Los países europeos están “financiando la guerra contra sí mismos”, afirmó la semana pasada en su aparición en el Foro de Davos el siempre sonriente Scott Bessent. Veterano de todo tipo de instituciones financieras y fondos del gran capital, entre ellos el de George Soros, considerado por el trumpismo el peor de los enemigos, el secretario del Tesoro de Estados Unidos no duda en usar su calmado tono para aleccionar tanto a aliados como a enemigos. Estados Unidos llegaba a Davos para mirar por encima del hombro al resto del mundo, orgulloso de su actuación en Venezuela, con su operación de secuestro del presidente Maduro, de la facilidad con la que había causado el desconcierto en los países europeos con la cuestión de Groenlandia y de la impunidad con la que sus fuerzas y cuerpos de seguridad imponen su ley en la frontera y en el resto de su territorio. Con la misma facilidad con la que oficiales como Kristi Noem o Stephen Miller califican de terroristas domésticos a las miles de personas que se manifiestan estos días contra las redadas de ICE en Minnesota, el equipo de política exterior de Trump ofende a los aliados despreciando su participación en guerras comunes o mofándose de no saber gestionar la actual.
Estados Unidos cuenta con una ventaja clara, la que le han dado los países europeos que, para garantizar mantener el apoyo logístico de Washington, no han dudado en dar a Donald Trump todo aquello que pedía. La lista es larga y no incluye únicamente aspectos materiales. Los países europeos se vieron obligados a adoptar el discurso de paz y a abandonar el de victoria cuando Washington impuso, sin necesidad de consensuarlo, el objetivo de lograr el final de la guerra. Para conseguir mantener el interés de Donald Trump en Ucrania, Kiev puso sobre la mesa su riqueza natural y los países europeos comenzaron a decir sí sin matices a prácticamente todo lo que exigía Estados Unidos: un acuerdo comercial en sus términos, compromiso de adquisición de más armas estadounidenses y un sistema en el que Washington obtendría beneficios de la venta del material que los países europeos enviarían a Ucrania. Las muestras de lealtad y vasallaje, que en lo político se han manifestado en forma de ausencia de condena de las flagrantes violaciones estadounidenses del derecho internacional en lugares como Irán o Venezuela, no ha reportado los beneficios esperados.
Los países europeos se han visto repetidamente excluidos de las mesas de negociación de la guerra y han tenido que utilizar la capacidad de veto que les otorga autonomía para de no levantar las sanciones y disponer en su territorio de gran parte de los activos rusos retenidos en Occidente. De esa forma, las capitales europeas han conseguido eliminar de la negociación el punto en el que se proponía utilizar para la reconstrucción de Ucrania 100.000 de los alrededor de 300.000 millones de dólares rusos. Europa puede cantar victoria al haber logrado que unos fondos que podrían haberse destinado a la recuperación de las infraestructuras del país vayan a destinarse a su militarización, pero ese paso no mejora la situación actual de Ucrania ni ha logrado que Estados Unidos vea su importancia e invite a autoridades continentales a participar en la diplomacia. Las conversaciones que se han producido estos días y que, si no se producen contratiempos, continuarán esta semana, son trilaterales y en ellas participan únicamente la mediación estadounidense, Rusia y Ucrania. Contrariamente a sus deseos, Kiev no dispone de la asistencia de sus aliados europeos en la negociación como siempre ha exigido.
A pesar de las constantes y crecientes concesiones europeas, Estados Unidos siempre ha exigido más. Donald Trump no solo espera que sean los países europeos los que gestionen y costeen –aunque con el apoyo externo de Estados Unidos- las garantías de seguridad para Ucrania después del alto el fuego, sino que impone un giro claro de las relaciones económicas del continente europeo. Desde la llegada al poder de Donald Trump, se han sucedido los rumores sobre el intento estadounidense de hacerse con el Nord Stream o, tras la imposición de sanciones contra las dos grandes empresas petrolíferas rusas, Rosneft y Lukoil, con los activos de esas compañías en el extranjero. En sus conversaciones con Rusia iniciadas a principios del año pasado, Rusia y Estados Unidos abrieron la puerta al retorno de las empresas estadounidenses al mercado ruso, especialmente a la explotación de petróleo y otras materias primas, un paso que no se concretará hasta que haya acuerdo de paz, pero para el que Washington se posiciona ya por delante de potenciales competidores, entre ellos los europeos. Pero lo que Estados Unidos considera aceptable para sí mismo no lo es para sus aliados europeos, de los que demanda una lealtad económica que no solo se extiende al sector militar, sino también al energético.
