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Economía, Energia, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

El petróleo: herramienta de lucro y de presión

Donald Trump llegó al poder hace ahora un año con la promesa de poner fin a la guerra de Ucrania, algo que consideraba una misión sencilla que solo él podía conseguir. A lo largo de los doce meses que lleva al mando, el actual presidente ha querido insistir siempre que ha podido en su percepción de que esta guerra jamás habría ocurrido bajo su control. Vladimir Putin, argumenta, vio la debilidad de Joe Biden y decidió iniciar una guerra que Donald Trump no recuerda que procede de 2014. Y aunque se jacta de haber sido el primero en enviar misiles antitanque Javelin a Ucrania, ha olvidado que, pese a intentarlo, no fue capaz de resolver el conflicto de Donbass, sin el que la actual guerra no puede entenderse. Sin conocimiento del conflicto y armado únicamente con su autopercepción de ser el mejor en el arte de hacer tratos, Donald Trump se embarcó en una tarea que sigue insistiendo en que finalizará pronto.

Desde hace varios meses, cada contacto termina con un comunicado optimista en el que se anuncian avances tangibles hacia la resolución. Estados Unidos ha confirmado ya que su documento de garantías de seguridad está listo para su firma una vez que Kiev alcance un acuerdo de paz con Rusia y a juzgar por la actitud de Kiril Dmitriev, principal enviado ruso para las negociaciones con Steve Witkoff, la segunda negociación bilateral parece también relativamente avanzada. Dmitriev, jefe del Fondo Ruso de Inversiones Directas es una figura puramente económica y que no representa al Ministerio de Asuntos Exteriores sino directamente a Vladimir Putin, además de a sí mismo. Su objetivo es claro y pasa por la recuperación de la relación comercial entre Moscú y Washington. Su labor es, de esa forma, mucho más sencilla que la de la delegación que acudirá el miércoles a tratar cuestiones militares, de seguridad y, quizá territoriales con el equipo ucraniano. Esa diferencia explica la tranquilidad con la que Dmitriev publica vídeos haciendo surf en Miami tras sus encuentros con Witkoff o se mofa de la incapacidad de la diplomacia europea, mientras que Yuri Ushakov, asesor de política exterior de Vladimir Putin, o Sergey Lavrov, ministro de Asuntos Exteriores, se preguntan públicamente a qué tipo de acuerdo se refiere Estados Unidos cuando habla de que ya solo queda una única cuestión que pactar, el aspecto territorial.  

La cuestión económica, que Washington quiere resolver en un doble acuerdo bilateral Estados Unidos-Ucrania y Estados Unidos-Rusia, es básica, ya que el trumpismo ha hecho de ganar dinero un elemento central de sus relaciones internacionales. Con el acuerdo de minerales firmado el año pasado, Estados Unidos se reserva un lugar privilegiado para la explotación de las materias primas ucranianas, un beneficio del que pronto comenzará a disfrutar el consorcio liderado por un hombre muy cercano al establishment Republicano y al trumpismo, Ronald Lauder. Trump ha garantizado también enormes ingresos para el complejo militar industrial estadounidense gracias al esquema de adquisición de armas para Ucrania. Los países europeos ponen la financiación y Estados Unidos entrega las armas, algo que no terminará con el alto el fuego, sino que previsiblemente se prolongará durante la paz armada que los aliados continentales de Kiev preparan para el día después. Hace unos días, la Unión Europea prohibió definitivamente la importación del gas ruso, una medida que solo oficializa lo que ya está produciéndose, el abandono progresivo de la materia prima en favor de la estadounidense, una nueva fuente de financiación para Washington, que lidera con absoluta claridad la carrera por beneficiarse del inmenso sufrimiento humano que es la guerra de Ucrania.

Sin saber muy bien qué hacer para conseguir que las partes acepten un acuerdo que les haría cruzar sus líneas más rojas –la concesión de territorio en el caso de Ucrania y la aceptación de que el país será una herramienta militar contra Moscú con presencia de ejércitos europeos miembros de la OTAN para Rusia-, Estados Unidos ha intentado utilizar la oferta de incentivos. En el caso de Kiev, el deseo ucraniano era claro y no ha sido especialmente difícil de cumplir. Al contrario que Joe Biden, Donald Trump está dispuesto a ofrecer a Ucrania garantías de seguridad. El documento está listo, pero queda conocer si existe una única interpretación de su letra y espíritu o se rep o se repite la situación de los acuerdos de Minsk, en los que el Gobierno ucraniano entendió algo muy diferente a lo que estaba reflejado en el texto que había firmado. A juzgar por la insistencia de Zelensky de que sea ratificado por el Congreso y vincule así a Estados Unidos y no solo a la administración Trump, Kiev precisa de un mecanismo más de seguridad, signo de que su confianza pública en que el tratado obligaría a Washington a defender a Ucrania en caso de una nueva invasión es solo la versión optimista que presentará a la población.

