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Economía, Energia, Estados Unidos, Rusia, Sanciones, Ucrania

Alianza de sanciones

“La economía rusa se encuentra sin duda bajo asedio”, afirmó la semana pasada el siempre beligerante senador Lindsey Graham, uno de los principales impulsores de la guerra hasta el final y entusiasta de seguir luchando “hasta el último ucraniano”. Optimista, Graham añadió que espera “que el Congreso apruebe el proyecto de ley de sanciones a Rusia en el que llevo trabajando con el senador Blumenthal desde hace más de un año, que permitiría al presidente imponer sanciones y aranceles a los países que compran petróleo ruso barato, lo que contribuye a financiar la maquinaria bélica de Putin”. Cualquier momento es bueno para ejercer de lobista de sanciones con las que minar la economía rusa, favoreciendo la reducción de ingresos necesarios para el mantenimiento de la guerra y también eliminando cota de mercado de un competidor del crudo estadounidense, principal argumento por el que Donald Trump impuso el año pasado sanciones contra Rosneft y Lukoil, las dos principales petroleras rusas. “Esta legislación tiene una vigencia de tres años y está vinculada al conflicto entre Rusia y Ucrania en lo que respecta a la potestad arancelaria”, añadió Graham, frustrado al no haber conseguido luz verde de Donald Trump para aprobar esta legislación, de la que afirma que supondría una herramienta económica indispensable al servicio del presidente “para empujar a Putin a la mesa de negociación”. La idea de que solo más presión militar y económica puede obligar a Vladimir Putin a sentarse a negociar choca con el hecho de que se hayan producido contactos con Estados Unidos durante un año y que esté gestionándose ya la siguiente ronda de diálogo directo con Ucrania tras la reciente reunión.  

La deriva de las posiciones políticas ha provocado que Lindsey Graham, hace no tanto considerado un radical obsesionado con la guerra –cualquier guerra-, se haya convertido en un aliado con el que Úrsula von der Leyen se fotografía sonriente y se reúne para constatar posturas que han resultado ser idénticas. Para todos ellos, negociación no es sinónimo de diálogo entre bloques o países enfrentados, sino que implica obligar al oponente a aceptar unos términos que no tiene derecho a cuestionar. Efectivamente, el tipo de negociación a la que aspira Kaja Kallas, a quien le gustaría imponer un ultimátum similar al que Trump ha sometido a Irán -destrucción de su disuasión y renuncia a la política exterior- solo puede producirse con una Rusia derrotada militar y/o económicamente. Para quienes creen tener en sus manos la herramienta capaz de cambiar mágicamente el desarrollo de la guerra, el hecho de que Rusia se encuentre en una posición más saneada que Ucrania en ambos aspectos es un detalle menor que no debe modificar el discurso ni el plan de tratar de prolongar la guerra hasta conseguir una resolución política que no implique la derrota estratégica que supondría tener que readmitir a la Federación Rusa como un país más en las relaciones económicas y comerciales de Occidente. 

Con una postura que cada vez deja más claras las intenciones obstruccionistas, a ambos lados del Atlántico se ha creado un discurso que da por hecho que Rusia pierde tiempo y, por lo tanto, no negocia realmente. La semana pasada, con un discurso que en ningún momento buscaba reflejar el desarrollo de las negociaciones, los medios y autoridades políticas intentaron sentenciar el fracaso de las negociaciones culpando a Vladimir Medinsky, que habría llegado a Ginebra para sabotear las negociaciones a base de pronunciar una lección de historia revisionista. El argumento comenzó a aparecer en los medios antes de las jornadas de negociación y se mantuvo una vez finalizadas, sin excesivos resultados –como era de esperar en un conflicto que se prolonga durante años y que no puede resolverse en tres reuniones-, pero con la sorpresa de ver a Medinsky regresar al hotel para reunirse inesperadamente con Arajamia y Umerov cuando la delegación rusa ya se dirigía al aeropuerto. Una reunión directa entre las cabezas de las delegaciones sin necesidad de mediación no fue suficiente para hacer desaparecer la imagen del enviado ruso perdiendo el tiempo de sus interlocutores dando lecciones históricas.  

