A punto de alcanzar la veintena de paquetes de sanciones desde el 24 de febrero de 2022, la insistencia en las malas condiciones de la economía rusa, siempre al borde de la recesión -ocultando los países europeos que también lo están- o del colapso, sigue siendo una parte fundamental del discurso occidental. Para la UE, esa herramienta económica, la esperanza de que, si la guerra se alarga lo suficiente, Rusia no podrá seguir luchando es uno de los argumentos para seguir exigiendo a Estados Unidos unas condiciones de paz para Ucrania que no se corresponden en absoluto con la realidad. En el caso de Washington, que ha realizado este año un intento de aproximación diplomática y económica a Rusia, el argumento es el péndulo que se mueve al eco del humor de Donald Trump. En ocasiones, la Federación Rusa es un aliado demasiado grande en términos económicos y militares, mientras que, en otras, Rusia es un país que sufre gracias a las sanciones impuestas por Estados Unidos.
Al contrario que los neocon que trabajaron durante años para conseguir su guerra en Irak, Donald Trump no ha tenido ningún problema en admitir que Washington quiere quedarse con el petróleo de Venezuela. Una de las primeras órdenes de Marco Rubio, que aspira ahora a jugar un rol similar al de un virrey colonial, ha sido precisamente prohibir que Venezuela venda su petróleo a oponentes de Estados Unidos. Pese a la descarbonización y aumento del peso de las energías renovables en el mercado energético, el petróleo sigue siendo una materia prima clave de la economía actual y el control de sus flujos da a quien disponga de él una ventaja cualitativa sobre sus competidores. El deseo estadounidense de ejercer ese control en el mercado global no se limita a Venezuela o Irán, sino que se extiende a Rusia.
Desde la tribuna de la Asamblea General de Naciones Unidas, Donald Trump reprochó a los países europeos seguir comprando petróleo ruso y exigió que esas adquisiciones terminen. India sufrió la imposición de aranceles por su colaboración energética con Rusia, que había redirigido al subcontinente una parte importante del petróleo que antaño enviaba a los países europeos. La semana pasada, Bloomberg anunciaba que tres buques con petróleo ruso habían declarado puertos indios como su destino final, dando por hecho que, pese a las amenazas, India no ha renunciado al petróleo ruso tal y como exigía Donald Trump, que también impuso sanciones contra las dos grandes empresas petroleras rusas. Aunque ilegales al tratarse de medidas coercitivas unilaterales, el control que Washington ejerce sobre los flujos comerciales hace de esas sanciones peligrosas para la economía rusa.
Casi cuatro años después del inicio de la campaña de sanciones occidentales con ambición de destrucción de la economía rusa, Moscú ha desarrollado estrategias para esquivar las sanciones. Y si caen las exportaciones de Rosneft, ascienden las de otras empresas menores. Y si la flota con la que las empresas acostumbraban a exportar la materia prima está sancionada, se crean flotas alternativas –las mal llamadas “flotas fantasma”, término utilizado por la prensa para demonizar un comercio que simplemente se realiza al margen del control occidental y de sus empresas de seguros- para continuar navegando. Los problemas asociados a esa práctica son evidentes. Al tratarse de buques antiguos, el riesgo de averías y accidentes aumenta, como lo hacen también las probabilidades de catástrofes medioambientales. Como ya ha demostrado Ucrania, esos buques quedan también expuestos a los ataques con drones a centenares de kilómetros del frente. Y, como pudo verse ayer, están también expuestos a la piratería de Estados Unidos y sus aliados. Con la inestimable colaboración del Reino Unido, las tropas estadounidenses abordaron ayer el buque Marinera, un petrolero de la flota fantasma de Venezuela que había esquivado el primer ataque estadounidense y, registrado ya como parte de la flota rusa, navegaba hacia el norte del Atlántico, previsiblemente en dirección a Rusia. “El bloqueo al petróleo venezolano sancionado e ilícito continúa EN PLENO EFECTO —en cualquier parte del mundo”, escribió el secretario de Guerra de Estados Unidos. Según la versión de Pete Hegseth, parece haber dos tipos de petróleo, el lícito, es decir, aquel cuyo comercio está bajo control de Estados Unidos, y el ilícito, el que escapa al dominio del gobierno global del sector. El abordaje y la detención del buque -ilegal, al tratarse de unas sanciones unilaterales y contra un petróleo inexistente, ya que el buque no contenía carga- se produjo poco antes de que llegaran los buques y el submarino que Rusia había enviado para escoltar al Marinera, que huía de la depredadora persecución desde hace dos semanas.