Para sorpresa de Trump, acostumbrado a unas negociaciones en las que es siempre la parte incuestionablemente más fuerte y capaz de imponer sus condiciones, los alicientes en forma de retorno de las empresas estadounidenses al sector de la explotación petrolera en Rusia no fueron suficientes para animar a Vladimir Putin a ceder en Ucrania y aceptar un acuerdo que no solucionaba ninguno de los aspectos fundamentales de la guerra. Agotado rápidamente el incentivo, Trump buscó maximizar las amenazas. Desde la tribuna de la Asamblea General de Naciones Unidas, el  presidente de Estados Unidos dio orden a los países europeos de dejar de adquirir petróleo ruso. Poco antes, había impuesto aranceles prohibitivos a India a causa de su cooperación energética con Moscú. Como ha explicado repetidamente el economista Adam Tooze, India simplemente se aprovechó del sistema de tope de precios ideado por los países europeos para obligar a Rusia a vender su petróleo fuera del mercado occidental y con grandes descuentos. Beneficiar a India, eslabón más débil de los BRICS por su cercanía a Estados Unidos y Europa, era el segundo objetivo, del que la oligarquía india se ha beneficiado enormemente y gracias al cual el país ha obtenido petróleo muy por debajo de su precio de mercado. La medida de Trump deshacía de un plumazo el intento europeo y de la administración Biden de beneficiar y fortalecer a India frente a China, pero solo era el primer paso.

La actuación del trumpismo en relación con el mercado del petróleo, que aspira a monopolizar directamente o por medio de proxis y en el que espera imponer sus normas por encima de cualquier opinión disidente, desmonta claramente la teoría del reparto del mundo, esa según la cual Washington pretende dominar el continente americano para dejar Asia y Europa a merced de China y Rusia. Estados Unidos sigue trabajando para cerrar mercados al petróleo ruso, ha sugerido que las sanciones no se levantarán incluso en caso de paz y ha sentado el precedente de la captura del Marinera, que navegaba bajo bandera rusa, para que otros países como Francia comiencen a abordar buques de la flota fantasma petrolera rusa. Y ahora que la captura de Nicolás Maduro y el secuestro de la política económica de Venezuela le permite decidir dónde puede venderse ese crudo, a qué precio y apropiarse de una parte de los beneficios, Donald Trump pretende también utilizar esa herramienta para debilitar a un rival directo en un mercado cuyo control considera esencial.

La última medida con la que Donald Trump aspira a acelerar el final de la guerra de Ucrania no es una negociación ni la búsqueda de soluciones creativas para lograr que Kiev acepte la solución territorial que se le ofrece y que Estados Unidos afirma que es la única cuestión por resolver, sino el uso de la herramienta económica, concretamente el petróleo, para ahogar un poco más a Rusia. El fin de semana pasado, varios medios anunciaron que India negociaba, evidentemente no con Caracas, la compra de crudo venezolano para sustituir al ruso. Ayer, tras una conversación telefónica con Narendra Modi, Donald Trump anunció en su red social personal que reducirá al 18% los aranceles a los productos indios, ya que Nueva Delhi ha aceptado sus exigencias para “dejar de comprar petróleo ruso y comprar mucho más a Estados Unidos y, potencialmente, a Venezuela. Esto ayudará a PONER FIN A LA GUERRA en Ucrania, que está teniendo lugar en este momento, ¡con miles de personas muriendo cada semana!”. Aunque no hay confirmación por parte de India y China sigue siendo el principal cliente del comercio ruso, este paso es un intento más de minar la economía rusa para hacer imposible que Moscú pueda seguir resistiéndose al trato que Estados Unidos le propone y del que realmente aún no conoce siquiera los términos. Aunque la sonrisa de Dmitriev cada vez que se reúne con Steve Witkoff pretenda que todo va bien y la negociación para normalizar las relaciones progresa adecuadamente.

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