“Que Estados Unidos le haga a Kadirov lo mismo que le hizo a Maduro. Quizás entonces Putin lo verá y reflexionará sobre ello”, afirmó ayer Volodymyr Zelensky, apelando una vez más a que Estados Unidos aplique la táctica del secuestro contra una de las principales potencias nucleares del mundo. Los casi cuatro años en los que Ucrania ha ido consiguiendo poco a poco todo lo que exigía a sus aliados, el despliegue del pasado sábado contra uno de los pocos aliados de Rusia en América y la captura -un robo a mano armada en alta mar- del petrolero Marinera, que pese navegaba bajo bandera rusa, han envalentonado aún más al presidente ucraniano, de por sí proclive a sobredimensionar su fuerza. Zelensky padece también la tendencia de dar por hechas victorias que aún no se han consumado, una estrategia que busca presionar por igual a sus oponentes y aliados, algo que comparte con su homólogo estadounidense. Donald Trump, la persona más importante ahora mismo para Kiev, ya que de su opinión dependen tanto la estructura de seguridad de Ucrania como las posibilidades de conseguir un acuerdo de paz, sigue siendo el principal receptor de los mensajes de Zelensky, que ayer insistió nuevamente en que el acuerdo de garantías de seguridad está “terminado en la práctica a falta de una reunión” con el presidente de Estados Unidos.
Quizá para contrarrestar la ausencia de entusiasmo mediático tras la reunión de la Coalición de Voluntarios, con la participación de Steve Witkoff y Jared Kushner, el flamante jefe de la Oficina del Presidente recordó ayer que no todo lo acordado puede hacerse público, dando a entender un progreso aún mayor en busca de una arquitectura de seguridad que satisface a Ucrania. El motivo de ese júbilo ucraniano es la firma tras la reunión de París de una declaración de intenciones de sus aliados europeos -pero no de Estados Unidos- para ofrecer garantías de seguridad a Ucrania tras el alto el fuego. Calificada de histórica, la cumbre, en la que participaron gran parte de los jefes de Estado o de Gobierno de la Unión Europea, además de los primeros ministros del Reino Unido y Canadá, culminó con una ceremonia tan solemne como la ratificación de un acuerdo que aún no está terminado y que depende de una negociación externa entre dos hombres cuya relación personal no siempre ha permitido un diálogo fructífero.
La suerte no acompañó a Ucrania y pese al gozo de Zelensky al ver cuál ha sido el destino de Venezuela, despojada de su presidente, impuesto un bloque naval y sometida a la voluntad de quien bombardeó su capital hace una semana, el resultado de la reunión no ha conseguido el protagonismo mediático que sus organizadores habrían esperado teniendo en cuenta su plantel. La coyuntura internacional, la fatiga de guerra y de negociación que se percibe en los medios y las repetidas ocasiones en las que se han anunciado acuerdos firmes o avances significativos que finalmente no se han concretado ha restado protagonismo a los cinco puntos de la declaración de París que Ucrania quería imponer en la conciencia colectiva como las condiciones que espera que sus aliados cumplan el día después del final de la guerra.
Un mes y medio después de que se publicara el plan de 28 puntos que dio inicio a la vorágine diplomática de viajes a Miami, reuniones bilaterales y multilaterales y ningún contacto entre Rusia y Ucrania, el proceso sigue en la misma fase, la de búsqueda de consenso dentro del bloque occidental, único proceso que interesa a Zelensky, que espera que sus aliados impongan posteriormente unas condiciones que tengan poco que ver con el resultado real de la guerra. La declaración de intenciones comienza con el compromiso a la “participación en una propuesta de mecanismo de monitorización y verificación liderado por Estados Unidos”. Lo rebuscado de la redacción parece querer dar a entender que el liderazgo estadounidense ya ha sido aceptado y está garantizado, aunque en realidad depende de la aprobación de Donald Trump.
La coalición se compromete también a “apoyar a las Fuerzas Armadas de Ucrania”, una forma de confirmar una realidad obvia, que Ucrania seguirá recibiendo asistencia militar y económica destinada a su militarización mucho más allá de un posible final de la guerra. “Esto incluirá, entre otras cosas: paquetes de defensa a largo plazo; apoyo para financiar la compra de armas; cooperación continua con Ucrania en materia de presupuesto nacional para financiar las fuerzas armadas; acceso a depósitos de defensa que puedan proporcionar apoyo adicional rápido en caso de un futuro ataque armado; prestación de apoyo práctico y técnico a Ucrania en la construcción de fortificaciones defensivas”, confirma la declaración firmada por Zelensky y sus dos patrocinadores, sir Keir Starmer y Emmanuel Macron.
La coalición se compromete a “ahondar en la cooperación a largo plazo con Ucrania”, una frase vacía teniendo en cuenta los dos puntos anteriores. A modo de Artículo V de defensa colectiva de la OTAN, los firmantes anuncian “compromisos vinculantes de apoyar a Ucrania en caso de futuro ataque armado de Rusia para restablecer la paz”, una formulación que “puede incluir el uso de capacidades militares, inteligencia y apoyo logístico, iniciativas diplomáticas, adopción de sanciones adicionales”. Pese a que la intención es que Zelensky pueda presentar el acuerdo como un compromiso de intervención directa en caso de invasión rusa, este punto no implica el compromiso al envío de tropas de combate ni de participación directa en una hipotética guerra.
