“Comparto la esperanza de Trump de que esta guerra termine pronto”, afirmó ayer el canciller alemán Friedrich Merz, que se aferró a las palabras pronunciadas por el presidente de Estados Unidos el lunes por la noche, que, antes de que cerraran las bolsas estadounidenses, sentenció que “la guerra está prácticamente concluida”. El precio del petróleo había sufrido fuertes alzas a lo largo del día a causa de las dificultades de tránsito por el estrecho de Ormuz, los anuncios de los países del Golfo de reducción de producción y cancelación de entregas por motivos de “fuerza mayor”. Ayer, Estados Unidos repitió la jugada y anunció que su flota había escoltado a un petrolero a través del estrecho para posteriormente borrar el post. En un mundo cuya economía está marcada por la especulación y las apuestas millonarias sobre qué pasará mañana, el precio descendió rápidamente. Horas antes, el secretario de Guerra, en uno más de sus muchos discursos mesiánicos, había afirmado que “no hemos hecho más que empezar”. Y poco después del cierre de los mercados estadounidenses, Donald Trump acudió a su red social personal para amenazar a Irán con “golpear veinte veces más fuerte”.
“Además, acabaremos con objetivos fácilmente destruibles que harán virtualmente imposible que Irán vuelva a reconstruirse como nación – reinará sobre ellos Muerte, Fuego y Furia”. La guerra, u operación militar limitada, que no guerra, ya que Donald Trump sigue insistiendo en que ha concluido ocho guerras, incluida la de Irán, está ganada y acabada, pero a la vez empezando. El mercado de petróleo va bien, pero, a la vez, el trumpismo repite hasta la saciedad una misma frase: “short term pain for long term gain”, hay que sufrir un poco ahora para tener beneficios en el futuro. Ayer por la tarde, por la mañana en Estados Unidos, Pete Hegseth anunciaba el día de bombardeos más duros, con “más cazas, más bombarderos, más ataques. La inteligencia es más refinada y mejor que nunca”. Horas antes, la Medialuna Roja mostraba el esqueleto de un edificio residencial destruido en el que habían muerto 40 personas.
La inteligencia estadounidense es tan refinada que el secretario de Guerra afirmó también que Irán, único país que dispara a civiles, lo hace desde escuelas y hospitales, primer paso para justificar los bombardeos de centros médicos que Estados Unidos ya ha realizado, los que realizará en el futuro y, quizá, para admitir finalmente que uno de sus Tomahawks impactó en el colegio de la ciudad de MInab asesinando a 175 personas, gran parte de ellas niñas. Las palabras de Hegseth pueden entenderse también como la puesta en marcha del guion utilizado por Israel para justificar todo tipo de bombardeos contra la población civil en Gaza. El día anterior, siguiendo el estilo de Netanyahu o de Zelensky, Donald Trump había culpado a Irán de disparar contra su propio colegio. Como las fuerzas rusas en la central nuclear de Energodar o Hamas en Gaza, Irán dispara desde las mismas posiciones que a la vez bombardea.
Las similitudes con la masacre israelí en Palestina aumentan a medida que los países se posicionan, en el caso de los países europeos, divididos entre moderadamente en contra –caso de España, que veta el uso de las bases en su territorio, pero ve que existe una fase defensiva de la operación con la protección de las bases británicas en Chipre- y completamente a favor. Como en el caso de Gaza, Alemania se encuentra al frente de esa postura y, hasta ahora, la única preocupación por la que Merz había mencionado el deseo de que la guerra no se prolongue era la posibilidad de una oleada migratoria de personas que, sin ser tan rubias y con los ojos tan azules como la población ucraniana, huyera de la guerra en dirección a Europa.
Los últimos acontecimientos y la sorpresa por la respuesta iraní, que no solo ha absorbido los golpes y se ha repuesto del asesinato de su jefe de Estado y otras figuras relevantes, sino que ha sabido explotar las debilidades de Estados Unidos y sus aliados en la región, han aumentado la preocupación a la cuestión energética, un aspecto tan político como económico. “Si termina pronto, también veremos una normalización relativamente rápida en los mercados del petróleo y la energía. Por lo tanto, desde nuestra perspectiva –y desde la mía– no hay motivos para considerar aliviar las sanciones contra Rusia. Y si nos enfrentamos a la elección entre sanciones o solidaridad, nuestra posición es clara: estamos del lado de Ucrania”, declaró ayer el canciller alemán. En temporada de primarias y a escasos meses de las elecciones de medio término, Donald Trump no puede permitirse una fuerte subida de los precios de la energía y un aumento de la inflación -pese a que todo ello beneficia a una de sus bases, los pequeños y medianos productores de petróleo en Texas y otros estados del sur-, por lo que uno de los temas de conversación en la primera llamada telefónica entre los presidentes de Estados Unidos y Rusia fue la situación en Oriente Medio y la cuestión de la energía.