Con su intervención en Venezuela, la exigencia de control de Groenlandia, el acuerdo de minerales con Ucrania y la ambición de lograr uno aún más relevante con la República Democrática del Congo, Estados Unidos muestra su aspiración a controlar el comercio de las materias primas de la economía del presente y del futuro. De esa forma, es igualmente importante el control de la extracción de litio, cobalto, uranio, tierras raras y otros minerales como la del petróleo. En ese juego, Rusia es un claro competidor del sector energético estadounidense y las sanciones son la continuación natural al intento de Washington de impedir la construcción del Nord Stream, que creaba un vínculo económico importante ente las dos capitales calve en Europa, Moscú y Berlín. La guerra ha dado a Estados Unidos exactamente lo que deseaba: felizmente desaparecido en el fondo del mar el Nord Stream, también las demás tuberías que hasta entonces transportaban gas y petróleo han dejado de bombear materias primas rusas en dirección a la Unión Europea.
La guerra generalizó la idea del “lastre” del gas y petróleo barato ruso, que habían hecho de países como Alemania dependientes de un país adversario. Las alternativas al ideológicamente incorrecto gas y petróleo ruso fueron la energía de países tan democráticos como Qatar o Azerbaiyán y, por supuesto, el aliado estadounidense, cuyo presidente utilizó la tribuna de la Asamblea General de Naciones Unidas para darles la orden de cesar toda importación de materias primas rusas. La disputa por Groenlandia ha roto la burbuja de los países europeos de la OTAN y Canadá, que han podido ver algo que siempre ha sido evidente: Estados Unidos no solo aspira a controlar a sus oponentes sino también a sus teóricos aliados. Y, de repente, lo que todos estos años se había descrito como diversificación de las fuentes de energía ha resultado ser una muestra de dependencia. “Aumenta el temor por la creciente dependencia de Europa de las importaciones de gas estadounidense”, escribía esta semana Politico en un artículo en el que afirma que “la Unión Europea está en camino de obtener casi la mitad de su gas de Estados Unidos para finales de la década, lo que supone una importante vulnerabilidad estratégica para el bloque, ya que las relaciones con Washington han alcanzado su punto más bajo”. La prohibición de la adquisición de gas y petróleo ruso elimina de un plumazo una alternativa barata, fiable y cercana, lo que da a Estados Unidos un control del mercado energético europeo con el que Moscú nunca pudo siquiera soñar.
Sin embargo, para algunos sectores, el problema no es la creciente dependencia energética del país que hace unos días amenazaba la integridad territorial de uno de los aliados, sino la posibilidad de que una parte del petróleo adquirido en terceros países proceda de Rusia. “Un alto cargo parlamentario ha advertido de que debe cerrarse sin demora una laguna jurídica en las sanciones que permite a los aviones británicos repostar combustible fabricado con petróleo ruso. Liam Byrne, diputado laborista y presidente de la Comisión de Comercio y Empresa de la Cámara de los Comunes, afirmó que cada mes que pasa sin que el Reino Unido aplique la prohibición prometida «supone el riesgo de que decenas de millones de libras sigan fluyendo hacia el esfuerzo bélico de Rusia» contra Ucrania”, escribe Politico, reflejando una preocupación desproporcionada teniendo en cuenta que las fuentes calculan en unos 44 millones de libras al mes el dinero británico que podría ir a parar a la adquisición de petróleo ruso vendido a Turquía o India para su refinamiento y posteriormente exportado. Como referencia, un único misil para los sistemas antiaéreos Patriot, como los que Ucrania utiliza, cuesta entre 3 y 4 millones de dólares, suficiente para que Scott Bessent alegue que los países europeos están financiando una guerra contra sí mismos. Para Estados Unidos, la guerra es una gran trama comercial.
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