En este sentido, es significativa la respuesta que Kirilo Budanov, poco sospechoso de tener simpatías prorrusas, a la pregunta de una periodista ucraniana. “Le pregunté a Budanov si Medinsky había vuelto a dar conferencias históricas durante las negociaciones”, escribió Kristina Berdynskyj, que posteriormente publicaba las palabras del jefe de la Oficina del Presidente de Ucrania. “No. Solo hubo un ejemplo histórico, bastante interesante. Fue breve, tomó unos minutos”, respondió Budanov, rompiendo completamente con un discurso con el que el establishment europeo ha querido justificar su pretensión de incrementar las sanciones alegando que, en realidad, Rusia no está negociando.   

Diecinueve paquetes de sanciones de la Unión Europea, incluida la desconexión del sistema internacional de pago SWIFT, son la constatación de que el arma económica no ha logrado doblegar a Rusia, que ha sufrido consecuencias, pero que ha mantenido su capacidad industrial y sigue siendo capaz de suministrar por sí misma todo aquello que precisa su ejército. La esperanza es lo último que se pierde y las autoridades europeas siguen buscando aliados al otro lado del Atlántico para lograr que Estados Unidos imponga aquellas medidas que la UE no tiene la capacidad de decretar y con las que esperan lograr ahora lo que no han conseguido en estos últimos cuatro años.  

En línea con la postura que ha mantenido en las negociaciones, la postura de Estados Uniudos es menos beligerante también en el frente de las sanciones. Como destacaba ayer el periodista Andrew Desiderio, el pesimismo se ha instalado en el ala Demócrata del Congreso, que ha comenzado a desmarcarse del proyecto bipartidista de sanciones secundarias en forma de aranceles a los clientes del petróleo ruso. Esas sanciones, dirigidas fundamentalmente contra China, India y Brasil han sido la medida estrella con la que Lindsey Graham ha querido castigar a Rusia y minar su capacidad económica de continuar la guerra para forzar a Moscú a negociar tal y como desearían Kaja Kallas o Úrsula von der Leyen, obligada a aceptar los términos que se le presentaran.  

«Un destacado senador demócrata afirma que las sanciones a Rusia, estancadas desde hace tiempo, ya no son la herramienta más «eficaz» para presionar a Moscú a que ponga fin a su agresión contra Ucrania, y pide a los legisladores que aprueben en su lugar una ley que tome medidas drásticas contra la denominada «flota fantasma» de Rusia”, escribe el periodista estadounidense, que muestra que prácticamente se da por hecho el fracaso de la medida de Graham y Blumenthal en favor de medidas diferentes que ahora son presentadas como más efectivas, fundamentalmente para no admitir que el Congreso no ha logrado aprobar una medida que parecía sencilla de aprobar.  

“El cambio de postura de la senadora Jeanne Shaheen (Nuevo Hampshire), máxima representante demócrata en la Comisión de Relaciones Exteriores, supone una especie de ruptura con los altos cargos ucranianos. Esto se produce en un momento en el que los legisladores han tenido dificultades para alcanzar un acuerdo para aprobar una ley de sanciones que en su día contó con 85 copatrocinadores, pero que desde entonces ha sido revisada al gusto de la Casa Blanca. De hecho, creo que en este momento hay formas más eficaces de afectar a la economía rusa», nos dijo Shaheen el martes, al presentar su Ley de Sanciones a la flota fantasma, que fue aprobada por el comité por 20 votos a favor y 2 en contra”, añade el artículo. El cambio es relevante teniendo en cuenta que la medida de Graham y Blumenthal buscaba causar la ruptura de las relaciones económicas de Rusia y sus principales clientes por medio de una amenaza única, mientras que la propuesta actual estaría más dirigida a expulsar del mercado del petróleo a la Federación Rusa a base de una intervención directa. Estados Unidos tendría que actuar como el brazo ejecutor de esta legislación en los mares mucho más allá de sus fronteras, una opción difícilmente realizable y que implicaría un serio riesgo de choque directo entre Estados Unidos –o sus aliados de la OTAN- y Rusia. No puede extrañar que esta iniciativa parta del Partido Demócrata, cuya postura es mucho más cercana que la del Partido Republicano a los puntos de vista de los países europeos, que estarían encantados de ver el acoso estadounidense a cada petrolero ruso que navegara por cualquier mar del planeta. Entre otras cosas porque medidas como esta contribuirían seriamente a que Rusia rechazara una negociación bajo presión militar a su economía.  

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