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Bombardeos a la espera de la diplomacia

El jueves, la embajada de Estados Unidos advertía a sus ciudadanos en Ucrania del peligro de un inminente ataque ruso con misiles, mensaje que fue repetido por Zelensky en su videocomunicado diario a la nación. Esta semana extraña, en la que una cumbre de decenas de jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea y la OTAN para llegar a un acuerdo de seguridad con Ucrania ha pasado totalmente desapercibida a causa de la agresión estadounidense contra Venezuela, ha culminado con el bombardeo del que advertía Washington. “Putin no quiere la paz; la respuesta de Rusia a la diplomacia es más misiles y destrucción. Este patrón letal de importantes ataques rusos recurrentes se repetirá hasta que ayudemos a Ucrania a romperlo”, escribió Kaja Kallas, para quien las reuniones internas del bloque occidental, que explícitamente excluyen a Rusia, son el modelo de diplomacia que Rusia simplemente tiene que aceptar. Esta forma de gestionar un proceso de paz complejo, pero que Estados Unidos ha enrevesado aún más al tratar de compaginar equipos con ideas contradictorias entre sí en el trabajo bilateral con Rusia y Ucrania y mantener abierta la tercera vía de diálogo con los países europeos, implica que no puede haber alto el fuego hasta que se produzca un acuerdo entre las partes en conflicto.

La situación en el frente diplomático continúa en la lucha de trincheras: Rusia exige unas condiciones de seguridad que son contrarias a lo que exige Ucrania y los países europeos ofrecen el exactamente el escenario que trataba de impedir con su intervención militar. Por el momento, las negociaciones siguen transcurriendo en términos absolutamente inaceptables para los países en conflicto. La cuestión territorial perjudica a Ucrania, a quien Trump le exige que renuncie en la práctica a una parte de Donbass –posiblemente como zona desmilitarizada o zona de libre comercio-, demanda que Zelensky lleva meses intentando rechazar y encontrándose con la tozudez de Estados Unidos, consciente de que ha de ofrecer algo a Rusia para conseguir que acepte lo imposible, cruzar todas sus líneas rojas en materia de seguridad. La presencia de países de la OTAN en sus fronteras es algo que no podrá justificar a su población presentando como éxito las ganancias territoriales en el sur de Ucrania y Donbass, especialmente si no se produce un levantamiento de sanciones.  

El frente económico tampoco fomenta la diplomacia ni anima a Rusia a tomarse en serio las propuestas estadounidenses. Pese a la voluntad del Kremlin de ver un aspecto positivo en la postura de Donald Trump, que ayer confirmó que los dos ciudadanos rusos capturados en el buque Marinera serán puestos en libertad, la tendencia a la presión económica a Rusia es clara. Estados Unidos intercala gestos simbólicos favorables a Rusia con la continuación del intento de paralizar el sector energético ruso. En su voluntad de crear lo que el experto de Bloomberg Javier Blas ha calificado de “imperio petrolero”, las ansias de control de Washington no se limitan al continente americano, sino que se extienden a sus dos principales rivales: Rusia e Irán.

No es casualidad que el punto álgido de las negociaciones sobre Ucrania, es decir, el acuerdo con Kiev y la entrega del documento a Moscú para su aceptación sin rechistar, coincidan con los abordajes estadounidenses a petroleros que navegan bajo la bandera rusa o el ultimo anuncio de Lindsey Graham, que afirma que por fin ha logrado la aprobación de Donald Trump a su proyecto estrella. “Después de una reunión muy productiva hoy con el presidente Trump sobre una variedad de temas, ha dado luz verde al proyecto de ley bipartidista de sanciones contra Rusia”, afirmó el belicista senador, que añadió que “este proyecto de ley permitirá al presidente Trump castigar a los países que compran petróleo barato ruso que alimenta la maquinaria de guerra de Putin”. El objetivo de Graham y Blumenthal, impulsores del proyecto, es aprobar esa ley que impondría un 500% de aranceles a los productos de aquellos países que adquieran petróleo ruso. La entrada en vigor dependería únicamente de la firma del presidente de Estados Unidos, una forma de poner en manos de Donald Trump una bomba de relojería que solo él podría activar en el momento en el que considerara oportuno y consciente de que con ello perjudicaría a Rusia, China, India y Brasil, cuatro de los cinco miembros originales de los BRICS.

