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Donbass, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Minsk, Rusia, Ucrania

La guerra como opción preferible a la paz

“El líder del mundo libre”, sentenció en las redes sociales Gary Kasparov, muy implicado en la defensa de la opción militar contra Rusia, su país, e Irán, agredido militarmente por dos potencias nucleares que parecen aspirar a destruirlo completamente, haciendo que caiga lluvia ácida sobre la población que dicen querer liberar. El exajedrecista y ahora activista, en realidad lobista, respondía a un mensaje de Volodymyr Zelensky en el que el presidente ucraniano se jactaba de haber recibido consultas “sobre cómo ayudar a los civiles en Oriente Medio y a los soldados estadounidenses desplegados en ciertos países. Respondimos: enviaremos expertos y proporcionaremos todo lo necesario para protegerlos. Se están debatiendo muchos temas en este diálogo. Si hablamos de aumentar las capacidades, nos gustaría mucho que fuera beneficioso para ambas partes. Estamos debatiendo esta vía”. Las palabras de Zelensky son claras: ninguna ayuda es gratis o se compra solo con dinero. Ucrania no solo quiere vender sus armas y servicios, sino obtener también el material que necesita para seguir luchando contra Rusia.

Ayer, un artículo de Politico describía la enorme preocupación de los aliados de Estados Unidos, temerosos de que la guerra contra Irán se alargue y suponga una dificultad añadida para reponer sus arsenales de exactamente los mismos misiles para los sistemas Patriot que Zelensky aspira a obtener a cambio de los interceptores y la experiencia ucraniana en el derribo de drones Shahed. Ucrania, que ya ha enviado material a Jordania para proteger las bases estadounidenses –una prioridad por encima de la defensa de cualquier población civil-, aspira a utilizar la guerra en Oriente Medio para conseguir más material pesado e integración en las estructuras militares occidentales, una forma de beneficiarse de la desgracia ajena que criticaría en caso de producirse contra su país, pero a la que se aferra con la exaltación de quien solo se ofende por una agresión si es contra ella misma. Lo que Kiev no parece haber calibrado es que, si incluso los aliados de Estados Unidos temen que la guerra en el Golfo se lleve el material existente y el que el complejo militar industrial está fabricando a marchas forzadas, los proxis van a quedar en un lugar aún más secundario. Y es poco probable que países como Emiratos Árabes Unidos o Qatar vayan a renunciar a parte de sus de por sí escasos interceptores Patriot a cambio del material ucraniano.  

Ucrania ve una oportunidad en las dificultades de los países de Oriente Medio, inmensamente ricos. Sin embargo, a juzgar por las escasas pero lapidarias palabras que Donald Trump ha dedicado a Zelensky en sus numerosas conversaciones con la prensa, la opinión del líder estadounidense, a quien se dirige cada acto y cada palabra de su homólogo ucraniano, no ha cambiado. “Le pregunté al presidente Trump sobre Ucrania durante nuestra llamada telefónica el jueves. Su respuesta me sorprendió. Dijo que Putin está dispuesto a llegar a un acuerdo, pero Zelensky no”, escribió ayer Dasha Burns, de Politico, que cita a Donald Trump afirmando que “nada ha cambiado desde mi encuentro con él en el que le dije: no tienes cartas. Ahora tiene aún menos cartas”. “Ha dicho que Ucrania es responsable de la guerra. Ha dicho que Ucrania es responsable de no hacer la paz. Nada de esto es sorprendente. No es exacto ni está alineado con los intereses estadounidenses. Pero no es sorprendente”, respondió el lobista Ian Bremer, ejemplo del sector de población que ve en el intento ucraniano de aprovecharse de la guerra en Oriente Medio una muestra de generosidad que hay que devolver en forma de más munición que disparar contra Rusia en la prolongación de una guerra en la que, como en Oriente Medio, no importa el sufrimiento de la población a la que se quiere liberar o proteger.

Al contrario que algunos think-tankers, el presidente de Ucrania es consciente de que “la atención ha virado a Oriente Medio” y “menos atención significa menos apoyo. Menos apoyo significa menos defensa aérea“, una amenaza para Kiev, consciente de que, tras el final de la “guerra de los 12 días”, primera parte de lo que está viéndose ahora en Irán, Estados Unidos interrumpió temporalmente el suministro de munición para la defensa aérea, una amenaza que podría ser más peligrosa en estos momentos, con un uso mucho más intenso y extendido de ese armamento. De ahí que, al contrario que en Ucrania, donde la idea siempre ha sido luchar hasta poder negociar en posición de fuerza, la receta que propone Zelensky sea buscar un alto el fuego a la mayor brevedad. “Espero que la guerra no dure mucho, no solo porque me preocupa Ucrania, sino también porque cada vida humana perdida o destruida es una tragedia”, escribió el presidente ucraniano para añadir que “si no se negocia una paz duradera o un alto el fuego durante los primeros días del conflicto, existe un gran riesgo de que se prolongue”.

