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Economía, Ejército Ucraniano, Energia, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Treguas y apagones

“El ejército de Putin está de rodillas”, afirma un artículo publicado esta semana por The Telegraph, uno de los medios más implicados en la causa ucraniana, que ve que “un Putin desesperado se acerca al final”. Su diagnóstico es claro, el esfuerzo militar ruso se encuentra al borde del colapso, por lo que “Ucrania debería negociar desde una posición de fuerza, no bailar como el oso para complacer a Washington”. Completamente apartados del proceso de negociación liderado por Estados Unidos y que recientemente ha comenzado su fase bilateral de contactos directos entre Rusia y Ucrania, los países europeos han perdido el poco protagonismo que Washington había reservado para ellos en el proceso diplomático. Estados Unidos espera que las capitales europeas costeen gran la misión armada que –con ayuda externa de Washington- vigile el futuro alto el fuego y se hagan cargo de las partes menos lucrativas de la reconstrucción, pero, por el momento, prefiere mantener a sus aliados continentales lejos de la mesa de negociaciones.

De esa forma, el trumpismo ha anulado la capacidad europea de condicionar el desarrollo de la diplomacia, una necesidad que se basa en opiniones como la mostrada por el artículo británico y que la administración estadounidense considera una muestra de deseos, no una representación de la realidad. Sin embargo, el sueño de poder poner a Rusia entre la espada y la pared no ha desaparecido en el establishment europeo, que intenta convencerse a sí mismo de que sus planteamientos anteriores al fracaso de la contraofensiva terrestre siguen vigentes y que solo con un esfuerzo más será posible obligar a Moscú a acatar las condiciones de capitulación que Zelensky pretendía imponer con su Fórmula de Paz y Plan de Victoria.  

En el plano terrenal, la situación es diferente a la planteada por el diario británico. “La caída del puesto de mando a finales de diciembre”, afirma The New York Times, que cita a su fuente, el “capitán Filatov, quien afirmó haberla seguido a través de las comunicaciones por radio”, en un amplio reportaje sobre el frente de Zaporozhie en el que comenta que, “tras cuatros años de guerra agotadora”, “exhausta por los ataques rusos a lo largo de una línea del frente de 700 millas, Ucrania carece de tropas suficientes para defender todos los sectores por igual, lo que crea brechas por las que las fuerzas de Moscú pueden avanzar más fácilmente”. El reportaje presenta una situación de un frente excesivamente extenso y en el que Rusia está siendo capaz de encontrar y explotar los agujeros existentes a causa de las bajas y la incapacidad ucraniana de reponer sus filas para sustituir a los soldados caídos o exhaustos. Escrito desde un punto de vista manifiestamente proucraniano y dando por buena la excusa de que fue la niebla la que facilito la entrada de las tropas rusas en Guliaipole, el medio no explica por qué Ucrania no ha sido capaz de deshacer esos avances enemigos y admite que Rusia controla la mitad de la ciudad, una afirmación optimista teniendo en cuenta que, incluso según DeepState, las tropas ucranianas han perdido, no solo la ciudad, sino parte de sus alrededores. Aunque el artículo insiste en que Ucrania no corre peligro de sufrir un colapso general de esa zona del frente, el pesimismo de los soldados sobre el terreno es patente. Rusia avanza de forma extremadamente lenta, pero, al contrario que Ucrania, no pierde territorio, sino que lo obtiene a base de aprovecharse de las debilidades de su enemigo.  

Algo similar ocurre en la retaguardia, donde la capacidad rusa de atacar infraestructuras críticas ha aumentado notablemente, como puede observarse estos días con la dramática situación que vive una parte importante de la población ucraniana. Casi cuatro años después de que el entonces portavoz del Gobierno de Zelensky, Oleksiy Arestovich, afirmara por primera vez que los arsenales rusos estaban a punto de quedarse sin misiles, los ataques aéreos han causado una catástrofe humanitaria en la capital ucraniana. Los drones y misiles rusos causan actualmente unos daños que no habían logrado hasta ahora, una situación a la que Ucrania puede responder únicamente con propaganda. Hace unos días, con el habitual estilo de anunciar futuras armas milagrosas, Mijailo Fedorov, nuevo ministro de Defensa, prometía que la situación cambiará pronto gracias al desarrollo de un sistema antiaéreo propio que está Ucrania preparando, un deseo que recuerda a las grandes expectativas que Kiev creó en verano sobre sus misiles Flamingo, más potentes y con mayor rango que los Tomahawk estadounidense que, por algún motivo, seguía exigiendo como una necesidad objetiva. La producción en serie de esas armas milagrosas ofensivas no se ha producido nunca y todo indica que las armas milagrosas defensivas que promete Fedorov seguirán el mismo camino, con promesas de futuro y exigencias inmediatas.  

