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La solución a todos los problemas: maś armas

Como principal proyecto geopolítico y de seguridad de las potencias europeas, la guerra de Ucrania ha sido, junto al debate sobre el estado del orden internacional y sus alianzas, uno de los dos temas principales de la Conferencia de Seguridad de Múnich. Pero si para Estados Unidos es únicamente una referencia colateral en su discurso de paz por medio de la fuerza, esa que incluye el secuestro, la coerción, la amenaza y las sancione además del uso tradicional del potencial militar, para los países europeos supone volver a poner a Ucrania en el centro de la agenda política, ha sido uno de los principales objetivos. La narrativa utilizada puede reducirse a cuatro puntos básicos: insistir en la necesidad de luchar hasta que Ucrania pueda negociar en posición de fuerza, endurecer las exigencias de negociación a Rusia, dar a Kiev el armamento que necesita “para vencer” y exigir ser parte fundamental de la mesa de negociación. 

El último punto es especialmente importante, ya que ha mostrado estos días una importante distancia entre la percepción europea y la realidad. Hoy se reúne por tercera ocasión la mesa que finalmente ha conseguido poner a Rusia y Ucrania en una misma sala para negociar, bajo la mediación de Steve Witkoff y Jared Kushner, cuestiones militares y, por primera vez desde el inicio de este formato, también políticas. Así lo indicaba el anuncio de la presencia de Vladimir Medinsky, que se sumaría al plantel militar y de inteligencia que había acudido en dos ocasiones a Abu Dabi, y así lo confirmó ayer Dmitry Peskov. La reunión de esta semana es, por lo tanto, especialmente importante a la hora de determinar si este proceso de negociación tiene posibilidades de prosperar.  

En este contexto, las declaraciones de miembros de la Unión Europea o personalidades políticas estadounidenses sobre la necesidad de exigir concesiones que distan mucho de ser realistas o demandas de escalar nuevamente la guerra resultan llamativas. Desde el punto de vista estadounidense, Lindsey Graham y Hillary Clinton han propuesto enviar a Ucrania grandes cantidades de Tomahawks con los que destruir la economía rusa, “rota”, según Kaja Kallas, que ha abogado por condiciones de paz como la reducción del ejército ruso. Absolutamente fuera de toda realidad en cualquier momento, la propuesta es aún más fantástica teniendo en cuenta que los países europeos prevén mantener un ejército ucraniano en su tamaño de guerra –y aún más armado- y dan por hecha la presencia de tropas de Estados miembros de la OTAN sobre el terreno. Con propuestas de paz o de negociación que se asemejan más a un intento de sabotear el único proceso diplomático existente, el discurso europeo se centra en mostrar a Estados Unidos su importancia como aliado. ¿Quién si no va a seguir adquiriendo a Estados Unidos armas para enviar a la guerra?  

Menos comentada que los discursos de Kallas y Rubio, la intervención del ministro de Asuntos Exteriores de China introdujo un matiz que los países europeos han preferido ignorar. “Europa no debería observar esto desde la barrera. Justo aquí en Múnich el año pasado, cuando comenzaron las negociaciones con Rusia, Europa parecía estar observando desde la barrera. Y dije entonces que, dado que el conflicto estalló aquí en Europa, Europa tiene todo el derecho a participar en las negociaciones a su debido tiempo. Dije que Europa no debería estar en el menú, sino en la mesa. Ahora vemos que Europa ha encontrado el coraje para dialogar con Rusia. Esto es positivo y lo apoyamos”, afirmó Wang Yi, reprochando la tardanza con la que los países europeos se han interesado por las negociaciones y posiblemente otorgando demasiado crédito al interés continental por dialogar realmente con Moscú. “Si enviamos a un representante de la Unión Europea al Kremlin ahora, volverá humillado y debilitará a Ucrania”, afirmó ayer el ministro de Asuntos Exteriores de Estonia, dejando claro que el interés de la UE no es dialogar, sino dar órdenes, posiblemente el motivo por el que Estados Unidos ha excluido explícitamente a los aliados continentales de Ucrania del actual proceso de negociación.  

Es evidente que, un año después del inicio de la apertura diplomática estadounidense a Rusia, varios dirigentes europeos comienzan a ver como un problema que Estados Unidos negocie por ellos y trate de imponer, por ejemplo, una fecha de entrada de Ucrania en la Unión Europea. Sin embargo, el arrepentimiento mostrado por los países europeos sobre los motivos por los que han quedado al margen de la negociación sigue siendo inexistente y Bruselas aspira a reintroducirse en el proceso diplomático como si este aún no hubiera comenzado y se estuvieran planteando las posiciones de partida. El único pesar que parece molestar a las autoridades europeas es no haber hecho más por Ucrania en términos militares.  