Sin embargo, unido al tercer punto del acuerdo, “una fuerza multinacional para Ucrania”, este planteamiento de garantías de seguridad es suficiente para hacerlo totalmente inviable para una Rusia que no haya sido militar y económicamente derrotada. No va a importar en exceso lo reducido del contingente que se plantea. De los 60.000 efectivos de los que se habló inicialmente, los países europeos, que precisan de la cobertura de Estados Unidos para hacer viable su misión, se conforman ahora con 15.000, una presencia que no puede proteger a Ucrania si no es bajo la premisa de que se trata de países de la OTAN, una forma de ejercer de avanzadilla de la Alianza para una adhesión de facto o el uso del país como colonia militar que utilizar contra Rusia, unas condiciones difícilmente aceptables teniendo en cuenta las circunstancias actuales del frente y de la retaguardia.
“Persisten dos duras realidades: Estados Unidos no se arriesgará a una guerra con Rusia por Ucrania, y los europeos no actuarán sin Estados Unidos. Esto hace que cualquier garantía de seguridad sea fundamentalmente menos creíble, independientemente de los detalles de las negociaciones de París”, comentó ayer el analista militar Franz-Stefan Gady, a lo que Leonid Ragozin, convencido de que el único objetivo del planteamiento es dar a Zelensky unas garantías de seguridad vacías para posteriormente presionarle en la cuestión territorial, añadió que los países europeos no van a arriesgarse “a una guerra con Rusia por Ucrania, con o sin el apoyo de Estados Unidos. Esto quedó igual de claro en 2021, cuando todos intentaron obligar a Putin a adoptar un Minsk mejorado. Si alguien estuviera dispuesto, ya tendríamos tropas sobre el terreno (y la Tercera Guerra Mundial)”. Las palabras de ayer de Merz, que afirmó que “no hay nadie aquí, ni un solo Estado de la UE o más allá, que opine que deberíamos ir a Ucrania ahora para intervenir en el conflicto en marcha”, confirman que los países europeos no tienen prisa por enfrentarse a Rusia.
“El bando proucraniano ha llegado a una especie de acuerdo de paz dentro de sus propias filas en París. Solo queda por resolver, de alguna manera, el pequeño asunto de conseguir el apoyo de Rusia”, comentó Ragozin, muy crítico con la forma en la que se está gestionando la negociación, que hasta ahora ha ignorado completamente la voz de la otra parte de la guerra. Lo hizo el mismo día que Rusia reafirmó en boca de María Zajarova, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, que la postura del Kremlin no ha cambiado.
Aceptar unos términos como los que plantea la declaración de París supondría para Rusia aceptar unas condiciones de capitulación en la cuestión de seguridad que no podría compensar con unas ganancias territoriales mínimas en Donetsk -en caso de que Trump obligara a Zelensky a ceder- sin reconocimiento internacional del cambio de fronteras incluso en Crimea. Tal resolución no concluiría el conflicto político entre Rusia y Ucrania, que seguiría reclamando sus territorios perdidos, incluida la península del mar Negro, y obligaría a Moscú a aceptar exactamente aquello que intervino militarmente para evitar: una Ucrania militarmente colonizada por los países europeos de la OTAN y enormemente rearmada. “El documento ha resultado estar muy lejos de ser un acuerdo de paz. La declaración no tiene como objetivo lograr una paz y una seguridad duraderas, sino más bien continuar con la militarización, la escalada y el agravamiento del conflicto”, declaró ayer María Zajarova. “El documento también incluye cláusulas sobre una mayor consolidación de los sectores industriales militares de Ucrania y la OTAN. Tal y como han aclarado el primer ministro británico Keir Starmer y el presidente francés Emmanuel Macron, que firmaron la correspondiente declaración trilateral con Zelensky, Londres y París tienen previsto establecer sus propias bases militares en Ucrania tras el alto el fuego y construir instalaciones de almacenamiento de armas y equipo militar”, añadió señalando la idea de los “hubs” militares que Francia y el Reino Unido han afirmado que crearán en Ucrania.
Hay que recordar que una de las causas de la elevación de la tensión en 2021 fue precisamente la invitación de Zelensky a que el Reino Unido instalara bases militares en Ucrania. El preacuerdo que Ucrania aún aspira a mejorar en su negociación con Trump, en la que quiere conseguir el compromiso de tropas estadounidenses y una vigencia de 50 años en lugar de los 15 que ofrece, obligaría a Rusia a aceptar exactamente las condiciones con las que justificó la invasión de Ucrania.
Mientras Rusia insiste, sin el más mínimo éxito, en que la negociación ha de buscar resolver las causas fundamentales de la guerra, los países europeos y Ucrania tratan de conseguir de Estados Unidos perpetuar y oficializar las circunstancias que la provocaron. La presión vuelve a estar sobre Moscú. Según Le Monde, tras la reunión de París se vio a Kiril Dmitriev en la embajada de Estados Unidos. Como escribió ayer por la noche Axios, medio de cabecera para las filtraciones trumpistas, Washington exige una respuesta clara al Kremlin sobre lo que define como “prácticamente un acuerdo con Ucrania”.
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