El consejo de Ucrania, totalmente interesado por su profunda preocupación por la población civil y, sobre todo, por seguir obteniendo armas con las que sostener su guerra, procede de la experiencia. Desde hace doce años, Ucrania es el mejor ejemplo de cómo es más sencillo iniciar una guerra que terminarla. Los ejemplos recientes son ilustrativos. Durante un año, Rusia y Ucrania negocian con Estados Unidos unos términos de paz que siguen sin estar cerca de conseguir el objetivo. Las partes siguen aferrándose a su fuerza –su ejército en el caso de Rusia y, en el de Ucrania, el apoyo de sus socios occidentales, que garantizan el suministro continuo de armamento y financiación con las que sostener el Estado y las Fuerzas Armadas- para exigir concesiones que hacen inviable un acuerdo. La guerra ha llegado a un punto de enfrentamiento que sería precisa una mediación competente capaz de romper el bloqueo y buscar unas soluciones creativas que ni Steve Witkoff ni Jared Kushner van a encontrar. Sin embargo, esta guerra ha contado con momentos en los que la paz ha sido posible y Ucrania ha optado por el statu quo en busca de una posición más favorable para negociar en sus términos.

En 2022, ni Ucrania ni sus aliados fomentaron un acuerdo en un momento en el que el entendimiento era posible, Rusia ofrecía una paz dura, pero en unos términos más asequibles para la población civil y que habrían evitado el endurecimiento del conflicto y gran parte de la muerte y destrucción que se han producido desde entonces. La neutralidad y reducción de sus fuerzas a cambio de garantías de seguridad de sus aliados y su enemigo y recuperar todo el territorio perdido a excepción de Crimea y Donbass no fueron suficientes y Ucrania eligió continuar la guerra. Desde entonces, su posición ha mejorado en términos de seguridad, ya que Estados Unidos está ahora dispuesto a ofrecer las garantías de seguridad que Biden le negó a Kiev en 2022, pero en peores condiciones en materia territorial, económica y social. Cuando se mira atrás a ese momento en el que la paz fue posible, no hay arrepentimiento por parte de Ucrania, que sigue considerando correcta la decisión de optar por prolongar la guerra en busca de un mejor resultado a riesgo de aumentar el sufrimiento de la población.

Mucho antes, durante siete años, Ucrania optó por una postura similar. En la primavera de 2014, el Gobierno Turchinov-Yatseniuk inventó una operación antiterrorista para justificar el uso del ejército en territorio nacional y utilizar la vía militar para solucionar un problema político. El Gobierno de Poroshenko se vio obligado a firmar los dos acuerdos de Minsk, bajo presión militar y con el apoyo de Angela Merkel, que negoció para Ucrania un acuerdo que, pese a la propaganda que lo presentó como la paz del vencedor, era perfectamente asumible. Según esa hoja de ruta, Ucrania recuperaría el control de Donbass a cambio de unas concesiones políticas y económicas a los territorios bajo control de las Repúblicas Populares. Como han admitido abiertamente el Gobierno de Zelensky y Petro Poroshenko, Kiev nunca se planteó implementar ese acuerdo. La paz por medio del compromiso tampoco fue una opción para Ucrania durante los años de Minsk. Como en lo referente a 2022, tampoco en este caso hay arrepentimiento por la oportunidad perdida. También entonces, la guerra era una opción preferible a una paz que le devolviera todo el territorio perdido, aunque no cerrar ese conflicto abriera la puerta a una guerra como la actual.

Pero incluso antes del estallido de la guerra, otro proceso de negociación debió hacer posible la paz. En abril de 2014, antes de que en abril de 2014 Ucrania optara por la guerra, Estados Unidos, la Unión Europea, Ucrania y Rusia negociaban en Ginebra un proceso de diálogo con el que rebajar tensiones y desescalar una situación que amenazaba con hacer estallar la guerra civil. Ese conflicto comenzó cuando, en lugar del diálogo inclusivo pactado en Ginebra, el Gobierno ucraniano nacido de Maidan creyó encontrarse de nuevo en el escenario Crimea –pese a que las diferencias eran evidentes y no había ningún argumento para defender que Rusia aspiraba a anexionarse Donbass- y optó por la vía militar, punto de inflexión del que Ucrania no ha sabido regresar. En los doce años posteriores, no ha habido en ningún momento un gesto de lamento por la oportunidad perdida. La guerra siempre fue una opción preferible a una paz que no devolviera a Ucrania todo su territorio. El mundo libre siempre ha apoyado esa decisión.

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