Acostumbrado a dar volantazos, cambiar de opinión y de razonamiento, Donald Trump se mostró el lunes por la noche tranquilo al anunciar la retirada temporal de las sanciones a Rusia, que según el analista alemán Wolfgang Munchau ya está vendiendo petróleo a India y, al contrario que en años anteriores, no con descuento, sino con premium. “Ya veremos si se vuelven a imponer”, afirmó en una de sus apariciones mediáticas, dejando la puerta abierta a lo que los países europeos y Ucrania tratan de impedir, el retorno del petróleo ruso al mercado global “normal”, que podría suponer un primer paso en una futura retirada de sanciones y readmisión de Rusia en las relaciones internacionales occidentales, el escanrio más temido por la UE al suponer una clara derrota estratégica para las capitales europeas.
Los momentos de peligro, y un acercamiento Moscú-Washington en materia de energía, una hipótesis improbable a largo plazo, pero preocupante para Ucrania de cualquier manera, producen siempre un nerviosismo que se traduce en acusaciones vacías con la que tratar de elevar la apuesta. “Vemos que los rusos intentan manipular la situación en Oriente Medio y la región del Golfo para favorecer su agresión, y también convertir los ataques del régimen iraní contra sus vecinos y bases estadounidenses en un segundo frente de la guerra de Rusia contra Ucrania y, en general, contra todo Occidente”, escribió Zelensky, que sigue calificando de agresión la respuesta iraní a una guerra impuesta por parte de dos potencias nucleares. “Hay datos que indican la intención de Rusia de hablar sobre el levantamiento total de las sanciones al sector energético”, añadió el presidente ucraniano, visiblemente preocupado por la remota posibilidad de que la resistencia iraní, que al contrario de la ucraniana ha de ser condenada, haga del petróleo ruso una solución al riesgo de aumento de la inflación. Como los países europeos, para Zelensky es preferible ese aumento –que en el caso de Ucrania sería cubierto por los presupuestos de sus socios- que dar a Rusia esa victoria económica y política.
Como Ucrania, que ya ha enviado especialistas e interceptores a Jordania, Qatar, Arabia Saudí y Emiratos Árabes, Rusia trata de jugar sus cartas en Oriente Medio. Aunque ha declarado abiertamente no ser neutral, su tono se rebaja notablemente al hablar con Estados Unidos, a quien no quiere alienar con acusaciones de agresión que ofendan a Donald Trump. Moscú es consciente de la oportunidad que supone el hecho de que parte del petróleo de los países del Golfo esté retenido o que clientes tan importantes como India se vean necesitados de un crudo que poder colocar en el mercado a un precio más elevado. Por su relación con los países árabes y con Irán -ayer Vladimir Putin conversó con el presidente Pezeshkian y Sergey Lavrov, con Araghchi-, Moscú insistió en la conversación en su capacidad de ofrecer propuestas para un final rápido a la guerra y retorno a la vía diplomática, aunque, según ambas partes, Vladimir Putin no se ofreció como mediador.
Al otro lado de la línea telefónica, Donald Trump insistió en la necesidad de lograr el fin de la guerra en Ucrania y mencionó un alto el fuego y negociación política, pero según el Kremlin no exigió una tregua tal y como habían afirmado varios medios. En esta conversación en la que ninguno de los dos presidentes quiso presionar al otro por su guerra, Trump no reprochó tampoco la supuesta asistencia de inteligencia que Rusia estaría prestando a Irán, según la prensa estadounidense. Ese era el principal temor de think-tankers y lobistas, que esta semana han percibido un nuevo peligro: que Donald Trump exigiera a Vladimir Putin detener el suministro de inteligencia a Irán para atacar objetivos estadounidenses y que el presidente ruso respondiera afirmativamente a cambio de que Estados Unidos hiciera lo propio con la asistencia que presta a Ucrania para atacar objetivos petroleros en Rusia.
Los posicionamientos políticos, la geopolítica y la propia coyuntura, que crea alianzas entre países que hasta hace no tanto tiempo eran reticentes a ahondar en sus relaciones, hace que se tienda a hablar de ambas guerras como escenarios paralelos de un único conflicto, una visión realista, pero que tiene sus límites. Los diferentes actores, especialmente aquellos que son soberanos y que conocen los riesgos en los que incurrirían con la ampliación de los conflictos existentes, insisten en marcar las distancias entre unas situaciones y otras. Porque resolver dos conflictos regionales es más sencillo que solucionar uno mundial.
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