El fin de semana en Múnich ha introducido un nuevo argumento en defensa de la vía militar como única capaz de resolver el conflicto. Primero el exsecretario general de la OTAN y posteriormente el propio Zelensky han utilizado estos días el mismo discurso. “El gran error fue no brindar antes más apoyo a Ucrania. Deberíamos haber empezado en 2014. Si hubiéramos hecho eso, creo que los ucranianos hoy controlarían más de su territorio, y tal vez incluso habríamos podido evitar la invasión a gran escala si los hubiéramos armado y entrenado en los años entre 2014 y la invasión de 2022”, afirmó Jens Stoltenberg, al mando de la Alianza en los años de Maidan y de la guerra de Donbass. En exactamente la misma línea, el presidente ucraniano escribió en las redes sociales que “es un grave error permitir que el agresor se apodere de algo. Fue un grave error desde el principio, desde 2014”. “Se cometieron muchos errores. Por eso, ahora no quiero ser el presidente que repita los errores de mis predecesores ni de otras personas. No me refiero solo a Ucrania. Me refiero a los líderes de diferentes países que permitieron que un país agresivo como Rusia entrara en su territorio. Porque no puedes detener a Putin con besos y flores. Yo nunca lo hice y por eso no creo que sea la manera correcta. Mi consejo para todos: no hagan eso con Putin. De lo contrario, habrá un primer paso: en cinco años, reconstruirá su ejército, aumentará el número de soldados y su ejército estará bien entrenado. Porque ha perdido a mucha gente bien entrenada”, añadió con una nada sutil forma de exigir el uso de la fuerza militar para derrotar a Rusia, una postura curiosa teniendo en cuenta que Ucrania lleva prácticamente un año afirmando estar dispuesta a buscar un acuerdo de paz por la vía diplomática.  

La recuperación del argumento de 2014 para defender actualmente –en plena negociación de paz- la vía de aumentar el suministro de armas para que Ucrania pueda derrotar a Rusia en el frente, un objetivo que en 2023 pudo comprobarse que no era realista, no es nuevo. Uno de sus principales exponentes ha sido la ganadora del premio Nobel de la Paz Oleksandra Matviichuk, que se ha jactado repetidamente de haber comprendido desde el principio que la respuesta eran las armas. Como ella misma publicó en las redes sociales, fue en el primer verano de la guerra de Donbass cuando personalmente pidió a Joe Biden, entonces vicepresidente de Barack Obama, que Estados Unidos enviara armas para la guerra de Donbass.  

En aquel momento, el escenario militar se conocía como operación antiterrorista, un artificio inventado por el Gobierno de Yatseniuk-Turchinov para justificar el uso del ejército en territorio nacional. Tratando de evitar un nuevo escenario como el de Crimea –aunque en ningún momento hubo intención ni posibilidad de Rusia de repetir en Donbass lo realizado en la península del mar Negro-, Ucrania trató de resolver por la vía militar un problema político. Iniciar aquella guerra en lugar de realizar el diálogo inclusivo que se había acordado en el primer formato de negociación de este conflicto, el de Ginebra, en el que participaron Ucrania, Rusia, Estados Unidos y la Unión Europea, dio lugar a la cronificación de la guerra de Donbass, imposible de detener ante la negativa de Kiev a implementar los puntos políticos del único acuerdo de paz que se ha firmado durante estos doce años de conflicto militar. Ucrania, que siempre soñó con lo que calificaba de opción Krajina, una operación relámpago con la que recuperar el territorio perdido de Donbass sin las concesiones políticas y económicas que implicaban los acuerdos de Minsk, nunca pensó que la ofensiva pudiera llegar en la dirección opuesta y prefirió arriesgarse a esa posibilidad en lugar de cumplir con los compromisos adquiridos en la capital bielorrusa hace ahora exactamente once años.  

Ucrania no perdió más territorios, como alega Stoltenberg, porque en 2014 Occidente no comenzó a enviar armas al ejército ucraniano, por aquel entonces reticente a disparar contra su propia población. Para solventar ese problema, Arsen Avakov y Anton Gerashenko, hoy un comentarista ampliamente citado por los medios, idearon la introducción de los sectores más radicales y movilizados del nacionalismo ucraniano a la guerra como batallones voluntarios. Hoy, uno de los lideres que acudió a la reunión en la que gestionó todo, el fúhrer blanco Andriy Biletsky, es general de brigada y dispone de un ejército privado. El otro, Dmitro Korchinsky, dispone de una unidad que durante años ha sido conocida como el talibán cristiano y es parte integral de las fuerzas especiales de la inteligencia militar de Ucrania.  Ucrania se enfrentaba entonces a una milicia apoyada desde Rusia, pero formada fundamentalmente por reclutas locales, una parte importante de la policía y otros cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, que habían desertado a las Repúblicas Populares y miles de voluntarios, muchos de ellos llegados de Rusia, pero también de otras regiones ucranianas. Kiev condenó a la población al aislamiento imponiendo un bloqueo de transporte que posteriormente se amplió al servicio bancario y que cesó los pagos de pensiones y prestaciones sociales a la población de la RPD y la RPL.  

Ucrania perdió ese territorio y especialmente a esa población, no por ausencia de armas o por la no intervención de los países occidentales, sino precisamente por lo contrario, por su capacidad de alienar completamente a una región que había rechazado un cambio irregular de Gobierno y exigía unos derechos básicos. Sin embargo, aquellas protestas inicialmente políticas y posteriormente militares, respondidas por Kiev con el envío de blindados y grupos de extrema derecha que dispararon a bocajarro a la población en Mariupol el 9 de mayo de 2014, son actualmente calificadas de invasión rusa y la solución era entonces, como lo es ahora y lo fue durante los años del proceso de Minsk, el envío de más armas.  

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