El principal problema de Ucrania actualmente se encuentra en su capital, lugar en el que esta semana se produce una tregua parcial que teóricamente dará algo de tiempo a las autoridades para tratar de reparar al menos en parte sus infraestructuras para recuperar los daños causados por los anteriores bombardeos. Como se ha convertido en norma, Zelensky ha querido buscar rápidamente a los culpables. “Imagínense esto: sé que hay misiles balísticos apuntando contra nuestra infraestructura energética, sé que están desplegados los sistemas Patriot y sé que no habrá electricidad, porque no hay misiles para interceptarlos”, comentó el presidente ucraniano el viernes por la noche, cuando el desastre era solo cuestión de tiempo. Sin el más mínimo pudor a criticar a los países que hacen posible que su ejército pueda seguir luchando, Zelensky les reprochó que “el tramo correspondiente a la iniciativa Purl [Lista de necesidades prioritarias de Ucrania] no se pagó. Los misiles no llegaron”. Ucrania obtiene armas únicamente si los países europeos las adquieren comercialmente en Estados Unidos.  

Ayer, a pesar de dos días sin ataques, la situación era extrema. “Hoy a las 10:42, se produjo una falla tecnológica con la desconexión simultánea de la línea de 400 kV entre los sistemas eléctricos de Rumania y Moldavia, y la línea de 750 kV entre las partes occidental y central de Ucrania. Esto provocó una interrupción en cascada de la red eléctrica de Ucrania y la activación de los sistemas de protección automática en las subestaciones. Las unidades de potencia de las centrales nucleares se descargaron (reduciendo la producción). Actualmente, en las regiones de la ciudad de Kiev, región de Kiev, Zhytomyr y Kharkiv, el despachador ha implementado horarios especiales de interrupciones de emergencia. Los trabajadores de energía de Ukrenergo trabajan para restablecer el suministro eléctrico. Se espera que se restablezca en las próximas horas”, notificaba por la mañana la empresa pública encargada del suministro eléctrico, que esperaba poder reparar los daños a lo largo del día.  

“Y así sucedió. Nuestro sistema energético pendía de un hilo y ahora ya no existe. Ucrania se encuentra en un apagón masivo”, comentó la líder y diputada del partido nacional-liberal Holos Kira Rudik, cuyo análisis es habitual en medios occidentales, especialmente británicos, a pesar de su radicalidad. “Que negocien con Rusia los misiles”, escribió en las redes sociales en noviembre de 2024, días después de la victoria electoral de Donald Trump, cuando se realizaba un último esfuerzo para conseguir que Joe Biden aprovechara sus últimas semanas en la presidencia para ofrecer a Ucrania misiles de largo alcance con los que aplicar la versión de Zelensky de la estrategia de Nixon en Vietnam en 1972.  

“El metro de Kiev no funciona debido al apagón. Tampoco hay agua ni calefacción en la ciudad. Este es el invierno más duro para Ucrania hasta la fecha. La gente muestra una resiliencia increíble, pero la situación es extremadamente difícil. Ucrania necesita más apoyo ahora”, escribió, la lobista María Andreeva, siempre sugiriendo la solución externa a la que Kiev se aferra en cada momento en el que la situación se complica. “La red eléctrica de Ucrania sufrió cortes masivos el sábado tras una falla técnica que provocó el fallo en las líneas eléctricas entre Moldavia, Rumanía y Ucrania, según informó el ministro de Energía ucraniano. El incidente se produce tras meses de campaña de Rusia contra la infraestructura crítica de Ucrania, que ha causado graves daños al sistema energético”, afirmaba Euronews para describir un apagón que afectó a los dos países vecinos, unidos aún por las infraestructuras de las que disponían cuando ambos territorios formaban parte de la Unión Soviética. Moldavia, que en ocasiones se ha mofado de la difícil situación de Transnistria a causa de la escasez de combustible debido al bloqueo energético que impone a la región separatista, es ahora víctima directa de una guerra en la que, como los países europeos, siempre ha defendido la lucha hasta la victoria final.  

Mientras los ataques continuaban en otras zonas del país, especialmente en la ciudad de Dnipro, de gran importancia logística para el esfuerzo militar ucraniano, la situación en Kiev empeoraba notablemente. “Más de un millón de residentes de la margen izquierda de Kiev siguen enfrentándose a las condiciones más adversas de la ciudad, y muchos viven sin electricidad ni calefacción durante las semanas más duras del año, mientras las temperaturas caen regularmente por debajo de los diez grados bajo cero”, añadía The Kiyv Independent. “Es importante recordar quiénes son las verdaderas víctimas de los ataques rusos a la infraestructura energética de Kiev: ucranianos desproporcionadamente pertenecientes a la clase trabajadora y en otros aspectos vulnerables, muchos de los cuales también se ven defraudados por los fallos en la respuesta de la ciudad”, precisaba Jared Goyette, uno de los periodistas del medio, que introducía un factor de clase que ha sido utilizado selectivamente a lo largo de esta guerra. Al fin y al cabo, esa población es también la más perjudicada por las exigencias del FMI de seguir aumentando las tarifas de luz y gas para la población, una demanda contra la que el Gobierno ucraniano ha elegido no luchar.  

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