Aunque las amenazas han de actuar como aliciente para la negociación, el efecto está siendo el contrario. El bombardeo de ayer, como el esfuerzo ruso de seguir avanzando hacia el norte de Donetsk y hacia el este en la región de Zaporozhie, donde se encuentran a 20 kilómetros de la capital regional, responde a la necesidad de Rusia de reafirmar su fuerza militar, sus capacidades de seguir luchando y demostrar que el potencial de escalada existe. Quizá este momento de máxima presión económica contrarrestada con una aparente, aunque falsa, apertura diplomática de Estados Unidos –y solo de Estados Unidos- sea el más peligroso para Ucrania, como pudo observarse ayer. “El supuesto uso por parte de Rusia de un misil Oreshnik constituye una clara escalada contra Ucrania y pretende servir de advertencia a Europa y a Estados Unidos”, condenó Kaja Kallas, para quien cada acto ruso es una muestra de intensificación de la guerra que le permite apelar a más asistencia militar a Ucrania y sanciones contra Rusia, una receta para seguir aumentando la tensión política, que tiende a traducirse en ataques militares. El ataque masivo ruso de ayer causó cuatro víctimas mortales, lejos de las 28 que dejó, por ejemplo, un ataque ucraniano con drones en Jersón en Año Nuevo. Las escaladas casi nunca son unilaterales ni se producen en el vacío, pero suelen venir acompañadas siempre de la misma narrativa.

“Rusia bombardea Kyiv tras rechazar el plan de mantenimiento de la paz”, titulaba ayer AFP en referencia a las palabras de María Zajarova sobre el rechazo ruso a la idea de un contingente de países de la OTAN en Ucrania como parte de las garantías de seguridad, unas declaraciones que no pueden considerarse un rechazo ruso a un acuerdo, sino una postura inicial de negociación. Como ha indicado incluso Donald Trump, se espera negociar con Rusia una vez concluido el acuerdo con Kiev, por lo que toda información sobre un rechazo es prematura, aunque toda acción militar de uno de los bandos en esta fase de la guerra puede ser considerada un mensaje a la otra parte, especialmente cuando las consecuencias son dramáticas.

En la parte occidental del país, pese a que inicialmente se dio por hecho que el Oreshnik, un misil con capacidad nuclear , había atacado las infraestructuras gasísticas de Lviv, la ciudad más importante del oeste de Ucrania, el alcalde Sadovy únicamente confirmó impactos en una de las “infraestructuras críticas” del país. Por el momento, el único dato disponible es la espectacularidad de la explosión. Y aunque Rusia ha alegado que el bombardeo era la respuesta a lo que sigue insistiendo que fue un ataque deliberado contra la residencia de Vladimir Putin, la inteligencia estadounidense afirma que el ataque no tenía ese objetivo sino unas infraestructuras militares críticas cercanas. “El Oreshnik que supuestamente alcanzó la región de Lviv desde la región de Astracán en solo quince minutos es una advertencia a toda Europa”, escribió la historiadora ucraniana Marta Havryshko, que añadió que “el mensaje es este: incluso si sus tropas están estacionadas en Ucrania, a solo 5 kilómetros de la frontera con Polonia, pueden ser aniquiladas con un solo ataque”.  Solo una verdadera negociación entre las partes puede evitar esta secuencia de escaladas, que actualmente ha dejado a gran parte de la ciudad de Kiev sin calefacción en uno de los momentos más fríos del invierno. Ante la gravedad de la situación y sin capacidad de hacer nada para resolverla, la única respuesta dada ayer por el alcalde Klitschko fue llamar a la población a abandonar la ciudad si pueden hacerlo.

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