Como ya habían anticipado medios como Financial Times, ayer Volodymyr Zelensky confirmó la cancelación, al menos de momento, de su vista anual al Foro de Davos, una ausencia relevante que muestra cómo ha cambiado la coyuntura internacional este último año y la posición complicada en la que queda Ucrania en el contexto de pugna interna dentro del bloque occidental. Ucrania fue protagonista de los primeros meses del año pasado, cuando Pete Hegseth dio a los aliados europeos de la OTAN la desagradable noticia de que no era realista aspirar a recuperar la integridad territorial de Ucrania -la victoria por la que Kiev y sus socios continentales decían estar luchando- como parte de un acuerdo de paz. Desde entonces, Zelensky, de la mano de von der Leyen, Starmer, Macron o Merz ha luchado por mantener el interés de Donald Trump en una guerra que no le gusta, pero para la que las armas e inteligencia estadounidenses son indispensables. Sin embargo, la situación ha cambiado notablemente y el lugar de Ucrania en los titulares ha sido ocupado por el aumento de otros conflictos políticos internacionales, entre los que destacan las ambiciones expansionistas de Donald Trump y su voluntad de amenazar tanto a aliados como a enemigos en su búsqueda de más territorio, más control del comercio global de materias primas y bienes clave y, sobre todo, más poder.
La cuestión de Groenlandia, que rápidamente eclipsó la cuestión de Venezuela, se ha convertido en el eje que actualmente vertebra el discurso relativo a las relaciones entre los países europeos y Estados Unidos. A ello hay que añadir la presentación del “Consejo de Paz” con el que Donald Trump parece querer suplantar el sistema multilateral de Naciones Unidas por otro hecho a su medida y en el que tiene capacidad de veto. Su presentación el jueves pretende eclipsar todos los actos previos y posteriores de un foro que se ha convertido en un debate sobre las relaciones entre Estados Unidos y el resto del mundo, sin dejar excesivo espacio para temas como la guerra de Ucrania, escenario secundario de la lucha de grandes potencias.
Una parte importante de la estrategia de Volodymyr Zelensky y sus aliados europeos ha sido explotar al máximo la presencia mediática del presidente ucraniano y su capacidad comunicativa a la hora de captar la máxima atención para su causa y poder así realizar exigencias de máximos. El protagonismo mundial que Zelensky adquirió en 2022, momento en el que sus apariciones en parlamentos y junto a jefes de Estado era constante, se redujo a medida que la fatiga de la guerra se instaló en las poblaciones europeas. Sin embargo, la llegada al poder de Donald Trump e incluso los momentos en los que ha abusado verbal y públicamente del mandatario ucraniano han conseguido recuperar parte de ese protagonismo perdido. El proceso de negociación de una resolución y el empeoramiento de la situación en Ucrania a causa de la mejora de las tácticas de ataque ruso y escasez de munición para la defensa aérea han vuelto a poner, al menos temporalmente, a Ucrania en las primeras páginas de los medios. Hasta hace unos días, los supuestos progresos en la negociación entre Estados Unidos y Ucrania presagiaban un papel estelar para Zelensky en Davos.
El plan ucraniano pasaba por insistir en la firma de los dos documentos con los que Kiev quiere vincular su suerte a la de Estados Unidos: las garantías de seguridad y el “Plan de Prosperidad”. Esos dos aspectos, el militar y el económico, son actualmente los más conflictivos para Ucrania, que sufre dificultades en el frente y en la retaguardia y escasea en fondos para sostener al Estado mientras los países europeos financian la guerra. De forma clara, Zelensky ha basado su estrategia en lograr ratificar esos dos acuerdos como paso previo para posteriormente negociar la cuestión más difícil para Ucrania, la cuestión territorial. Garantizada la protección de Washington, la financiación y presencia pública y privada estadounidense en la economía, Ucrania tendría más fuerza –o, en términos de Donald Trump, más cartas que jugar- a la hora de negociar con la administración trumpista cuáles serán las fronteras de facto que separarán en un futuro aún indeterminado los territorios rusos y ucranianos.
“Zelensky afirmó que necesita estar en Kiev para coordinar la emergencia, ya que las temperaturas en la capital siguen estando muy por debajo de cero. Según él, podría retomar sus planes de viajar a la conferencia de Davos, en Suiza, si los negociadores que presionan para obtener garantías de seguridad respaldadas por Occidente y el fin de la guerra que dura ya cuatro años logran alcanzar un acuerdo que pueda firmarse”, escribía ayer Bloomberg en un texto que deja clara la decepción de Ucrania al haber sido relegada a un segundo plano en términos de protagonismo. “Por ahora, el plan es ver cómo ayudar a la gente con la energía”, declaró ayer Volodymyr Zelensky para presentar un motivo que resulte más favorable para él, al menos en términos de política interna. La situación en Kiev y otras regiones ucranianas es grave y el ataque con drones y misiles de ayer, que en ciertos casos destruyó aquello reparado tras el anterior bombardeo, empeoró aún más la ya crítica situación para la población civil. Vitaly Klitschko, alcalde de la capital, ha insistido nuevamente en su brillante consejo a la población, abandonar la ciudad, sin ofrecer facilidades ni sugerir dónde puede ir la población a refugiarse del frío.
La energía se ha convertido en una coartada perfecta para que Volodymyr Zelensky suspenda, de momento, su visita a Suiza. La posibilidad de acuerdo acerca temporalmente las futuras elecciones en Ucrania, algo que exige gestos electoralistas como la renuncia a un foro de jefes de Estado y de Gobierno con gran presencia del capital internacional para permanecer en el país gestionando la crisis. Sin embargo, el motivo del anuncio de la ausencia es también la ratificación de que ni siquiera aquellos acuerdos que Washington y Kiev llevan semanas insistiendo en que están prácticamente listos pueden ratificarse aún. Ucrania, siempre optimista, mantiene abierta la puerta de la visita de Zelensky a Davos, para lo que exige el prerrequisito de una ceremonia de firma de al menos uno de los dos acuerdos que desea obtener de Estados Unidos.
Aunque es solo un pretexto para justificar evitar un viaje en el que el protagonismo de su presidente no sería el deseado, la situación energética es un argumento perfecto para Volodymyr Zelensky. La energía fue también uno de los temas fundamentales de la visita al país de la directora del Fondo Monetario Internacional. Como ya se ha convertido en un hábito, Kristalina Georgieva insistió, en nombre del FMI, en la necesidad de reformas, es decir, de privatización y liberalización de los sectores más básicos de la economía y la eliminación de cualquier resquicio del Estado social que Ucrania heredó de la Unión Soviética en términos de subsidios al pago, por ejemplo, de la electricidad, para la población más empobrecida de Europa. No hay mejor momento para exigir la eliminación de esas ayudas, es decir, para exigir un aumento de las tarifas eléctricas que cuando la población padece cortes de luz y sobrevive sin calefacción la etapa más dura del invierno. Mientras tanto, la situación es la herramienta elegida por Volodymyr Zelensky para exigir más protagonismo y la firma de un acuerdo aún sin finalizar en un foro mundial en el que busca más atención mediática. «Se necesitan misiles de defensa aérea a diario. Se necesitan armas a diario. Se necesitan equipos de recuperación y reservas a diario. Si el formato de Davos produce estos resultados reales para Ucrania, Ucrania estará representada allí», afirmó ayer por la noche Zelensky en su vídeocomunicado diario. Ucrania estará en Davos si se le garantizan armas, financiación y protagonismo.
Comentarios
Aún no hay comentarios.