La respuesta rusa ha sido previsiblemente medida. No enfadar a Donald Trump sigue siendo la máxima de la relación con Estados Unidos, que sigue cruzando líneas rojas con la impunidad de quien impone y aplica las normas dentro de sus fronteras y más allá de ellas, con la extraterritorialidad -aplicación de la legislación de un país en un territorio que no es el suyo- de la que solo disfrutan quienes pueden aplicarla por la fuerza. “El 24 de diciembre de 2025, el buque «Mariner» recibió un permiso temporal para navegar bajo la bandera estatal de la Federación de Rusia, emitido de conformidad con la legislación rusa y el derecho internacional. Hoy alrededor de las 15:00 (hora de Moscú), en mar abierto fuera de las aguas territoriales de ningún estado, las fuerzas navales de EE. UU. abordaron el buque y se perdió la comunicación con el mismo. De conformidad con las normas de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar de 1982, en mar abierto se aplica un régimen de libertad de navegación y ningún Estado tiene derecho a usar la fuerza contra buques debidamente registrados en las jurisdicciones de otros Estados”, denunciaba el comunicado del Ministerio de Transporte de la Federación Rusa, que exigía que se respeten los derechos de la tripulación de nacionalidad rusa y que los detenidos sean puestos en libertad a la mayor brevedad. La incautación del buque no solo recuerda que Estados Unidos impone contra Venezuela un bloqueo ilegal, en sí un acto de guerra, sino que está dispuesto a utilizar tácticas bucaneras también contra el petróleo ruso, un precedente peligroso que apunta a otra escalada en la lucha económica.
A las medidas coercitivas impuestas por Estados Unidos y al intento de Washington de quedarse con el negocio exterior de las empresas petroleras rusas vetadas –otra declaración de su intención de monopolizar el comercio de petróleo- hay que añadir lo que, con su sorna habitual, Ucrania califica como sus propias sanciones. Desde el verano, con la inestimable ayuda de inteligencia de Estados Unidos, determinado a debilitar al máximo a uno de sus grandes rivales en el sector, Ucrania ataca repetidamente refinerías de petróleo en diferentes zonas de Rusia. Pese al intento de Kiev de presentar estas acciones como un elemento capaz de reducir la producción de gasolina hasta paralizar al ejército, no se ha producido ninguno de los efectos que Ucrania desea ver. Constante en su actuación y terca en su voluntad de seguir repitiendo la misma acción esperando un resultado diferente, Ucrania sigue exigiendo a sus aliados más misiles para golpear esas infraestructuras civiles que son clave para la economía rusa. Y lo hace aparentemente sin esperar una respuesta equivalente.
El aspecto económicamente más vulnerable de Ucrania no es su producción energética, sino su valor comercial, especialmente sus puertos, con el de Odessa a la cabeza. “A lo largo de diciembre, los ataques rusos se han centrado en Odessa, el principal centro de exportación de cereales de Ucrania y su vía de comunicación económica con el resto del mundo. Los ataques han dañado infraestructuras, depósitos de almacenamiento y redes eléctricas, además de causar la muerte y heridas a decenas de personas. Los analistas afirman que reflejan cómo Rusia busca cada vez más formas de debilitar la economía de Ucrania”, escribía la semana pasada The Wall Street Journal, que en ningún momento mencionaba que estos ataques son la respuesta rusa a una larga campaña con la que Ucrania ha admitido abiertamente buscar destruir la economía rusa. “Definitivamente quieren aislar a Odesa y otras ciudades en términos de infraestructura. Están atacando y destruyendo tanto a las personas como a la economía al reducir nuestra capacidad de exportación a través del corredor marítimo”, se quejó la semana pasada Zelensky en su habitual estilo de exagerar las bajas humanas y ocultar que las acciones rusas solo han aumentado cuando lo han hecho los ataques ucranianos contra las infraestructuras energéticas rusas.
“Alrededor del 90% de la producción agrícola de Ucrania se exporta por mar, según el Ministerio de Desarrollo de Comunidades y Territorios de Ucrania, que estima que seis puertos de la región de Odesa gestionaron alrededor de 76 millones de toneladas de carga durante 11 meses de 2025. Ucrania ha aprendido a proteger este comercio utilizando drones navales para mantener a raya a la Flota del Mar Negro de Rusia”, escribe The Wall Street Journal destacando la importancia de Odessa para la economía ucraniana y su vulnerabilidad, siempre sin recordar que los misiles y drones no solo vuelan en la dirección Crimea-Odessa sino también en la opuesta y olvidando convenientemente que solo Ucrania ha amenazado sistemáticamente buques comerciales. En plena escalada de la guerra económica, Kiev se sorprende porque Rusia esté “destruyendo todos los elementos de la cadena logística de exportaciones”.
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