemos hacer por parte del lado europeo”. Su discurso contrasta con el rechazo en serie que se ha producido con el no de Francia, Reino Unido, Japón, India, China y el resto de los países que se han dado por aludidos por el mensaje de Trump, pero no está lejos de la lógica con la que el presidente de Estados Unidos exige la participación de esos países.  

A la pregunta de por qué los aliados y oponentes de Estados Unidos deberían intervenir contra Irán en Ormuz, la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Levitt, respondió que “porque estos países se están beneficiando enormemente de que Estados Unidos elimine a Irán”. Ni Estados Unidos ha “eliminado” a Irán ni ninguno de los países a los que Washington ahora exige ayudse pueden beneficiar de que la región se suma en otra guerra, se interrumpan los flujos normales de la economía global y aumente notablemente el peligro en una región clave del planeta.   

“¿Qué espera Trump que hagan un puñado de fragatas europeas que la poderosa Armada estadounidense no pueda hacer? Esta no es nuestra guerra, y nosotros no la empezamos”, ha dicho el ministro de Defensa de Alemania, posiblemente el país europeo que, junto a Ucrania, más entusiasmo ha mostrado sobre la guerra contra Irán. Las palabras de Pistorius suenan a broma teniendo en cuenta la insistencia en la fortaleza europea que han realizado los países continentales en los últimos meses y es tan contradictorio como la narrativa de Estados Unidos. Sin embargo, es más sincero que la postura de Emmanuel Macron, que ha pasado de anunciar unilateralmente una misión para reabrir Ormuz, posteriormente retirar la oferta y finalmente rechazar participar tras la petición de ayuda de Donald Trump.  

En declaraciones a Financial Times, Donald Trump ha exigido la participación europea en la tarea de reabrir y controlar el estrecho de Ormuz, que en la práctica implica participar en la guerra de agresión de Estados Unidos contra Irán, recordando la situación en Ucrania. “Si no hay respuesta o si la respuesta es negativa, creo que será muy perjudicial para el futuro de la OTAN”, afirmó Donald Trump, que insistió en que “hemos sido muy generosos. No teníamos por qué ayudarles con Ucrania. Ucrania está a miles de kilómetros de nosotros… Pero les ayudamos. Ahora veremos si ellos nos ayudan a nosotros. Porque llevo mucho tiempo diciendo que nosotros estaremos ahí para ellos, pero ellos no estarán ahí para nosotros. Y no estoy seguro de que vayan a estar ahí”.  

Con sus palabras, Donald Trump no solo vincula las dos guerras, sino que parece introducir una poco velada amenaza de consecuencias en caso de que los aliados no respondan positivamente a la llamada del autoproclamado líder del mundo libre. Pero, ante todo, las declaraciones del presidente de Estados Unidos ocultan que la participación de Washington en la guerra ha sido de todo menos desinteresada y que ha estado basada en sus intereses nacionales. Con su apoyo a la guerra de Ucrania y el uso del ejército ucraniano como proxy Estados Unidos ha logrado la ruptura continental a la que aspiraba desde hacía décadas, el cese de toda cooperación económica entre las dos principales potencias europeas –Alemania y Rusia-, el debilitamiento de un competidor de sus sectores militar y energético y una posición de casi absoluta sumisión de los países europeos a sus intereses.  

Estados Unidos, que actualmente se lucra de la guerra de Ucrania, exige ahora que sus aliados europeos, esos a los que les vende las armas con las que continuar librando la guerra común contra Rusia, que le apoyen en su guerra de agresión. Y para ello, Scott Bessent ha buscado el argumento al que los países europeos van a ser más receptivos: si no hacen nada, Vladimir Putin seguirá ganando más dinero con la venta de petróleo. Todo en la guerra es chantaje. Tanto a los aliados como a los enemigos. 

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